Afirmaciones

Yo, Cristina, soy una escritora prolífica con millones de lectores fieles en todo el mundo. Gracias.

 

Yo, Cristina, vivo de mi escritura y soy inmensamente feliz por ello. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo una capacidad creativa absolutamente increíble. Gracias.

 

Yo, Cristina, soy la ganadora del Premio Planeta. Gracias.

 

Yo, Cristina, poseo rapidez mental y una gran elocuencia.

 

Yo, Cristina, atraigo el dinero, tengo una fortuna de 20 millones de euros.

 

Yo, Cristina, tengo tiempo de sobra para escribir, para leer, para mi ocio y para mi familia. Gracias

 

Yo, Cristina, soy una gran escritora. Gracias.

 

Yo, Cristina, soy una persona sosegada y tranquila. Gracias

 

Yo, Cristina, me quiero, me entiendo, me cuido y creo en mí. Gracias

 

A mí, Cristina, me importa muy poco lo que los demás piensen de mí. Gracias

 

Yo, Cristina, tengo una paciencia infinita. Gracias

 

Yo, Cristina, soy alegre y sonriente. Gracias

 

Yo, Cristina, soy una mujer enérgica, delgada, en forma y saludable, libre de alergias y dolencias. Gracias

 

Yo, Cristina, tengo una musculatura fuerte y elástica. Gracias

 

Yo, Cristina, tengo una piel joven, limpia y tersa. Y un pelo fuerte, sano y abundante. Gracias.

 

Con cada respiración profunda cada célula de mi cuerpo se llena de energía limpia y calmada regenerándose cuidadosamente. Gracias.

 

Mi cuerpo sana rápida y fácilmente. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo éxito en todo lo que hago y me merezco la prosperidad en todos los sentidos. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo una gran capacidad de trabajo y de concentración. Gracias.

 

 

Yo, Cristina, soy una escritora prolífica con millones de lectores fieles en todo el mundo. Gracias.

 

Yo, Cristina, vivo de mi escritura y soy inmensamente feliz por ello. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo una capacidad creativa absolutamente increíble. Gracias.

 

Yo, Cristina, soy la ganadora del Premio Planeta. Gracias.

 

Yo, Cristina, poseo rapidez mental y una gran elocuencia.

 

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Yo, Cristina, tengo una paciencia infinita. Gracias

 

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Yo, Cristina, tengo una paciencia infinita. Gracias

 

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Yo, Cristina, tengo una gran capacidad de trabajo y de concentración. Gracias.

 

 

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Yo, Cristina, soy una gran escritora. Gracias.

 

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Yo, Cristina, soy una escritora prolífica con millones de lectores fieles en todo el mundo. Gracias.

 

Yo, Cristina, vivo de mi escritura y soy inmensamente feliz por ello. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo una capacidad creativa absolutamente increíble. Gracias.

 

Yo, Cristina, soy la ganadora del Premio Planeta. Gracias.

 

Yo, Cristina, poseo rapidez mental y una gran elocuencia.

 

Yo, Cristina, atraigo el dinero, tengo una fortuna de 20 millones de euros.

 

Yo, Cristina, tengo tiempo de sobra para escribir, para leer, para mi ocio y para mi familia. Gracias

 

Yo, Cristina, soy una gran escritora. Gracias.

 

Yo, Cristina, soy una persona sosegada y tranquila. Gracias

 

Yo, Cristina, me quiero, me entiendo, me cuido y creo en mí. Gracias

 

A mí, Cristina, me importa muy poco lo que los demás piensen de mí. Gracias

 

Yo, Cristina, tengo una paciencia infinita. Gracias

 

Yo, Cristina, soy alegre y sonriente. Gracias

 

Yo, Cristina, soy una mujer enérgica, delgada, en forma y saludable, libre de alergias y dolencias. Gracias

 

Yo, Cristina, tengo una musculatura fuerte y elástica. Gracias

 

Yo, Cristina, tengo una piel joven, limpia y tersa. Y un pelo fuerte, sano y abundante. Gracias.

 

Con cada respiración profunda cada célula de mi cuerpo se llena de energía limpia y calmada regenerándose cuidadosamente. Gracias.

 

Mi cuerpo sana rápida y fácilmente. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo éxito en todo lo que hago y me merezco la prosperidad en todos los sentidos. Gracias.

 

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Yo, Cristina, tengo éxito en todo lo que hago y me merezco la prosperidad en todos los sentidos. Gracias.

 

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Con cada respiración profunda cada célula de mi cuerpo se llena de energía limpia y calmada regenerándose cuidadosamente. Gracias.

 

Mi cuerpo sana rápida y fácilmente. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo éxito en todo lo que hago y me merezco la prosperidad en todos los sentidos. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo una gran capacidad de trabajo y de concentración. Gracias.

 

 

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Yo, Cristina, soy la ganadora del Premio Planeta. Gracias.

 

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Yo, Cristina, tengo una paciencia infinita. Gracias

 

Yo, Cristina, soy alegre y sonriente. Gracias

 

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Yo, Cristina, tengo una piel joven, limpia y tersa. Y un pelo fuerte, sano y abundante. Gracias.

 

Con cada respiración profunda cada célula de mi cuerpo se llena de energía limpia y calmada regenerándose cuidadosamente. Gracias.

 

Mi cuerpo sana rápida y fácilmente. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo éxito en todo lo que hago y me merezco la prosperidad en todos los sentidos. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo una gran capacidad de trabajo y de concentración. Gracias.

 

 

Yo, Cristina, soy una escritora prolífica con millones de lectores fieles en todo el mundo. Gracias.

 

Yo, Cristina, vivo de mi escritura y soy inmensamente feliz por ello. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo una capacidad creativa absolutamente increíble. Gracias.

 

Yo, Cristina, soy la ganadora del Premio Planeta. Gracias.

 

Yo, Cristina, poseo rapidez mental y una gran elocuencia.

 

Yo, Cristina, atraigo el dinero, tengo una fortuna de 20 millones de euros.

 

Yo, Cristina, tengo tiempo de sobra para escribir, para leer, para mi ocio y para mi familia. Gracias

 

Yo, Cristina, soy una gran escritora. Gracias.

 

Yo, Cristina, soy una persona sosegada y tranquila. Gracias

 

Yo, Cristina, me quiero, me entiendo, me cuido y creo en mí. Gracias

 

A mí, Cristina, me importa muy poco lo que los demás piensen de mí. Gracias

 

Yo, Cristina, tengo una paciencia infinita. Gracias

 

Yo, Cristina, soy alegre y sonriente. Gracias

 

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Yo, Cristina, soy alegre y sonriente. Gracias

 

Yo, Cristina, soy una mujer enérgica, delgada, en forma y saludable, libre de alergias y dolencias. Gracias

 

Yo, Cristina, tengo una musculatura fuerte y elástica. Gracias

 

Yo, Cristina, tengo una piel joven, limpia y tersa. Y un pelo fuerte, sano y abundante. Gracias.

 

Con cada respiración profunda cada célula de mi cuerpo se llena de energía limpia y calmada regenerándose cuidadosamente. Gracias.

 

Mi cuerpo sana rápida y fácilmente. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo éxito en todo lo que hago y me merezco la prosperidad en todos los sentidos. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo una gran capacidad de trabajo y de concentración. Gracias.

 

 

Yo, Cristina, soy una escritora prolífica con millones de lectores fieles en todo el mundo. Gracias.

 

Yo, Cristina, vivo de mi escritura y soy inmensamente feliz por ello. Gracias.

 

Yo, Cristina, tengo una capacidad creativa absolutamente increíble. Gracias.

 

Yo, Cristina, soy la ganadora del Premio Planeta. Gracias.

 

Yo, Cristina, poseo rapidez mental y una gran elocuencia.

 

Yo, Cristina, atraigo el dinero, tengo una fortuna de 20 millones de euros.

 

Yo, Cristina, tengo tiempo de sobra para escribir, para leer, para mi ocio y para mi familia. Gracias

 

Yo, Cristina, soy una gran escritora. Gracias.

 

Yo, Cristina, soy una persona sosegada y tranquila. Gracias

 

Yo, Cristina, me quiero, me entiendo, me cuido y creo en mí. Gracias

 

A mí, Cristina, me importa muy poco lo que los demás piensen de mí. Gracias

 

Yo, Cristina, tengo una paciencia infinita. Gracias

 

Yo, Cristina, soy alegre y sonriente. Gracias

 

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Mi cuerpo sana rápida y fácilmente. Gracias.

 

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zonas erróneas

Toda la teoría del universo
está dirigida infaliblemente
hacia un solo individuo,
y ése eres Tú.
Walt Whitman
Introducción
Un testimonio personal
Un orador se dirigió a un grupo de alcohólicos decidido a demostrarles, de una vez por todas, que alcohol era el peor de los males. Sobre su mesa en el estrado tenía lo que a simple vista parecían ser dos vasos llenos de un líquido transparente. Explicó que uno estaba lleno de agua pura y que el otro estaba lleno de alcohol sin diluir, también puro. Colocó un pequeño gusano en uno de los vasos y los presentes pudieron observar cómo éste nadaba por la superficie dirigiéndose hacia el borde del vaso, entonces se deslizó tranquilamente hasta llegar arriba. Luego el orador cogió el mismo gusano y lo colocó en el vaso lleno de alcohol. El gusano se desintegró a la vista de todos. “Ahí tienen” -dijo el orador-. ¿Qué les parece? ¿A qué conclusiones llegan?, Una voz, proveniente del fondo de la habitación dijo muy claramente: “A mí lo que me parece es que si uno bebe alcohol no tendrá nunca gusanos”. Este libro tiene muchos “gusanos” en el sentido de que oirás y percibirás exactamente lo que quieres oír basándote en muchos de tus propios valores, creencias, prejuicios e historia personal. Es difícil y delicado a la vez escribir sobre el comportamiento autofrustrante. El mirarte a ti mismo en profundidad con intenciones de cambiar puede ser algo que dices que te interesa hacer, pero a menudo tu comportamiento demuestra lo contrario. Es difícil cambiar. Si eres como la mayoría de la gente, hasta las fibras más íntimas de tu ser se resistirán a emprender el duro trabajo que significa eliminar los pensamientos que sirven de apoyo a tus sentimientos y conducta autoalienatorios. Pero a pesar de los “gusanos”, yo creo que te va a gustar este libro. ¡A mí me encanta! Y gocé escribiéndolo. Si bien no creo que se deba hablar sobre las enfermedades mentales con ligereza, tampoco creo que debieran ser tratadas sin humor, ni con un lenguaje arcaico y lleno de misterio. He tratado de evitar las explicaciones complicadas, principalmente porque no creo que “ser feliz” sea un asunto complejo.
El estado de salud es un estado natural, y los medios para lograrlo están dentro de las posibilidades de cada uno de nosotros. Personalmente creo que una combinación bien equilibrada de trabajo, reflexión, humor y confianza en sí mismo son los ingredientes que se necesitan para vivir una vida eficiente. Yo no creo en las fórmulas fantasiosas o en las excursiones históricas para adentrarse en tu pasado personal y descubrir que el “paso de los pañales al retrete” fue hecho en forma torpe y brusca y que otras personas son las responsables de tu infelicidad.
Este libro esboza un procedimiento agradable de alcanzar la felicidad; un procedimiento que se basa en ser responsable de uno mismo, en comprometerse con uno mismo, además de las ganas de vivir y un deseo de ser todo lo que quieras ser en este momento. No se trata de un procedimiento complicado, sino de sentido común. Si eres un ser humano sano y feliz, es posible que pienses: “Yo podría haber escrito este libro”. Tienes razón. Tú no necesitas una preparación profesional ni un doctorado en las profesiones psicoterapéuticas para comprender los principios de una vida eficiente. Eso no se aprende en una sala de clases ni en un libro. Eso se aprende comprometiéndose con la propia felicidad y haciendo algo para lograrla. En esto trabajo yo todos los días, a la vez que trato de ayudar a que los demás se decidan por una alternativa similar.
Cada capítulo de este libro está escrito como si fuera una sesión de psicoterapia. Escogí esta forma para proporcionar la mayor cantidad posible de oportunidades de autoayuda. Se explora una zona errónea en particular, o el tipo de comportamiento autodestructivo, y se examinan los antecedentes históricos de este comportamiento en nuestra cultura (o sea, en ti mismo). El objetivo es ayudarte a comprender «por qué» estás atrapado en esta zona de autoderrota. Luego se detallan los comportamientos específicos que corresponden a esta zona errónea. Los tipos de comportamiento a que nos referimos son actos cotidianos que pueden parecer perfectamente aceptables pero que en realidad son perjudiciales para la propia felicidad. No doy ejemplos de casos clínicos con perturbaciones emocionales graves, sino más bien se puntualizan los diarios mensajes neuróticos que todos emitimos. Después de observar los comportamientos en las zonas erróneas, pasamos a examinar las «razones» que impulsan a aferrarse a comportamientos que malogran la felicidad. Esto implica observar seriamente y con atención el sistema de apoyo psicológico que te has construido para mantener este comportamiento de autofrustración, en vez de abandonarlo. Esta sección trata de contestar las siguientes preguntas: “¿Qué saco yo con este comportamiento?” y “¿Por qué persisto si me perjudica?”. Al examinar cada zona errónea seguramente notarás que cada una de las secciones de “retribución” tiene mensajes similares.
Descubrirás que las razones para conservar el comportamiento neurótico son bastante coherentes y se encuentran presentes en todas las zonas erróneas. Esencialmente es más seguro aferrarse a una respuesta conocida, aun cuando sea autodestructiva. Además puedes eliminar el cambio y asumir responsabilidades si mantienes intactas tus zonas erróneas. Estas retribuciones de confianza y seguridad serán evidentes a lo largo de todo el libro. Empezarás a ver que tu sistema de mantenimiento psicológico funciona para mantenerte ajeno a la culpabilidad y para neutralizar tus oportunidades de cambio. El hecho de que mantengas muchos comportamientos de autoderrota por el mismo motivo sólo hace que el crecimiento total sea más posible. Elimina estas razones y destruirás tus zonas erróneas.
Cada capítulo termina proporcionando una estrategia directa para eliminar este comportamiento autoneutralizador. Esta estructura corresponde exactamente a la de una sesión de psicoterapia; es decir, un estudio del problema y su exteriorización, un examen del comportamiento negativo; una percepción insight y profunda del “porqué” del comportamiento; y, por último, la formulación de estrategias concretas que eliminan la zona conflictiva.
Ocasionalmente este método puede parecer repetitivo. Es una buena señal (una señal de pensamiento efectivo). Yo he trabajado muchos años como psicoterapeuta. Sé muy bien que el pensamiento efectivo (el pensamiento que puede modificar el comportamiento autodestructivo) no aparece simplemente porque se ha dicho algo al respecto. Una percepción insight y en ese sentido, debe ser repetida una y otra vez. Sólo entonces, cuando está completamente aceptada y comprendida, puedes empezar a modificar el comportamiento autodestructivo. Por este motivo, ciertos temas se deben machacar una y otra vez en las páginas de este libro, igual que deben sacarse a relucir una y otra vez en sesiones sucesivas de psicoterapia. Hay dos temas centrales que aparecen repetidamente a lo largo de este libro. El primero tiene que ver con tu capacidad de decisión acerca de tus propias emociones. Empieza a examinar tu vida a la luz de las decisiones que tomaste o que dejaste de tomar. Esto te hará responsable de lo que eres y de lo que sientes. Para llegar a ser más feliz y más eficiente tendrás que tomar conciencia de las posibilidades de opción que se encuentren a tu alcance. TU ERES LA SUMA TOTAL DE TUS OPCIONES, y yo estoy lo suficientemente “lanzado” como para creer que CON LA MOTIVACIÓN APROPIADA Y EL ESFUERZO NECESARIO, TÚ PUEDES SER LO QUE TE PROPONGAS.
El segundo tema que se pondrá de manifiesto en estas páginas es el de hacerte cargo de tu momento presente. Son palabras que reaparecerán muchas veces. Es un elemento esencial para eliminar tus zonas erróneas y crear tu felicidad. Solamente existe un momento en el que puedes experimentar algo y ese momento es ahora; sin embargo se desperdicia mucho tiempo en rememorar el pasado y pensar en el futuro. Dedicar la actualidad, el ahora, a una plena satisfacción es la piedra fundamental de la vida positiva, y virtualmente todos los comportamientos autodestructivos (zonas erróneas) son esfuerzos por vivir un tiempo que no es el presente.
Se hará hincapié en las opciones y el momento presente en casi todas las páginas de este libro. Con una lectura atenta, pronto te harás preguntas que no se te habían ocurrido antes. “¿Por qué escojo estar molesto en este momento?” y “¿Cómo puedo emplear de forma más positiva este mismo momento?” son los interrogantes interiores que se formula la persona que se está alejando de las zonas erróneas y se dirige hacia la felicidad y la confianza en sí misma.
Este libro termina con el breve retrato de una persona que ha eliminado todas las zonas erróneas y que vive en un mundo emocional controlado internamente en vez de externamente. Las veinticinco preguntas siguientes han sido elaboradas para medir tu capacidad de elegir tus propias realización y felicidad. Respóndelas lo más objetivamente posible y evalúate a ti mismo y a tu actual manera de vivir. Las respuestas que sean afirmativas indican dominio de sí mismo y buena capacidad decisoria.
1. ¿Crees que piensas por ti mismo? (Capítulo 1)
2. ¿Eres capaz de controlar tus sentimientos? (Capítulo 2)
3. ¿Tus motivaciones son interiores o exteriores? (Capítulo 7)
4. ¿Te has liberado de la necesidad de aprobación? (Capítulo 3)
5. ¿Eres tú quien establece tus propias reglas de conducta? (Capítulo 7)
6. ¿Te has liberado de tu necesidad de justicia y equidad? (Capítulo 8)
7. ¿Puedes aceptarte tal como eres y evitar los reproches? (Capítulo 2)
8. ¿Estás libre de la necesidad del “culto al héroe”? (Capítulo 8)
9. ¿Eres un hacedor o un crítico ? (Capítulo 9)
10. ¿Te atrae lo misterioso y lo desconocido? (Capítulo 5)
11. ¿Puedes evitar describirte a ti mismo empleando términos absolutos? (Capítulo 4)
12. ¿Puedes quererte a ti mismo todo el tiempo? (Capítulo 10)
13. ¿Puedes tomarte tu propio descanso? (Capítulo 10)
14. ¿Has eliminado todas las relaciones de dependencia? (Capítulo 10)
15. ¿Has eliminado de tu vida las acusaciones e imputaciones? (Capítulo 7)
16. ¿Has logrado dejar de sentirte culpable? (Capítulo 5)
17. ¿Eres capaz de evitar preocuparte por el futuro ? (Capítulo V)
18. ¿Puedes dar y recibir amor? (Capítulo 2)
19. ¿Puedes evitar la ira paralizante en tu vida? (Capítulo 11 )
20. ¿Has eliminado las tácticas postergatorias como estilo de vida? (Capítulo 9)
21. ¿Has aprendido a fracasar eficientemente? (Capítulo 6)
22. ¿Puedes gozar y disfrutar de algo espontáneamente? (Capítulo 6)
23. ¿Puedes apreciar el humor y crearlo? (Capítulo 1)
24. ¿Te tratan los demás como quisieras que te traten? (Capítulo 10)
25. ¿Estás motivado por tu potencial de crecimiento y desarrollo o por la de reparar tus deficiencias? (Capítulo 1)
En cualquier momento dado de tu vida, puedes elegir contestar afirmativamente todas estas preguntas si estás dispuesto a rechazar muchos “tendría” y “debería” que has aprendido en el transcurso de tu vida. La verdadera opción radica en decidir ser personalmente libre o permanecer encadenado a las expectativas que los demás tienen de uno mismo.
Una amiga mía, Doris Warshay, escribió un poema después de escuchar una de mis conferencias. Me lo dedicó y lo tituló (Nuevos rumbos.)
Yo quiero viajar lo más lejos posible
Quiero alcanzar la alegría que hay en mi alma,
Y cambiar las limitaciones que conozco
Y sentir como crecen mi espíritu y mi mente.
Yo quiero vivir, existir, “ser”,
Y oír las verdades que hay dentro de mí.
Confío que este libro te ayudará a eliminar cualquier “gusano” o “anteojera” que pudiera impedirte el goce de nuevas y hermosas experiencias y también a descubrir y escoger tus nuevos rumbos.
Haciéndote cargo de ti mismo
La esencia de la grandeza radica en la capacidad de optar por la propia realización personal en circunstancias en que otras personas optan por la locura.
Mira por encima de tu hombro. Te darás cuenta de que tienes a tu lado un compañero que te acompaña constantemente. A falta de un nombre mejor llámalo (Tu-Propia-muerte.) Puedes tener miedo a este visitante o usarlo en tu propio beneficio. De ti depende la elección.
Siendo la muerte una propuesta tan eterna y la vida tan increíblemente breve, pregúntate a ti mismo: “¿Debo evitar hacer las cosas que realmente quiero hacer?”, “¿Viviré mi vida como los demás quieren que la viva?”. Lo más probable es que tus respuestas se puedan resumir en unas pocas palabras: Vive… Sé tú mismo… Goza… Ama.
Puedes temer tu propia muerte de forma negativa o usarla para ayudarte a vivir de modo positivo. Escucha al Iván Ilich de Tolstoi mientras espera al gran nivelador, contemplando un pasado completamente dominado por los demás, una vida en la que había desistido de ser dueño de sí mismo a fin de encajar en el sistema.
“¿Y si toda mi vida ha sido una equivocación qué?” Se le ocurrió que lo que antes le había parecido completamente imposible, especialmente el hecho de que no había vivido como debería haberlo hecho podría después de todo ser verdad. Se le ocurrió que sus impulsos vitales, reprimidos brutalmente por sí mismo apenas los había experimentado, podrían haber sido lo único verdadero y real de su vida, y todo lo demás falso. Y sintió que sus obligaciones profesionales y toda la organización de su vida y de su familia, todos sus intereses sociales y oficiales, todo eso podría haber sido falso. Trató de defenderse y justificarse ante sí mismo y de pronto sintió cuán débil era lo que estaba defendiendo y justificando. No había nada que defender…”
La próxima vez que tengas que decidir acerca de tu propia vida, que tengas que hacer una elección personal, hazte una pregunta muy importante:
“¿Cuanto tiempo voy a estar muerto?” Ante esa perspectiva eterna, puedes decidir ahora lo que prefieres, lo que eliges, y dejar a los que siempre estarán vivos las preocupaciones, los temores, la cuestión de si te lo puedes permitir y la culpabilidad.
Si no empiezas a actuar de esta manera, ya puedes formularte la posibilidad concreta de vivir toda tu vida tal como los demás piensan que debería ser. Ciertamente si tu estancia en la tierra es tan corta debería ser por lo menos agradable. En pocas palabras, se trata de tu vida; haz con ella lo que tú quieres.
La felicidad y tu propio c.i.
(Coeficiente de Inteligencia)
El hacerte cargo de ti mismo significa dejar a un lado ciertos mitos muy generalizados. A la cabeza de la lista está la noción de que la inteligencia se mide por la capacidad de resolver problemas complejos; de escribir, leer y computar a ciertos niveles; y de resolver rápidamente ecuaciones abstractas. Esta visión de la inteligencia postula la educación formal y el conocimiento académico o la cultura como la verdadera medida de la realización personal. Fomenta una especie de esnobismo intelectual que ha obtenido consigo unos resultados muy desmoralizadores. Hemos llegado a creer que una persona es “inteligente” si tiene una serie de títulos académicos, o una gran capacidad dentro de alguna disciplina escolástica (matemáticas, ciencias), un enorme vocabulario, una gran memoria para recordar datos superfluos, o si es gran lector. Sin embargo los hospitales psiquiátricos están atiborrados de pacientes que tienen todas las credenciales debidamente presentadas como de muchos que no las tienen-. El verdadero barómetro de la inteligencia es una vida feliz y efectiva vivida cada día y en cada momento de cada día.
Si eres feliz, si vives cada momento, aprovechando al máximo sus posibilidades, entonces eres una persona inteligente. La capacidad de resolver problemas es un aditamento útil a tu felicidad, pero si tú sabes que a pesar de tu falta de habilidad para resolver cierto tipo de cosas puedes elegir lo que te haga feliz, o que, por lo menos, puedes evitar lo que te hará infeliz, entonces se podrá decir que eres inteligente. Eres inteligente porque tienes el arma más eficaz para combatir el C. N. Sí: el (Colapso Nervioso.)
Te llamará quizá la atención que te diga que no existe eso que llamamos Colapso o Depresión Nerviosa. Los nervios no colapsan. Abre a alguien y busca sus nervios rotos. No aparecerán. Las personas “inteligentes” no tienen C. N. porque están en control de sí mismas. Ellas saben cómo elegir la felicidad en vez de la depresión, porque saben enfrentarse con los «problemas» que hay en sus vidas. Nótese que no dije «resolver» los problemas. En vez de medir su inteligencia por su capacidad para «resolver» problemas esta gente la mide por su capacidad de seguir siendo igualmente felices y valiosos, se solucione o no el problema.
Puedes empezar a considerarte realmente inteligente en base a cómo escojas sentirte al enfrentarte con circunstancias difíciles. Las dificultades de la vida son muy parecidas para todos. Todos los que están con otros seres humanos en cualquier contexto social tienen las mismas dificultades. Los desacuerdos, las componendas, los conflictos son partes de lo que significa ser un ser humano. Igualmente, el dinero, la vejez, las enfermedades, la muerte, los desastres naturales y los accidentes son acontecimientos que presentan problemas a todos los seres humanos. Pero mientras algunas personas logran evitar el desaliento que inmoviliza y la infelicidad al enfrentarse con estos hechos, hay otros que se desploman, quedan inertes o sufren un Colapso Nervioso. Los seres humanos que reconocen los problemas como algo que es parte de la condición humana y no miden la felicidad por la ausencia de problemas, ésos son los seres humanos más inteligentes que conocemos; también los más raros y difíciles de encontrar.
Aprender a hacerte totalmente cargo de ti mismo implicará un proceso mental completamente nuevo, y que puede resultar difícil porque son demasiadas las fuerzas que en nuestra sociedad conspiran contra la responsabilidad individual. Debes confiar en tu capacidad de sentir emocionalmente lo que elijas sentir en cualquier momento dado de tu vida. Éste es un concepto radical. Probablemente tú has crecido creyendo que no puedes controlar tus propias emociones; que la ira, el miedo y el odio, al igual que el amor, el éxtasis y la alegría son cosas que te pasan. Un individuo no controla estas cosas: las acepta. Cuando sucede algún acontecimiento penoso, uno naturalmente siente pena, y espera que muy pronto sucederá algo bueno y alegre para poderse sentir bien.
Eligiendo como te sentirás
Los sentimientos no son simples emociones que te suceden. Los sentimientos son reacciones que eliges tener. Si eres dueño de tus propias emociones, si las controlas, no tendrás que escoger reacciones de autoderrota. Cuando aprendas que puedes sentir lo que prefieres o eliges sentir, empezarás a encaminarte por la verdadera senda de la “inteligencia” -una senda que no tiene caminos laterales que lleven hacia el C.N. o la D.N.-. Esta senda es nueva porque tú considerarás a una emoción dada como una opción y no como una condición de la vida. Éste es el meollo y el alma misma de la libertad personal.
Con la lógica se puede atacar el mito del no estar a cargo o en control de las propias emociones. Por medio de un simple silogismo (una formulación lógica en la que se tiene una premisa mayor, una premisa menor y una conclusión que se basa en un acuerdo entre las dos premisas) puedes empezar el proceso de estar a cargo de ti mismo, tanto mental como emocionalmente.
Lógico.- Silogismo
Premisa Principal: Aristóteles es un hombre.
Premisa Menor: Todos los hombres tienen pelo facial.
Conclusión: Aristóteles Tiene Pelo Facial.
Ilógico.- Silogismo
Premisa Mayor: Aristóteles tiene pelo en la cara.
Premisa Menor: Todos los hombres tienen pelo en la cara.
Conclusión: Aristóteles Es Un Hombre.
Está muy claro que cuando recurres a la lógica, debes tener cuidado de que las premisas mayor y menor estén de acuerdo. En el segundo ejemplo Aristóteles podría ser un mono o un topo. He aquí un ejercicio lógico que puede descartar para siempre la noción de que tú no puedes hacerte cargo de tu propio universo emocional.
Premisa Mayor: Yo puedo controlar mis pensamientos.
Premisa Menor: Mis sentimientos provienen de mis pensamientos.
Conclusión: Yo Puedo Controlar Mis Sentimientos.
La premisa mayor está clara. Tienes el poder de pensar lo que se te ocurra. Si se te ocurre algo de improviso (algo que tú elegiste poner en tu cabeza, aunque no sepas por qué lo hiciste), aún tienes el poder de hacerlo desaparecer y por tanto sigues controlando tu universo mental. Yo te puedo decir: “Piensa en un antílope color rosa”, y tú lo puedes volver verde o convertirlo en un jabalí, o puedes pensar simplemente en cualquier otra cosa que quieras. Sólo tú puedes controlar lo que entra en tu cabeza como un pensamiento. Si tú no crees en esto, contesta simplemente esta pregunta: “Si no eres tú el que controla tus pensamientos, ¿quién los controla? ¿Es acaso tu cónyuge, o tu jefe o tu madre?”.
Y si son ellos los que controlan lo que tú piensas, entonces mándalos a ellos a que se hagan un tratamiento psicoterapéutico, y tú mejorarás inmediatamente. Pero tú sabes que no es así. Tú y sólo tú puedes controlar tu aparato pensante (fuera de casos extremos de lavado de cerebro o de experimentos de condicionamiento que no forman parte de tu vida). Tus pensamientos son tuyos, exclusivamente tuyos para hacer con ellos lo que quieras, conservarlos, cambiarlos, compartirlos o contemplarlos. Ninguna otra persona puede meterse dentro de tu cabeza y tener tus pensamientos como tú los experimentas. Eres tú quien controla realmente tus pensamientos, y tu cerebro es tuyo propio, y puedes usarlo como quieras y determines.
Tu premisa menor no es discutible si examinas las pruebas históricas y empleas tu sentido común. No puedes tener un sentimiento (emoción) sin antes haber experimentado un pensamiento. Sin el cerebro desaparece tu capacidad de “sentir”. Un sentimiento es una reacción física a un pensamiento. Si lloras, o te sonrojas, te late más fuerte el corazón o te sucede cualquiera de las posibles reacciones emocionales de la interminable lista de posibilidades, quiere decir que primero has recibido una señal desde el centro del pensamiento. Cuando el centro del pensamiento de tu mente está dañado o ha sufrido un cortocircuito, no sientes emociones, no puedes sentirlas. Con cierto tipo de lesiones en el cerebro no se siente ni el dolor físico, literalmente tu mano puede quedar completamente achicharrada y frita al fuego y tú no sentir ninguna sensación de dolor.
Tú sabes que no puedes neutralizar tu centro del pensamiento y al mismo tiempo experimentar cualquier sensación en tu cuerpo. No es posible. Así tu premisa menor se apoya en una verdad. Todas tus sensaciones te llegan precedidas por un pensamiento, y sin la función el cerebro no puedes experimentar sensaciones. La conclusión del silogismo es también ineludible. Si tú controlas tus pensamientos, y tus sensaciones y sentimientos provienen de tus pensamientos, entonces eres capaz de controlar tus propios sentimientos y sensaciones. Y puedes controlar tus sentimientos elaborando los pensamientos que los precedieron. Para simplificar podemos decir que tú crees que son las cosas o la gente los que te hacen infeliz, pero esto no es correcto. Eres tú el responsable de tu desgracia porque son tus pensamientos respecto a las cosas y a la gente que hay en tu vida los que te hacen infeliz. Para llegar a ser una persona libre y sana tienes que aprender a pensar de forma diferente. Cuando hayas logrado modificar tus pensamientos, entonces empezarán a surgir tus nuevos sentimientos y habrás dado el primer paso en el camino hacia tu libertad personal.
Consideremos el silogismo de una manera más personal tomando el caso de Cal, un joven ejecutivo que se pasa la mayor parte del tiempo preocupado y sufriendo porque su jefe piensa que es tonto. Cal es muy infeliz porque su jefe tiene una opinión muy pobre de él. Pero si Cal no supiera que su jefe piensa que él es tonto, ¿sería igualmente infeliz? Por supuesto que no. ¿Cómo podría sentirse desgraciado por algo que ignora? O sea, que lo que cree o deja de creer su jefe no es lo que lo hace infeliz. Lo que Cal cree es lo que lo hace infeliz. Más aún, Cal es responsable de su propia infelicidad al convencerse a sí mismo de que lo que otra persona piensa es más importante que lo que él mismo piensa.
Esta misma lógica es aplicable a todos los acontecimientos, cosas y puntos de vista de las personas. La muerte de alguien no es lo que te apena; hasta enterarte no puedes haberte apenado, así que no es la muerte la causa de tu pena sino lo que tú te dices respecto a ese hecho. Los huracanes no son deprimentes por sí mismos; la depresión es algo exclusivamente humano. Si te sientes deprimido a causa de un huracán es que te estás diciendo a ti mismo cosas que te deprimen respecto al huracán.
Esto no quiere decir que te debas engañar diciéndote cosas que te hagan disfrutar del huracán, sino que más bien te preguntes a ti mismo: “¿Por qué voy a escoger la depresión? ¿Acaso deprimirme me ayudará a enfrentarme con el hecho del huracán de una manera más eficiente?”.
Has crecido y te has desarrollado en un ambiente cultural que te ha enseñado que no eres responsable de tus sentimientos y sensaciones, aunque la verdad silogística te demuestre que siempre lo fuiste. Has aprendido una cantidad de dichos para defenderte del hecho de que eres tú el que controla tus sentimientos. He aquí una pequeña lista de frases hechas que has usado una y otra vez. Examina los mensajes que envían estas frases.
• “Me ofendes.”
• “Me haces sentirme mal.”
• “No puedo evitar sentir lo que siento.”
• “Simplemente estoy enfadado, no me pidas que te explique por qué.”
• “Esa persona me enferma.”
• “Tengo miedo a las alturas.”
• “Me avergüenzas.”
• “Me acelero cuando ella está cerca de mí.”
• “Me haces hacer el tonto en público.”
Esta lista podría seguir interminablemente. Cada frase contiene dentro de sí misma un mensaje que anuncia que no eres responsable de lo que sientes. Ahora vuelve a escribir la lista correctamente, o sea, de manera que refleje que eres tú quien controla lo que sientes y que tus sentimientos y sensaciones provienen de los pensamientos que tienes respecto a cualquier cosa.
• “Me ofendí por las cosas que me dije a mí mismo respecto a cómo reaccionaste tú ante mí.”
• “Me hice sentirme mal.
• “Puedo evitar sentir lo que siento, pero he escogido estar enfadado.”
• “He decidido sentirme enfadado porque generalmente puedo manipular a los demás con mi enfado puesto que ellos piensan que yo los controlo.”
• “Yo me enfermo a mí mismo.”
• “Yo me asusto a mí mismo en las alturas.”
• “Yo me avergüenzo de mí mismo.”
• “Yo me excito cuando estoy cerca de ella.”
• “Yo hago el tonto por tomar más en serio tus opiniones respecto a mí mismo que las mías propias, y por creer que los demás hacen lo mismo.”
Quizá tú crees que los dichos de la Lista 1 son simplemente figuras retóricas que se han convertido en clichés que se usan en nuestro ambiente cultural y que no tienen mayor significado. Pero si es así como piensas entonces pregúntate a ti mismo por qué las frases de la Lista 2 no se han convertido en clichés. La respuesta está en la influencia de nuestro ambiente cultural sobre nuestro pensamiento que nos enseña a pensar como la Lista 1 y nos aleja de la lógica de la Lista 2.
El mensaje es claro como el cristal. Eres tú el responsable de lo que sientes. Sientes lo que piensas, y puedes aprender a pensar diferentemente sobre cualquier cosa, si decides hacerlo. Pregúntate a ti mismo si vale la pena, si te compensa ser infeliz, estar deprimido o sentirte herido u ofendido.
Entonces examina, profundamente, el tipo de pensamientos que te están Llevando hacia estos sentimientos de debilidad.
Una tarea difícil:
Aprender a no ser desgraciado
No es fácil cambiar de modo de pensar. Tú estás acostumbrado a un cierto tipo de pensamientos y a sus consecuencias debilitantes. Hay necesidad de trabajar mucho para poder deshacerse de los hábitos de pensamiento que has asimilado hasta ahora. Es fácil ser feliz, pero aprender a no ser desgraciado puede resultar difícil.
La felicidad es la condición natural de la persona. Esto es evidente cuando se observa a los niños pequeños. Lo que es difícil es deshacerse de todos los “deberías” y “tendrías que” que has digerido en el pasado.
Hacerte cargo de ti mismo empieza con tener conciencia de ti mismo. Pon atención cuando digas cosas como “Me han ofendido”. Piensa en lo que estás haciendo en el momento que lo estés haciendo. El nuevo pensamiento requiere ser consciente de tus viejos pensamientos. Te has acostumbrado a patrones mentales que identifican las causas de tus sentimientos en hechos externos.
Has empleado miles de horas de refuerzo para apoyar estos pensamientos y tendrás que equilibrar la balanza poniendo miles de horas de pensamientos nuevos, unos pensamientos que asumen la responsabilidad de tus propios sentimientos. Es difícil, realmente difícil; pero ¿qué importa? Ciertamente no es motivo para dejar de hacerlo.
Recuerda los tiempos en que estabas aprendiendo a manejar un automóvil con cambios manuales. Te enfrentabas con un problema que parecía insuperable. Tenías tres pedales pero sólo dos pies con que manejarlos. Lo primero fue tomar conciencia de la complejidad de la tarea. Suelta el embrague lentamente, el coche demasiado rápido, hay sacudidas, aprieta el pedal del acelerador al mismo tiempo que sueltas el embrague, el pie derecho para el freno, pero el embrague tiene que entrar, o pegarás otra sacudida. Millones de señales mentales: siempre pensando, usando tu cabeza. ¿Qué hago? Estoy consciente, alerta, y al cabo de mil pruebas, equivocaciones y esfuerzos reiterados llega el día en que te subes a tu coche y sales conduciendo. Nada de vacilaciones, nada de sacudidas, nada de pensamientos. Conducir con embrague manual se ha convertido en algo completamente natural, y ¿cómo lo hiciste? Con gran dificultad. Con mucho pensar-en-el-presente, mucho recordar, con trabajo y esfuerzo.
Tú sabes regular tu mente cuando se trata de realizar trabajos físicos, tales como enseñar a tus pies y a tus manos a que coordinen sus esfuerzos para conducir un coche. El proceso es menos conocido pero funciona igual en el universo emocional. Has aprendido los hábitos que tienes ahora usándolos y reforzándolos durante toda tu vida. Te sientes desgraciado, enfadado, herido y frustrado automáticamente porque así aprendiste a pensar hace mucho tiempo. Has aceptado tu comportamiento y no te has preocupado de la posibilidad de cambiarlo. Pero puedes aprender a no ser desgraciado, a no estar enfadado, o herido o frustrado del mismo modo que aprendiste todas esas actitudes de autofrustración.
Por ejemplo, se te ha enseñado que ir al dentista es una experiencia desagradable y que está asociada con sensaciones de dolor. Siempre has sentido que era desagradable e incluso te has dicho a ti mismo cosas como:
“dio el torno”. Pero todas éstas son reacciones aprendidas. Tú podrías hacer que la experiencia funcionara a tu favor si decidieras que se trata de un procedimiento agradable. Podrías, si realmente decides usar tu cabeza, hacer que el ruido del torno te haga pensar en una hermosa experiencia sexual y cada vez que suene su ronroneo podrías entrenar a tu mente a que se imagine el momento más orgiástico de tu vida. Podrías pensar diferentemente sobre lo que solías llamar dolor, y elegir sentir algo nuevo y agradable. Te resultará mucho más agradable y gratificante dominar tus propias circunstancias dentales que aferrarte a las viejas imágenes y simplemente resignarte.
Quizá te cuesta creerlo. Puede que digas algo así como: “Yo puedo pensar en lo que quiera pero igual me siento desgraciado cuando el dentista me mete el torno en la boca”. Esto nos Lleva de vuelta al embrague manual.
¿Cuándo creíste que podías manejarlo? Un pensamiento se convierte en una certidumbre cuando lo elaboras, no cuando pruebas hacerlo una vez y luego tomas como pretexto tu falta de pericia o fracaso inicial para dejar de hacerlo.
El hacerte cargo de ti mismo implica un esfuerzo más grande que el que significa simplemente especular con ideas nuevas. Implica la determinación, la decisión de ser feliz y de enjuiciar y destruir todos y cada uno de los pensamientos que te producen una infelicidad autoinmovilista.
La posibilidad de elección:
Tu libertad fundamental
Si todavía crees que no eliges ser infeliz, trata de imaginarte que las cosas suceden de la siguiente manera.
Cada vez que te sientes desgraciado, se te somete a una experiencia desagradable. Tal vez estás encerrado solo en una habitación durante mucho tiempo, u obligado a meter te en un ascensor lleno de gente donde debes pasar varios días. Te puedes dejar sin comer u obligarte a comer un plato que encuentras particularmente desagradable. O quizá te torturan: otra gente te tortura físicamente en vez de torturarte tú mismo mentalmente.
Trata de imaginarte que se te somete a cualquiera de estos castigos hasta que logres deshacerte de las sensaciones penosas. ¿Cuánto tiempo crees que seguirías aferrándote a ellas? Lo más probable es que te harías cargo de tus sentimientos y sensaciones rápidamente. Así pues, no se trata de si puedes o no hacerte cargo y controlar tus sentimientos y sensaciones, sino de que si lo harás realmente o no lo harás. ¿Cuánto aguantarás antes de decidirte? Algunas personas eligen volverse locas antes que hacerse cargo de sí mismas y controlar sus vidas. Otras simplemente se entregan y se hunden en una vida llena de sufrimientos porque el dividendo de la compasión recibida es mayor que la recompensa de ser feliz.
De lo que aquí se trata es de tu capacidad de elegir la felicidad, o por lo menos de no elegir la infelicidad en cualquier momento dado de tu y ida. Esta puede que sea una idea apabullante pero es a la vez una idea que debes considerar cuidadosamente antes de rechazarla, puesto que su rechazo significa darte por vencido. Rechazarla es creer que un tercero está a cargo de ti. Pero la elección de la felicidad podría resultarte más fácil que algunas de las cosas que a diario complican tu vida.
Igual que tienes libertad para escoger la felicidad en vez de la infelicidad, eres también libre de elegir entre un comportamiento autorrealizante en vez de un comportamiento autoderrotante. Si en este tiempo conduces un coche, lo más probable es que te encontrarás frecuentemente en atascos de tráfico. ¿Te enfadas entonces, o insultas a los otros conductores, riñes con tus pasajeros y te desahogas con cualquier cosa o con cualquier persona que se te ponga por delante? ¿Justificas tu comportamiento diciendo que el tráfico te pone malo y que simplemente no te puedes dominar en los atascos? ¿Qué pasaría si decides pensar en otra cosa? ¿Qué pasaría si decides usar tu cabeza de una manera constructiva? Quizá te tome algún tiempo el poder hacerlo, pero puedes aprender a hablarte a ti mismo de una manera diferente, acostumbrarte a un comportamiento diferente que podría incluir el silbar, o cantar, o grabar cartas verbales en una cinta magnetofónica e incluso tomarte el tiempo postergando tus enfados por espacio de treinta segundos. No aprenderás a que te gusten las aglomeraciones pero sí, aunque muy lentamente al principio, a pensar de una manera nueva. Habrás aprendido a no sentirte incómodo. Habrás elegido sustituir, paso a paso, lentamente pero avanzando siempre, las viejas emociones autofrustrantes por nuevas emociones sanas y constructivas.
De ti y de las elecciones que hagas depende que las experiencias de tu vida sean estimulantes y agradables. Las fiestas aburridas y las reuniones de comité son territorios fértiles para escoger nuevas sensaciones y sentimientos. Cuando estés aburrido puedes hacer que tu mente trabaje de diferentes maneras que resulten estimulantes, como cambiar el tema con una observación clave, o escribiendo el primer capítulo de tu novela, o trabajando en distintos proyectos que te ayuden a evitar este tipo de situaciones en el futuro. Para usar tu mente activamente lo que tienes que hacer es ver cuáles son la gente y las cosas que te crean conflicto y decidir entonces cuáles son los esfuerzos mentales que harán que estos mismos hechos y estas mismas personas actúen positivamente para ti.
Por ejemplo en un restaurante, si te molestas porque el servicio es malo, piensa primero por qué no debes escoger el molestarte porque algo o alguien no funciona como tú quisieras. Vales demasiado para que te dejes perturbar por otra persona, especialmente si esa persona tiene tan poca importancia en tu vida. Piensa en qué estrategias puedes usar para cambiar el momento, márchate, o haz cualquier cosa. Pero no dejes que la situación te perturbe. Haz que tu cabeza trabaje a favor tuyo y poco a poco adquirirás la costumbre de no molestarte cuando las cosas vayan mal.
Escoger la salud en vez de la enfermedad
También puedes escoger eliminar ciertos sufrimientos físicos que no provienen de alguna falla orgánica conocida. Hay muchos malestares físicos que a menudo no provienen de desórdenes fisiológicos como ciertos dolores de cabeza, dolores de espalda, úlceras, hipertensión, urticarias, erupciones de la piel, calambres, dolores diversos y así por el estilo.
Una vez tuve una paciente que juraba que hacía cuatro años que tenía dolor de cabeza todas las mañanas. Todas las mañanas a las 6.5 esperaba que le llegara y entonces tomaba analgésicos. También mantenía bien informados de sus sufrimientos a sus amigas y compañeros de trabajo. Se le sugirió a esta paciente que en realidad ella quería sentir estos dolores de cabeza y los había escogido como una manera de llamar la atención y de que la gente la compadeciera. También se le sugirió que podía aprender a no desear esto para sí misma y que podía tratar de trasladar el dolor de en medio de la frente hacia un costado de la cabeza. Ella iba a aprender a controlar su dolor de cabeza o a darse cuenta de que lo controlaba haciéndolo cambiar de lugar. La primera mañana se despertó a las 6.30 y se quedó en la cama esperando su dolor. Cuando llegó pudo «pensarlo» en otro lugar de su cabeza. Escogió algo nuevo para sí y finalmente dejó de escoger tener dolores de cabeza.
Hay cantidad de pruebas que apoyan la teoría de que la gente escoge tener tumores, artritis, enfermedades del corazón, “accidentes” y muchos otros males incluido el cáncer, males que se ha pensado siempre que le suceden fortuitamente a la gente. En el tratamiento de enfermos “mortalmente enfermos”, muchos investigadores han empezado a creer que la manera de aliviar el mal es ayudando al paciente a no desear la enfermedad en cualquier forma que sea. Algunas culturas tratan el dolor de esta manera, dominando completamente la mente y haciendo que el autocontrol sea sinónimo de control mental.
El cerebro que está compuesto de diez billones de partes «funcionantes», tiene suficiente capacidad de almacenamiento como para aceptar diez novedades por segundo. Se ha calculado, y haciendo cálculos moderados, que el cerebro humano puede almacenar una cantidad de información equivalente a cien trillones de palabras, y que nosotros usamos sólo una pequeña fracción de este espacio.
Este instrumento que llevas contigo por todas partes es muy potente y puedes elegir usarlo de diferentes maneras, algunas tan estupendas y tan fantásticas que ni siquiera se te habían ocurrido hasta ahora. Trata de ser consciente de esto mientras vayas leyendo las páginas de este libro y trata de escoger nuevas formas de pensar.
No te apresures a decir que este tipo de control es una forma de charlatanería. La mayoría de los médicos han visto a pacientes que optan por una enfermedad física que no tiene causas fisiológicas. No es raro ver gente que se enferma misteriosamente cuando se enfrentan con alguna circunstancia difícil, o que evitan enfermarse cuando estar enfermo es sencillamente “imposible” en ese momento, y de esa manera postergan los efectos, quizá la fiebre, hasta que no exista esa circunstancia tan importante, y sólo entonces se derrumban.
Yo conozco el caso de un hombre de 36 años atrapado en una horrible situación matrimonial. Decidió el 15 de enero que el 10 de marzo dejaría a su mujer. El 28 de febrero desarrolló una fiebre de 40º y empezó a vomitar sin poderse controlar. Esto se convirtió en una situación recurrente; cada vez que se armaba de valor para decidir abandonar a su mujer le daba la gripe o un ataque de indigestión. Estaba eligiendo. Era más fácil enfermarse que enfrentarse con la culpa, el miedo, la vergüenza y lo desconocido que implicaba el hecho de la separación.
Escucha los anuncios que oímos por la televisión.
“Yo soy un Corredor de la Bolsa… así es que se podrán imaginar los dolores de cabeza que tengo que soportar, las tensiones. Pero yo tomo esta píldora para quitármelos.” Mensaje: No puedes controlar lo que sientes si trabajas en cierto tipo de empleos (profesores, ejecutivos, padres); por tanto, confía en algo que lo haga por ti.
Nos bombardean con mensajes de ese tipo a diario. Lo que esconden e implican está muy claro y es que somos unos prisioneros indefensos que tenemos que tener algo o alguien que haga las cosas por nosotros.
Tonterías. Sólo tú puedes mejorar tu suerte y hacerte feliz a ti mismo. De ti depende hacerte cargo de controlar tu propia mente, y entonces debes tratar de sentir y actuar de las maneras que elijas.
Evitar la inmovilidad
Cuando consideres tu potencial para escoger la felicidad, ten presente la palabra inmovilización como el indicador de las emociones negativas de tu vida. Puede que creas que a veces vale la pena sentir rabia, hostilidad, timidez u otros sentimientos por el estilo, y por esa razón, quieres aferrarte a ellos. La medida en que estos sentimientos te inmovilicen debe de ser lo que te sirva de guía.
La inmovilización puede oscilar entre la inacción total y las pequeñas indecisiones o vacilaciones. ¿Acaso tus enfados evitan que hagas o digas cosas que quieres hacer o decir? Si es así, es porque te inmovilizan. ¿Tu timidez te impide conocer gente que quieres conocer? Si es así, quiere decir que tu timidez te inmoviliza e imposibilita que tengas experiencias que son tuyas por derecho. ¿Acaso tus celos y tu odio contribuyen a provocarte una úlcera de estómago o a aumentarte la presión arterial?
¿Evitan que hagas tu trabajo eficaz en tu empleo? ¿No puedes dormir o hacer el amor por alguna sensación negativa del momento presente? Todos éstos son signos de inmovilización. «Inmovilización:» Un estado, que, en grado mayor o menor, imposibilita que funciones al nivel que quisieras funcionar. Si ciertos sentimientos te conducen a ese estado, no vale la pena que sigas buscando más razones para deshacerte de ellos.
He aquí una pequeña lista de algunas ocasiones en las que puede que te encuentres inmovilizado. Oscilan entre menores y mayores estados de inmovilidad.
Estás inmovilizado cuando…
• No puedes dirigirte cariñosamente a tu cónyuge o a tus niños aunque lo quieras hacer.
• No puedes trabajar en un proyecto que te interesa.
• Te pasas el día sentado en la casa pensando en tus problemas.
• No haces el amor y te gustaría hacerlo.
• No juegas al tenis o al golf o no tomas parte en otras actividades agradables por una sensación desagradable que arrastras contigo.
• No te atreves a presentarte a una persona que te atrae.
• Evitas hablar con alguien aunque te das cuenta de que un sencillo gesto amistoso mejoraría vuestra relación.
• No puedes dormir porque algo te preocupa. No puedes pensar con claridad porque estás enfadado.
• Le dices algo pesado e injusto a alguien que quieres.
• Te tiemblan las facciones o estás tan nervioso que no funcionas como quisieras.
La inmovilización abarca un amplio territorio. Casi todas las emociones negativas provocan un estado de autoinmovilidad, y esto ya es un motivo más que suficiente para eliminarlas de tu vida. Quizá pienses en una circunstancia en que las emociones negativas dan un beneficio como puede ser dirigirte a un niño con voz enfadada para hacer hincapié en el hecho de que no quieres que juegue en la calle. Si el tono de enfado es una simple estrategia para conseguir el resultado deseado y ésta funciona, entonces muy bien, quiere decir que has. adoptado una estrategia sana y positiva. Sin embargo si gritas a los demás no porque quieras lograr algo o hacer hincapié en algo, sino porque estás perturbado internamente, entonces, quiere decir que te has inmovilizado a ti mismo; quiere decir que ha llegado el momento de empezar a escoger nuevas actitudes que te ayuden a lograr tu objetivo de que el niño no juegue en la calle sin por ello experimentar sensaciones que te sean dolorosas y perjudiciales. En el Capítulo II trato nuevamente el tema de la ira y de la manera en que se puede postergar y apaciguar.
La importancia de vivir en el momento presente
Una de las maneras de combatir la inmovilización por pequeña que sea es aprendiendo a vivir en el momento presente. Vivir el momento presente, ponerte en contacto con tu “ahora” constituye el meollo de una vida positiva. Si lo piensas, te darás cuenta de que en realidad no existe otro momento que puedas vivir. El ahora es todo lo que hay, y el futuro es simplemente otro momento presente para ser vivido cuando llegue. Una cosa es segura; que no puedes vivirlo hasta que aparezca realmente. El problema reside en el hecho de que vivimos en una cultura que quita importancia al presente, al ahora. ¡Ahorre para el futuro! ¡Piense en las consecuencias! ¡No sea hedonista! ¡Piense en el mañana! ¡Prepárese para su jubilación!
Evitar el momento presente es casi una enfermedad en nuestra cultura, y continuamente se nos condiciona a sacrificar el presente por el futuro.
Si llevamos esta actitud a sus conclusiones lógicas, nos daremos cuenta de que se trata no sólo de evitar el goce ahora sino de evadirse para siempre de la felicidad. Cuando llega el futuro éste se convierte en presente y debemos usarlo para preparar el futuro. La felicidad es algo que sucede en el mañana o sea algo elusivo, falaz.
La enfermedad de evitar el momento presente adquiere muchas formas.
He aquí cuatro ejemplos típicos de comportamiento evasivo.
La señora Sally Forth decide irse al bosque a respirar aire puro, gozar de la naturaleza y ponerse en contacto con sus momentos presentes.
Mientras pasea por el bosque deja divagar su mente y la enfoca en todas las cosas que debería estar haciendo en su casa… Los niños, la compra, la casa, las cuentas que hay que pagar, ¿estará todo bien? Luego, en otros momentos, su mente se proyecta hacia todas las cosas que tendrá que hacer cuando salga del bosque. Se perdió el presente, ocupado por sucesos pasados y futuros, y la encantadora y rara ocasión de disfrutar de un momento presente en contacto con la naturaleza se ha perdido para siempre.
La señora Sandy Shore se va a las islas para disfrutar de unas vacaciones, y se pasa todo el tiempo bronceándose al sol no por el placer de sentir los rayos de sol sobre su cuerpo, sino que anticipándose a lo que dirán sus amigos cuando vuelva a casa con un precioso bronceado. Su mente está concentrada en el futuro, y cuando ese momento futuro llegue, ella sentirá no poder estar de vuelta en la playa tomando el sol. Si tú crees que la sociedad no fomenta este tipo de actitudes, piensa en el anuncio comercial de un producto bronceador: “Os odiarán más cuando volváis a casa si usáis este producto”.
El señor Neil N. Prayer tiene un problema de impotencia. Cuando está experimentando el momento presente con su esposa, su mente empieza a divagar y a pensar en sucesos pasados o futuros y el presente se le desvanece. Cuando finalmente logra concentrarse en el momento presente se imagina que está haciendo el amor con otra persona mientras ella igualmente piensa en su amante.
El señor Ben Fishen está leyendo un libro y haciendo lo imposible por concentrarse en lo que está leyendo. De pronto se da cuenta de que su mente ha partido en una excursión mental. Su mente no ha absorbido ni una sola idea. Estaba evitando el material escrito en esas páginas aunque sus ojos enfocaban cuidadosamente cada palabra. Literalmente estaba participando en el ritual de la lectura mientras ocupaba su momento presente en pensamientos que se referían a la película que había visto la noche anterior o al examen del día siguiente.
Puedes disfrutar maravillosamente del momento presente, ese tiempo huidizo que siempre está contigo, si te entregas completamente a él, si te “pierdes” en él. Absorbe todo lo que te brinda el momento presente y desconéctate del pasado que ya no existe y del futuro que llegará a su tiempo. Aférrate al momento presente como si fuera el único que tienes. Y piensa que recordar, desear, esperar, lamentar y arrepentirse son las tácticas más usuales y más peligrosas para evadir el presente.
A menudo la evasión del presente conduce a una idealización del futuro. En el futuro, en algún momento maravilloso del futuro, cambiará la vida, todo se ordenará y encontrarás la felicidad. Cuando llegue ese momento tan importante y suceda lo que esperas -tu graduación del colegio o Universidad, el matrimonio, un niño, un ascenso- entonces empezará la vida en serio. Y lo más probable es que cuando llegue ese momento y ocurra el suceso esperado tendrás una gran desilusión. Nunca podrá ser lo que esperabas. Trata de recordar tu primera experiencia sexual. Después de una espera tan larga, los orgasmos no tenían carácter de jubileo ni la violencia de un ataque epiléptico sino más bien un preguntarse entre divertido y extrañado por qué la gente hacía tanta alharaca respecto al sexo y quizá también una sensación de “¿Es esto realmente todo?”.
Claro que cuando algo que te sucede no está a la altura de tus expectativas, puedes librarte de la depresión que ello te produce empezando a idealizar de nuevo. No dejes que este círculo vicioso se convierta en un estilo de vida para ti. Interrúmpelo ya, ahora mismo estratégicamente con algo que te llene, y te haga sentirte realizado en el momento-presente.
Hace años, en 1903, Henry James dio estos consejos en su novela Los embajadores:
• Vive todo lo que puedas; no hacerlo es una equivocación.
• No importa mucho lo que hagas siempre que tengas tu vida.
• Si no has tenido eso, ¿qué has tenido?…
• …El momento apropiado es cualquier momento que uno aún tiene la suerte de tener… ¡Vive!
Si miras hacía atrás lo que ha sido tu vida, como lo hizo Ivan Ilich en la novela de Tolstoi, descubrirás que es muy raro que te lamentes o arrepientas por algo que has hecho. Es lo que no has hecho lo que te atormentará. O sea, que el mensaje está muy claro. ¡Hazlo! !Haz cosas!
Valora el momento presente. Aférrate a cada momento de tu vida y saboréalo.
Dale importancia, valoriza tus momentos presentes. Piensa que si los desperdicias con actitudes autofrustrantes, los habrás perdido para siempre.
El tema de la concienciación del momento-presente aparece en todas las páginas de este libro. La gente que sabe coger al vuelo ese momento presente y sacar de él todo el provecho posible, “maximizarlo”, es la gente que ha escogido vivir una vida libre, eficiente, efectiva y plena. Y ésa es una elección que todos y cada uno de nosotros podemos hacer.
Crecimiento contra imperfección como motivador
Dos tipos de necesidades pueden motivarte a elegir una vida plena y feliz. La forma de motivación más común se llama imperfección o motivación por deficiencia, y el otro tipo, el más sano, se denomina motivación de crecimiento y desarrollo.
Si colocas una piedra bajo el lente de un microscopio y la observas con cuidado notarás que no cambia nunca. Pero, si pones un trozo de coral bajo el mismo lente podrás darte cuenta que éste crece y cambia.
Conclusión: el coral está vivo, la piedra está muerta. ¿Cómo notas la diferencia entre una flor que está viva y una que está muerta? La que está creciendo es la que está viva. La única verdadera prueba de la vida es el crecimiento. Esto también es cierto en el universo psicológico. Si estás creciendo quiere decir que estás vivo. Si no estás creciendo y desarrollándote es igual que si estuvieras muerto.
Tu motivación puede provenir de un deseo de crecer y desarrollarte más que de un deseo de reparar tus deficiencias. Si llegas a reconocer que siempre podrás crecer, mejorar, desarrollarte, volverte cada vez más y más grande, ya es suficiente. Cuando decides quedarte inmovilizado o experimentar emociones dolorosas, entonces habrás hecho una decisión de anticrecimiento. La motivación del crecimiento y el desarrollo implica usar tu energía vital para alcanzar una mayor felicidad más que para tener que mejorarte a ti mismo porque has pecado o porque de alguna manera estás incompleto.
Uno de los corolarios de la elección del crecimiento y desarrollo como motivación es el dominio de ti mismo en todos los momentos presentes de tu vida. Tener dominio de ti mismo significa que tú eres el que decides tu destino; que no eres de los que contemporizan ni de los que se amoldan a lo que les brinda la vida. Más bien que escoges lo que tu mundo será para ti. George Bernard Shaw lo expresó muy bien en su obra de teatro “La profesión de la señora Jarren.”
La gente siempre le echa la culpa a sus circunstancias por lo que ellos son. Yo no creo en las circunstancias. La gente a la que le va bien en la vida es la gente que va en busca de las circunstancias que quieren y si no las encuentran, se las hacen, se las fabrican.
Pero acuérdate de lo que se dijo al principio de este capítulo.
Cambiar tu manera de pensar, o de sentir, o de vivir es posible, pero nunca fácil. Seamos hipotéticos por un momento. Si te dicen, amenazándote al mismo tiempo con una pistola, que dentro de un año vas a tener que hacer algo muy difícil, como correr una milla en cuatro minutos y treinta segundos, o lanzarte del trampolín más alto de la piscina con un estilo impecable, y que si no lo haces te fusilarán, seguro que te dedicarías en cuerpo y alma a entrenarte para lograr estos objetivos hasta que te llegara el momento de actuar. Estarías entrenando tu mente al mismo tiempo que tu cuerpo porque es tu mente la que le dice a tu cuerpo lo que tiene que hacer. Te entrenarías constantemente, sin cesar, sin caer en la tentación de abandonar tu empeño o disminuirlo. Y cumplirías tu cometido y salvarías tu vida.
Este pequeño cuento de hadas está destinado, por cierto, a demostrar algo. Nadie pretende cambiar su cuerpo de un día para otro y sin embargo muchos esperamos y pretendemos que nuestras mentes sean capaces de un cambio repentino. Cuando tratamos de aprender un comportamiento mental diferente, pretendemos probarlo una vez y que luego se convierta, instantáneamente, en parte de nosotros mismos.
Si realmente quieres liberarte de las neurosis, realizarte y controlar tus propias decisiones, si realmente quieres alcanzar la felicidad del momento-presente, necesitarás aplicar el mismo tipo de disciplina rígida que necesitaste para aprender a pensar de forma autofrustrante, pues tendrás que desandar el camino mental que has seguido hasta la fecha.
A fin de lograr plenamente este tipo de realización personal tendrás que repetirte hasta el cansancio que tu mente te pertenece y que eres capaz de controlar tus propios sentimientos. El resto de este libro estará dedicado a tratar de ayudarte a conseguir tus propios fines haciendo precisamente que empieces por enunciar repetidamente esos temas: tú puedes escoger lo que más te convenga, y tus momentos presentes son tuyos para que tú los disfrutes, si realmente decides estar a cargo de ti mismo.
El primer amor
La propia-estima no puede ser verificada por los demás. Tú vales porque tú dices que es así. Si dependes de los demás para valorarte, esta valorización estará hecha por los demás.
Puede ser que tengas una enfermedad social, una enfermedad que no se pueda curar con una simple inyección. Es muy probable que te haya infestado el virus del desprecio a ti mismo; y el único remedio conocido para esto es una buena dosis masiva de amor propio, o amor a ti mismo. Pero quizá, como mucha gente en nuestra sociedad, tú has crecido con la idea de que está mal amarse a sí mismo. Piensa en los demás, nos dice la sociedad. Ama a tu prójimo, nos predica la Iglesia. Lo que nadie parece recordar es lo de ámate a ti mismo, y sin embargo es eso precisamente lo que vas a tener que aprender para lograr tu felicidad en el momento-presente.
De niño aprendiste que amarte a ti mismo, algo natural en aquel entonces, era lo mismo que ser egoísta y consentido. Aprendiste a pensar en los demás antes que en ti mismo, a darles mayor importancia porque de esa manera demostrabas que eras una “buena” persona. Aprendiste a anularte y te alimentaron con conceptos como el de “debes compartir tus cosas con tus primos”. No importaba que fueran las cosas que más querías, tus tesoros personales, o que ni papá ni mamá pudieran no estar compartiendo sus juguetes de adultos con los demás. Incluso puede que te hayan dicho a menudo que “los niños callan cuando hablan los adultos” y que “debes saber cuál es tu lugar”.
Los niños se consideran hermosos e importantes por naturaleza, pero al llegar a la adolescencia los mensajes de la sociedad ya han echado raíces. La desconfianza en sí mismos está en pleno apogeo. Y con el pasar de los años esta sensación recibe constantemente refuerzos. Después de todo no debes andar por el mundo amándote a ti mismo. ¡Qué pensarán de ti los demás!
Las indirectas son sutiles y la intención que las alienta no es mala, pero logran mantener a raya al individuo. Empezando con los padres y la familia y siguiendo con el colegio y los amigos, el niño aprende estos encantadores modales sociales que son como la marca de ley del mundo de los adultos. Los niños nunca actúan así entre ellos a menos que sea para darles gusto a los mayores. Que digan siempre por favor y gracias, que hagan una venia, que se levanten cuando entra un adulto en la habitación, que pidan permiso para levantarse de la mesa, que aguanten las eternas caricias en las mejillas y las sobadas de cabeza de los adultos. El mensaje es muy claro: los adultos son importantes; los niños no cuentan. Los demás tienen importancia; tú eres insignificante. No te fíes de tu propia opinión era el corolario número uno, y había un enorme paquete de refuerzos que venían bajo el título de “buena educación”. Estas reglas encubiertas por la palabra “modales” te ayudaban a internalizar los juicios de los demás a expensas de tus propios valores. No es sorprendente pues que estas mismas preguntas y dudas, estas mismas definiciones que te niegan como persona persistan en la madurez. ¿Y cómo logran introducirse estas dudas de uno mismo? Quizá tengas problemas en el importante tema de amar al prójimo.
Pero el amor a los demás está relacionado directamente con el amor que te tienes a ti mismo.
El amor: sugerencias para una definición
El amor es una palabra que tiene tantas definiciones como personas hay para definirlo. Prueba ésta a ver cómo te va. La capacidad y la buena disposición para permitir que los seres queridos sean lo que ellos elijan para si mismos, sin insistir en que hagan lo que a ti te satisficiera o te gustase. Puede que ésta sea una definición practicable pero el hecho es que muy pocas personas son capaces de adoptarla para sí mismos. ¿Cómo puede llegarse al punto de poder dejar que los demás sean como quieren y eligen ser sin insistir para que se pongan a la altura de lo que esperas de ellos?
Muy sencillo. Amándote a ti mismo. Sintiendo que eres importante, hermoso y que vales mucho. Cuando hayas reconocido lo que vales y lo bueno que eres no tendrás necesidad de que los demás apoyen y refuercen tu valor y tus valores ajustando su conducta a tus instrucciones. Si estás seguro de ti mismo y tienes confianza en lo que piensas, no querrás ni necesitarás que los demás sean como tú. En primer lugar, tú eres un ser único. Por otro lado eso los privaría de su individualidad, y lo que te gusta en ellos son precisamente esos rasgos que los diferencian y hacen que sean lo que son.
La cosa empieza a armarse. Logras amarte a ti mismo y de pronto eres capaz de amar a los demás, y eres capaz de hacer cosas por los demás al poder dar y hacer cosas para ti mismo primero que nada. Así no tendrás necesidad de artimañas para amar y dar. No lo harás porque esperas retribución o gratitud sino por el auténtico placer que sientes al ser generoso y amante.
Si tu ser no vale nada, o no es amado por ti, entonces es imposible dar.
¿Cómo puedes dar amor si no vales nada? ¿Qué valor tendría tu amor?
Y si no puedes dar amor, tampoco puedes recibirlo. Después de todo, ¿qué valor puede tener el amor que se le da a una persona que no vale nada? El estar enamorado, el poder dar y recibir, todas esas cosas empiezan con un ser que es capaz de amarse totalmente a sí mismo.
Toma por ejemplo el caso de Noah, un hombre maduro que pretendía amar tiernamente a su mujer y a sus hijos. Para demostrarles su cariño les compraba regalos caros, les costeaba vacaciones lujosas y tenía buen cuidado, cuando se ausentaba en viajes de negocios, de firmar siempre sus cartas con la palabra “amor”. Sin embargo Noah nunca lograba decir a su mujer y a sus hijos que los amaba. Y tenía el mismo problema con sus padres a quienes quería mucho también. Noah quería pronunciar las palabras que a menudo le pasaban por la cabeza y sin embargo se atoraba cada vez que trataba de decir “Te amo”.
En la mente de Noah las palabras “Yo te amo” lo dejaban al descubierto. Si él decía “Yo te amo” alguien tenía que contestar “Yo también te amo, Noah”. Su declaración de amor tiene que encontrarse con una afirmación de su propio valor personal. El decir esas palabras implicaba un riesgo demasiado grande para Noah, porque podrían quedar sin respuesta y entonces todo su valor se ponía en duda. Si, por otro lado, Noah pudiese empezar con la premisa de que él era amable o querido, no tendría ninguna dificultad en decir “Yo te amo, o “Yo te quiero”. Y si no le respondían con el deseado “Yo también te amo, Noah”, él vería que eso nada tiene que ver con su propia autovaloración puesto que ésta estaba intacta desde antes de que siquiera empezara a hablar. Si su amor era correspondido, era problema de su esposa, o de quien sea que Noah amara en ese momento. Podría ser que él deseara el amor de la otra persona, pero éste no sería indispensable para su autovaloración.
Puedes desafiar todos tus sentimientos de acuerdo a tu habilidad de amarte a ti mismo. Recuerda siempre que en ningún momento y en ninguna circunstancia es más sano odiarse a sí mismo que amarse a sí mismo. Incluso si te has portado de alguna manera que te desagrada, odiarte a ti mismo sólo te llevará a inmovilizarte y a perjudicarte. Y en vez de odiarte a ti mismo, trata de tener sentimientos positivos. Que la equivocación o el error te sirvan de lección; haz el propósito de no repetirlos pero no los asocies con tu autoestima o autovaloración.
He aquí el meollo tanto del amor a uno mismo como a los demás. No confundas nunca tu propio valor (que es un valor dado) con tu comportamiento o con el comportamiento de los demás hacia tu persona. Y, lo repito, no es fácil. Los mensajes que nos manda la sociedad son abrumadores. “Eres un niño malo”, en vez de “Te portaste mal”. “Mamá no te quiere cuando te comportas de esta manera”, en vez de “A mamá no le gusta cómo te portas”. Las conclusiones que sacas de este tipo de mensajes son:
“Ella no me quiere, debo ser un desastre” en vez de “no le gusto a mamá.
Ésa es su decisión; y aunque no me gusta que así sea, sigo creyendo que soy importante. En su libro “Knots” (Nudos) el doctor R. D. Laing resume el proceso de internalización de los pensamientos de los demás para equipararlo con la propia autoestima.
• Mi madre me ama. Yo me siento bien.
• Yo me siento bien porque ella me ama. Mi madre no me ama.
• Yo me siento mal.
• Yo me siento mal porque ella no me ama.
• Yo soy malo porque me siento mal. Yo me siento mal porque soy malo. Yo soy malo porque ella no me ama.
• Ella no me ama porque yo soy malo.
No es fácil deshacerse de los hábitos de la niñez. Es muy posible que la imagen de ti mismo se base todavía en las opiniones de los demás. Si bien es cierto que tus primeras ideas respecto a ti mismo las aprendiste de la opinión de los adultos, no es cierto que tengas que cargar con ellas para siempre. Sí, es difícil desligarse de las viejas cadenas y limpiar las heridas abiertas, pero es aún más difícil aferrarse a ellas si uno considera las consecuencias que esto implica. Con un poco de práctica y entrenamiento mental, podrás hacer unas elecciones de amor a ti mismo que te sorprenderán.
¿Quiénes son las personas que aman con facilidad? Son acaso las personas que tienen un comportamiento autodestructivo? No, jamás. ¿Son las que se humillan y se esconden en un rincón? No, por cierto. El volverse eficiente, el lograr dar y recibir amor eficazmente empieza en casa por uno mismo, con el propósito de terminar con los comportamientos emanados de la baja valoración de sí mismo que se han convertido en una costumbre y en una manera de vivir.
Sintonizando la onda de la auto aceptación
Lo primero que tienes que hacer es destruir el mito de que se tiene un solo concepto de sí mismo y que éste es positivo o negativo permanentemente. Se tienen muchas imágenes de sí mismo y éstas varían de un momento a otro. Si te preguntaran “¿Te gustas a ti mismo?”, podría ser que contestaras con un “No” colectivo después de amontonar todos tus pensamientos negativos sobre ti mismo. El romper las áreas de lo que no te gusta para catalogarlas en zonas específicas, logrará dirigir tus esfuerzos hacia unas metas definitivas. Tienes diversas opiniones respecto a ti mismo, desde un punto de vista físico, intelectual, social o emocional.
Tienes tu propia opinión respecto a tu talento para la música, el deporte, el arte, las tareas mecánicas, la literatura y demás. Tus autorretratos son tan numerosos como lo son tus actividades, y a través de todos estos comportamientos siempre estás TU, la persona que aceptas o rechazas. Tu autoestima, esa sombra amable siempre presente, tu consejera para tu felicidad personal y para el dominio de ti mismo no debe estar en relación directa con tu autovaloración. Tú existes. Tú eres un ser humano. Eso es todo lo que necesitas.
Tú eres quien determina lo que vales sin necesidad de dar explicaciones a nadie. Y tu propio valor que es un hecho en sí no tiene nada que ver con tu comportamiento ni con tus sentimientos. Puede ser que no te guste como te has portado en un momento dado, pero eso nada tiene que ver con tu autovaloración. Tú puedes escoger el ser valioso para contigo mismo para siempre, y de ahí emprender la tarea de elaborar tus imágenes de ti mismo.
El amor al cuerpo
Todo empieza con tu yo físico. ¿Te gusta tu cuerpo? Si has contestado que no, trata de dividir esta respuesta en diferentes partes. Haz una lista de las cosas que no te gustan. Empezando por arriba: tu cabello, tu frente, tus ojos, párpados, mejillas. ¿Te gustan tus ojos, tu nariz, dientes y cuello? Y ¿qué pasa con tus brazos, dedos, pecho y estómago? Haz una lista larga. Incluye también tus órganos interiores. Tus riñones, el bazo, las arterias y el fémur. Ahora piensa en los oscuros ingredientes que te componen. ¿Qué piensas de tu Cisura de Merlando[1], de tu zona coclear, de tu úvula, de tus glándulas adrenales y de tu pabellón auditivo externo? Tienes que hacer una lista larga y completa. No es que tengas buen cuerpo; tú eres tu cuerpo; y el que no te guste significa que no te aceptas a ti mismo como ser humano.
Puede que tengas algunos rasgos físicos que te desagraden. Si son partes de tu cuerpo que pueden ser modificadas, haz que cambiarlas sea una de tus metas. Si tu barriga es demasiado grande o tu pelo de un color que no te sienta bien, puedes considerarlos como elecciones hechas en anteriores momentos-presentes, y puedes hacer nuevas decisiones apropiadas a este momento-presente. Esas partes que desapruebas y que no pueden ser modificadas (piernas demasiado largas, ojos demasiado estrechos, pechos demasiado pequeños o demasiado grandes) pueden ser vistos bajo una óptica diferente. Nada es demasiado nada y las piernas largas no son ni mejor ni peor que pelo o no pelo. Lo que tú has hecho es aceptar la definición de la sociedad contemporánea respecto a la belleza. No dejes que los demás te dicten lo que te resulta atractivo a ti. Decide que te agrada tu yo físico y que es valioso y atractivo para tu modo de ver, para ti, rechazando las
comparaciones y las opiniones de los demás. Tú puedes decidir lo que es agradable y de tu gusto; y hacer que la falta de aceptación de ti mismo sea una cosa del pasado.
Eres un ser humano. Los seres humanos tienen ciertos olores, hacen ciertos ruidos y tienen pelos en ciertas partes. Pero la sociedad y la industria nos envían mensajes constantemente respecto a la condición física del ser humano. Avergüéncese de estas características, nos dicen. Aprenda a disfrazar el comportamiento, especialmente si disimula su verdadero yo con nuestro producto. ¡No se acepte a sí mismo tal como es y esconda su verdadero yo!
No se puede estar ante la televisión ni una hora sin recibir este tipo de mensajes. Los anuncios que te bombardean a diario te informan sobre lo mal que huelen tu boca, tus axilas, tus pies, tu piel e incluso tus órganos genitales. “Use nuestro producto y siéntase nuevamente como un ser real y natural. Así desodorizas todos los orificios de tu cuerpo con el producto perfumado apropiado, porque no aceptas esa parte de ti mismo que existe en todos los seres humanos.
Yo sé de un hombre de treinta y dos años, llamado Frank, que ha aprendido a rechazar todas sus funciones corporales y a considerarlas como innombrables y asquerosas. Frank es compulsivamente limpio en todo lo que respecta a su cuerpo hasta tal punto que se siente ‘ incómodo cuando suda, y espera que su mujer y sus hijos se comporten de la misma manera. Corre a la ducha para librarse de cualquier olor que pueda resultar ofensivo, después de haber cortado la hierba o jugado una partida de tenis. Y además él y su mujer no pueden tener relaciones sexuales si no se han duchado antes y después de hacer el amor. No puede tolerar sus propios olores corporales ni tampoco vivir con alguien que se acepte más a sí mismo. Frank vaporiza con perfumes especiales su cuarto de baño, usa una multitud de cosméticos y productos de tocador para siempre tener buen olor, y se preocupa de que los demás no lo quieran o no lo acepten cuando se humaniza
y empieza a oler como un ser humano. Frank ha aprendido a rechazar sus olores y sus funciones corporales naturales. Él ha adoptado actitudes que reflejan un autorrechazo personal al sentirse avergonzado u obligado a dar excusas cuando permite a su cuerpo funcionar con naturalidad. Pero un ser humano implica tener muchos olores naturales, y la persona que está trabajando para aceptarse a sí misma y para amarse a sí misma no debe sentirse ofendida ni molesta por sus características naturales. En realidad, si Frank fuese completamente honrado respecto a su persona, y borrase todos los mensajes aprendidos que lo llevaron a un rechazo de sí mismo, podría incluso reconocer que disfruta de su propio cuerpo y de todos esos olores, gloriosos olores, que el cuerpo es capaz de producir. Y si no quiere compartir esos olores con los demás, podría por lo menos ser capaz de aceptarlos en sí mismo, decirse a sí mismo que a él, en realidad, le gustan, y no sentir vergüenza ante los demás.
El aceptarse a sí mismo implica la aceptación del yo físico y la posibilidad de disfrutar del mismo, eliminando las imposiciones sociales y culturales que te obligan a ser limpio o simplemente a tolerar el propio cuerpo cuando se comporta de una manera natural anticosmética. Esto no quiere decir que tengas que andar haciendo ostentación de tus olores y de tu persona, pero sí quiere decir que puedes aprender a gozar de ser tú mismo.
Muchas mujeres han aceptado estos mensajes socioculturales y se comportan como se supone que tienen que comportarse cuando se trata de sus propios cuerpos. Aféitese las piernas y las axilas, desodorícese completamente, aromatice su cuerpo con perfumes manufacturados, no naturales, esterilícese la boca, maquíllese los ojos, labios, mejillas, ponga rellenos falsos en sus sujetadores, vaporice sus genitales con un perfume apropiado y falsifíquese las uñas. Dentro de todo esto va implícita la idea de que hay algo desagradable en el yo natural, en el yo esencial y humano y que la única manera de ser atractiva es siendo artificial. Esto es lo más triste: el producto terminado es un yo falso que toma el lugar de tu yo natural que es el que llevas contigo por donde vayas durante la mayor parte de tu vida. Se te está impulsando a rechazar tu hermoso yo. El que los anunciadores te estimulen a hacer esto es comprensible en vista a las ganancias que logran, pero el que tú compres los productos es menos comprensible puesto que estás escogiendo desechar a tu yo real y verdadero. Y tú puedes dejar de ocultar y esconder tu yo hermoso y natural. De modo que si escoges usar cualquier ayuda cosmética, no lo hagas porque no te gusta lo que estás ocultando, sino por motivos de realización personal o para disfrutar de algo nuevo. El ser honrado contigo mismo en este campo no es fácil, y lleva su tiempo aprender a distinguir entre lo que realmente nos gusta y lo que la industria cosmética dice que debe gustarnos.
La elección de las imágenes más positivas de uno mismo
Es posible hacer el mismo tipo de elecciones con todas las imágenes que tienes de ti mismo. Puedes elegir considerarte una persona inteligente aplicándote a ti mismo tus propias normas. En efecto, mientras más feliz te haces a ti mismo, más inteligente eres. Si hay áreas en las que fallas o funcionas deficientemente como en álgebra, ortografía o redacción, éste es simplemente el resultado natural de las elecciones que has estado haciendo hasta ahora. Si te decidieras a dedicar más tiempo a la práctica de cualquiera de estas tareas, no hay duda que llegarías a hacerlas mejor. Si la imagen de ti mismo es la de una persona no demasiado inteligente, acuérdate de lo que dijimos respecto a la inteligencia en el Capítulo 1.
Si te subestimas, es porque has adquirido esa noción y te comparas con otros en cierto tipo de variables relacionadas con categorías académicas o escolares.
Sin duda esto te sorprenderá, pero puedes escoger ser tan inteligente como quieras. La capacidad es realmente una cuestión de tiempo, más que una cualidad innata. Un hecho que apoya esta declaración es el de las normas para clasificar los tests de aptitud escolar. Estas normas demuestran que las puntuaciones logradas por los mejores alumnos de un nivel dado, son alcanzadas por la mayoría de los alumnos de los niveles posteriores. Otros estudios demuestran que aunque la mayoría de los alumnos logran dominar ciertas tareas aprendidas, algunos lo hacen más pronto que los otros. Sin embargo la etiqueta “deficiente” e incluso “retardado” se aplica a menudo a los que avanzan más lentamente hacia el logro de un completo dominio en cualquier campo que sea. Escuchemos a John Carroll cuando habla al respecto en su artículo “Un Modelo para el Aprendizaje Escolar” que aparece en Teachers College Record:
La aptitud es el tiempo requerido por un estudiante para dominar una disciplina. Está implícita en esta formulación el supuesto de que dado el tiempo suficiente, todos los estudiantes podrán llegar a dominar una disciplina determinada.
Con suficiente tiempo y esfuerzo podrías, si así lo decidieras y eligieras hacerlo, dominar casi cualquier disciplina académica. Pero no haces esa elección y tienes muy buenos motivos para no hacerla. ¿Con qué fin aplicarías energías de tu momento-presente para resolver oscuros problemas o aprender algo que realmente no te interesa? Ser feliz, vivir efectiva y eficientemente y amar son metas mejores y más importantes. Se trata de demostrar que la inteligencia no es algo que has heredado o que te ha sido otorgado. Tú eres tan inteligente como decidas serlo. El que no te guste lo inteligente que has escogido ser es simplemente una forma de subestimar, de despreciarse a sí mismo, que sólo puede tener consecuencias perjudiciales para tu propia vida.
La lógica de poder escoger tus autorretratos es aplicable a todas las fotografías de ti mismo que almacenas en tu mente. Tu comportamiento social es tan apropiado como tú eliges que sea. Si no te gusta como te comportas socialmente, puedes tratar de cambiar sin confundir tu comportamiento con tu propia autovalorización. Al mismo tiempo, tu talento, ya sea artístico, mecánico, atlético, musical, etcétera, es en gran parte el resultado de elecciones que ya has hecho y no se debe confundir con lo que es tu valor personal. (Ver el Capítulo 4 donde se tratan amplia y detalladamente las descripciones que haces de ti mismo y del porqué las has escogido.) Con el mismo enfoque, el capítulo precedente trató de demostrar que tu vida emocional era el resultado de lo que tú habías elegido. El aceptarte a ti mismo en base a lo que tú consideras que es lo apropiado para ti es algo que puedes decidir hacer ahora mismo. El reparar o modificar aquellas cosas que no están a la altura de lo que quieres, puede llegar a ser una ocupación encantadora, y no hay motivo para que elijas sentirte inapropiado o indigno, simplemente porque hay cosas en ti mismo que has decidido mejorar.
El disgusto con uno mismo puede tomar muchas formas y quizá tú mantienes un comportamiento de subestima de ti mismo. He aquí una breve lista de comportamientos típicos de autosubestimación que entran en la categoría del autoveto:
• Rechazar los cumplidos que recibes (“Oh, no es nada… En realidad no soy inteligente; simplemente tengo buena suerte,…).
• Inventar excusas para explicar por qué te ves bien (“Gracias a mi peluquera, ella es capaz de hacer que una rana parezca una belleza”… “Créeme, es gracias a mi guardarropa”… “El verde es mi color”).
• Darle el crédito a los demás cuando en realidad tú te lo mereces (“Gracias a Miguel, sin él yo no sería nada”… “Marie hizo todo el trabajo; yo sólo la supervisé”).
• Usando referencias a otras personas cuando hablas (“Mi marido dice”… “A mamá le parece”… “Jorge me dice siempre que”…).
• Apoyar tus opiniones en los demás (“No es cierto que así es esto, querido?”,… “Eso fue lo que dije, no es cierto, Marta?”… “Pregúntenle a mi marido, él se lo dirá”…).
• Negarte a pedir algo que te gusta, no porque pienses que no te lo puedes permitir (aunque éste puede ser el motivo que alegues para no hacerlo), sino porque piensas que no te lo mereces.
• No tener orgasmos.
• No comprarte algo porque piensas que lo tienes que comprar para otra persona, aunque no sea necesario este sacrificio, o no comprarte las cosas que te gustaría tener porque piensas que no las mereces.
• Evitar darte gustos como por ejemplo flores, vino o lo que sea, que te encantan porque consideras que es un despilfarro.
• En una habitación llena de gente cuando alguien llama en voz alta diciendo “Oye, tontuelo, miras a la persona dándote por aludido”.
• El usar motes con implicaciones peyorativas para referirte a ti mismo (y hacer que los demás también los usen).
• Un amigo o un amante te regala una joya. Inmediatamente te pasa por la cabeza un pensamiento de este tipo… “Debes tener un cajón lleno de joyas en tu casa para regalar a las otras chicas”.
• Alguien te dice que te ves muy bien. La frase que se forma en la cabeza es: “Eres completamente ciego, o estás tratando de hacerme sentir bien”.
• Alguien te lleva a un restaurante o un teatro. Tú piensas: “Así es siempre al principio, pero ¿cuánto durará cuando descubra qué tipo de persona soy realmente?”.
• Una chica acepta una invitación para salir contigo y tú piensas que lo hace por un sentimiento caritativo.
Una vez trabajé con una mujer joven bastante atractiva que tenía mucho éxito con los hombres. Su nombre era Shirley y siempre decía que todas sus relaciones acababan mal, y que aunque deseaba casarse desesperadamente, nunca había tenido la oportunidad de hacerlo. Durante su tratamiento llegamos a la conclusión de que era ella misma la que estropeaba sus relaciones sin darse cuenta. Si algún joven le decía que la quería, el pensamiento de Shirley inmediatamente lo contradecía, “él dice eso sólo porque sabe que es lo que yo quiero oír”. Shirley estaba a la pesca de la frase que la subestimaría.
No sentía amor por sí misma y rechazaba los esfuerzos que hacían los demás por quererla. Creía que nadie la podía encontrar atractiva. ¿Por qué? En primer lugar porque no creía que merecía ser amada. Y así un interminable ciclo de renunciaciones era su manera de reforzar la pobre idea que tenía de sí misma.
Aunque muchos de los conceptos que aparecen en la lista pueden parecer mezquinos o pequeños, son sin embargo como pequeños síntomas de autodesprecio. Si te sacrificas por los demás o rehúsas mimarte a ti mismo, tal como podría ser en el caso que escojas una hamburguesa en vez del buen solomillo que te apetece, puede que lo hagas porque piensas que no mereces el mejor trozo de carne. Quizá te han enseñado que la buena educación requiere que rechaces los cumplidos o simplemente que no eres atractiva.
Éstas son las lecciones que has aprendido y el sacrificarte por los demás, el anularte, se han convertido para ti en una segunda naturaleza. Hay muchos ejemplos de comportamiento autofrustrante que salen a la superficie en las conversaciones y en la conducta diarias. Y cada vez que te rebajas a ti mismo, de cualquier manera que sea, refuerzas los motes peyorativos que los demás te han colocado y disminuyes tus propias oportunidades de amar, ya sea amarte a ti mismo o a los demás. Ciertamente vales demasiado como para pasarte la vida disminuyéndote a ti mismo, humillándote.
Aceptándose a sí mismo sin chistar
El amor propio, el amarse a sí mismo, implica aceptarse a sí mismo reconociéndose como un ser humano valioso y porque así lo decide uno mismo. Esta aceptación implica también una plenitud, una falta de protestas y quejas. La gente que funciona plenamente no protesta jamás, especialmente no protesta porque la calle tiene baches ni porque el cielo está muy nublado o el hielo demasiado frío. La aceptación implica no protestar o no quejarse, y la felicidad implica no protestar por lo que no tiene remedio o por lo que no hay nada que hacer. La protesta y la queja son el refugio de la gente que desconfía de sí misma. Contarle a los demás las cosas que no te gustan de ti mismo contribuye a que tú sigas insatisfecho, pues lo único que ellos no pueden hacer es negarlas, y entonces, tú no les crees. Así como lamentarse ante los demás es un acto inútil, aceptar que los demás abusen de ti cargándote con sus fardos Llenos de problemas y autoconmiseración, tampoco ayuda a nadie. Una pregunta muy sencilla terminará generalmente con este comportamiento tan inútil como desagradable. “¿Por qué me estás contando esto?” o “¿ Hay algo que pueda hacer por ti para ayudarte a solucionar este problema?” Al hacerte a ti mismo esta pregunta, empezarás a darte cuenta de que la conducta de los lamentos es realmente una locura total. Es tiempo malgastado, tiempo que
puede emplearse mejor practicando alguna actividad de autoestima como podría ser elogiarte un poco en silencio o ayudando a que otra persona pueda realizarse.
Hay dos instancias en las cuales la queja es la peor de tus posibilidades: 1) Cada vez que le dices a alguien que estás cansado, y 2) Cada vez que le dices a alguien que no te sientes bien. Si estás cansado, puedes hacer distintas cosas para remediarlo, pero quejarte aunque sea a una sola persona, peor aún si esta persona es uno de tus seres queridos, es un abuso de confianza. Y no hará que te sientas menos cansado. Y el mismo tipo de lógica se puede aplicar a tu “no me siento bien”.
No hemos dicho nada aquí sobre los casos en los que comunicar a los demás de que no te sientes bien puede significar que éstos te ayuden de alguna manera por más pequeña que sea. De lo que hablamos aquí es de las quejas a los demás en los casos en que éstos no pueden hacer nada por nosotros, aparte de aguantar estos rezongos. Además, si realmente estás trabajando para aumentar tu amor por ti mismo, y sientes alguna molestia o dolor, querrás ocuparte tú mismo de esto, trabajar tú mismo con esto, en vez de elegir a alguien como apoyo y obligarle a compartir tu carga.
La lamentación de uno mismo es una actividad inútil que impide que vivas tu vida en forma positiva y eficiente. Te impulsa a tenerte pena a ti mismo e inmoviliza tus esfuerzos por dar y recibir amor. Más aún, disminuye tus oportunidades de mejorar tus relaciones afectivas y aumentar tus relaciones sociales. Y aunque logres atraer la atención de los demás sobre tu persona, lo lograrás de una manera que sin duda ensombrecerá tu propia felicidad.
La posibilidad de aceptarte a ti mismo sin protestar implica una comprensión amplia, tanto del proceso del amor por uno mismo como del proceso de elaboración de estas quejas y protestas dentro de nosotros mismos, que resultan ser términos mutuamente excluyentes. Si auténticamente te amas a ti mismo, entonces las quejas a los demás, que no pueden hacer nada por ti, se convierten en una actividad imposible de defender o justificar. Y si encuentras en ti mismo (y en los demás) cosas que te disgustan, en vez de quejarte puedes empezar inmediatamente a hacer lo necesario para corregir esa situación.
La próxima vez que te encuentres en una reunión social con otras parejas, puedes ensayar el ejercicio siguiente. Anota cuánto tiempo se ha empleado en conversaciones en que se lamentaban de algo. Ya sea de uno mismo, o de los demás, de cosas que pasan, los precios, la meteorología o cualquier otra cosa. Entonces, al finalizar la reunión, cuando todo el mundo se ha ido a su casa, pregúntate a ti mismo: “¿Qué se logró con la mayoría de las quejas y protestas que se hicieron esta noche?”, “¿A quién le importan realmente las cosas de que nos lamentamos esta noche?”.
Entonces, la próxima vez que estés a punto de protestar o quejarte de algo, recuerda la inutilidad de aquella noche.
El amor propio y la soberbia
Debes estar pensando que todas estas palabras sobre el amor a uno mismo implica un tipo de comportamiento detestable semejante a la egolatría. Nada puede estar más lejos de la verdad. El amor por uno mismo no tiene nada que ver con el tipo de comportamiento que se caracteriza por la insistencia en decirle a todo el mundo lo maravilloso que es uno. Ése no es amor a uno mismo sino más bien una forma de tratar de conseguir la atención y el aprecio de los demás. Es una actitud tan neurótica como la del individuo que está sobrecargado de desprecio por sí mismo. El comportamiento arrogante y jactancioso está motivado por el deseo de ganar el aprecio de los demás. Quiere decir que el individuo se valora a sí mismo en base a lo que los demás ven en él. De no ser así, no sentiría la necesidad de convencerlos. El amor a uno mismo quiere decir que te amas a ti mismo; no exiges el amor de los demás. No hay ninguna necesidad de convencer a los demás. Es suficiente contar con la propia aceptación interna. No tiene nada que ver con los puntos de vista de los demás.
Las retribuciones que te brinda el no amarte a tí mismo
¿ Qué motivo puede tener un ser humano para elegir no amarse a sí mismo? ¿Qué ventajas puede tener? Los dividendos, por más malsanos que sean, existen y puedes examinarlos. Y lo más importante para aprender a ser una persona eficiente y positiva es comprender por qué te comportas de manera autofrustrante. Todo comportamiento tiene sus causas y el camino que lleva hacia la eliminación de cualquier tipo de comportamiento autodestructivo está lleno de baches provocados por la incomprensión de tus propias motivaciones. Cuando logres comprender el porqué de la maldad dirigida contra tu propia persona y los motivos de permanencia del sistema necesario para retener esa maldad, entonces podrás empezar a combatir estos comportamientos. Sin una verdadera comprensión de ti mismo, volverás a actuar como antes.
¿Por qué has elegido comprometerte con actitudes autodestructivas, por más insignificantes que te parezcan? Puede ser que te resulte más fácil aceptar lo que te dicen los demás que pensar por ti mismo. Pero hay también otros dividendos. Si escoges no amarte a ti mismo y tratarte a ti mismo como a un ser sin importancia colocando a otras personas por encima tuyo, lograrás…
• Tener una excusa interna para justificar el hecho de que no te amen en esta vida. Simplemente, no mereces que te amen. La excusa es la retribución neurótica.
• Poder evitar cualquiera y todos los riesgos que implica el establecimiento de relaciones afectivas con los demás, y eliminar de esta manera cualquier posibilidad, de ser rechazado o censurado.
• Encontrar que es más fácil seguir siendo así como eres. Mientras no valgas nada ni merezcas nada no tiene sentido que trates de crecer y desarrollarte o de ser mejor y más feliz; la retribución reside en seguir siendo el mismo.
• Conseguir que te tengan mucha lástima, te presten atención e incluso te aprueben, todo lo cual es un buen sustituto de la arriesgada empresa que implica comprometerse con una relación amorosa. De esta manera, la compasión y la atención son tus retribuciones autofrustrantes.
• Tener muchos chivos emisarios para culparte de tus propias desgracias. Así puedes quejarte y protestar sin necesidad de hacer nada al respecto.
• Ser capaz de pasar tus momentos presentes con minidepresiones y evitar el comportamiento que te ayudaría a ser diferente. La compasión a ti mismo te servirá de válvula de escape.
• Retroceder en el tiempo hasta convertirte en un niño bueno recurriendo a las reacciones infantiles, o sea a las que son del agrado de aquellos “mayores” que has aprendido a considerar como superiores a ti. Tu regresión es más segura que el riesgo del cambio.
• Ser capaz de reforzar el comportamiento de dependencia de los demás dándoles a ellos más importancia de la que te das a ti mismo. Un poste en el que apoyarse es ciertamente un dividendo aunque te resulte perjudicial.
• Ser incapaz de hacerte cargo de tu propia vida para vivirla como eliges vivirla, simplemente porque no sientes que eres digno de la felicidad que anhelas.
Éstos son los componentes del mantenimiento de tu sistema subestimativo. Son las razones que eliges para continuar aferrado a tus viejas maneras de pensar y actuar. Simplemente es más fácil, es decir, menos arriesgado echarte que tratar de elevarte. Pero recuerda, la única prueba verdadera de vida es el crecimiento, así es que la negativa a convertirse en una persona que se ama a sí misma es una elección que se asemeja a la muerte. Armado con estas percepciones interiores de tu propio comportamiento, puedes empezar a practicar algunos ejercicios mentales y físicos que impulsarán y apoyarán el desarrollo de tu amor a ti mismo.
Algunos ejercicios fáciles para amarse a sí mismo
La práctica del amor a uno mismo empieza por la mente. Debes aprender a controlar tus pensamientos. Esto requiere ser muy consciente del presente cuando te comportas de una forma destructiva. Si logras pescarte haciéndolo, podrás empezar a enfrentarte de una manera positiva con el pensamiento que inspira semejante conducta.
Descubres que has dicho algo como: “En realidad no soy tan listo; fue cuestión de suerte sacar una nota tan alta en el examen”. En este instante debería sonar una campana de alarma en tu cabeza. “Acabo de hacerlo otra vez. Me comporté de una manera autodespreciativa, como si me odiara a mí mismo. Pero ahora estoy consciente de ello y la próxima vez evitaré decir esas cosas que he estado diciendo toda mi vida.” Tu estrategia es corregirte en voz alta, diciendo: “Dije que tuve suerte pero en realidad la suerte no tuvo nada que ver en ese asunto; me saqué esas notas porque las merecí. Esto representa un pequeño paso hacia la autoestima, este paso consiste en reconocer tu comportamiento autodestructivo en el momento-presente y en decidir actuar de una manera diferente. Antes tenías una costumbre; ahora eres consciente de que quieres ser diferente y que has elegido lograrlo. Es como aprender a conducir un coche con cambios fijos.
Con el tiempo, habrás adquirido un nuevo hábito que no necesitará que estés constantemente alerta ni consciente al respecto. Muy pronto y con toda naturalidad empezarás a actuar con respeto y amor a ti mismo.
Con tu mente actuando ahora a favor tuyo en vez de en contra tuya, se vislumbran en el horizonte una serie de fascinantes actividades de autoestima. He aquí una breve lista de esta clase de comportamientos que luego podrás ampliar cuando consigas un sentido de autoestima basado en tu propia valía:
• Escoge una serie de reacciones nuevas ante las tentativas de los demás de llegar a ti con amor y aceptación.
• En vez de dudar inmediatamente de la sinceridad de cualquier gesto afectivo, acéptalo con un “Muchas gracias”, o “Cuánto me alegro que pienses así”.
• Si hay alguien por quien sientes verdadero amor díselo de frente: “Te amo” y mientras observas su reacción puedes darte una palmadita en la espalda por haberte atrevido a correr ese riesgo.
• En un restaurante, pide algo que realmente te guste sin preocuparte por lo que pueda costar. Date un verdadero gusto porque lo mereces. Empieza a elegir las cosas que más te gusten en todas las situaciones, incluso en los mercados y tiendas de comestibles. Date el lujo de adquirir tu producto favorito, sea lo que sea, porque lo mereces. Abomina y destierra toda conducta abnegada en la que te niegues a ti mismo a menos que sea absolutamente necesario. Y rara vez lo es.
• Al cabo de un día agobiante y después de haber comido mucho, toma tiempo para una siesta o date un paseo por el parque, incluso si tienes mucho que hacer. Te ayudará a sentirte ciento por ciento mejor.
• Inscríbete en alguna organización o apúntate para tomar parte en alguna actividad que te guste. Quizás has estado postergando hacerlo porque tienes tantas responsabilidades que simplemente no tienes tiempo para ello.
• Al escoger amarte a ti mismo y coger las tajadas de la vida que te apetecen, los demás, a los que tú sirves, aprenderán también a tener confianza en sí mismos. Y descubrirás que no sientes resentimiento hacia ellos.
• Los servirás porque eliges hacerlo y no porque tienes obligación de hacerlo.
• Elimina la envidia reconociéndola como una manera de rebajarte a ti mismo. Al compararte con otra persona e imaginarte que eres menos querida que ella, haces que otros sean más importantes que tú. Mides tus propios méritos comparándolos con los de los demás. Recuérdate a ti mismo que 1) un tercero puede preferir a otra persona sin necesidad de que ello sea un reflejo negativo de tu persona, o, 2) si eres o no elegido, por cualquier persona significativa, no quiere decir nada, pues no es así como evalúas tu propio mérito. Si haces así, estás condenado a dudar de ti mismo eternamente, porque siempre estarás pendiente de cómo sentirá alguna otra persona en cualquier momento de cualquier día. Si él o ella escogen a otra persona, la elección es un reflejo de su personalidad y no de la tuya. Con la práctica y la costumbre de amarte a ti mismo, cualquier circunstancia que antes te daba celos o envidia funcionará de manera inversa. Creerás tanto en ti mismo que no necesitarás ni la aceptación ni el amor de los demás para sentir que vales.
• Tu actividad basada en el amor a ti mismo puede incluir nuevas formas de tratar tu cuerpo, tal como elegir comida buena y nutritiva; eliminar el exceso de peso (lo que puede ser un riesgo para la salud a la vez que una indicación de autorrechazo); hacer paseos en bicicleta o caminatas regularmente; hacer muchos ejercicios saludables; salir a disfrutar de la naturaleza y el aire puro porque es agradable y uno se siente bien; y en general cuidando tu cuerpo para que sea atractivo y goce de buena salud. Siempre que tú quieras ser sano. ¿ Por qué? Porque eres importante y te vas a tratar como si lo fueras. Un día entero pasado encerrado o llevando a cabo actividades aburridas es un voto de hostilidad hacia tu propia persona. A menos que te guste estar encerrado, en cuyo caso, tú habrás elegido esa situación que entonces será válida.
• Sexualmente, puedes practicar un mayor amor a ti mismo. Puedes contemplarte desnudo frente al espejo y decirte lo atractivo que eres. Puedes ponerte en contacto con tu propio cuerpo. Explórate a ti mismo sensualmente y acaricia tu piel. Con otros puedes también elegir realizarte sexualmente en vez de que el placer de tu compañero sea más importante que el tuyo propio. Sólo al escoger gratificarte a ti mismo podrás dar placer a otra persona. Si no eres feliz, por lo general tu compañero o compañera se sentirá desilusionado. Y lo que es mejor aún, cuando te escoges a ti mismo, a los demás les es más fácil escoger su propia felicidad. Puedes demorar todo el proceso del sexo, enseñándole a tu amante lo que te gusta, tanto con palabras como con acciones. Puedes elegir el orgasmo para ti mismo. Puedes obligarte a lograr el colmo de la experiencia sexual creyendo que la mereces y luego perdiéndote en la excitación de verificarla por ti mismo o para ti mismo. ¿Por qué? Porque te lo mereces.
• Puedes dejar de equiparar tu actuación o funcionamiento en cualquier cosa con tu propia valía. Puedes perder tu puesto, o fracasar en algún proyecto. Puede que no te guste como hiciste algún trabajo. Pero eso no quiere decir que tú no valgas, que no tengas méritos. Tú debes saber que tienes un valor dado ajeno a tus logros. Sin este conocimiento, siempre estarás confundiéndote a ti mismo con tus actividades exteriores. Es tan absurdo hacer que lo que tú vales dependa de algún logro externo como lo es hacer que dependa de la opinión de otra persona. Cuando hayas logrado eliminar esta confusión, serás capaz de emprender toda clase de empresas.
El resultado final, aunque pueda tener interés para ti, no determinará de ninguna manera tu valor como persona.
Éstas y muchas acciones similares son típicas de la gente que se ama a sí misma. Puede que a menudo pongan en entredicho las lecciones que has aprendido en tu vida. En un momento dado, fuiste la negación del amor a uno mismo. Cuando niño sabías instintivamente que valías mucho.
Ahora vuelve a las preguntas que se plantearon en la introducción de este libro.
¿Puedes aceptarte a ti mismo sin protestar? ¿Puedes amarte a ti mismo todo el tiempo ? ¿Puedes dar y recibir amor?
Éstas son las cuestiones en las que puedes trabajar, poniéndote como meta enamorarte de la persona más hermosa, más valiosa, más estimulante y atractiva que haya existido jamás: tú.
Tú no necesitas la aprobación de los demás
La necesidad de aprobación de los demás equivale a decir: “Lo que tú piensas de mi es más importante que la opinión que tengo de mi mismo”.
Es posible que pierdas demasiados momentos presentes esforzándote por lograr la aprobación de los demás o preocupándote por alguna contrariedad que te haya acaecido. Si el deseo de aprobación externa se ha convertido en una verdadera necesidad en tu vida, quiere decir que tienes mucho que hacer en pro de ti mismo. Puedes empezar tratando de comprender que la búsqueda de la aprobación externa es un deseo más que una necesidad. A todos nos gusta que nos aplaudan, que nos hagan cumplidos y nos alaben. Nos sentimos bien cuando nos acarician mentalmente. ¿Quién iba a querer renunciar a todo esto? Bueno, no hay ninguna necesidad de hacerlo. La aprobación no es un mal en sí misma; en realidad, la adulación es deliciosamente agradable. La búsqueda de la aprobación se convierte en una zona errónea sólo cuando se convierte en una necesidad en vez de un deseo.
Si sólo deseas la aprobación simplemente es porque te sientes feliz con el apoyo y la aceptación de la demás personas. Pero si la necesitas, te puedes derrumbar en caso de no conseguirla. Es entonces, cuando empiezan a funcionar las fuerzas autodestructiva. Del mismo modo, cuando la búsqueda de aprobación se convierte en una necesidad, tú entregas un trozo de ti mismo a la “persona exterior” cuyo apoyo es imprescindible para ti. Si ese tercero te desaprueba, te inmoviliza (aunque sea levemente). En ese caso es como si hubieras elegido ponerte tu propia valía como un adorno en la manga para que la gente te la sobe o no te la sobe según le parezca. Te sientes bien en tu interior solamente si ellos deciden administrarte alguna dosis de alabanza.
La necesidad de la aprobación de otra persona está mal, pero se llega al verdadero problema cuando dicha necesidad se convierte en necesidad de apoyo de toda la gente para cada acción que emprendamos o hayamos cumplido.
Si sufres ese tipo de necesidad, te expones a sobrellevar muchas miserias y frustraciones en la vida. Y lo que es peor aún, estarás incorporando una imagen de persona inexistente que acabará en el tipo de autorrechazo del que hablamos en el capítulo anterior.
Hay que deshacerse de la necesidad de aprobación. Nada de signos de interrogación aquí. Hay que erradicarla completamente de tu vida si quieres lograr tu realización personal. Esa necesidad es un psicológico callejón sin salida que no te aporta ningún tipo de beneficio.
Es imposible vivir en este mundo sin provocar la desaprobación de la gente, a veces en forma grave. Así es la humanidad; así son los impuestos que se pagan por estar “vivo”, algo que simplemente no se puede evitar. Una vez traté a un hombre maduro que encajaba perfectamente en el tipo de mentalidad de necesidad de aprobación. Ozzie, que así se llamaba, tenía un conjunto de ideas y creencias respecto a temas tan polémicos como el aborto, el control de la natalidad, la guerra en el Oriente Medio, Watergate, la política y todo lo demás.
Cada vez que encontraba resistencia o rechazo ante sus ideas, se descomponía. Gastaba gran parte de su energía tratando de conseguir el apoyo de la demás gente a todo lo que él decía y hacía. Me relató un incidente en el que cuando él declaró ante su suegro que creía firmemente en la eutanasia, notó que éste arrugaba el ceño. Inmediatamente, actuando casi por reflejo, Ozzie modificó su postura… “Lo que quise decir es que si una persona está absolutamente consciente y en posesión de todas sus facultades y pide que lo maten, entonces la eutanasia está bien.” Se dio cuenta entonces que su suegro estaba de acuerdo con él y respiró con más facilidad. Ante su jefe declaró también su aprobación de la eutanasia, pero esta vez la desaprobación fue vociferante… “¿Cómo puede decir una cosa semejante?, ¿no se da cuenta que está jugando a ser Dios?” Ozzie no pudo tolerar un repudio semejante y rápidamente cambió de postura… “Lo que quise decir es que, sólo en casos extremos, cuando el enfermo ha sido declarado legalmente muerto, entonces me parece bien que se lo desenchufe.”
Finalmente su jefe estuvo de acuerdo con él y Ozzie pudo nuevamente bajar de la picota. Ante su hermano declaró nuevamente su postura ante la eutanasia y recibió inmediatamente su aprobación… Qué fácil le resultó eso a Ozzie, ni siquiera tuvo que cambiar de postura para conseguir que su hermano lo apoyara y aprobara. Ozzie mismo fue quien nos dio todos estos ejemplos al relatar cómo interactuaba normalmente con los demás. Ozzie deambulaba por sus círculos sociales sin tener opiniones propias, pues su necesidad de halago era tan fuerte que constantemente estaba mudando de posición a fin de agraciarse con los demás. Ozzie no existe, sólo existen las reacciones de los demás que no sólo determinan lo que siente Ozzie, sino también lo que piensa y dice. Ozzie es lo que los demás quieren que sea.
Cuando la búsqueda de apoyo es una necesidad, las posibilidades de encontrar la verdad desaparecen casi por completo. Si tienes que ser alabado y emites esa clase de señales, entonces quiere decir que nadie puede tratar contigo con franqueza. Y tampoco puedes declarar con confianza lo que piensas y sientes en cualquier momento presente de tu vida.
Sacrificas tu verdadera personalidad, tu yo por las opiniones y predilecciones de los demás.
Los políticos conforman una clase que por lo general no inspira confianza. La necesidad de aprobación que tienen es prodigiosa. Sin ella no tienen trabajo. En consecuencia, a menudo parecen hablar en dos direcciones simultáneas diciendo por un lado cosas que agradarán al Grupo A, y por otro, lo que será aprobado por el Grupo B. No puede haber una verdad cuando el orador es acomodaticio y se mueve en torno a los temas maniobrando de modo de complacer a todo el mundo. Este tipo de comportamiento es fácil de reconocer en un político, pero difícil cuando se trata de nosotros mismos. Quizás has dejado “enfriar, el tema para aplacar a alguien o te has descubierto dándole la razón a alguien cuya desaprobación temes. Sabías que te sentirías desgraciado si te censuraban y modificaste tu comportamiento para evitarlo.
Es difícil enfrentarse con un rechazo o una censura y más fácil adoptar un comportamiento que inspirará aprobación. Pero cuando optas por este comportamiento más fácil lo que estás haciendo es darle mayor importancia a la opinión de la demás gente que a tu propia valoración. Es una trampa peligrosa, y una trampa difícil de evitar en nuestra sociedad.
A fin de evitar la trampa de la búsqueda de aprobación, una trampa que concede el control de tu persona a la opinión de los demás, es importante examinar los factores que impulsan la necesidad de la búsqueda de aprobación.
He aquí una breve excursión por la senda del desarrollo personal que conduce a un comportamiento de búsqueda de aprobación.
Antecedentes históricos de la necesidad de aprobación
La necesidad de aprobación se fundamenta en una sola suposición: “No confíes en ti mismo; confirma todo con otra persona primero”. Nuestro ambiente cultural refuerza el comportamiento de búsqueda de aprobación como norma de vida. El pensamiento independiente no sólo es anticonvencional, sino que es el enemigo de las mismas instituciones que constituyen los baluartes de nuestra sociedad. Si has crecido en esta sociedad, no hay duda de que esta idea te ha polucionado. El “no te fíes de ti mismo” es la esencia de la necesidad de tributo y la espina dorsal de nuestra cultura.
Si dejas que la opinión de los demás sea más importante para ti que la tuya propia y si no logras luego su aprobación, tendrás toda la razón del mundo para sentirte deprimido, culpable e indigno, puesto que ellos son más importantes que tú.
La concesión de apoyo y aprobación puede llegar a ser un gran medio de manipulación. Como el sentimiento de lo que vales como persona, se encuentra localizado en los demás y si ellos rehúsan alimentarte con su aprobación te quedas sin nada. No vales nada. Y de ahí en adelante, mientras mayor sea tu necesidad de halago, más podrás ser manipulado por los demás. Cualquier paso dado en dirección a la independencia y a la búsqueda de la aprobación propia es un paso que nos aleja del control de los demás. Como resultado, estas actitudes tan sanas son calificadas de egoístas, desconsideradas, indiferentes y así por el estilo, dentro del esfuerzo externo para mantenernos en una situación de dependencia. Para comprender este círculo vicioso de manipulaciones, piensa en la profusión de mensajes culturales de búsqueda de aprobación que empezaron a dirigirnos desde que éramos pequeños y con los que siguen bombardeándonos hoy en día.
Primeros mensajes familiares de búsqueda de aprobación
Es importante hacer hincapié en el hecho de que los niños pequeños necesitan realmente la aprobación y aceptación de los adultos importantes (los padres) en sus años formativos. Pero el sistema de aprobación no debe ser absoluto. Tampoco el niño debe tener necesidad de la autorización de sus padres para todo lo que hace, piensa o dice. La confianza en sí mismo puede enseñarse desde la cuna, y al leer esta sección la búsqueda de aprobación no debe confundirse con la búsqueda de amor o necesidad de amor.
Para fomentar la independencia adulta de la necesidad de aprobación, es importante y sirve de gran ayuda el apoyar mucho al niño desde el principio. Sin embargo, si un niño, durante su desarrollo, siente que no puede pensar o actuar sin antes requerir el permiso de sus padres, esto quiere decir que las semillas neuróticas de la desconfianza de sí mismo han sido plantadas desde muy temprano. Aquí menciono la búsqueda de aprobación como necesidad autofrustrante en el sentido de que un niño puede ser condicionado a necesitar la autorización o el control de papá o mamá en vez de la actitud sana y normal de desear el amor y la aceptación de padres cariñosos.
En la mayor parte de los casos, nuestro ambiente cultural, el tipo de educación fomentado por nuestra cultura, enseña al niño a fiarse de los demás en vez de confiar en su propio juicio. Todo hay que consultarlo con papá o mamá: “¿Qué como?”, “¿Cuándo?”, “¿Cuánto?” “Pregúntaselo a Mamá:”
“¿ Con quién puedo jugar?” “¿ Cuándo?” “¿Dónde?” “En tu habitación, pero la tienes que arreglar de esta manera! La ropa colgada, la cama hecha, los juguetes en el cajón de los juguetes, etcétera”.
He aquí una conversación que refuerza la dependencia y la búsqueda de aprobación:
• Puedes ponerte lo que quieras.
• ¿Qué te parece esto, mamá?
• No, no, mi amor , las rayas y los lunares no se ven bien juntos! Vete a cambiar, ya sea la blusa o los pantalones para que haga conjunto.
Una semana después:
• ¿Qué me pongo, mamá?
• Ya te lo he dicho, ponte lo que quieras. ¿Por qué me preguntas cada vez?
• ¿Por qué?, realmente…
En la tienda de comestibles el cajero le pregunta al niño: “¿Quieres un caramelo?”. El niño mira a su madre. “¿ Quiero un caramelo?”, pregunta.
Ha aprendido a buscar la autorización de sus padres para todo, incluso para saber lo que quiere o lo que no quiere. En la amplia gama que va desde sus juegos, la comida, el sueño, hasta sus pensamientos y el establecimiento de amistades, son pocos los mensajes de confianza en sí mismos que se envían a los niños en la familia. Esto parte de la creencia fundamental de que papá y mamá son los dueños de sus hijos. En vez de ayudar a los niños a pensar por sí mismos, a solucionar sus propios problemas y desarrollar la confianza en sí mismos, los padres tienden a tratar a sus hijos como una propiedad privada.
Khalil Gibran habla elocuentemente de los niños que son tratados como propiedad privada en “El Profeta”:
Tus niños no son tus niños.
Son los hijos y las hijas de los anhelos que siente la Vida por sí misma.
Vienen a través de ti pero no de ti. Y aunque están contigo, no te pertenecen.
Los resultados de esta estrategia son muy evidentes en todo niño “dependiente”. Mamá se convierte en el árbitro, en el eterno mediador, en la persona a la que se acude como delator cuando uno de los hermanos se está portando mal, alguien que, literalmente, tiene que pensar, sentir y actuar por el niño. No te fíes de ti mismo para resolver tus dificultades; papá y mamá lo harán por ti. No te fíes de ti mismo para tomar las decisiones que eres capaz de tomar por ti mismo; busca primero la autorización y el beneplácito de los demás.
Los niños se resisten a ser moldeados como buscadores de aprobación.
Hay muchos ejemplos de esto en las vidas de todos los que entran en contacto con la gente joven. Una infinidad de padres me han relatado sus experiencias de la época en que enseñaban a sus hijos a no mojarse los pañales y usar el orinal. Dicen que el niño parece saber lo que se le pide y ellos se dan cuenta de que el niño tiene la capacidad de controlar sus esfínteres. Y sin embargo el niño, porfiada, deliberadamente, se niega a hacerlo. {ésta es la primera protesta contra la necesidad de la aprobación de los padres. Los mensajes internos son: “Me podéis decir qué tengo que comer, qué me voy a poner, con quién voy a jugar, cuándo tengo que dormir, dónde tengo que poner mis juguetes e incluso qué tengo que pensar. Pero esto lo haré cuando yo quiera”. Es la primera protesta positiva contra la necesidad de la aprobación de papá y mamá.
Cuando niño querías pensar por ti mismo, tener confianza en ti mismo. Si tu padre te estaba ayudando a ponerte el abrigo cuando eras pequeño, tú decías “Yo lo puedo hacer solito”. Pero el mensaje de vuelta era a menudo: demasiado a menudo, “Yo te lo haré. No tengo tiempo para esperar a que lo hagas tú solo”. O “eres demasiado pequeño”. La llamarada de independencia, el deseo de ser tú mismo tan vivo en ti cuando eras niño era aplastado a menudo con un rotundo: “Confía en papá y mamá. Si no lo haces, te reprobaremos y si te reprobamos nosotros, tú tendrás que reprobarte a ti mismo”. El núcleo familiar alimenta, bajo la apariencia de buenas intenciones, la dependencia de sus miembros y la necesidad de aprobación.
Los padres que no quieren que a sus hijos les pase nada malo deciden protegerlos de todo peligro. Pero el resultado es exactamente lo contrario de lo que se pretende, pues sin las armas necesarias para saber cómo confiar en uno mismo en los momentos difíciles (solucionando nuestras propias peleas, enfrentándonos con los insultos y la agresividad de los demás, luchando por el honor propio, ganándose la propia “vida”), es imposible construir un arsenal de comportamiento independiente que nos sirva para toda la vida.
Puede que no recuerdes todos los mensajes de búsqueda de aprobación que te fueron telegrafiados cuando eras un niño, pero seguro que muchos te llegaron cuando eras muy pequeño. Y mientras muchos de los mensajes de pide la autorización de papá o mamá eran importantes para tu propia salud y seguridad, otros te fueron enviados para enseñarte un concepto crítico: aprender la buena conducta; la conducta que hay que tener para ganar la aprobación de la gente. Esa aprobación, que debería haber sido gratuita, se condicionaba al hecho de agradar a alguien o a darle gusto. Lo fundamental aquí no es que la aprobación no sea importante, sino que debe ser otorgada libremente a los niños, no como un premio a la buena conducta.
No hay que contribuir a que el niño confunda su propia estima con la aprobación de cualquier otra persona.
Mensajes escolares de búsqueda de aprobación
Cuando abandonabas tu casa para ir al colegio, entrabas en una institución especialmente diseñada para inculcar a los niños el comportamiento y el pensamiento adecuado para lograr la aprobación de los demás. Pide permiso para todo. No te bases nunca en tu propio juicio.
Pídele permiso a la maestra para ir al lavabo. Siéntate en la silla señalada. No te levantes si no quieres incurrir en una sanción. Todo estaba orientado hacia un control ejercido por los demás. En vez de enseñarte a pensar, te estaban enseñando a no pensar por ti mismo. Dobla tu papel formando dieciséis cuadrados y no escribas en los márgenes. Estudia los capítulos uno y dos esta tarde. Estudia la ortografía de estas palabras.
Dibuja así. Lee esto. Te enseñaron a ser obediente. Y en caso de duda, a consultar con la maestra. Si incurrías en el enfado de la maestra o, peor aún, del director, tenías que sentirte culpable durante meses, o al menos era eso lo que se esperaba de ti. Tu libreta de calificaciones era un mensaje para tus padres para comunicarles el grado de aprobación que habías alcanzado.
Si lees la declaración de los postulados de tu colegio, que sin duda fueron escritos bajo la presión de un grupo de supervisores y pedagogos oficiales, dirá sin duda algo parecido a lo que sigue:
Nosotros, los fundadores de este colegio, creemos en la educación y desarrollo total de todos y de cada uno de los alumnos. El currículum ha sido diseñado de manera que pueda responder a las necesidades individuales de todos los alumnos de nuestro colegio. Tratamos de conseguir, y apoyamos todos los esfuerzos que van dirigidos en esa dirección, el desarrollo individual y la puesta al día, de nuestro cuerpo estudiantil… etc.
¿Cuántos colegios o profesores se atreven a poner en acción estas palabras? Cualquier alumno que empieza a mostrar señales de ponerse al día y de tener un verdadero control de sí mismo es puesto rápidamente en su lugar… Los alumnos independientes, seguros de sí mismos, llenos de amor a sí mismos, poco susceptibles a la culpa o preocupación, son sistemáticamente considerados como problemas y como alborotadores.
Los colegios no son eficaces para tratar con niños que dan muestras de un pensamiento independiente. En la mayoría de colegios, la búsqueda de aprobación es el camino del éxito. Los viejos clichés del “mimado de la maestra, o “lameculo” se han convertido en clichés con razón. Existen y funcionan. Si logras el aplauso de los profesores, te comportas de la manera que ellos te han enseñado, estudias el programa que te han puesto por delante, saldrás triunfante. Peor aún, también saldrás con una fuerte necesidad de aprobación, puesto que habrán logrado desalentar todos tus impulsos para actuar por ti mismo y con confianza en ti mismo.
Por lo general, cuando llega a la escuela secundaria el alumno ya ha aprendido la lección. Ante la pregunta de su consejero sobre las materias que le gustaría estudiar en la secundaria, contesta con un “No sé. Dígame usted lo que necesito”. En la secundaria le costará decidirse por los estudios que querrá hacer y se sentirá mucho más cómodo cuando las decisiones las toma un tercero. En el aula, aprenderá a no dudar de lo que le enseñan. Aprenderá a escribir una tesis correctamente y a interpretar a Hamlet. Aprenderá a escribir disertaciones basadas no en su propio juicio y sus propias opiniones sino en citas y referencias que apoyarán todo lo que él diga. Y si no aprende estas cosas, será castigado con malas notas (y con la desaprobación del maestro). Y al tiempo de graduarse, se dará cuenta de que le cuesta tomar por sí mismo cualquier decisión ya que durante doce años le han enseñado cómo pensar y lo que debe pensar. Ha sido alimentado con una dieta sólida de consúltalo con el maestro y ahora el día de su graduación se da cuenta de que es incapaz de pensar por sí mismo. Así es que suspira por la aprobación de los demás y aprende que el logro de esta aprobación es equivalente al triunfo y a la felicidad.
En la universidad se repite el mismo esquema de adoctrinamiento. Escriba dos disertaciones mensuales; use el formato apropiado; use una distancia de 16 y 84 para los márgenes; no se olvide que deben ser escritas a máquina; no se olvide de la introducción, el cuerpo y la conclusión; estudie estos capítulos… La gran línea de montaje. Sométase; complazca a los profesores y le irá bien. Cuando finalmente el estudiante se inscribe en un seminario en el que el profesor dice: “Este semestre podéis estudiar lo que queráis dentro del campo de vuestros intereses. Yo os ayudaré a escoger lo que os conviene dentro del tema de vuestro interés, pero se trata de vuestra educación y podéis hacer con ella lo que os plazca. Yo os ayudaré todo lo que pueda”. Cunde el pánico. “Pero ¿cuántas disertaciones tendremos que hacer?” “¿Cuándo tenemos que entregarlas?” “¿Quiere que las escribamos a máquina?” “¿Qué libros tendremos que leer?” “¿Cuántos exámenes habrá que pasar?” “¿Qué tipo de preguntas?” “¿De cuántas páginas de extensión tienen que ser las disertaciones?” “¿Dónde ponemos los márgenes? “¿Tendré que venir a clase todos los días?”
Éstas son preguntas típicas de quienes buscan la aprobación de los demás y no pueden causar la menor sorpresa si consideramos los métodos educativos que acabamos de examinar. Se ha entrenado al alumno a que todo lo haga para otra persona, para complacer al profesor, para estar a la altura de las normas y expectativas de otras personas. Sus preguntas son el resultado de un sistema que demanda la búsqueda de aprobación para poder sobrevivir en él. El alumno tiene miedo a pensar por sí mismo. Es mucho más fácil y seguro hacer lo que otra persona espera de nosotros.
Mensajes institucionales de búsqueda de aprobación
También adquirimos síntomas de búsqueda de aprobación de otras fuentes.
La Iglesia ciertamente ha tenido una gran influencia en este campo. Tienes que complacer a Jehová o a Jesús o a alguien que está fuera de ti. Los líderes de la Iglesia han desvirtuado el sentido de las enseñanzas de los grandes maestros religiosos tratando de enseñar conformidad y sometimiento y usando como armas el miedo al castigo y el deseo de recompensa. Así, el hombre tiene una conducta moral no porque cree que es lo apropiado, sino porque Dios quiere que se comporte así. Si tienes alguna duda, consulta con los mandamientos en vez de consultar contigo mismo o con lo que tú crees.
Pórtate bien porque alguien te lo ha dicho y porque alguien te castigará si no lo haces, no porque sabes que ése es el comportamiento apropiado para ti. La religión organizada apela a tus necesidades de búsqueda de aprobación. Puede que el resultado sea la misma conducta que habrías escogido tú, pero no la habrás escogido libremente.
La experiencia religiosa más auténtica sería la de poder fiarte de ti mismo como guía y no necesitar la aprobación de una fuerza externa. Sería la religión del ser verdadero, en la cual el individuo determina su propia conducta basada en su propia conciencia y en las leyes de su medio ambiente que funcionan para él, en vez de permitir que alguien le dicte su conducta y decida cómo debe comportarse. Un estudio cuidadoso de Jesucristo nos demostrará que era un ser extremadamente realizado, un individuo que predicaba la confianza en uno mismo y no temía provocar la censura de los demás. Sin embargo muchos de sus seguidores han adulterado el sentido de sus enseñanzas haciendo de ellas un catecismo de miedo y de odio a uno mismo. (En el Capítulo 12 hay una descripción completa de las características del individuo realizado.)
El Estado es otro buen ejemplo de institución que usa la búsqueda de aprobación como motivador de conformidad. “No confíes en ti mismo. No tienes los conocimientos ni capacidades para funcionar solo. Nosotros nos ocuparemos de ti. Nosotros cobraremos tus impuestos descontándolos de tu sueldo para que no te gastes el dinero en otras cosas antes de recibir tu factura de impuestos. Te obligaremos a tomar un Seguro Social porque tú serías incapaz de decidirlo por ti mismo; o de salvarte a ti mismo. No tienes que pensar por ti mismo; nosotros reglamentaremos tu vida.” Y así vemos muchos gobiernos que van más allá de su responsabilidad de proveer a las necesidades esenciales de los ciudadanos y de gobernar a la sociedad.
Hay más reglas codificadas que gente para desobedecerlas. Si alguien decidiera hacer poner al día todas las normas que existen, descubriríamos que violamos la ley cientos de veces al día. Alguien ha decidido cuándo puedes salir de compras, y que no debes beber alcohol a ciertas horas o ciertos días. Hay reglas contra todo, incluso para lo que uno se tiene que poner a cierta hora y en ciertos lugares, sobre cómo puedes disfrutar del sexo, lo que puedes decir y por dónde puedes caminar. Afortunadamente la mayor parte de estas normas son inoperantes. De todos modos, la gente que elabora normas es gente que insiste en la creencia de que ellos saben más que el propio individuo sobre lo que le conviene a este último.
A diario nos bombardean con mensajes de nuestro medio ambiente cultural que nos estimulan a buscar aprobación. Las canciones que oímos a diario están llenas de mensajes líricos que nos instan a buscar la aprobación de los demás, especialmente las “bestsellers” populares de las últimas tres décadas. Esas letras dulzonas e inofensivas pueden resultar más dañinas de lo que uno piensa. He aquí una breve lista de títulos que envían mensajes declarando que algo o alguien es más importante que uno mismo. Sin la aprobación de ese alguien tan especial el “Yo” se derrumba:
• “No puedo vivir, si vivir significa estar sin ti.”
• “Me haces tan feliz.”
• “Me haces sentir como una mujer.”
• “No eres nadie hasta que alguien te quiere.”
• “Todo depende de ti.”
• “Me haces sentir completamente nuevo.”
• “Mientras él me necesite.”
• “Si tú te vas.”
• “La gente que necesita a la gente.”
• “Tú eres el rayo de sol de mi vida.”
• “Nadie me puede hacer sentir los colores que tú me traes.”
• “Sin ti yo no soy nadie.”
Podrías intentar hacer un ejercicio la próxima vez que oigas una canción que envía mensajes en busca de aprobación. Pon atención a las letras que reflejan la manera que te han enseñado a sentir, esto es, que no llegarás a nada si alguien te critica o te falla. Reescribe la canción para que encaje en un patrón mental de control de uno mismo en vez de la búsqueda de aprobación. Por ejemplo:
• Yo me siento mujer por mí misma; eso nada tiene que ver contigo.
• Yo elegí amarte. Debo haber querido hacerlo entonces, pero ahora he cambiado de opinión.
• La gente que necesita de la otra gente es la gente más desgraciada del mundo. Pero la gente que quiere amor y disfruta de la gente es la que logra ser feliz.
• Yo me hago a mí mismo muy feliz por las cosas que me digo a mí mismo respecto de ti.
• Yo soy el rayo de sol de mi propia vida, y al tenerte a ti, la hago brillar aún más.
• Yo puedo dejar de amarte, pero no quiero hacerlo.
Aunque es seguro que canciones así no se venderían, con este método al menos podrás empezar a cambiar la dirección de los mensajes inconscientes que oyes y que reflejan lo aprendido por la gente de nuestro medio cultural. Hay que traducir el “Sin ti no soy nadie” a “Sin mí mismo no soy nadie, pero el tenerte hace que este momento presente sea muy agradable”
Los anuncios de la televisión apelan de una manera especial al pensamiento condicionado a la búsqueda de aprobación. Muchos de estos anuncios reflejan los esfuerzos que hacen los fabricantes para manipular tu voluntad y lograr así que compres sus productos, reforzando la noción de que lo que la demás gente cree es más importante que lo que tú piensas.
Analiza el siguiente diálogo cuando recibas a amigos en tu casa para jugar al bridge:
• Primer amigo (husmeando): “¿Comiste pescado frito anoche, querida?”, dice con tono de desaprobación.
• Amigo segundo: “Por lo que veo, George sigue fumando los mismos puros”, con un tono muy parecido que refleja desaprobación.
Tú quedas ofendido, desconcertado, es más, destruido, porque los demás censuran los olores de tu propia casa.
Mensaje psicológico: “Lo que los demás piensan de ti es mucho más importante de lo que tú piensas de ti mismo, de modo que si no complaces a tus amigos, mereces sentirte mal”.
Analiza los dos anuncios siguientes y sus mensajes:
1. Una camarera observa que el cuello de la camisa de uno de los clientes no está muy limpio cuando le ayuda a ponerse la servilleta. La esposa se avergüenza al darse cuenta que la camarera, que es una desconocida, reprueba su comportamiento.
2. Una mujer se estremece de miedo cuando piensa en lo que pensarán de ella sus amigas si se dan cuenta que sus medias “panty” le quedan grandes. “No podría soportar que pensaran mal de mí. Necesito su aprobación, así es que escogeré otra marca en vez de la que llevo.”
Los anuncios de pastas dentífricas, desodorantes, enjuagues bucales y lacas especiales están llenos de mensajes psicológicos que te convencen de que tienes que buscar la aprobación de la gente y de que la manera de conseguirla es usando un determinado producto. ¿Y por qué usan los fabricantes ese tipo de tácticas? Porque les dan buenos resultados. Porque con ellas venden sus productos. Se han dado cuenta de que la gente tiene necesidad de ser aceptada y se aprovechan de esta necesidad creando pequeños anuncios que mandan los mensajes apropiados.
Ahí tienes una cultura que valora y fomenta la necesidad de aprobación. No es nada sorprendente que descubras que le das demasiada importancia a lo que piensan los demás. Has sido condicionado en este sentido a lo largo de toda tu vida e incluso si tu familia tuvo conciencia de que necesitabas su ayuda para fomentar tu seguridad en ti mismo, los factores culturales de los que dependían les impidieron hacerlo como debían. Pero tienes que darte cuenta de que no tienes por qué aferrarte a este comportamiento de necesidad de aprobación. En su Puddinhead Jilson’s Calendar, Mark Twain nos describe convincentemente un método para romper con una costumbre arraigada como puede ser la de la búsqueda de aprobación.
“Las costumbres son costumbres y ningún hombre debe tirarlas por la ventana; debe engatusarlas y hacer que bajen por las escaleras de escalón en escalón.”
Engatusando a la búsqueda de aprobación
para que baje las escaleras de escalón en escalón
Echa un vistazo a cómo funciona el mundo. Para resumir, diremos que jamás puedes complacer a todos. En realidad si logras complacer a un cincuenta por ciento de la gente, lo estás haciendo bastante bien. Esto no es ningún secreto. Sabes muy bien que por lo menos la mitad de la gente que compone tu mundo va a estar en desacuerdo con al menos la mitad de las cosas que digas. Y si esto es correcto (para comprobarlo no tienes más que ver cómo en una elección donde uno de los candidatos obtiene un triunfo rotundo, el 40% de la gente ha votado en contra del ganador), así siempre tendrás un 50% de posibilidades de incurrir en algún tipo de repulsa o desaprobación cada vez que expresas una opinión.
Movido de este conocimiento, puedes empezar a enfocar de otra manera las actitudes críticas de la demás gente. Cuando alguien no esté de acuerdo con algo que tú dices, en vez de sentirte herido piensa que te has encontrado con una de las personas que están dentro del 50% que no está de acuerdo contigo. Saber que, digas lo que digas, o pienses lo que pienses, o hagas lo que hagas, habrá alguien que no esté de acuerdo contigo, es la mejor manera de salirse del túnel de la desesperación. Cuando seas consciente de la posibilidad de crítica y la esperes, no te sentirás inclinado a ofenderte por ello, y simultáneamente dejarás de considerar que el rechazo de un pensamiento o sentimiento tuyo implica el rechazo a tu persona.
No puedes evitar la desaprobación de la gente por más que quieras. Por cada opinión que puedas tener, habrá siempre alguien que tenga exactamente la opinión opuesta a la tuya. Abraham Lincoln habló de esto en una conversación en la que participó en la Casa Blanca y sobre la que nos da cuenta Francis B. Carpenter:
…Si yo fuera a leer, incluso a contestar, todos los ataques que me dirigen, habría que cerrar esta tienda para ocuparnos únicamente de ese negocio. Yo actúo lo mejor que puedo y mejor me parece; y pienso seguir haciéndolo hasta el final. Si al final el resultado es bueno, lo que se diga en contra de mí no tendrá ninguna importancia. Pero si al final el resultado es malo y aunque diez ángeles juraran que yo tenía razón, no habría ninguna diferencia, igual estaría mal.
Algunos ejemplos típicos de comportamientos
de búsqueda de aprobación
Al igual que el rechazo de sí mismo, la búsqueda de aprobación incluye una gran variedad de comportamientos de autocapitulación. Entre las actividades más comunes y usuales del comportamiento de búsqueda de aprobación se encuentran las que detallo en la siguiente lista:
• Cambiar de postura o de manera de pensar porque alguien da muestras de desaprobación.
• Suavizar un comentario o declaración para evitar reacciones de desagrado.
• Adular a tu interlocutor para que te quiera.
• Sentirte deprimido o angustiado cuando alguien no está de acuerdo contigo.
• Sentirte insultado o humillado cuando alguien comenta o declara una opinión contraria a la tuya.
• Decir que la otra persona es una “snob, o un “engreído” lo que es simplemente otra manera de decir “Préstame más atención”.
• Ser excesivamente amable y adulador aunque estés en desacuerdo con lo que se dice.
• Hacer cosas para otra persona y sentir resentimiento porque no te atreviste a decirle que no.
• Sentirte intimidado por un vendedor agresivo y comprar algo que no te gusta o no quieres… o… tener miedo de devolverle alguna mercancía porque le disgustará y no te querrá.
• En un restaurante, comerte un trozo de carne que no está hecho como lo pediste porque no le caerás simpático al camarero si lo devuelves.
• Decir cosas que no piensas para evitar que la gente no te quiera.
• Propagar noticias de muertes, divorcios, asaltos y cosas por el estilo y disfrutar de la atención que por ello recibes.
• Pedir permiso para hablar, o para comprar algo, o hacer cualquier cosa, a una persona importante en tu vida porque temes su desagrado.
• Pedir excusas continuamente los excesivos “lo siento” y “perdón” que están destinados a hacer que los demás te perdonen y te aprueben constantemente.
• Comportarte de una manera inconformista a fin de llamar la atención, lo que equivale al mismo tipo de neurosis que conformarse para lograr la aprobación externa. De este modo, usar zapatillas de tenis con un smoking o comerse el puré de patatas con las manos para llamar la atención son otras formas de buscar aprobación.
• Llegar invariablemente tarde en todas las ocasiones, de forma patológica para hacerte notar, es también un truco del comportamiento de búsqueda de aprobación con el que logras llamar la atención de todo el mundo. Puede que lo hagas por una necesidad de sentir que te distingan y en consecuencia estás bajo el control de los que prestan atención a tus impuntualidades.
• Tratar de impresionar a los demás con tus conocimientos de algo que ignoras “pretendiendo” saberlo.
• Solicitando el halago de una manera indirecta esperando la aprobación de la gente y sintiéndote mal cuando no lo consigues.
• Sentirte infeliz porque alguien que tú aprecias tiene una opinión contraria a la tuya y te la expresa.
Evidentemente que la lista podría continuar ad infinitum. La búsqueda de aprobación es un fenómeno cultural fácilmente observable en todos los rincones del globo. Sólo es reprochable cuando se convierte en necesidad, lo que equivale, por supuesto, a entregarse y colocar la responsabilidad de cómo te sientes en manos de otros cuya aprobación buscas.
Los dividendos de la búsqueda de aprobación
Una mirada a las motivaciones de este comportamiento autofrustrante será muy útil para ayudarnos a descubrir ciertas estrategias con las que lograr eliminar la necesidad de buscar la aprobación de los demás. Abajo enumero algunas de las razones más comunes (generalmente de naturaleza neurótica) para aferrarse al comportamiento de búsqueda de aprobación.
Entre las retribuciones de la necesidad de búsqueda de aprobación están incluidas las siguientes:
• Colocar la RESPONSABILIDAD de tus sentimientos en los demás. Si te sientes así (fatal, dolido, deprimido, etcétera) porque alguien no te aprueba, entonces «él», esa persona, no tú, es responsable de lo que tú sientes.
• Si ellos son responsables de cómo te sientes porque no te aprueban, cualquier Cambio en ti se vuelve imposible, puesto que es por culpa de los demás que te sientes así. Entonces él o ellos serán responsables también de que tú no cambies. Así la búsqueda de aprobación te ayuda a evitar cualquier cambio.
• Mientras los demás sean los responsables y tú no puedas cambiar, tú no tendrás que correr ningún riesgo. En consecuencia el aferrarte al comportamiento de búsqueda de aprobación te ayudará convenientemente a evitar cualquier actividad que implique correr un riesgo en tu vida.
• Reforzar la imagen pobre de ti mismo y con ello fomentar tu autocompasión y desidia. Si eres inmune a la necesidad de aprobación, serás también inmune a la autocompasión cuando no la consigas.
• Reforzar la idea de que otros tienen que ocuparse de ti; de ese modo, puedes volver a la infancia y ser mimado, protegido y manipulado.
• Culpar a los demás de lo que estás sintiendo, con lo que creas un efecto de chivo emisario para todo lo que no te gusta en tu vida.
• Engañarte a ti mismo diciéndote que cuentas con la simpatía de aquellos que tú has hecho más importantes que tú mismo en tu vida; de ese modo, te sientes cómodo exteriormente aunque por dentro alimentes las semillas del descontento. Cuanto más importantes sean los otros, más importancia tienen las apariencias externas.
• Gozar, solazándote con el hecho de que otra gente te presta atención; lo que te da pie para jactarte ante amigos que, como tú, van en busca de aprobación.
• Encajar en el medio ambiente cultural que aplaude ese tipo de comportamiento y lograr el favor de la mayoría.
Este tipo de retribuciones neuróticas son sorprendentemente parecidas a las retribuciones del odio a uno mismo. De hecho, el tema de evitar la responsabilidad, los cambios y los riesgos se encuentra en el meollo del pensamiento y del comportamiento autodestructivos descritos en este libro. Sin emplear el elaborado idioma de los diagnósticos, puedo decir que simplemente es más fácil, más corriente y familiar, y menos arriesgado, aferrarse a comportamientos neuróticos. Y obviamente la búsqueda de aprobación como necesidad no es una excepción.
Una mirada a la suprema ironía
del comportamiento de búsqueda de aprobación
Vamos a fantasear unos instantes. Hazte cuenta que realmente quieres la aprobación de todos y que es posible obtenerla. Más aún, imagínate que es una meta sana y digna de alcanzar. Ahora bien, teniendo esto en cuenta, ¿cuál sería el mejor método, el más eficiente para lograr tu cometido?
Antes de contestar piensa en la persona que, en el círculo de tus relaciones, es la que recibe mayor aprobación. ¿Cómo es este individuo?
¿Cómo se comporta? ¿Qué hay en él que atrae a toda la gente? Lo más probable es que estés pensando en alguien que es directo y franco, independiente de la opinión de los demás, un ser realizado. Lo más probable es que tenga poco o nada de tiempo para dedicarlo a la búsqueda de aprobación. Casi seguro que es una persona que dice las cosas tal como son a pesar de las consecuencias que esto le pueda acarrear. Quizá piensa que el tacto y la diplomacia son menos importantes que la honestidad. No es una persona susceptible, simplemente un individuo que tiene poco tiempo para el tipo de juego que significa el hablar delicadamente y teniendo cuidado de decir las cosas bien para evitar herir a los demás.
¿No te parece irónico? La gente que parece conseguir la mayor cantidad de aprobación en la vida es precisamente la que nunca la busca, que no la desea y a la que menos le preocupa conseguirla.
He aquí una pequeña fábula que podemos aplicar para ilustrar este caso, ya que la felicidad es la ausencia de la búsqueda de aprobación como necesidad:
Un gato grande vio cómo un gatito pequeño trataba de pescarse la cola y le preguntó: “¿Por qué tratas de pescarte la cola en esa forma?”. El gatito dijo: “He aprendido que lo mejor para un gato es la felicidad, y que la felicidad es mi cola. Y por eso la persigo y trato de pescármela; y cuando la pesque habré logrado la felicidad. El gato viejo le dijo: “Hijo mío, yo también le he prestado atención a los problemas del universo, yo también he pensado que mi cola era la felicidad. Pero, me he dado cuenta que cuando la persigo se me escapa y cuando voy haciendo lo que tengo que hacer ella viene detrás mío por dondequiera que yo vaya”.
De modo que, si tanto quieres merecer aprobación es irónico pensar que la mejor manera de lograrla es no desearla y evitar correr tras ella y no reclamársela a todo el mundo. Estando en contacto contigo mismo y usando la imagen positiva de ti mismo como consejera, recibirás mucha más aprobación.
Por supuesto que nunca recibirás aprobación de todo el mundo por todo lo que haces, pero cuando te consideres a ti mismo como una persona valiosa no te deprimirás cuando te la niegan. Considerarás que la desaprobación es una consecuencia natural de la vida en este planeta donde la gente es individualista en sus percepciones.
Algunas estrategias específicas para eliminar
la búsqueda de aprobación como necesidad
A fin de amenguar tu comportamiento de búsqueda de aprobación, necesitarás ponerte en contacto con las retribuciones neuróticas que te impulsan a continuar con ese comportamiento. Aparte de los pensamientos positivos sobre tu valía cuando entras en contacto con algún tipo de reprobación (que es la mejor estrategia que puedes emplear), he aquí otras estrategias positivas con las que puedes trabajar para evitar la dependencia de la búsqueda de aprobación:
• Etiqueta la desaprobación con nuevas respuestas que empiecen con la palabra tú. Por ejemplo, te das cuenta de que tu padre no está de acuerdo contigo y se está enfadando. En vez de cambiar de posición o defenderte, simplemente contesta con un “tú te estás enfadando y piensas que yo no debería pensar como pienso”. Esto te mantendrá en contacto con el hecho de que la desaprobación le pertenece a él y no a ti. La estrategia del tú puede ser empleada en cualquier momento y con resultados sorprendentes si llegas a dominar la técnica. Tendrás que luchar contra la tentación de empezar con “Yo, es decir, poniéndote en la posición de necesitar defenderte o de modificar lo que acabas de decir para lograr que te acepten.
• Si piensas que alguien está tratando de manipularte rebajando tu autoestima, dilo. En vez de ablandarte con el propósito de lograr aunque sea algo de aprobación, puedes decir en voz alta: “Normalmente yo modificaría mi posición para lograr que me aceptes y me quieras, pero realmente creo en lo que acabo de decir y tú tendrás que entendértelas con tus propios sentimientos al respecto”. O “Supongo que te gustaría que yo cambie de opinión”. El hecho de etiquetarlo te mantendrá en contacto con tus propios pensamientos y tu propio comportamiento.
• Puedes agradecer a la persona que te está proporcionando datos que te serán útiles para tu crecimiento y desarrollo, aunque sean cosas que no te gusten. El acto de agradecer pone fin a cualquier tipo de búsqueda de aprobación. Tu marido te dice que te estás portando de una manera tímida y nerviosa, que no le gusta. En vez de tratar de complacerlo, simplemente le agradeces que te lo haga notar. Así desaparecerá el comportamiento de búsqueda de aprobación.
• Puedes buscar a propósito que te desaprueben y trabajar contigo mismo para que eso no te moleste. Busca a alguien con quien estás seguro de no coincidir y enfréntate cara a cara con la desaprobación manteniendo de forma serena tu posición. Poco a poco irás molestándote menos y te será menos difícil no cambiar de punto de vista. Te dirás a ti mismo que esperas esta “contra”, que les está bien a ellos ser así, y que en realidad no tiene nada que ver contigo. Al ir en busca de la desaprobación en vez de evitarla aumentarás tu repertorio de comportamientos para tratarla en forma eficiente.
• Puedes practicar técnicas para ignorar los actos de desaprobación y para no prestarle atención a los que tratan de manipularte con sus acusaciones. Por ejemplo, en una ocasión en que un colega mío daba una conferencia ante numeroso público en Berlín, uno de los que lo escuchaban, evidentemente muy irritado por algunas de las cosas que éste decía, no pudo aguantar más y utilizando un argumento secundario, le dedicó una serie de comentarios insultantes en forma de preguntas. Estaba tratando de que el orador cayera en la trampa y se enredara con él en una discusión neurótica.
• La respuesta de mi colega a esta retahíla agresiva fue un simple “de acuerdo” y luego siguió con su conferencia. Al no prestar atención a los insultos, demostró que no iba a valorarse a sí mismo por lo que el otro podría pensar. Como es de suponer el inoportuno dejó de interrumpir la conferencia. Si el conferenciante no hubiese tenido una buena opinión de sí mismo, hubiera dejado que la opinión del otro fuese más importante para él que su propia valoración de sí mismo y se hubiera molestado cuando esa persona se la hubiera cuestionado.
• Puedes romper la cadena que conecta con lo que los demás piensan, dicen y hacen, y tu propia valoración. Habla contigo mismo cuando te enfrentes con la crítica. “Éste es asunto suyo, yo me imaginaba que iba a actuar así. Pero eso no tiene nada que ver conmigo.” Esto eliminará el dolor que te provocas a ti mismo cuando relacionas los sentimientos de otra persona con tus propios pensamientos.
• Hazte a ti mismo esta importante pregunta cuando sientas que te critican. ¿Me iría mejor si estuvieran de acuerdo conmigo? La contestación es no, obviamente. Lo que ellos piensan no puede tener ningún efecto sobre ti al menos que tú permitas que lo tenga. Más aún, es muy probable que descubras que gente importante como tu jefe, y el ser que tú amas, te quieren y aceptan más cuando no te preocupa el no estar de acuerdo con ellos.
• Acepta el hecho muy simple que mucha gente ni siquiera te comprenderá, y que eso está bien. Por tu parte tú tampoco comprenderás a mucha de la gente que está muy cerca tuyo. No tienes por qué hacerlo. Está muy bien que ellos sean diferentes y la comprensión más fundamental que puedes demostrarles o sentir, es que no comprendes. Gustav Eschheiser lo demuestra muy claramente en las líneas siguientes de su Apariencias y realidades:
• Si la gente que no se comprende, al menos comprendiera que no se comprende, entonces se comprenderían mejor que cuando, sin comprenderse, ni siquiera comprenden que no se comprenden los unos con los otros.
• Puedes negarte a discutir o a tratar de convencer a los demás de lo acertado de tu posición, y simplemente creer en ella.
• Confía en ti mismo cuando compres ropa u otros efectos personales sin consultar primero con alguien cuya opinión valoras más que la tuya propia.
• Deja de buscar respaldo para lo que dices buscando justificación y apoyo de parte de tu cónyuge o cualquier otra persona con frases como las siguientes: “¿No es así, querida?” o “¿No es cierto que así lo hicimos, Raph?” o “Pregúntaselo a Marie, ella te lo dirá”.
• Corrígete en voz alta cada vez que vayas en busca de aprobación, para que te des cuenta de que tienes esta tendencia y pruebes nuevos comportamientos para evitarla.
• Trabaja conscientemente en tratar de evitar las múltiples excusas que das incluso cuando no te arrepientes de lo que acabas de decir. Todas las apologías son ruegos de perdón. Y las peticiones de perdón son formas de búsqueda de aprobación como por ejemplo: “Yo sé que no me querrías si yo pensara realmente lo que te acabo de decir, así que, por favor, dime que todavía me aceptas. Disculparse es perder el tiempo. Si necesitas que otra persona te perdone para poder sentirte mejor, quiere decir que estás dejando que controlen tus sentimientos. Y si puedes decidir no portarte de cierta manera y pensar que algunas expresiones de tu conducta no están bien, vivir disculpándose es un tipo de comportamiento enfermizo que otorga el control de uno mismo a un tercero.
• En cualquier conversación, toma el tiempo que pasas hablando tú y compáralo con el tiempo que han estado hablando los demás, tu cónyuge o tus conocidos. Puedes trabajar para no ser el que habla menos y sólo cuando te piden que participes en la conversación.
• Puedes verificar en la próxima reunión a la que asistas cuántas veces te interrumpes y si siempre eres condescendiente cuando hablas al mismo tiempo que otro miembro del grupo. Puede que tu búsqueda de aprobación se esté convirtiendo en timidez. Busca estrategias para poder hablar sin que te interrumpan poniendo de manifiesto ese comportamiento cuando aparezca en tu medio.
• Toma nota de cuántas frases afirmativas pronuncias y cuántas en forma de interrogación. Acaso haces preguntas, pides permiso y aprobación, en vez de dar tu opinión de frente? Por ejemplo, la pregunta “Qué buen día hace, ¿no?, pone a la otra persona en posición de resolver un problema y a ti en la de buscar aprobación. Un simple “Qué buen día”, es una afirmación más que una indagación. Si siempre estás haciendo preguntas quiere decir que estás embarcado en la búsqueda de aprobación en un área que puede parecer sin importancia, pero que refleja la falta de confianza en tu propia capacidad para hacerte cargo de tus cosas.
Éstos son los primeros pasos para eliminar la necesidad de la búsqueda de aprobación en tu vida. Si bien no tratas de eliminar toda aprobación externa, intentas al menos evitar que cualquier pequeñez te inmovilice. Los aplausos son agradables y la aprobación es una experiencia muy satisfactoria. Y es muy agradable sentirte aprobado. Lo que buscas es la inmunidad ante el dolor cuando no logras los aplausos que buscas. Igual que el que decide hacer una dieta para adelgazar no puede probar su fuerza de voluntad cuando está con el estómago lleno, o el individuo que ha decidido dejar de fumar no mide su tenacidad después de haber apagado el último cigarrillo, así no te probarás a ti mismo mientras no te enfrentes con la desaprobación. Puedes alegar hasta ponerte rojo como un tomate que puedes enfrentarte con los desaires y que no vas a exigir que todo el mundo te aprecie, pero hasta que te enfrentes con las situaciones contrarias no sabrás cómo te está yendo. Si logras eliminar esta molesta zona errónea de tu vida lo demás te parecerá fácil, porque has sido condicionado a necesitar la aprobación de los demás desde que respiraste por primera vez en esta Tierra. Tendrás que practicar mucho para lograrlo pero bien vale la pena cualquier esfuerzo que pongas en ello. La inmunidad ante la desesperación de enfrentarnos con la desaprobación de los demás es como un billete que nos garantiza una vida llena de deliciosos momentos presentes libres y personales.
La ruptura con el pasado
Sólo los fantasmas se revuelcan en el pasado, explicándose a si mismos con descripciones basadas en sus vidas ya pasadas. Tú eres lo que eliges ser hoy en día, no lo que antes elegiste ser.
¿Quién eres? ¿Cómo te describes a ti mismo? Para contestar estas dos preguntas tendrás sin duda que referirte a tu propia historia, a un pasado ya vivido, pero al que sin duda sigues ligado y del que te parece difícil escaparte. ¿ Cómo te describes a ti mismo? Son pequeñas etiquetas muy ordenaditas que has ido acumulando durante toda la vida? Tienes acaso un cajón lleno de autodefiniciones que usas regularmente? Algunas de ellas pueden ser tan grandilocuentes como: Yo soy una persona muy nerviosa; soy tímido; soy perezoso; no tengo oído musical; soy torpe; soy muy olvidadizo, y todo un catálogo de cosas que eres y que usas. Sin duda tienes también una serie de “Soy” positivos como: soy muy cariñoso; soy amable; y juego bien al bridge. No hablaremos de ellos aquí ya que el propósito de este capítulo es de ayudarte a crecer y desarrollarte más que aplaudirte por las actividades en las que estás operando eficientemente.
Las autodefiniciones no son inadecuadas por naturaleza, pero pueden ser usadas de forma perjudicial. El hecho mismo de etiquetar puede ser un impedimento para el desarrollo de la personalidad. Es fácil usar la etiqueta como excusa para seguir igual. Sren Kirkegaard escribió: “Si me clasificas (o me etiquetas), me niegas”. Cuando el individuo tiene que estar a la altura de la etiqueta que lo clasifica, el ser deja de existir.
Y pasa lo mismo con las autoclasificaciones. Es muy probable que al identificarte con tus etiquetas clasificadoras te estés negando a ti mismo, en vez de aprovechar tu propio potencial de crecimiento.
Todas las autoclasificaciones proceden del pasado histórico del individuo. Pero el pasado, como dijo Carl Sandbug en Prairie, “es un cubo lleno de cenizas”.
Trata de averiguar hasta qué punto estás encadenado a tu pasado. Todos los “Yo soy” autodestructivos provienen de estas cuatro frases neuróticas:
1. “Así soy yo.”
2. “Yo siempre he sido así.”
3. “No puedo evitarlo.”
4. “Es mi carácter.”
Ahí están todas en un paquetito. Las trabas que te impiden crecer, cambiar y hacer tu vida (desde este momento en adelante, que es la única vida que tienes) nueva, estimulante y llena de momentos presentes plenos y felices.
Conozco a una abuela que, todos los domingos cuando recibe en su casa a su familia para comer, decide cuánto va a comer exactamente cada persona y deliberadamente calcula las porciones que pone en cada plato de acuerdo con sus propias especificaciones. A cada persona le da dos pedazos de carne, una cucharada de guisantes, unas patatas y así con todo. Cuando le preguntan: “¿Por qué haces eso?”, contesta diciendo, “Oh, siempre he sido así”, ¿Por qué? Porque “Así soy yo”.
La razón del comportamiento de la abuela procede de su propia etiqueta que a su vez procede de un pasado en el que siempre se ha comportado de esa manera.
Hay personas que usan las cuatro frases a la vez cuando se cuestionan sus comportamientos. Si le preguntas a alguien por qué se perturba tanto al oír hablar de accidentes, puede que te responda: “Oh, así soy yo, siempre he sido así, realmente no puedo evitarlo, es mi carácter,”. Las cuatro a la vez, todas y cada una le sirven para explicar por qué nunca será diferente ni considerará la posibilidad de cambiar.
Tus “Yo soy”, que describen un comportamiento autoneutralizador se remontan a algo que aprendiste en el pasado. Y cada vez que usas una de estas cuatro frases lo que realmente estás diciendo es: “Pienso seguir siendo lo que he sido siempre”.
Puedes empezar a deshacer los nudos que te atan al pasado y eliminar las inútiles frases que se dicen para seguir siendo lo que siempre has sido.
He aquí una típica lista de “yo soy” que podría incluirse en tu autorretrato:
• Yo soy tímida Yo soy perezoso Yo soy apocado
• Yo soy asustadizo Yo soy desordenada Yo soy nervioso
• Yo soy olvidadizo Yo soy pésima para la mecánica
• Yo soy malo para las matemáticas Yo soy un solitario Yo soy frígida
• Yo soy aburrido Yo soy una pésima cocinera Yo soy malo para la gramática
• Yo soy de los que se cansan muy pronto Yo soy enfermizo Yo soy tosco
• Yo soy proclive a los accidentes Yo soy corto de genio Yo soy hostil
• Yo soy solemne Yo soy apática Yo soy gorda Yo soy negado para la música
• Yo soy fatal para el deporte Yo soy torpe Yo soy porfiada Yo soy inmadura
• Yo soy meticulosa Yo soy descuidado Yo soy vengativo Yo soy irresponsable
• Yo soy de los que se angustian fácilmente.
Es muy probable que te hayas topado con varias de estas frases o que quizás estés haciendo tu propia lista. De lo que se trata no es de qué etiquetas escoges, sino del hecho que escojas ponerte en las etiquetas. Si auténticamente estás satisfecho de alguno de los “Yo soy”, déjalo estar, pero si reconoces que algunos de estos “Yo soy” u otros que hayas podido recordar se te atraviesan en el camino entorpeciendo tu vida, quiere decir que ha llegado el momento de hacer unos cambios. Empecemos por comprender el origen de los “Yo soy”.
La gente quiere ponerte etiquetas, quiere encasillarte en cierto tipo de categorías que le resultan cómodas. Así es más fácil. D. H. Lawrence nos demuestra lo insensato que resulta este proceso de clasificación en su poema 2 ¿Qué es él?:
-¿Qué es él?
-Un hombre, por supuesto.
-Sí, pero ¿qué hace?
-Vive y es un hombre.
-¡Oh, por supuesto! Pero debe trabajar. Tiene que tener una ocupación de alguna especie.
-¿ Por qué?
-Porque obviamente no pertenece a las clases acomodadas.
-No lo sé. Pero tiene mucho tiempo. Y hace unas sillas muy bonitas.
-¡Ahí está entonces! Es ebanista.
– No, no!
-En todo caso, carpintero y ensamblador.
-No, en absoluto.
-Pero si tú lo dijiste.
-¿ Qué dije yo ?
-Que hacía sillas y que era carpintero y ebanista.
-Yo dije que hacía sillas pero no dije que fuera carpintero.
-Muy bien, entonces es un aficionado.
-¡Quizá! ¿Dirías tú que un tordo es un flautista profesional o un aficionado?
-Yo diría que es un pájaro simplemente.
-Y yo digo que es sólo un hombre.
-¡Está bien! Siempre te ha gustado hacer juegos de palabras.
Cómo empezaron esos “yo soy”
Los antecedentes a los “Yo soy” caen en dos categorías. El primer tipo de etiquetas o clasificaciones procede de la demás gente. Te las colocaron cuando eras niño y las has llevado contigo desde entonces. Las otras etiquetas son el resultado de una elección de tu parte para evitar tener que hacer cosas incómodas o difíciles.
La primera categoría es la más corriente. La pequeña Hope está en segundo grado. Va a clases de pintura todos los días, feliz de jugar con los colores y pintar. Su profesora le dice que no tiene mucha facilidad para la pintura, y ella empieza a faltar a las clases porque no le gusta que la censuren. Y al poco tiempo ya tiene un principio de “Yo soy”: Yo soy bastante mala para la pintura. Y si sigue actuando de forma negativa al respecto, evitando las ocasiones de pintar, reforzará este concepto y más tarde, cuando sea mayor y le pregunten por qué no dibuja, dirá: “Oh, no sirvo para eso; siempre he sido así”. La mayoría de los “Yo soy” son residuos de frases como: “Él es bastante torpe; su hermano es bueno para la gimnasia, él es el estudioso de la familia,”. O “Eres igual a mí; yo también era pésima para la gramática”. O “Billy fue siempre el tímido del grupo”. O “Ella es igual a su padre; si acierta una nota es como el burro que toca la flauta por casualidad,”. {éstos son los derechos innatos de una vida entera de “Yo soy” que nunca se discuten. Que se aceptan simplemente como una condición natural de la vida.
Habla un día con la gente que tú crees responsable de muchos de los “Yo soy” de tu vida (tus padres, viejos amigos de la familia, antiguos profesores, abuelos, etc.). Pregúntales por qué creen que te volviste como eres y si has sido siempre así. Diles que estás decidido a cambiar y comprueba si creen que eres capaz. Sin duda te sorprenderán sus interpretaciones y el hecho de que piensen que no puedes ser de otra manera puesto que “Siempre has sido así”,.
La segunda categoría de “Yo soy” tuvo su origen en esos rótulos tan apropiados que aprendiste a colocarte a ti mismo para dejar de hacer las cosas que no te gustan. Yo he tratado a un paciente que tiene cuarenta y seis años y tiene muchos deseos de ir a la Universidad, pues perdió la oportunidad de hacerlo en su juventud a causa de la Segunda Guerra Mundial.
Pero a Horace le asusta la perspectiva de entrar en competencia con gente joven recién salida del colegio. El miedo al fracaso y las dudas que tiene respecto a su capacidad intelectual lo espantan. A menudo estudia catálogos de distintas universidades, y con la ayuda que ha recibido en su tratamiento ha pasado los exámenes de admisión y ha concertado una entrevista con uno de los miembros del Comité de Admisión de una universidad local. Pero aún usa sus “Yo soy” para evitar incorporarse activamente a los estudios. Justifica su actitud diciendo: “Soy demasiado viejo; no soy suficientemente inteligente; no me interesa realmente”. (Yo soy… demasiado viejo; Yo soy… poco inteligente…; Yo soy de los que no se interesan realmente por esas cosas.)
Horace usa sus “Yo soy” para dejar de hacer algo que realmente quiere hacer. Uno de mis colegas los usa para liberarse de las tareas que no le divierten. Evita tener que arreglar el timbre, o la radio, o hacer cualquiera de esas incómodas tareas caseras, recordándole simplemente a su esposa que: “Pero querida, si tú ya lo sabes, a mí no se me dan bien estas cosas”,. Este tipo de “Yo soy” entra dentro de los comportamientos acomodables, pero no por eso dejan de ser excusas engañosas. En vez de decir: “Encuentro que este tipo de actividad es aburrida y sin interés, y escojo no trabajar en ella en mis momentos presentes” (lo que es perfectamente lógico y saludable), resulta mucho más fácil sacar un “Yo soy,” del bolsillo.
En estos casos, la gente está diciendo algo respecto a sí misma. Está declarando que “Yo soy un producto acabado en este sector y nunca voy a ser distinto”. Si eres un producto acabado, atado y encasillado, quiere decir que has dejado de crecer, y si por un lado quieres aferrarte a algunos “Yo soy”, puede que descubras que muchos otros te limitan y que son autodestructivos.
Más adelante he anotado una lista de etiquetas que son reliquias del pasado. Si reconoces alguna de ellas como tuya, puede que quieras cambiarla. El quedarte exactamente como eres en cualquier sector de tu vida equivale a tomar una de esas decisiones que se parecen a esa muerte de la que hablamos en el Capítulo 1. No te olvides de que no se trata de las cosas que simplemente no te gustan, sino más bien de echar una mirada al comportamiento que te aleja de actividades que podrían proporcionarte mucho placer y fascinación.
Diez categorías típicas de “yo soy” y sus dividendos neuróticos
1. Yo soy malo para las matemáticas, la gramática, la literatura, los idiomas, etcétera.
Este “Yo soy” garantiza que no te esforzarás por cambiar. El “Yo soy” académico sirve para evitar que tengas que hacer alguna vez el trabajo pesado que se necesita para dominar una materia que siempre te ha parecido difícil y aburrida. Mientras conserves la etiqueta de tu incapacidad ante ti mismo, tienes una disculpa hecha a medida para evitar el esfuerzo.
2. Yo soy pésimo para el tipo de actividades que necesitan cierta habilidad manual como por ejemplo, la cocina, los deportes, hacer punto, dibujar, hacer teatro etcétera.
Este “Yo soy” te da la seguridad de que no tendrás que hacer ninguna de estas cosas en el futuro y justifica cualquier mala actuación en esos campos en el pasado. “Siempre he sido así; así soy por naturaleza.” Esta actitud refuerza tu inercia y, lo que es aún más importante, te ayuda a aferrarte a la absurda noción de que no vale la pena que hagas cualquier cosa si no la haces realmente bien. Así que, a menos que seas el campeón mundial, siempre es mejor esquivar el bulto que hacerla.
3. Yo soy tímida, reservada, temperamental, nerviosa, asustadiza, etcétera.
Aquí se recurre a la genética para apoyar estos “Yo soy”. En vez de enfrentarte con ellos y con el pensamiento autodestructivo que los apoya, simplemente los aceptas como confirmación de tu manera innata de ser.
También puedes echar la culpa a tus padres y usarlos a ellos como justificación o como el motivo de tu “Yo soy” actual. Haces que ellos sean los causantes de tus problemas, y no te tienes que esforzar ni trabajar para ser diferente. Escoges este comportamiento como una manera de evitar el ser asertivo en ciertas situaciones que siempre te han resultado molestas. {éste es un residuo de la infancia en la que había gente que tenía especial interés en hacerte creer que eras incapaz de pensar por ti mismo. {éstos son los “Yo soy,” que tienen que ver con la personalidad.
Estas autodefiniciones te ayudan a evitar el difícil trabajo de ser diferente de lo que has sido siempre. Defines tu personalidad con un “Yo soy” apropiado y todos los comportamientos negativos diciendo que están fuera de tu control. Niegas la noción de que puedes escoger , tu propia personalidad y permites que una supuesta deficiencia genética sea la explicación de todos esos rasgos de personalidad que te gustaría poder repudiar.
4. Yo soy torpe, me falta coordinación, etcétera.
Estos “Yo soy” que aprendiste de niño te permiten evitar el ridículo que podrías sufrir en caso de enfrentarte con ciertas habilidades físicas que tienen otras personas. Por supuesto que tu falta de habilidad proviene de un largo historial de creer en esos “Yo soy” que te hicieron evitar todo tipo de actividad física y no de una falla innata. Sólo puedes ser competente en lo que practicas; no en lo que evitas hacer. Conserva tu “Yo soy” y quédate entonces en los aledaños de las cosas mirándolas y suspirando por ellas, pero haciendo como si este tipo de cosas realmente no te gustara.
5. Yo soy poco atractiva, fea, huesuda, demasiado alta, etcétera.
Estos “Yo soy” fisiológicos te sirven para evitar correr riesgos con el sexo opuesto y para justificar la pobre imagen que tienes de ti misma y la falta de amor que has escogido para tu vida. Mientras sigas describiéndote a ti misma de esta forma, tendrás la excusa perfecta y hecha a medida para no ponerte en línea para una relación amorosa. Y tampoco tendrás que trabajar para verte bien y ser atractiva. Usas tu espejo como justificativo para no hacer la prueba. Sólo hay un problema: vemos exactamente lo que escogemos ver, incluso en los espejos.
6. Yo soy desorganizado, meticuloso, desordenado, etcétera.
Estos “Yo soy” relacionados con la conducta son muy útiles para manipular a los demás y para explicar por qué las cosas tienen que hacerse de cierta manera. “Siempre las he hecho así.” Como si la tradición fuese un motivo para hacer cualquier cosa. “Y siempre las haré así” es el mensaje no formulado. Confiando en la forma que lo has hecho siempre no tienes por qué mantener la noción llena de riesgos y peligros de que podrías hacerlo de una manera diferente, y a la vez asegurarte de que todos los que están a tu alrededor lo hagan a tu manera también. Éstos son los “Yo soy” que recurren a la “política” como sustituto del pensamiento.
7. Yo soy olvidadiza, descuidada, irresponsable, apática, etcétera.
Estos “Yo soy” te resultan particularmente útiles cuando quieres justificar algún comportamiento ineficaz. Estos “Yo soy” evitan que trabajes para mejorar tu memoria, o tu descuido y simplemente te disculpas con un cómodo y simple “Así soy yo”. Mientras puedas sacar a relucir este “Yo soy” cuando te comportas de alguna de las maneras descritas más arriba, jamás tendrás que trabajar para intentar un cambio. Simplemente sigue olvidando y recordándote a ti misma que no puedes evitarlo, y siempre serás olvidadiza.
8. Yo soy italiana, alemana, judía, irlandesa, negra, china, etcétera.
Éstos son tus “Yo soy” étnicos y funcionan muy bien cuando se te acaban las otras excusas necesarias para explicar ciertos comportamientos, que no te favorecen pero que son demasiado difíciles de cuestionar. Cada vez que te comportas de manera estereotipada relacionada con tu subcultura, tú simplemente echas mano de tu “Yo soy” étnico como justificativo. Una vez le pregunté a un maitre de hotel por qué era tan excitable y reaccionaba con esos terribles exabruptos ante el menor problema. Me contestó: “¿Qué puede esperar de mí?
Soy italiano. “No puedo evitarlo”.
9. Yo soy mandón, prepotente, autoritario, etcétera. Aquí tus “Yo soy” te permiten continuar tus actitudes hostiles en vez de trabajar para desarrollar una : autodisciplina. Recubres el comportamiento con “No puedo evitarlo, yo siempre he sido así”.
10. Yo soy viejo, anciano, estoy cansado, etcétera. Con estos “Yo soy” puedes usar tu edad como justificativo para no participar en lo que pueden ser actividades arriesgadas o peligrosas. Cada vez que tienes que enfrentarte con una actividad como puede ser un encuentro deportivo, una cita amorosa después de un divorcio o de la muerte de un cónyuge o un viaje, puedes decir simplemente “Estoy demasiado viejo para esas cosas” y habrás eliminado los riesgos que lleva consigo la posibilidad de hacer algo nuevo y que impulsa tu crecimiento y desarrollo. Lo que implican los “Yo soy” basados en la edad es que estás definitivamente acabado en esos campos; como cada vez serás más viejo, ya has terminado de crecer y de experimentar cosas nuevas.
El círculo del “yo soy”
Las retribuciones que te brinda aferrarte a tu pasado por medio de los “Yo soy,” que sacas a relucir cuando te conviene, pueden ser resumidos nítidamente en una palabra: evasión. Siempre que quieres evitar cierto tipo de actividades o ignorar algún defecto de tu personalidad, podrás justificarte con un “Yo soy”. Y si usas estas etiquetas durante un tiempo lo suficientemente largo, verás que empiezas a creerlas tú mismo y en ese momento presente eres ya un producto acabado destinado a seguir siendo lo que eres para el resto de tus días. Las etiquetas te permiten evitar el riesgo y el difícil trabajo pesado de tratar de cambiar. también perpetúan el comportamiento que las provocó. De este modo si un muchacho joven va a una fiesta convencido de que es tímido, se portará como tal y su comportamiento reforzará aún más su imagen de sí mismo como un ser tímido. Es un círculo vicioso.

Ahí lo tienes. En vez de intervenir entre los puntos 3 y 4 del círculo, simplemente exonera su comportamiento con un “Yo soy” evadiéndose así del riesgo necesario para salir de la trampa. Pueden haber muchos motivos que expliquen la timidez del joven; algunos de ellos estarán sin duda relacionados con su niñez. Sea cual fuere el motivo de su miedo, él ha decidido no hacer nada por solucionar su problema de contacto social justificándolo más bien con un simple “Yo soy”. Su miedo al fracaso es tan grande que no le deja ni hacer la intentona. Si él llegara a creer en su momento presente y en su posibilidad y capacidad de elección, su frase cambiaría de “Yo soy tímido,”, a “Hasta ahora me he comportado con timidez”. El círculo vicioso de la timidez puede ser aplicado a casi todos los “Yo soy” que sirven para subestimarse a sí mismo. Toma el caso por ejemplo del estudiante que piensa que es malo para las matemáticas cuando le toca hacer un deber de álgebra.

En vez de detenerse entre el 3 y el 4, dedicar más tiempo, consultar con un profesor o hacer un esfuerzo, el estudiante se da por vencido. A la pregunta por qué falló el curso de álgebra dirá: “Siempre he sido pésimo en matemáticas”,. Recurre a esos infernales “Yo soy” como elementos que invoca para exonerarse y explicar a los demás por qué persiste en una conducta autofrustrante.
Puedes echarle una mirada a tu propio círculo de lógica neurótica y empezar a desafiar cualquier aspecto de tu vida en el que has elegido ser un producto acabado. La recompensa número uno por aferrarte al pasado y refugiarte en tus “Yo soy,” es rechazar cualquier posibilidad de cambio. Cada vez que usas un “Yo soy” para explicar un comportamiento que te disgusta piensa en ti mismo como encerrado en una caja alegremente decorada, envuelto y empaquetado como un producto listo y acabado.
Por supuesto, es más fácil describirte a ti mismo que cambiar. Puede ser que culpes de tus etiquetas a tus padres o a los adultos importantes que te influenciaron en la niñez: a los maestros, vecinos, abuelos y gente por el estilo. Al hacerlos responsables de tus actuales “Yo soy” les has otorgado un grado de control sobre tu vida de hoy en día, les has elevado a una posición más alta que la tuya propia y te has creado una coartada ingeniosa para permanecer en una condición inmovilista. Esta retribución te sirve perfectamente de garantía contra cualquier posibilidad de correr un riesgo. Si tu “cultura” es culpable de que tengas ese “Yo soy”, pues entonces no puedes hacer nada al respecto.
Algunas estrategias para liberarte del pasado
y eliminar tus fastidiosos e inoportunos “yo soy”
Dejar atrás el pasado implica correr ciertos riesgos. Tú estás acostumbrado a tus autodefiniciones. En muchos casos funcionan como sistema de apoyo en tu vida cotidiana. He aquí algunas estrategias específicas que te servirán para eliminar esos “Yo soy”:
• Eliminar los “Yo soy” cada vez que te sea posible. Sustitúyelos con frases como: “Hasta ahora había escogido ser así”, o “Yo solía clasificarme así…”.
• Anuncia a tus seres más próximos que vas a tratar de eliminar algunos de tus “Yo soy,”. Decide cuáles son los más importantes y pídeles que te lo recuerden cada vez que los saques a relucir.
• Ponte metas de conducta para comportarte de manera muy diferente de lo que has hecho hasta ahora. Por ejemplo, si consideras que eres tímido, preséntate tú solo a alguna persona a la que normalmente hubieras evitado.
• Habla con algún amigo de confianza que te ayude a combatir las poderosas influencias del pasado. Pídele que te haga alguna señal silenciosa, como darse un pequeño tirón de orejas cada vez que te vea caer en uno de tus viejos “Yo soy”.
• Escribe un diario donde vayas anotando tus comportamientos autodestructivos, y apunta no sólo tus actos sino también lo que sentías cuando te comportabas de esa manera. Durante una semana apunta en una libreta la hora exacta, la fecha y la ocasión en que usas cualquiera de los “Yo soy” autodestructivos, y esfuérzate por disminuir el número de apuntes. Usa la lista que dimos al principio de este capítulo como guía para las anotaciones en tu diario.
• Está siempre alerta para notar cualquiera de estas cuatro frases neuróticas y cada vez que vuelvas a pensarlas corrígete en voz alta de la siguiente manera:
Cambia “Así soy yo”… a… “Así era yo”.
“No puedo evitarlo”… a… “Puedo cambiar si lo intento seriamente”.
“Siempre he sido así”… a… “Voy a ser diferente”.
“Es mi naturaleza”,… a… “Así creía yo que era mi naturaleza”.
• Trata de concentrarte para eliminar un “Yo soy” en un día determinado.
• Si has usado el “Yo soy olvidadizo” para describirte a ti mismo, dedica el lunes para tomar conciencia de esa tendencia e intenta alterar uno o dos comportamientos olvidadizos. Igualmente si no te gusta tu “Yo soy tozudo”, date un día específico para ser tolerante con las opiniones contrarias a la tuya; la cuestión es deshacerse de los “Yo soy” concentrándote en uno de ellos cada día.
• Puedes interrumpir tu propio “Círculo de “Yo soy”” entre los puntos 3 y 4 y decidir sacarte de encima esas viejas excusas que te servían para evadirte.
• Encuentra algo que no has hecho nunca y dedica una tarde para esa actividad. Después de haberte sumergido durante tres horas en una actividad completamente nueva, alguna actividad que siempre habías evitado, fíjate si aún puedes usar el mismo “Yo soy,” que usaste esa mañana.
Todos tus “Yo soy” son fórmulas aprendidas de evasión y tú puedes aprender a hacer casi cualquier cosa si así lo decides.
Algunos pensamientos para terminar
No existe algo que se pueda llamar naturaleza humana. La frase está diseñada para encasillar a la gente e inventar excusas. Tú eres producto de la suma total de tus elecciones, y cada uno de los “Yo soy” que tanto cuidas, podría ser rebautizado o reetiquetado: “He escogido ser”. Vuelve a la pregunta que abre este capítulo. ¿Quién eres tú? y ¿Cómo te describes a ti mismo? Piensa en algunas etiquetas deliciosas que sean completamente nuevas y no estén relacionadas en absoluto con las cosas que los demás han elegido para ti, o con las que tú habías elegido para ti hasta ahora. Esas aburridas y viejas etiquetas pueden estar impidiendo que tengas una vida tan plena como quisieras.
Recuerda lo que dijo Merlín sobre la educación:
“Lo mejor para la tristeza -contestó Merlín, empezando a soplar y resoplar- es aprender algo. Es lo único que no falla nunca. Puedes envejecer y sentir toda tu anatomía temblorosa; puedes permanecer durante horas por la noche escuchando el desorden de tus venas; puedes echar de menos a tu único amor; puedes ver al mundo a tu alrededor devastado por locos perversos; o saber que tu honor es pisoteado por las cloacas de inteligencias inferiores. Entonces sólo hay una cosa posible: aprender.
Aprender por qué se mueve el mundo y lo que hace que se mueva. Es lo único que la inteligencia no puede agotar, ni alienar, que nunca la torturará, que nunca le inspirará miedo ni desconfianza y que nunca soñará con lamentar, de la que nunca se arrepentirá. Aprender es lo que te conviene.
Mira la cantidad de cosas que puedes aprender: la ciencia pura, la única pureza que existe. Entonces puedes aprender astronomía en el espacio de una vida, historia natural en tres, literatura en seis. Y entonces después de haber agotado un millón de vidas en biología y medicina y teología y geografía e historia y economía, pues, entonces puedes empezar a hacer una rueda de carreta con la madera apropiada, o pasar cincuenta años aprendiendo a empezar a vencer a tu contrincante en esgrima. Y después de eso, puedes empezar de nuevo con las matemáticas hasta que sea tiempo de aprender a arar la tierra.”
Cualquier “Yo soy” que te impide el crecimiento es un demonio que hay que exorcizar. Y si forzosamente debes tener un “Yo soy”, prueba éste a ver cómo te va. “Yo soy un “Yo soy” exorcista, y me gusta serlo.”
Las emociones inútiles: culpabilidad y preocupación
Si tú crees que sentirte mal o preocuparte lo suficiente cambiará un hecho pasado o futuro, quiere decir que resides en otro planeta con un diferente sistema de realidad.
A lo largo de la vida, las dos emociones más inútiles son la culpabilidad por lo que se ha hecho y la preocupación por lo que se podría hacer. Son los grandes despilfarros: la preocupación y la culpabilidad; la culpabilidad y preocupación. Al examinar estas dos zonas erróneas, te irás dando cuenta de lo conectadas que están; en realidad pueden ser vistas como los extremos opuestos de la misma zona.
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Culpabilidad (Pasado)——————————————————- (Futuro) Preocupación
Ahí lo tienes. La culpabilidad quiere decir que despilfarras tus momentos presentes al estar inmovilizado a causa de un comportamiento pasado, mientras que la preocupación es el mecanismo que te mantiene inmovilizado ahora por algo que está en el futuro y que a menudo es algo sobre lo que no tienes ningún control. Podrás ver esto con claridad si tratas de pensar en ti mismo como sintiéndote culpable de algo que aún no ha sucedido.
Aunque una respuesta está dirigida al futuro y la otra al pasado, ambas sirven el mismo propósito inútil de mantenerte inquieto o inmóvil en tu momento presente. Robert Jones Burdette escribió en su obra Golden Day (El día dorado):
No es la experiencia del día de hoy lo que vuelve locos a los hombres. Es el remordimiento por algo que sucedió ayer, y el miedo a lo que nos pueda traer el mañana.
Es fácil ver ejemplos de culpabilidad y preocupación en todas partes, prácticamente en todas las personas que encontramos a nuestro paso. El mundo está poblado por personas que se sienten pésimamente por algo que no deberían haber hecho o asustados y consternados por cosas que pueden llegar a pasar. Y probablemente tú no eres una excepción. Si tienes zonas extensas de culpa y preocupación, hay que exterminarlas, limpiarlas y esterilizarlas para siempre. Sácate de encima esas pequeñas “c” y “p,” que infestan tantos sectores de tu vida.
La culpabilidad y la preocupación son quizá las dos formas más comunes de angustia en nuestra cultura. Con la culpa, te fijas en sucesos pasados, te sientes abatido o molesto por algo que dijiste o hiciste y gastas tus momentos presentes afligido por comportamientos pasados. Con la preocupación gastas el valioso presente obsesionándote por algún suceso futuro. Ya mires atrás o adelante, el resultado es el mismo. Estás malgastando el momento presente. El Golden Day de Robert Burdette es realmente “hoy día,” y él resume la insensatez de la culpabilidad y la preocupación con estas palabras:
Hay dos días en la semana que nunca me preocupan. Dos días despreocupados, mantenidos religiosamente libres de miedos y temores. Uno de esos días es ayer… y el otro día que no me preocupa es mañana.
Examinando la culpabilidad con más atención
Somos muchos los que hemos sido sometidos a una verdadera conspiración de culpabilidad en nuestras vidas; una conspiración no premeditada pero muy eficiente destinada a convertirnos en verdaderas máquinas culpables. La máquina funciona de la siguiente manera. Alguien emite un mensaje destinado a recordarte que has sido una mala persona por algo que dijiste o no dijiste, sentiste o no sentiste, hiciste o no hiciste. Tú respondes sintiéndote mal e incómodo en tu momento presente. Tú eres la máquina de culpabilidad. Un aparato que respira, habla, camina y reacciona con cargas de culpabilidad cada vez que le echan el combustible apropiado. Y debes estar bien aceitado si has estado totalmente inmerso en nuestra cultura que es una cultura productora de culpas.
¿Por qué has recibido los mensajes de preocupación y culpabilidad que te han echado encima todos estos años? En gran parte porque se considera “incorrecto” que no te sientas culpable, e “inhumano” que no te preocupes.
Todo está relacionado con la IMPORTANCIA que le des a los problemas. Si realmente te importa una persona o cosa, demuestras este interés sintiéndote culpable por las cosas terribles que has hecho al respecto, o dando muestras visibles de que su futuro te preocupa. Es casi como si tuvieras que demostrar tu neurosis para que te clasifiquen y consideren como a una persona a Quien le importan los demás.
La culpabilidad es, de todas las zonas erróneas de comportamiento, la más inútil. Es de lejos la que despilfarra mayor cantidad de energía emocional. ¿Por qué? Porque, por definición, te estás sintiendo inmovilizado en el presente por algo que ya pasó. Y no existe culpabilidad por grande que sea, que pueda cambiar la historia.
La diferencia entre la culpabilidad
y la posibilidad de aprender las lecciones del pasado
La culpabilidad no es sólo una preocupación por el pasado; es la inmovilización del momento presente en aras de un suceso del pasado. Y el grado de inmovilización puede abarcar desde una pequeña incomodidad hasta una severa depresión. Si simplemente estás aprendiendo lecciones de tu pasado, y prometiéndote evitar la repetición de algún comportamiento específico, eso no se llama culpa. Experimentas culpabilidad sólo cuando este sentimiento te impide actuar ahora porque antes te comportaste de una cierta manera. Aprender de tus equivocaciones es una parte sana y necesaria de tu crecimiento y desarrollo. La culpabilidad es malsana porque gastas inútilmente tu energía en el presente sintiéndote molesto y deprimido a causa de un acontecimiento ya histórico. Y eso es tan inútil como malsano. No hay culpabilidad por grande que sea, que pueda resolver un solo problema.
Los orígenes de la culpabilidad
Son dos las formas básicas que toma la culpabilidad para convertirse en parte integrante del mecanismo emotivo de un individuo. La primera es la culpabilidad aprendida a muy temprana edad que queda como un residuo infantil en la personalidad adulta. La segunda es la culpabilidad que ha sido autoimpuesta por un adulto después de infringir un código al que se suscribe.
1. La culpa residual: Esta culpa es la reacción emocional que la gente Lleva consigo desde sus memorias infantiles. Estos productores de culpa son numerosos y si funcionan en el caso de los niños, la gente mayor sigue cargando con ellos en su edad adulta. Algunos de estos residuos implican amonestaciones como las siguientes:
• “Papá no te va a querer si haces eso otra vez.” “Deberías sentirte avergonzado por lo que has hecho.,” (Como si eso te fuera a ayudar.)
• “Bueno, muy bien, a fin de cuentas, yo sólo soy tu madre.”
A la persona adulta las implicaciones subyacentes en este tipo de frases pueden seguir con vigencia cuando desagrada a su jefe o a otras personas que sirven como imágenes paternales y maternales.
El intento persistente de lograr el apoyo de estas figuras está presente y en consecuencia, lo mismo sucede con la culpa cuando los esfuerzos fracasan.
La culpa residual también aflora en el sexo y en el matrimonio. Es fácil verlo en los múltiples remordimientos y en las excusas por comportamientos pasados. Estas reacciones de culpa se producen porque en la infancia el niño aprende a ser manipulado por los adultos y estas mismas reacciones pueden seguir funcionando en el hombre que ha dejado de ser niño para convertirse en adulto.
2. Culpa autoimpuesta: Esta segunda categoría de reacción culpable cubre una zona mucho más molesta. Aquí el individuo se siente inmovilizado por cosas que ha hecho recientemente pero que no tienen necesariamente que estar conectadas con algo que pasó en su infancia. Es la culpabilidad impuesta por sí mismo cuando se infringe una norma adulta o un código moral adulto. El individuo puede sentirse mal durante mucho tiempo aunque el dolor nada puede hacer para cambiar lo que ha sucedido. Entre las culpas autoimpuestas más típicas está la de haber reñido con alguien y luego detestarse por haberlo hecho; o el sentirse emocionalmente nulo debido a algo que se ha hecho como haberse ido sin pagar en un negocio, no haber asistido a la iglesia, o haber dicho algo indebido.
De este modo, puedes considerar la culpa como una reacción a residuos de normas que te fueron impuestas y por las que aún estás tratando de complacer a alguna ausente figura de autoridad, o como resultado de tus esfuerzos por vivir a la altura de normas autoimpuestas que realmente no te convencen, pero sientes que debes contemporizar con ellas. En ambos casos, se trata de un comportamiento estúpido y lo que es más importante, inútil. Puedes seguir lamentándote hasta el fin de tus días, pensando en lo malo que has sido, y lo culpable que te sientes, y ni la más pequeña tajada de culpa podrá hacer algo para rectificar ese comportamiento. Se acabó tu culpabilidad es una tentativa de cambiar la historia, de desear que las cosas no fueran como son. Pero la historia es así y tú no puedes hacer nada al respecto.
Lo que sí puedes hacer es empezar a cambiar tu actitud respecto a las cosas que te producen culpa. En nuestra cultura hay muchas venas de pensamiento puritano que nos envían mensajes de este calibre: “Si te diviertes, tendrías que sentirte culpable por ello”. Muchas de tus propias reacciones de culpa autoimpuestas podrían encontrar su origen en este tipo de pensamiento. Quizás has aprendido a que no debes satisfacer tus gustos, o que no debes disfrutar de un chiste verde, o que no debes participar en cierto tipo de comportamientos sexuales. Si bien los mensajes represores son muy comunes en nuestra cultura, la culpa que sientes cuando te estás divirtiendo es puramente autoimpuesta.
Puedes aprender a disfrutar del placer sin sentirte culpable. Puedes aprender a verte a ti mismo como una persona que es capaz de hacer cualquier cosa integrada en su propio sistema de valores sin perjudicar a los demás. Y hacerlo sin sentir culpa. Si haces algo y te disgustas contigo mismo luego de haberlo hecho, puedes proponerte evitar ese tipo de comportamiento en el futuro.
Pero soportar una sentencia de culpa autoimpuesta es un “viaje” neurótico que te puedes evitar. La culpabilidad no sirve de ayuda para nada. Por el contrario, no sólo sirve para inmovilizarte sino que aumenta las posibilidades de que repitas el mismo comportamiento indeseado en el futuro. La culpa puede servir de retribución en sí misma y también de permiso para repetir el mismo comportamiento. Mientras retengas la posibilidad de retribución que significa el absolverte a ti mismo por medio de la culpabilidad, podrás seguir dando vueltas como un burro atado a la noria sin lograr nada a no ser la infelicidad del momento presente.
Típicas categorías y reacciones productoras de culpa
Culpa filial en niños de todas las edades
Una de las maneras de manipular a un niño por medio de la culpa para que haga algo podría ser más o menos como la que se usa en el ejemplo siguiente:
• Madre: Donny, trae las sillas del sótano porque vamos a comer en un momento.
• Niño: Bueno mamá, en seguida voy; estoy mirando el partido y lo haré cuando se acabe este tiempo.
• Mensaje materno productor de culpa: No importa entonces. Yo lo haré… con lo que me duele la espalda. Tú sigue disfrutando el partido.
• Donny se imagina a su madre cayéndose por las escaleras con seis sillas sobre las espaldas. Y él es el responsable.
El tipo de mentalidad de “Yo me sacrifiqué por ti”, es un productor de culpa sumamente eficiente. Aquí el padre o la madre pueden recordar los momentos difíciles cuando sacrificaron su propia felicidad a fin de que tú tuvieras algo. Cuando te recuerdan tus deudas, tú naturalmente te preguntas cómo puedes ser tan egoísta. Las referencias a los dolores del parto son uno de los ejemplos de esta actitud productora de culpa. “Sufrí dieciocho horas seguidas sólo para traerte a este mundo.” Otra frase muy eficiente es: “Si seguí casada con tu padre, fue por ti”. Están tratando de hacerte sentir culpable por la infelicidad matrimonial de tu madre.
La culpa es uno de los métodos más eficientes que tienen los padres para manipular las acciones de los niños. “Está muy bien. Nosotros nos quedaremos aquí solos. Tú ve y diviértete como siempre lo has hecho. No te preocupes por nosotros.,” Este tipo de comentario sirve mucho para conseguir que llames por teléfono o vayas de visita a menudo a casa de tus padres. Si le das vuelta ligeramente podrás oír algo así como: “¿Qué diablos te pasa? ¿Acaso te has roto el dedo y no puedes marcar un número de teléfono?,”. Los padres enchufan la máquina de la culpa y tú te comportas de acuerdo con ella, vale decir con rencor.
La táctica de “Nos dejaste avergonzados” es también muy útil. O: “¿Qué dirán los vecinos?”,. Se recurre a las fuerzas externas para hacerte sentir mal por lo que has hecho y para evitar que pienses por ti mismo. La táctica de “Si llegas a fracasar en algo nos dejarás avergonzados” es un ataque de culpabilidad que puede hacer casi imposible tu vida normal después de haber experimentado el más leve fracaso.
La enfermedad de uno de los padres es un superfabricante de culpa. “Has hecho que me suba la presión.” Alusiones a que “me estás matando” o “provocando un ataque al corazón” son muy eficientes a la vez que te culpabilizan por todas las dolencias típicas de la vejez. Necesitas hombros muy anchos para poder llevar este tipo de culpa puesto que puede durar toda una vida, literalmente, y si eres muy vulnerable, puedes incluso llegar a sentirte culpable de la muerte de uno de tus padres.
La culpa sexual impuesta por los padres es muy común. Todos los pensamientos o comportamientos sexuales son como campos fértiles para el cultivo de la culpa. “Dios no permita que te masturbes. Eso es malo.,” Por medio de la culpa te pueden manipular para que adoptes la actitud sexual apropiada. “Debería darte vergüenza leer esas revistas. Ni siquiera deberías tener esos pensamientos.”
La culpabilidad puede estimular ciertos comportamientos socialmente correctos. “¡Cómo puedes dejarme avergonzada ante la abuela hurgándote la nariz en público!” “Olvidaste darle las gracias. Debería darte vergüenza o ¿es que quieres que nuestros amigos piensen que yo no te enseño nada?,” No obstante, es posible ayudar al niño a tener un comportamiento social adecuado sin cargarlo de culpa. Una simple y directa explicación del porqué ese comportamiento es indeseable es un método más eficiente. Por ejemplo, si se le dice a Donny que sus interrupciones constantes son molestas y no dejan conversar a los mayores se habrá plantado en él la primera semilla evitando la culpa que acompaña a una frase como la siguiente: “Tú siempre interrumpes, debería darte vergüenza, es imposible hablar cuando tú estás cerca”.
Y el sólo hecho de alcanzar la madurez no logra poner fin a la manipulación filial por medio de la culpa. Yo tengo un amigo que tiene cincuenta y dos años. Es un pediatra de origen judío casado con una cristiana. Aún mantiene en secreto su matrimonio por miedo a que si se lo dice a su madre “podría matarla,”, lo que en realidad significa que él siente que podría matarla. Mantiene un apartamento aparte con todos los enseres necesarios en una casa con el único propósito de recibir allí todos los domingos a su madre que tiene ochenta y cinco años. Ella no sabe que él es dueño de otra casa donde vive seis días a la semana. Él hace este pequeño juego por miedo y por la culpa que siente al estar casado con una “shiksa”. Aunque es un hombre maduro en todos los aspectos y que ha triunfado ampliamente en su propio mundo profesional, sigue bajo el control de su madre. Todos los días la llama desde su oficina y vive con ella la fantasía del hijo soltero.
La culpabilidad asociada a los padres o a la familia es una de las estrategias más comunes para mantener a raya a la gente. Los ejemplos que di más arriba sólo son una pequeña muestra de la infinidad de frases y técnicas que sirven para ayudar al hijo o la hija a escoger la culpa (inmovilidad del momento presente por un suceso del pasado) como tributo a la genealogía.
La culpabilidad relacionada al cónyuge o amante
La culpabilidad por el “Si tú me quisieras,” es una de las maneras eficaces de manipular a un amante. Esta táctica es particularmente útil cuando uno quiere castigar a su pareja por algo que ha hecho. Es como si el amor dependiera de un tipo de comportamiento determinado. Cada vez que alguien no está a la altura de lo que se espera de él se puede usar la culpa para hacerlo volver al redil. Tiene que sentirse culpable de no amar al otro.
Los resentimientos, los silencios pronunciados y las miradas doloridas son métodos muy útiles para provocar la culpa en los demás. “Yo no te voy a hablar, así aprenderás., O “Ni te me acerques ¿cómo pretendes que te quiera después de lo que has hecho?” Esta es una táctica muy usada en los casos en que uno de los amantes empieza a descarriarse.
A menudo, años después de ocurrido un incidente, uno de los cónyuges se lo recuerda al otro para ayudarlo a escoger la culpa del momento presente. “No te olvides de lo que hiciste en 1951. , O “¿ Cómo puedo tener confianza en ti cuando me fallaste entonces?” De esta manera uno de los miembros de la pareja puede manipular el presente del otro refiriéndose al pasado. Si uno de ellos ha logrado finalmente olvidarlo, el otro puede recordárselo periódicamente y así mantener al día sus sentimientos de culpa por comportamientos pasados.
La culpa es muy útil para conseguir que el partenaire en el amor se adapte a las demandas y normas del otro. “Si tuvieras algo de sentido de responsabilidad, me hubieras llamado.” O “Ésta es la tercera vez que he tenido que vaciar la basura, me imagino que simplemente te niegas a hacer tu parte,. La meta? El fin de todo esto? Lograr que uno haga lo que quiere el otro. ¿El método? La culpabilidad.
La culpabilidad inspirada por los niños
El juego de la culpabilidad filial puede ser invertido. La culpa es una calle de dos vías y los niños son tan capaces de usarla para manipular a sus padres como ellos a sus hijos.
Si un niño se da cuenta de que sus padres no pueden soportar el verlo sufrir y que se sienten culpables de ser malos padres, el niño usará a menudo esta culpa para manipularlos. Una pataleta en el supermercado puede lograr el caramelo deseado. “El papá de Sally le deja hacerlo.” O sea que el papá de Sally es un buen padre y tú no. “Tú no me quieres. Si me quisieras, no me tratarías así.”, Y el extremo: “Seguro que soy adoptado. Mis verdaderos padres no me tratarían así”. Todas estas afirmaciones llevan el mismo mensaje: tú, como padre, deberías sentirte culpable por tratarme a mí, tu hijo, de esta manera.
Los niños, por supuesto, aprenden a usar este comportamiento destinado a producir sentimientos de culpabilidad en sus padres al observar cómo los adultos en su mundo lo usan para conseguir las cosas que ellos quieren. La culpa no es una manera natural de comportarse. Es una reacción emocional aprendida que sólo puede ser usada si la víctima le muestra al explotador que es vulnerable a ella. Los niños saben cuándo es posible manipular a un adulto. Si constantemente te recuerdan las cosas que hiciste o no hiciste por ellos con el fin de lograr lo que quieren, quiere decir que han aprendido el truco de la culpa. Si tus niños usan esas tácticas es que las han aprendido en alguna parte. Y lo más probable es que observándote a ti.
La culpabilidad inspirada por el colegio
Los maestros son originadores superlativos de culpabilidad, y los niños, ya que son muy sugestionables, son también muy fáciles de manipular.
Éstos son algunos de los mensajes de culpa que perturban la felicidad del momento presente de la gente joven:
• “Qué desilusión se va a llevar de ti tu mamá.” “Debería darte vergüenza… Sacar un insuficiente un niño inteligente como tú.”
• “¿Cómo puedes hacer sufrir así a tus padres, después de todo lo que han hecho por ti? ¿No sabes la ilusión que tienen de que vayas a Harvard?”
• “Fallaste el examen porque no estudiaste, ahora te fastidias.”
A menudo se usa la culpabilidad en los colegios para hacer que los niños aprendan ciertas cosas o se comporten de una manera especial. Y recuerda que aunque seas una persona mayor aún sigues siendo un producto de esos colegios.
Otras instituciones causantes de culpabilidad
La mayor parte de las prisiones operan sobre la teoría de la culpabilidad. Si una persona pasa bastante tiempo pensando en lo malo que ha sido, gracias a la culpa llegará a ser una persona mejor. Las sentencias de cárcel por delitos no violentos, como pueden ser las evasiones de impuestos, violaciones de tráfico, infracciones civiles y faltas por el estilo son ejemplos de este tipo de mentalidad. El hecho de que un gran porcentaje de los internados vuelva a cometer infracciones a la ley no ha hecho nada para modificar o poner en tela de juicio esta creencia.
Quédate encerrado en la cárcel y sufre lo que has hecho. Este procedimiento es tan caro e inútil que resulta difícil, casi imposible, explicarlo con lógica. La explicación ilógica por supuesto, es que la culpa es una parte tan integral de nuestra cultura que se ha convertido en la columna vertebral de nuestro código criminal. En vez de hacer que los infractores de la ley civil ayuden a la sociedad o paguen sus deudas, tratan de reformarlos por medio de encarcelamientos productores de culpa que no benefician a nadie y menos aún al culpable. No hay sentimiento de culpa por grande que sea que pueda alterar el comportamiento pasado. Peor aún, las cárceles no son los sitios más apropiados para aprender las diversas posibilidades legales de elección. Por el contrario, fomentan una repetición del delito al amargar al preso. (La práctica de encarcelar a los criminales peligrosos para proteger a los demás es otra cosa y aquí no trataremos ese tema.)
En nuestra sociedad, la práctica de dar propina ha venido a reflejar, no que el servicio o la atención es de buena calidad, sino el grado de culpabilidad de la persona beneficiaria del servicio. Los camareros y camareras eficientes, los chóferes de taxi, botones y otros empleados domésticos se han dado cuenta de que la mayoría de la gente no puede enfrentarse con el sentimiento de culpabilidad que les produce el no comportarse correctamente, y que darán la propina establecida sin que esto tenga relación alguna con la calidad del servicio recibido. Así pues el gesto ostentoso de la mano estirada, los comentarios desagradables y las miradas intencionadas están destinados a producir un sentimiento de culpabilidad y seguidamente, lo más rápido posible, la gran propina.
El ser desordenado, el fumar y otros comportamientos inaceptables por el estilo pueden ser motivos de culpa. Si por ejemplo dejaste caer un cigarrillo o un vaso de papel, la mirada severa de un extraño puede sumirte en paroxismos de culpabilidad por haberte comportado de una manera torpe.
En vez de sentirte culpable por algo que ya hiciste, ¿por qué no decides más bien no volver a comportarte de una manera antisocial o torpe?
Los regímenes para adelgazar son una actividad cargada de culpa. El que está haciendo dieta, se come un caramelo y se siente culpable todo un día recordando su debilidad de un momento. Si estás tratando de perder peso y caes en comportamientos contraproducentes, puedes aprender de ellos y hacer lo posible para ser más eficiente en tu momento presente. Pero el sentirse culpable y lleno de autorreproches es una pérdida de tiempo, pues si te sientes así durante mucho tiempo es muy probable que volverás a comer en exceso como una manera de salirte de tu dilema, una manera neurótica por cierto.
La culpabilidad en las relaciones sexuales
Quizás el sexo sea la actividad que más culpa produce en nuestra sociedad. Ya hemos visto cómo los padres engendran culpa en los niños por hechos o pensamientos relacionados con el sexo. Y los adultos no se sienten menos culpables en los asuntos del sexo. La gente se introduce subrepticiamente en las salas en que se proyectan películas pornográficas para que los demás no vean lo depravados que son. Mucha gente no quiere reconocer que disfrutan con ciertas prácticas sexuales como puede ser el sexo oral y se sienten culpables de sólo pensar en ello.
Las fantasías sexuales son también productoras muy eficientes de culpa. Muchas personas se sienten incómodas por tener tales pensamientos y niegan su existencia en privado, o incluso en sus sesiones de terapia.
En efecto, si yo tuviese que localizar un centro para la culpabilidad en el cuerpo humano, lo pondría en el sexo.
Esta es sólo una pequeña lista de las influencias culturales que conspiran para impulsarte a escoger la culpa. Ahora echemos una mirada a las retribuciones psicológicas del sentimiento de culpabilidad. No te olvides que sea cual sea el dividendo éste será siempre autofrustrante y recuérdalo la próxima vez que prefieras la culpa a la libertad.
Las retribuciones psicológicas de la elección de la culpabilidad
He aquí las razones más básicas para escoger el desperdiciar tu presente sintiéndote culpable por cosas que hiciste o dejaste de hacer en el pasado:
• Si absorbes tus momentos presentes sintiéndote culpable por algo que ya sucedió, no tendrás que emplear tu momento actual en actividades eficientes y provechosas. Simplemente, como muchos comportamientos autofrustrantes, la culpa es una técnica de evasión que sirve para impedir que trabajes por ti mismo y en ti mismo en el momento presente. Así trasladas tu responsabilidad por lo que eres o no eres ahora a lo que eras o dejabas de ser en el pasado.
• Al trasladar tu responsabilidad hacia atrás, no sólo evitas el trabajo pesado que significa cambiarte a ti mismo ahora, sino también los riesgos que acompañan dicho cambio. Es más fácil inmovilizarse con sentimientos de culpa por los sucesos del pasado que emprender la senda llena de riesgos que lleva a crecer y desarrollarse en el presente.
• Existe la tendencia a creer que si te sientes lo suficientemente culpable, a la larga quedarás exonerado de tu mal comportamiento. Esta retribución de perdón es la base de la mentalidad carcelaria que describimos arriba, por lo cual el preso paga sus pecados sintiéndose terriblemente mal durante un largo período de tiempo. Cuando más grande haya sido el delito, más largo será el período que se necesite para lograr el perdón.
• La culpabilidad puede ser el medio de volver a la seguridad de la niñez; un período cómodo en el que otros tomaban las decisiones en tu nombre y se ocupaban de ti. En vez de hacerte cargo de ti mismo en el presente, confías en los valores de los otros en tu pasado. Y una vez más la retribución radica en sentirse protegido del peligro de hacerte cargo de tu propia vida.
• La culpa es una manera muy útil de transferir la responsabilidad de tu comportamiento hacia los demás. Es fácil enfurecerse con los demás por la manera en que te manipulan, y trasladar el enfoque de la culpa de ti mismo hacia esas otras personas terribles que son tan poderosas que pueden hacerte sentir lo que quieran, incluso culpable.
• A menudo puedes ganarte la aprobación de la gente, incluso cuando está de acuerdo con tu conducta, simplemente sintiendo culpa por ese comportamiento. Puedes haber hecho algo que transgreda las normas establecidas, pero al sentirte culpable estás demostrando que sabes muy bien cómo debes comportarte y que estás haciendo lo posible por adaptarte.
• La culpa es una espléndida manera de ganarse la compasión de la gente. Y no importa si el deseo de compasión demuestra claramente que tienes una pobre idea de ti mismo. En este caso prefieres que los demás sientan pena por ti en vez de amarte y respetarte a ti mismo.
Ahí tienes los dividendos más notorios que podrás lograr si te aferras a la culpa. La culpa, como todas las emociones autoanulantes, es una elección, algo que puedes controlar. Si no te gusta y prefieres deshacerte de ella para quedarte completamente “libre de culpa” he aquí algunas estrategias que te servirán para borrar por completo el pizarrón de tu culpa.
Algunas estrategias para eliminar la culpabilidad
Empieza a mirar el pasado como algo que jamás puede modificarse, sientas lo que sientas respecto a él. ;Se acabó! Y cualquiera que sea la culpa que escojas, no te servirá para cambiar el pasado. Graba esta frase en tu conciencia: “Mi sentimiento de culpabilidad no cambiará el pasado ni hará que yo sea una persona mejor”. Este tipo de enfoque te ayudará a diferenciar la culpabilidad del conocimiento que puedas arrancar al pasado.
• Pregúntate a ti mismo lo que estás evitando en el presente por culpa del pasado. Al trabajar en este sentido, eliminarás la necesidad de la culpa.
Un paciente mío que llevaba un tiempo comprometido en una relación extramatrimonial nos brinda un buen ejemplo de esta clase de eliminación de culpa. El hombre decía que se sentía culpable de tener esta relación, pero seguía dejando a su mujer una vez por semana para ir a ver a su amante. Le hice notar que la culpa de la que hablaba era un sentimiento, completamente inútil. No hacía que su matrimonio mejorara y evitaba que disfrutara de la relación con su amante.
Podía elegir una de dos cosas. Podía reconocer que dedicaba su presente a sentirse culpable porque le era más fácil que examinar de cerca su matrimonio y hacer algo por él y por sí mismo.
O podría aprender a aceptar su comportamiento. Podía reconocer que aceptaba las exploraciones sexuales extramatrimoniales y darse cuenta de que su sistema de valores incluía ciertos comportamientos que eran censurados por mucha gente. En cualquiera de los dos casos, él elegiría eliminar la culpa y cambiar o aceptarse a sí mismo.
• Empieza a aceptar en ti mismo cosas que tú has escogido pero que le pueden disgustar a cierta gente. Así, si tus padres, jefe, vecinos, o incluso tu cónyuge, toman una posición contraria a la tuya en algo puedes pensar que es muy natural, acuérdate lo que dijimos anteriormente respecto a la búsqueda de aprobación. Es necesario que te apruebes a ti mismo; la aprobación de los demás es agradable pero no viene al caso. Cuando logres no necesitar aprobación, desaparecerá la culpa que puedes sentir por el comportamiento que no obtiene la aprobación de los demás.
• Escribe un diario de culpas y apunta todas las ocasiones en que te sientes culpable, anotando cuidadosamente por qué, cuándo y con quién sucede y lo que estás perdiendo en el presente al angustiarte por el pasado. El diario te podrá dar sin duda algunas percepciones internas de tu zona de particular culpabilidad.
Reconsidera tu sistema de valores. ¿ Cuáles son los valores que realmente aceptas y cuáles los que solamente finges aceptar? Haz una lista de todos estos valores falsos y decide vivir según un código ético determinado por ti mismo y no por uno impuesto por otra gente.
• Haz una lista de todas las maldades que has hecho en tu vida.
Imponte clasificaciones de culpa para cada una en una escala de valores que vaya del uno al diez. Suma los resultados y constata si hoy te importa que la diferencia sea de cien o un millón. El momento presente sigue siendo el mismo y toda tu culpabilidad no es más que una actividad desperdiciada.
• Evalúa las verdaderas consecuencias de tu comportamiento. En vez de buscar sentimientos místicos para determinar las afirmaciones y las negaciones en tu vida, determina tú mismo si los resultados de tus actos han sido agradables y productivos para ti.
• Trata de enseñarle a las personas que tienen que ver con tu vida y que tratan de manipularte por medio de la culpa de que tú eres muy capaz de enfrentarte con las desilusiones que les provoque tu comportamiento. Si mamá empieza con su escena de culpa, “Tú no hiciste eso” o “Yo iré a buscar las sillas, tú quédate sentado ahí”, aprende a contestarle de distinta manera, por ejemplo: “Muy bien mamá, si quieres lastimarte la espalda por unas sillas sólo porque no puedes esperar unos minutos, supongo que no puedo hacer nada para evitarlo”. El resultado tardará en llegar pero el comportamiento de aquella gente empezará a cambiar cuando vean que no te pueden forzar a sentirte culpable. Una vez que logres desconectar la culpa, la posibilidad de manipularte y de controlarte emocionalmente habrá desaparecido para siempre.
• Haz algo que sabes muy bien que te hará sentir culpable. Cuando vayas a un hotel y te indican un botones para que te acompañe a una habitación que fácilmente podrás encontrar tú sólo con tu pequeña maleta, di que no lo necesitas. Si no te hace caso dile a este compañero indeseado que está perdiendo su tiempo y su energía ya que tú no le darás propina por un servicio que no deseas. O tómate una semana para estar sólo como siempre has querido hacerlo, a pesar de las protestas culpabilizantes de los demás miembros de la familia. Este tipo de comportamiento te ayudará a enfrentarte con la culpa omnipresente que tantos sectores de nuestro entorno te ayudan a elegir con tanta eficiencia.
• El diálogo siguiente representa un ejercicio de interpresentaciones en una sesión de psicoterapia de grupo que yo dirigía, en la que una chica joven (de 23 años) se enfrentaba con su madre (representada por otro miembro del grupo) porque quería irse de casa. La madre usaba todas las posibles respuestas productoras de culpa para evitarlo. Este diálogo fue el resultado final de una hora de enseñarle a la hija cómo capear las frases productoras de culpa de su madre:
• Hija: Mamá, me voy de casa.
• Madre: Si lo haces me dará un ataque al corazón; tú sabes lo delicada que estoy y cuánto te necesito para que me ayudes con la medicina y todo lo demás.
• Hija: Estás preocupada por tu salud y crees que , no te las puedes arreglar sin mí.
• Madre: Claro que no. Mira, yo he sido buena contigo todos estos años y ahora me abandonas. Si eso es todo lo que te importa tu madre, hazlo, sigue adelante.
• Hija: Tú crees que porque me ayudaste de niña yo debería pagarte quedándome aquí y no ser independiente y vivir por mi cuenta.
• Madre: (Cogiéndose el pecho.) Ahora mismo estoy con taquicardia. Creo que me voy a morir. Me estás matando, eso es lo que estás haciendo.
• “Hija: ¿Quieres decirme algo antes de irme?
En este diálogo la hija se niega a rendirse ante los evidentes productores de culpa que le ofrece su madre. Esta muchacha había sido una verdadera esclava de su madre y todos los esfuerzos que había hecho antes para irse de su casa y establecerse por su cuenta habían chocado con ese tipo de retórica culpabilizante. La madre estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguir a su hija y ésta tenía que aprender nuevas respuestas, o resignarse a ser la esclava de su madre y de su culpa por el resto de sus días. Toma nota cuidadosamente de las respuestas de la hija.
Todas empiezan con referencias a su madre responsabilizándola por sus propios sentimientos. Al decir “Tú sientes” en vez de “Yo siento” se disminuye el potencial de culpa con mucho tino.
La culpabilidad en nuestra cultura es una herramienta útil para manipular a los demás y una inútil pérdida de tiempo. La preocupación, la otra cara de la moneda, es desde el punto de vista del diagnóstico, idéntica a la culpa, pero está enfocada exclusivamente hacia el futuro y a todas las cosas terribles que podrían llegar a suceder.
Observaciones respecto a la preocupación
¡No hay de qué preocuparse! ¡Absolutamente nada! Puedes pasarte el resto de tu vida, empezando ahora mismo, preocupado por el futuro, y por mucho que te preocupes, no cambiarás nada. Recuerda que la preocupación ha sido definida como el sentimiento que te inmoviliza en el presente por cosas que pueden llegar a suceder en el futuro. Debes tener cuidado en no confundir la preocupación con el hacer planes para el futuro. Si estás haciendo planes para el futuro y la actividad del momento presente puede contribuir a que ese futuro sea mejor esto no es preocupación. Sólo es preocupación cuando de alguna manera te encuentras inmovilizado en el presente por algún acontecimiento que puede suceder en el futuro.
Así como nuestra sociedad alienta y da alas a la culpa, también fomenta la preocupación. Una vez más todo empieza con la falacia de parangonar la preocupación con el amor. Si quieres a alguien, es el mensaje, debes preocuparte por él. Oirás frases como “Por supuesto que estoy preocupado por ella; es natural cuando quieres a alguien” o “No puedo dejar de preocuparme porque te quiero”. Así pruebas tu amor preocupándote suficientemente en el momento apropiado.
La preocupación es endémica en nuestra cultura. Casi todo el mundo pierde una increíble cantidad de momentos presentes preocupándose por el futuro. Y todo ello no sirve para nada. Ni un solo momento de preocupación logrará mejorar las cosas. Peor aún, es muy posible que la preocupación anule tu eficacia en el presente. Más aún, la preocupación no tiene nada que ver con el amor que debe ser una relación en la que cada persona tiene el derecho de ser lo que elige ser sin condiciones impuestas por la otra persona.
Imagínate que estás en el año 1860 al principio de la Guerra de Secesión. El país se moviliza para la guerra y hay aproximadamente treinta y dos millones de personas en los Estados Unidos. Cada una de estos treinta y dos millones de personas tiene miles de cosas en que preocuparse y pasan muchos momentos presentes angustiados por el futuro. Se preocupan por la guerra, el precio de los alimentos, las inundaciones, la economía, por las mismas cosas que siguen preocupándote hoy en día. En 1975, unos 115 años más tarde, todos esos que tanto se preocupaban están muertos y si sumamos todas sus preocupaciones, veremos que ni esa inmensa cantidad de preocupación logró cambiar ni un momento de lo que ahora es historia. Lo mismo es cierto en lo que respecta a los momentos en que más te has preocupado por el futuro. Cuando la tierra esté poblada por un personal completamente diferente, ¿crees que alguno de tus momentos de preocupación habrán logrado cambiar algo, hacer que algo sea distinto a lo que fue? No.
Y alguno de esos momentos de preocupación hacen que las cosas sean distintas hoy en día, en el sentido de cambiar las cosas que te preocupan?
Otra vez, no. Entonces ésta es una de las zonas que debes ordenar, puesto que estás desperdiciando esos preciosos momentos presentes en comportamientos que no te brindan retribuciones positivas.
Gran parte de tu preocupación se refiere a cosas sobre las que no tienes absolutamente ningún control. Puedes preocuparte todo lo que quieras sobre la guerra, o la economía, o posiblemente las enfermedades, pero la preocupación no nos traerá la paz ni la prosperidad ni buena salud. Como individuo, tienes muy poco control sobre cualquiera de esas cosas. Además, la catástrofe que tanto te preocupa a menudo resulta ser menos horrible en la realidad de lo que fue en tu imaginación.
Yo traté a Harold, que tenía cuarenta y siete años, durante varios meses. Estaba preocupado porque podía despedirlo de su trabajo y entonces no podría mantener a su familia. Era un ser compulsivo que se preocupaba compulsivamente. Empezó a perder peso, no podía dormir y enfermaba a menudo. En las sesiones de terapia, hablamos sobre la inutilidad de la preocupación y sobre el modo que podía elegir para estar contento. Pero Harold era un preocupado de verdad y sentía que era su diaria responsabilidad el preocuparse por los desastres que podían ocurrir.
Finalmente, después de angustiarse durante meses, recibió su notificación de despido y se quedó sin empleo por primera vez en su vida. Al cabo de tres días, encontró otro trabajo que no sólo era mejor pagado sino que le brindaba muchas más satisfacciones. Había usado su fuerza compulsiva para encontrar el nuevo empleo. La búsqueda fue rápida y sin tregua. Y toda su preocupación anterior resultó inútil. Su familia no se murió de hambre y Harold no se desplomó. Como la mayor parte de los cuadros sombríos de nuestra imaginación, el cambio resultó más beneficioso que terrible. Harold experimentó en carne propia la inutilidad de la preocupación, aprendió de primera mano lo inútil que resulta preocuparse y ha empezado a adoptar una actitud más despreocupada para su vida.
En un ensayo muy inteligente y divertido publicado por The New Yorker, titulado “Busca lo Imbuscable”, Ralph Shoenstein hace una sátira de la preocupación:
¡Menuda lista! ¡Algo viejo y algo nuevo, algo cósmico y sin embargo algo trivial también, pues el preocupado creativo debe siempre combinar lo pedestre con lo inmemorial. Si se apaga el sol, ¿podrán los METSs cumplir todos sus compromisos nocturnos?
Si reviven algún día a los seres humanos que han sido congelados criogénicamente, ¿tendrán que volver a inscribirse en el registro electoral?
Y si desaparece el dedo pequeño del pie, valdrán menos los goles en la Liga Nacional de Fútbol?
Puede que seas de los que se preocupan como profesionales de la preocupación, produciendo todo tipo de stress innecesario y de ansiedad en tu vida a consecuencia de las opciones que haces por el hecho de preocuparte por todo tipo de cosas. O puede que seas uno de los angustiados de talla menor que se preocupa sólo de sus propios problemas. La lista siguiente presenta las respuestas más comunes a la pregunta “¿Qué es lo que te preocupa?”
Típicos comportamientos de preocupación en nuestra cultura
Reuní los datos siguientes de un grupo de unas doscientas personas que asistieron a una conferencia una tarde. Los denomino “la hoja de la preocupación”, y puedes darte “puntajes de preocupación,” parecidos a los “puntajes de culpa” de los que hablamos antes. No están colocados en orden de frecuencia o importancia. Las oraciones entre paréntesis representan los tipos de frases que justifican la preocupación.
Tu lista de preocupaciones
Yo me preocupo de…
1. Mis hijos. (“Todo el mundo se preocupa de sus hijos, no sería muy buen padre si no me preocupara de mis hijos, ¿no es verdad?”)
2. Mi salud. (“Si no te preocupa tu salud, te puedes morir en cualquier momento.”)
3. La muerte (“Nadie quiere morirse. La muerte preocupa a todos.”)
4. Mi trabajo (“Si no te preocupa tu trabajo, puedes perderlo.”)
5. La economía. (“Alguien tiene que preocuparse; al presidente parece que no le importa nada.”)
6. Un ataque al corazón. (“A todo el mundo le da un ataque al corazón, ¿no es cierto?” “El corazón se te puede detener en cualquier momento”.)
7. La seguridad. (“Si no te preocupa la seguridad puedes terminar en un asilo o viviendo de la caridad pública.”)
8. La felicidad de mi marido o mujer. (“Dios sabe lo que me preocupa su felicidad, aunque no me lo reconozcan.”)
9. ¿Estaré haciendo bien las cosas? (“Siempre me preocupa hacer las cosas bien, y así estoy tranquilo.”)
10. Tener un niño sano si estás embarazada. (“Todas las futuras mamás se preocupan de eso.”)
11. Precios. (“Alguien se tiene que preocupar por los precios antes que suban tanto que desaparezcan de nuestra vista.”)
12. Accidentes. (“A mí siempre me preocupa que mi mujer/marido o mis hijos puedan sufrir un accidente; es natural ¿no es cierto?”)
13. Lo que piensan los demás. (“Me preocupa que mis amigos no me quieran.”)
14. Mi peso. (“Nadie quiere ser gordo; por tanto es natural que me preocupe la posibilidad de recuperar el peso que perdí.”)
15. Dinero. (“Nunca nos alcanza el dinero, y me preocupa que algún día no tendremos nada y tendremos que vivir de la caridad o del estado.”)
16. Que se me estropee el coche. (“Es un cacharro viejo y voy en el por la autopista y por supuesto que me preocupa pensar que puede tener una avería y lo que pasaría si la tuviera.”)
17. Mis cuentas. (“Todo el mundo se preocupa de pagar sus cuentas. Uno no sería humano si no se preocupara de pagar sus cuentas.”)
18. La muerte de mis padres. (“No sé qué haría si se murieran mis padres; me enfermo de sólo pensarlo. Me preocupa quedarme solo y creo que no podría arreglármelas.”)
19. Irme al Cielo o ¿qué pasa si no hay Dios? (“No puedo soportar la idea de que no haya nada.”)
20. La meteorología. (“Hago planes para salir de picnic y de repente llueve. Me preocupa que no haya nieve si vamos a esquiar.”)
21. Envejecer. (“Nadie quiere envejecer y, no me tomes el pelo, a todo el mundo le preocupa.”)
22. Viajar en avión. (“Se oye hablar de tantos accidentes”)
23. La virginidad de mi hija. (“A todo padre que quiere a su hija le preocupa que puedan hacerla sufrir o que se meta en algún lío.”)
24. Hablar en público. (“Me paralizo cuando tengo que hablar ante mucha gente y me muero de preocupación antes de hacerlo.”)
25. Cuando mi cónyuge no me llama. (“A mí me parece normal preocuparse cuando uno no sabe dónde está la persona que ama, o de si tiene algún problema.”)
26. Ir a la ciudad. (“Quién sabe lo que va a pasar cada vez que una va a esa jungla. A mí me preocupa cada vez que voy” “Siempre me preocupa conseguir un sitio para el coche.”)
Y quizás el más neurótico de todos…
27. No tener nada de qué preocuparse. (“Simplemente no me puedo quedar tranquilo cuando todo parece andar sobre ruedas. Me preocupa no saber lo que va a pasar.”)
Esta es la hoja de preocupaciones colectiva en nuestra cultura. Puedes darle puntajes de preocupación a los que te parecen más aplicables a tu caso, sumar el total y no importa cuál sea el resultado, siempre será cero.
El párrafo siguiente ilustra el alcance de la preocupación en nuestro mundo. Está sacado de un artículo del Newsday (3 de mayo, 1975) que trataba sobre el seguro de accidentes hospitalarios.
West Islip.- Dos funcionarios del Consejo del Hospital de Nassau-Suffolk advirtieron ayer al público que los que están preocupados por los problemas que puede crear la crisis del seguro de accidentes ( si los médicos dejan de atender a los pacientes totalmente o atienden sólo los casos de emergencia) no se han preocupado lo suficiente.
Esto es un llamamiento para que la gente pase más tiempo preocupada por un problema determinado. ¿Cómo es posible que siquiera se publique una nota de este tipo? La respuesta es que nuestra cultura de más importancia a la preocupación que a la acción. Si todos los que tienen algo que ver con el asunto se preocuparan mucho más, quizá podría llegar a solucionarse el problema.
Para eliminar la preocupación es necesario comprender la razón que la respalda. Si la preocupación tiene importancia en tu vida, puedes estar seguro que tiene muchos antecedentes históricos en que apoyarse. Pero ¿cuales son las retribuciones? Las retribuciones son muy similares a los dividendos neuróticos que te proporciona la culpa como la preocupación son comportamientos autoanulantes que únicamente varían en un sentido temporal.
La culpa está enfocada en el pasado; la preocupación en el futuro.
Las retribuciones psicológicas de la preocupación
• La preocupación es una actividad del momento presente. De este modo, si gastas tu vida actual inmovilizado por la preocupación que te inspira el futuro, puedes evitar el presente y lo que en él haya de amenaza. Por ejemplo, yo pasé el verano de 1974, en Karamursel, Turquía, dando clases y escribiendo un libro sobre psicoterapia. Mi hija, que tenía siete años en aquel entonces, se había quedado en Estados Unidos con su madre. Y a pesar de que me encanta escribir, encuentro que es una labor difícil y muy solitaria que requiere mucha autodisciplina. Cuando me sentaba frente a mi máquina de escribir con el papel en su sitio y los márgenes puestos, me daba cuenta de pronto que mis pensamientos habían volado hacia la pequeña Tracy Lynn. ¿ Qué pasará si sale a andar en bicicleta por la calle y no mira por dónde va? Espero que la estarán vigilando si está en la piscina porque ella es bastante descuidada. Sin darme cuenta había pasado una hora y yo la había gastado preocupándome. Y todo en vano por supuesto. Pero ¿era realmente en vano? Mientras pudiese gastar todos mis momentos presentes preocupándome, no tenía que luchar con las dificultades que se me presentaban cuando trataba de escribir. Y ésta era una retribución estupenda realmente.
• Puedes evitar tener que correr riesgos usando tus preocupaciones como excusa para inmovilizarte. ¿Cómo vas a poder actuar si estás preocupado con tu problema del momento presente? “No puedo hacer absolutamente nada; estoy tan preocupado.” {ésta es una queja muy común que te mantiene inmóvil evitando el riesgo que significa la acción.
• Puedes autodenominarte como una persona cariñosa o amante porque te preocupas por los demás. La preocupación demuestra que eres un buen padre, una buena esposa o lo que seas. Es un dividendo estupendo pero malsano y que carece de lógica.
• Las preocupaciones son muy útiles para justificar ciertos comportamientos autofrustrantes. Si eres gordo, seguro que comes de más cuando estás preocupado, por lo que tienes una razón estupenda para aferrarte al comportamiento angustioso producido por las preocupaciones. Igualmente, verás que fumas más en situaciones difíciles y puedes usar tu angustia y tu preocupación para no dejar de fumar. Este mismo sistema de retribución neurótica es aplicable a otras zonas como el matrimonio, el dinero, la salud y cosas por el estilo. La preocupación te ayuda a evitar el cambio. Es más fácil preocuparse por los dolores que tienes en el pecho que correr el riesgo de averiguar la verdad y consecuentemente tener que habértelas contigo mismo.
• Las preocupaciones impiden que vivas tu vida. Los angustiados se quedan quietos preocupándose por todo mientras las personas activas y positivas tienen la necesidad de moverse. La preocupación es un recurso muy hábil que sirve para mantenerte inactivo y ciertamente es mucho más fácil angustiarse aunque menos estimulante y agradable, que ser una persona activa comprometida con las cosas.
• Las preocupaciones pueden provocar úlceras, hipertensión, calambres, dolores de cabeza, dolores de espalda y muchas dolencias por el estilo. Y aunque éstas no parecen retribuciones, obtienen como resultado mucha atención de parte de la demás gente y también mucha autocompasión. Y mucha gente prefiere ser compadecida que realizarse.
Ahora que comprendes cuál es el sistema psicológico de apoyo que está detrás de tu preocupación, podrás empezar a proyectar algunos esfuerzos estratégicos que te servirán para deshacerte de los molestos microbios de la preocupación que se incuban en esta zona errónea.
Algunas estrategias para eliminar la preocupación
Empieza a ver tus momentos presentes como un tiempo para vivir en vez de obsesionarte por el futuro. Cuando te pilles angustiándote, pregúntate a ti mismo: “¿De qué me estoy evadiendo al gastar este momento en preocupaciones?”. Entonces empieza a atacar lo que estás evitando o lo que sea que te impulsa a evadirte. El mejor antídoto para la preocupación es la acción.
Un paciente mío muy propenso a la angustia, me relató uno de sus últimos triunfos al respecto. Durante su estadía en un lugar de veraneo, entró en una sauna una tarde. Allí se encontró con un señor que simplemente no podía tomarse unas vacaciones y olvidarse de sus problemas. Este señor habló largo y tendido sobre todas las cosas que debían preocupar a mi paciente.
Habló de la Bolsa, pero dijo que no había que preocuparse de las fluctuaciones de corto alcance. Dentro de seis meses habría un colapso total y eso sí que era para preocuparse. Mi paciente se enteró bien de cuáles eran las cosas de las que tendría que preocuparse y se fue. Jugó al tenis durante una hora, disfrutó jugando al fútbol con unos niños un rato, participó con su esposa en un campeonato de ping pong en el que ambos se divirtieron muchísimo y finalmente unas tres horas más tarde volvió al vestuario a ducharse. Su nuevo amigo seguía allí angustiándose, y empezó inmediatamente a enumerar una serie de cosas más que merecían preocupación.
Mientras tanto mi cliente había pasado sus momentos presentes estimulantemente vivo, mientras que el otro había consumido los suyos preocupado por diferentes asuntos. Y ninguno de los dos tuvo ninguna influencia sobre los valores de la Bolsa.
• Reconoce lo absurdo que resulta la preocupación. Pregúntate a ti mismo una y otra vez: “¿Habrá algo que llegue a cambiar como resultado de mi preocupación?”.
• Date a ti mismo períodos cada vez más cortos de “tiempos de preocupación”. Dedica diez minutos por la mañana y diez por la tarde para preocuparte; considéralos como tus segmentos de preocupación.
Usa esos períodos para angustiarte por todos los posibles desastres que te quepan en ese espacio de tiempo. Entonces, usando tu habilidad para controlar tus propios pensamientos, posterga cualquier posible preocupación hasta que te llegue el próximo “tiempo de preocupación”. Rápidamente te darás cuenta de lo disparatado que es emplear el tiempo de esta manera y a la larga eliminarás totalmente tu zona de preocupación.
• Haz una lista de preocupaciones anotando todas las cosas que te preocupaban ayer, la semana pasada e incluso el año pasado. Verifica si tus preocupaciones hicieron algo por ti. Averigua también si algunas de las cosas que te preocupaban llegaron a suceder. Pronto te darás cuenta de que la preocupación es una actividad doblemente inútil y vana. No hace nada para modificar el futuro. Y la posible catástrofe resulta a menudo muy inferior a lo esperado e incluso un hecho beneficioso cuando sucede.
¡Preocúpate sin más! Trata de demostrarlo cuando sientas que estás a punto de preocuparte. Esto es, detente, dirígete a alguna persona y le dices: “Míreme, estoy a punto de preocuparme”. La otra persona no sabrá qué decir, se sentirá completamente confundida ya que tú probablemente no sabrás cómo demostrar eso que haces tan bien.
• Hazte a ti mismo esta pregunta eliminadora de preocupaciones: “¿Qué es lo peor que me puede pasar a mí (o a ellos) y qué posibilidades hay de que ocurran?”. Descubrirás de esta manera el absurdo de las preocupaciones.
• Escoge deliberadamente un comportamiento que esté en conflicto con tus zonas habituales de preocupación. Si eres de los que ahorra compulsivamente para el futuro, preocupándole siempre de si tendrá suficiente dinero para el día de mañana, empieza a usar tu dinero hoy mismo. Haz como el tío rico que escribió en su testamento: “Gozando de excelente salud física y mental, gasté todo mi dinero en vida”.
• Empieza a abordar tus miedos con pensamientos y comportamientos productivos. Hace poco una amiga mía pasó una semana en una isla cerca de la costa de Connecticut. A esta mujer le encanta hacer largos paseos y muy pronto descubrió que la isla estaba llena de perros que habían dejado en libertad. Decidió que lucharía con su miedo y preocupación de que la mordieran o incluso de que la hicieran pedazos, el desastre total y definitivo. Llevaba una piedra en el bolsillo (seguro contra accidentes) y decidió no dar muestras de miedo cuando se le acercaran los perros.
Incluso rehusó disminuir la marcha cuando los perros empezaban a gruñir y se dirigían hacia ella. Y los perros al ver que alguien rehusaba asustarse ante sus embates, desistían y se alejaban corriendo. Yo no estoy abogando por una conducta que puede resultar peligrosa, pero creo que plantar cara en forma positiva al miedo o la preocupación puede ser la mejor manera de hacerla desaparecer de tu vida.
Ésas son algunas técnicas que te pueden servir para eliminar la preocupación de tu vida. Pero el arma más eficiente que puedes tener para terminar con la preocupación es tu propia determinación de borrar este comportamiento neurótico de tu vida.
Últimos pensamientos sobre la culpa y la preocupación
El momento presente es la clave para comprender tus actividades de culpa y preocupación. Aprende a vivir ahora, en el presente, y a no desperdiciar tus momentos actuales en pensamientos inmovilizantes sobre el pasado o el futuro. No hay otro momento en el que sea posible vivir más que el presente, el ahora, y todas tus preocupaciones y culpas tan inútiles se hacen en el exclusivo momento presente.
En Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll habló de la vida en el presente:
“La regla es, mermelada mañana, y mermelada ayer… pero nunca mermelada hoy.”
“Alguna vez tiene que ser “mermelada hoy día”, objetó Alicia.
Y tú ¿qué me dices? Puesto que tiene que llegar a ser algún día, ¿por qué no hoy?
Explorando lo desconocido
Sólo los inseguros ansían la seguridad
Puede que seas un experto de la seguridad, un individuo que evita lo desconocido en aras de saber siempre dónde va y qué puede esperar al llegar allí. La educación en nuestra sociedad tiende a entrenarnos desde muy temprana edad para que seamos cautelosos estimulando la prudencia y la precaución a expensas de la curiosidad; la seguridad a expensas de la aventura. Evita lo dudoso, permanece en las áreas que conoces; no te aventures jamás en lo desconocido. Estos mensajes tempranos pueden convertirse en barreras psicológicas que entorpecen de mil maneras diferentes tu realización personal y tu felicidad en los momentos presentes.
Albert Einstein, un hombre que dedicó su vida a la exploración de lo desconocido, dijo en un artículo titulado “Lo que yo creo” en Forum (octubre 1930):
La experiencia más hermosa es la de lo misterioso. Ésa es la verdadera fuente de todo arte y toda ciencia.
Podía también haber dicho que es la fuente de todo crecimiento, animación y estímulo.
Pero demasiada gente identifica lo desconocido con el peligro. Piensan que el propósito de la vida es ir siempre a lo seguro y saber siempre dónde van. Sólo los temerarios se arriesgan a explorar las áreas borrosas de la vida, y cuando lo hacen, acaban muy sorprendidos, heridos y lo que es peor, mal preparados. Cuando de pequeño eras miembro de las Brigadas de Exploradores (Scouts) te decían “tienes que estar preparado”. Pero ¿cómo puedes prepararte para lo desconocido? ¡Obviamente no puedes hacerlo! o sea, que evítalo y así nunca acabarás pegándote un chasco. Anda a lo seguro, no corras riesgos, sigue los caminos trazados en el mapa, aunque sea aburrido.
Puede que te estés empezando a aburrir de tanta seguridad, de saber cómo será cada día aun antes de que lo vivas. No puedes crecer y desarrollarte si sabes las contestaciones antes de que siquiera te hayan hecho las preguntas.
Probablemente los tiempos que más recuerdas son aquellos en los que estabas espontáneamente vivo, haciendo lo que querías, y esperando con una deliciosa anticipación lo que pudiera haber de misterioso en el futuro.
Durante toda nuestra vida, escuchamos los mensajes culturales de la seguridad. Empiezan en la familia y luego los educadores los refuerzan. El niño aprende a evitar todo lo que sea experimentación y la sociedad le apoya en todo lo que pueda hacer para evitar lo desconocido. No te pierdas.
Conoce las respuestas apropiadas. Quédate con la gente como tú. Si todavía sigues aferrado a estos incentivos de seguridad, piensa que ha llegado el momento de liberarte de ellos. Desecha la idea de que no puedes intentar nuevas y dudosas maneras de comportarte. Puedes si eliges hacerlo. Empieza con la comprensión de los reflejos condicionados que te sirven para evitar nuevas experiencias.
Apertura a las nuevas experiencias
Si crees totalmente en ti mismo, no habrá nada que esté fuera de tus posibilidades. Toda la gama de la experiencia humana es tuya y puedes disfrutarla si decides aventurarte en territorios que no te ofrecen garantías. Piensa en las personas que son consideradas como genios y que fueron espectacularmente eficientes y positivas durante su vida. No eran personas que sólo podían hacer bien una cosa. No eran de los que evitan lo desconocido. Benjamín Franklin, Ludwing van Beethoven, Leonardo da Vinci, Jesucristo, Albert Einstein, Galileo, Bertrand Russell, George Bernard Shaw, Winston Churchill, estos y muchos como ellos fueron pioneros que se aventuraron en nuevos e inciertos territorios.
Eran personas como tú, apartadas de los demás mortales sólo porque estaban dispuestos a atravesar áreas donde los demás no se atrevían a poner el pie. Albert Schweitzer, otro hombre del renacimiento, dijo una vez: “Nada de lo humano me es extraño”. Puedes mirarte a ti mismo con ojos nuevos y abrirte a nuevas experiencias que nunca llegaste a pensar que podrían estar dentro de tus posibilidades como ser humano, o puedes seguir haciendo las mismas cosas, de la misma manera, hasta que te entierren. Es un hecho que los grandes hombres no recuerdan a ningún otro, no hacen pensar en ningún otro, y su grandeza generalmente es perceptible por la calidad de sus exploraciones y por la temeridad con que exploraron lo desconocido.
El abrirte a nuevas experiencias implica abandonar totalmente la noción de que es mejor tolerar lo que nos es familiar que trabajar para cambiarlo porque el cambio está cargado de inseguridades. Quizás hayas adoptado la postura de que el ser (tú mismo) es frágil, y que es fácil que se rompa si penetra en áreas en las que nunca ha estado antes. Éste es uno de tantos mitos. Tienes la fuerza de un coloso. No te vas a desmoronar o deshacer si te encuentras con algo nuevo. De hecho tienes mejores posibilidades de evitar colapsos psicológicos si eliminas parte de la rutina cotidiana de tu vida. El aburrimiento es debilitante y malsano psicológicamente. Una vez que pierdes interés en la vida no será difícil quebrantarte. No sufrirás ese mitológico colapso nervioso si le agregas a tu vida el condimento de la incertidumbre.
También puede que hayas adoptado la mentalidad de “si es algo fuera de lo común tengo que evitarlo,”, que inhibe tu disponibilidad ante nuevas experiencias. De ese modo, cuando ves a unos sordos usando su lenguaje de señas para conversar, los mirarás con curiosidad pero no tratarás de hablar con ellos. Igualmente, cuando te encuentras con gente que habla un idioma extranjero, en vez de hacer lo posible y tratar de comunicarte con ellos de alguna manera, lo más probable es que te alejes de ellos y evites la gran incógnita que significa la comunicación en un idioma que no es el tuyo. Hay un sinfín de actividades y de gente que son consideradas tabú simplemente porque se desconoce lo que son. Así, los homosexuales, los travestis, los minusválidos, los retardados, los nudistas, están dentro de la categoría de lo oscuro. Tú no estás muy seguro de cómo hay que comportarse con ellos y por ello evitas su trato.
Quizá también pienses que siempre tienes que tener una razón para hacer algo; si no, ¿qué sentido tiene hacerlo? Puedes hacer cualquier cosa simplemente porque quieres hacerla y por ningún otro motivo. No necesitas tener un motivo o una razón para hacer lo que quieras hacer. El buscar motivos para todo es el tipo de pensamiento que te aleja de las experiencias nuevas y estimulantes. Cuando eras niño, podías jugar con un saltamontes una hora entera sin más motivo que tu placer. Podías subir un cerro o hacer una excursión por el bosque. ¿Por qué? Porque querías hacerlo. Pero como eres una persona adulta sientes que tienes que tener una buena razón para hacer las cosas. Esta pasión por las razones evita que te abras y que crezcas. Qué libertad da el saber que no tienes que justificarte ante nadie, ni ante ti mismo, nunca más.
Emerson, en su Diario el día 11 de abril de 1834, escribió la siguiente observación:
Cuatro serpientes deslizándose de arriba abajo por una cueva sin ningún motivo aparente. No para comer. No para hacer el amor… Deslizándose, simplemente.
Puedes hacer cualquier cosa que quieras hacer porque lo deseas y por ningún otro motivo. Esta manera de pensar te abrirá nuevas perspectivas de experiencia y te ayudará a eliminar el miedo a lo desconocido que puede ser la actitud que hayas adoptado hasta ahora como estilo de vida.
Rigidez contra espontaneidad
Observa atentamente tu espontaneidad. ¿Puedes abrirte a algo nuevo o te aferras con rigidez a tu comportamiento habitual? La espontaneidad quiere decir ser capaz de ensayar cualquier cosa de repente, tomando la decisión de hacerlo en un momento, simplemente porque es algo que te gusta y de lo que puedes disfrutar. Puedes incluso descubrir que no disfrutaste haciéndolo pero sí disfrutaste con el hecho de probarlo. Es muy probable que te ataquen diciendo que eres un irresponsable y un imprudente, pero, ¿ qué importa la opinión de los demás si lo estás pasando maravillosamente bien descubriendo lo desconocido? Hay mucha gente que por ocupar puestos importantes encuentra que es muy difícil ser espontáneo. Viven su vida sometidos a cánones rígidos sin fijarse en lo absurdas que son muchas de las normas que respetan ciegamente. Los demócratas y los republicanos apoyan las declaraciones de los líderes de sus partidos y votan por los postulados del partido. Los miembros del gabinete que hablan honesta y espontáneamente se convierten a menudo en ex miembros del gabinete. Hay pautas oficiales para hablar y pensar y cualquier pensamiento que se aleje de éstas no es bien recibido. Los hombres que siempre dicen sí, no son hombres espontáneos. Sienten un terrible miedo a lo desconocido. Se adaptan. Ellos hacen lo que se les dice. Nunca discuten lo que se les dice sino que más bien se aplican con rigidez a hacer lo que se espera de ellos.
¿Dónde estás tú en esta dimensión? ¿Puedes ser tú mismo en esta área?
¿Puedes coger con espontaneidad las avenidas que no siempre llevan a lo seguro?
La gente rígida nunca crece. Tienen la tendencia de volver a hacer las cosas de la misma manera que las han hecho siempre. Un colega mío que da clases para maestros graduados a menudo les pregunta a los mayores, los que han pasado treinta o más años dando clases en un aula: “¿Han estado ustedes realmente enseñando durante treinta años o han estado enseñando un año treinta veces?”. ¿Y tú, querido lector, has vivido realmente 10.000 o más días o has vivido un día 10.000 o más veces? Ésta es una buena pregunta que te puedes hacer mientras trabajas para conseguir una mayor espontaneidad en tu vida.
Los prejuicios y la rigidez
La rigidez es la base del prejuicio, que quiere decir prejuzgar. El prejuicio se basa no tanto en lo que uno odia o le desagrada, ya sean ideas, actividades o gente, sino en el hecho de que es más fácil y más seguro quedarse con lo conocido. Esto es, con gente que es como tú.
Pareciera que tus prejuicios trabajaran a tu favor. Te mantienen alejado de gente, cosas e ideas desconocidas, y además potencialmente perturbadoras. En realidad trabajan en contra tuya al evitar que explores lo desconocido. El ser espontáneo quiere decir que eliminas tus prejuicios y que te permites a ti mismo conocer y tratar con gente e ideas nuevas. Los prejuicios son válvulas de seguridad que sirven para evitar las regiones oscuras o dudosas y para anular el crecimiento. Si no confías en nadie que no te sea completamente familiar es porque no tienes confianza en ti mismo cuando andas en terreno desconocido.
La trampa de “siempre hay que tener un plan”
La espontaneidad planificada no existe. Son términos que se contradicen entre sí. Todos conocemos a gente que va por la vida con un mapa de carreteras y una lista, incapaces de modificar su vida ni en una coma de su proyecto original. Hacer un proyecto no es necesariamente una actitud malsana, pero enamorarse del proyecto es lo realmente neurótico.
Puede que tengas planeado lo que harás a los 25, 30, 40, 50, 70 años y así sucesivamente, y entonces simplemente consultas a tu agenda para ver dónde deberías estar, en vez de tomar una decisión cada día y creer lo suficiente en ti mismo como para poder cambiar tus planes. No permitas que los planes o el proyecto sean más importantes que tú mismo.
Yo tenía un paciente de veintitantos años llamado Henry. Sufría terriblemente de la neurosis de hay que tener un plan y, en consecuencia, perdía muchísimas oportunidades estimulantes y divertidas. A los veintidós años, le ofrecieron un trabajo en otro estado. La idea del cambio le aterrorizó. ¿Podría arreglárselas en Georgia? ¿ Dónde viviría? Y ¿qué pasaría con sus padres y sus amigos? El miedo a lo desconocido inmovilizó literalmente a Henry, y rechazó lo que podía haber sido una buena oportunidad de progresar haciendo un trabajo nuevo y estimulante y de vivir en un sitio nuevo, para quedarse donde estaba. Fue esta experiencia la que impulsó a Henry a venir a mi consulta. Sintió que la rigidez con que se sujetaba al plan de vida que se había hecho estaba anulando su crecimiento; sin embargo tenía miedo de romper con lo cotidiano y probar algo nuevo. Al cabo de una sesión exploratoria, descubrimos que Henry era un verdadero obseso de la planificación. Siempre tomaba el mismo desayuno, planeaba lo que se iba a poner con días de anticipación, tenía los cajones de su cómoda ordenados perfectamente por tamaño y color. Y además le imponía este plan a su familia. Pretendía que sus hijos tuviesen las cosas en su lugar y que su mujer se adaptara a una serie de normas rígidas que él había elaborado.
Resumiendo, Henry era un ser muy infeliz aunque sumamente organizado. Le faltaba creatividad, sentido de innovación y calidez. En realidad, era un plan hecho persona y su meta en la vida era lograr que cada cosa estuviese en su sitio. A raíz de su tratamiento de psicoterapia, Henry empezó a tratar de vivir con un poco de espontaneidad. Se dio cuenta de que sus planes eran formas de manipular a los demás y que le servían además para evitar la tentación de correr riesgos con lo desconocido. Muy pronto fue más dúctil con su familia dejando que fueran diferentes de lo que él esperaba de ellos. Al cabo de varios meses, Henry llegó a postularse para un cargo en una empresa que requería que viajase con frecuencia. Lo que él había temido se convirtió en algo apetecible. Aunque Henry no es, ni mucho menos, una persona espontánea, ha logrado hacerle frente positivamente a una parte al menos de su pensamiento neurótico que fomentaba su antigua forma de existencia completamente planificada. Sigue trabajando en ese sentido, aprendiendo a gozar de la vida en vez de vivirla en forma ritualizada.
La seguridad: variaciones internas y externas
En el colegio, hace mucho tiempo, aprendiste a escribir una composición o un ensayo. Te enseñaron que necesitabas una buena introducción, parte media de desarrollo bien organizada, y una conclusión.
Desgraciadamente, puede que hayas aplicado el mismo tipo de lógica a tu vida llegando a considerar todo el asunto de vivir como una composición escolar. La introducción fue tu niñez en la que te estabas preparando para ser una persona. El cuerpo es tu vida adulta, que está organizada y planificada como preparación para la conclusión que sería la jubilación y un final feliz. El vivir de acuerdo con este plan implica una garantía de que todo estará bien para siempre. La seguridad, el proyecto final es para los cadáveres. La seguridad quiere decir saber lo que va a pasar. La seguridad quiere decir nada de riesgos, nada de excitaciones, nada de desafíos. La seguridad significa nada de crecimiento y nada de crecimiento significa la muerte. Además, la seguridad es un mito. Mientras seas una persona que vive en esta Tierra, y si el sistema sigue siendo el mismo, nunca podrás tener seguridad. Y aunque no fuera un mito sería una horrible manera de vivir. La certeza elimina la excitación y la emoción… y el crecimiento.
La palabra seguridad en el sentido que la hemos usado aquí se refiere a las garantías externas, a las posesiones como el dinero, una casa y un coche, a baluartes como un buen empleo o una elevada posición en la sociedad. Pero hay un tipo de seguridad diferente que sí vale la pena buscar; y es la seguridad interior que te brinda el tener confianza en ti mismo y en tu capacidad de solucionar cualquier problema que se te presente. «ésta» es la única seguridad duradera, la única verdadera seguridad. Las cosas se pueden deshacer; una depresión económica dejarte sin dinero; quedarte sin casa, pero tú, puedes ser una roca de autoestima.
Puedes creer tanto en ti mismo y en tu fuerza interior que las cosas y los demás te parecerán simples accesorios de tu vida, agradables pero superfluos.
Haz la prueba con este pequeño ejercicio. Imagínate que ahora mismo, mientras estás leyendo este libro, alguien desciende violentamente sobre ti, te desnuda y te raptan en un helicóptero. Sin previo aviso, sin dinero, nada más que tú mismo. Supongamos que te llevan hasta un lugar de la China Roja y te dejan caer en un campo. Te las tendrías que haber con un idioma nuevo, costumbres nuevas, un clima nuevo y lo único que tendrías sería a ti mismo. ¿Sobrevivirías o te derrumbarías? ¿Podrías hacerte amigos, conseguir alimentos, vivienda y otras cosas ? ¿ O te quedarías simplemente echado en medio del campo lamentándote sobre lo desgraciado que eres por lo que te sucedió? Si necesitaras seguridad exterior, te morirías porque te habrían quitado todas tus posesiones. Pero si tienes seguridad interior y no le tienes miedo a lo desconocido, entonces sobrevivirías. O sea, que podemos redefinir el concepto de seguridad diciendo que es el saber que puedes enfrentarte con cualquier cosa, incluso con el hecho de no tener seguridad exterior. No caigas en la trampa de ese tipo de seguridad exterior puesto que te despoja de tu capacidad para vivir y crecer y realizarte. Echa una mirada a aquella gente que no tiene seguridad externa, gente que no lo tiene todo planificado. Puede que se pasen de listos. Pero por lo menos pueden probar cosas nuevas y evitar la trampa de tener que quedarse siempre con lo seguro.
Jame Kavanaugh, en ¿Quieres ser mi amigo? (Will you be my friend?), escribe sobre la seguridad en su pequeño poema titulado Algún día (Some Day):
Algún día yo me iré
Y seré libre
Y dejaré tras de mi a los estériles
A su segura esterilidad
Me iré sin decir dónde voy
Y caminaré a través de un campo baldío Para allí dejar el mundo
Y alejarme luego despreocupado
Como un Atlas sin empleo.
Los logros como seguridad
Pero “irse” para “ser libre”, como dice Kavanaugh puede ser difícil mientras estés convencido de que tienes que lograr cosas en la vida. El miedo al fracaso es poderoso en nuestra sociedad, un miedo que nos fue inculcado en la niñez y que llevamos a menudo por la vida. Puede que te sorprenda oír esto, pero el fracaso no existe. El fracaso es simplemente la opinión que alguien tiene sobre cómo se deberían hacer ciertas cosas. Cuando te convenzas de que no hay ningún acto que deba hacerse de una manera específica, según el criterio de otras personas, entonces el fracaso será imposible.
Sin embargo, puede haber ocasiones en las que, según tus propias reglas y medidas, fallarás en la ejecución de una tarea dada. Lo importante aquí es no parangonar el acto con el valor de tu persona. El no triunfar en algo que trataste de hacer no implica tu fracaso como persona. Se trata simplemente de no haber logrado el éxito en esa tarea específica y en ese momento presente.
Trata de imaginarte que usamos el fracaso como descripción de la conducta de algún animal. Supongamos que un perro ha estado ladrando quince minutos, y que alguien dice: “Realmente no ladra muy bien. No pasa el examen”. ¡Qué absurdo! Los animales no pueden fracasar porque no hay reglas para valorar el comportamiento natural. Las arañas tejen redes, no redes bien hechas o mal hechas. Los gatos persiguen a los ratones: si les falla uno, simplemente se van detrás de otro. No se quedan echados quejándose porque uno se les escapó; ni tienen un colapso nervioso porque fracasaron.
¡El comportamiento natural simplemente es! ¿Por qué no aplicas la misma lógica a tu propio comportamiento y te libras del miedo al fracaso?
El empuje para lograr cosas y triunfar proviene de las palabras más autodestructivas de nuestra cultura. Tú las has oído y las has usado mil veces: ¡hazlo lo mejor que puedas! Esta es la piedra de toque de la neurosis del éxito y el logro. Hazlo lo mejor posible en todo lo que hagas.
Qué hay de malo en darse un mediocre paseo en bicicleta o en pasear simplemente por el parque? ¿Por qué no te buscas unas actividades que simplemente haces en vez de hacerlas lo mejor que puedas? La neurosis haz lo mejor que puedas puede impedirte el probar actividades nuevas y disfrutar de las viejas.
En cierta oportunidad, traté a una estudiante de dieciocho años llamada Louann, que estaba completamente poseída por las normas del logro y el éxito. Louann era una alumna excelente, que desde el primer día que puso el pie en el colegio, siempre consiguió las mejores notas. Dedicaba largas horas a sus deberes y entonces no tenía tiempo para ser una persona.
Era una verdadera computadora de conocimientos académicos. Sin embargo, era angustiosamente tímida cuando estaba con amigos, nunca había flirteado con un chico ni tenido una cita con nadie. Había desarrollado un tic nervioso que se ponía en funcionamiento cada vez que hablábamos de esta parte de su personalidad. Louann había puesto todo su énfasis en ser una alumna exitosa en menoscabo de su desarrollo total. Al trabajar con Louann, le pregunté:
“¿Qué es más importante para ti, lo que sabes o lo que sientes?”. Y aunque era la mejor alumna del curso, sufría de falta de paz interior y era en realidad muy infeliz. Empezó a concederle algo de importancia a sus sentimientos, y como era una excelente estudiante, aplicó a su aprendizaje del nuevo comportamiento social las mismas normas rigurosas que había aplicado a sus estudios académicos. La madre de Louann me llamó un año más tarde y me dijo que estaba muy preocupada porque por primera vez en su vida Louann había sacado una nota mediocre, un cinco en su primer año de universidad. Yo le recomendé que hiciera una gran alharaca al respecto y que la Llevaran a cenar a un buen restaurante para celebrarlo.
El perfeccionismo
¿Por qué vas a tener que hacer todo bien? ¿Quién te está marcando los tantos? Las famosas líneas de Winston Churchill con respecto al perfeccionismo indican lo inmovilizante que puede llegar a ser la búsqueda constante del éxito.
La máxima “nada vale aparte de la perfección” podría deletrearse como PARÁLISIS.
Uno se puede paralizar con la tontería de “hacerlo lo mejor posible”.
Quizá puedes asignarte unas zonas significativas en tu vida en las que realmente quieres hacerlo lo mejor posible. Pero en la gran mayoría de las actividades, tener que hacerlo lo mejor posible, o incluso, tener que hacerlo bien, significa poner un verdadero obstáculo a la mera posibilidad de hacer. No dejes que el perfeccionismo te deje a un lado evitando que tomes parte en actividades que te pueden resultar placenteras. Trata de cambiar “haz lo mejor que puedas”, por simplemente “hazlo”.
Perfección quiere decir inmovilidad. Si tienes cánones de perfección para ti mismo, nunca tratarás de hacer nada y no harás mucho porque la perfección no es un concepto que se pueda aplicar a los seres humanos. Dios puede ser perfecto, pero tú, como persona, no tienes ninguna necesidad de aplicar esas normas y esos cánones ridículos de perfección a ti mismo y a tu comportamiento.
Si tienes hijos, no cultives su parálisis y su resentimiento insistiéndoles que hagan lo más que puedan. Más bien habla con ellos sobre lo que parece que les gusta más y trata de estimularlos para que se esfuercen más en esos campos. Pero en otras actividades, el hacer es más importante que el triunfar. Enséñales a jugar al balonvolea en vez de quedarse a un lado mirando y diciendo: “Yo no valgo para esto”. Estimula los para que practiquen el esquí, o que canten, o dibujen, o bailen o lo que sea, porque quieren hacerlo, y que no eviten algo porque quizá no lo hagan tan bien. A nadie se le debería enseñar a ser competitivo, a tratar siquiera de hacerlo bien. Más bien, trata de enseñarles la lección de la autoestima y el orgullo y el placer en las actividades consideradas importantes por el individuo.
Los niños aprenden fácilmente el mensaje de confundir su propio valor con sus fracasos. Y por ello empiezan a evitar las actividades en las que no logran sobresalir. Y lo que es más peligroso aún, podría ser que desarrollen poco aprecio de sí mismos, búsqueda de aprobación, culpabilidad y todas las zonas erróneas de comportamiento que acompañan al autorrechazo.
Si equiparas lo que tú vales a tus fracasos y tus éxitos, estarás condenado a sentirte indigno sin valores. Piensa en Thomas Edison. Si hubiera usado sus fracasos en cualquiera de las tareas que emprendió como indicativo de su autoestima después de su primer intento fallido, se hubiera abandonado a sí mismo, hubiera anunciado que era un fracasado y renunciado a sus esfuerzos por iluminar el mundo. El fracaso puede ser productivo. Puede servir de incentivo al trabajo y a la exploración. Y puede incluso tildársele de éxito si muestra el camino que lleva a nuevos descubrimientos. Como dijo Kenneth Boulding:
Acabo de revisar algunos dichos de sabiduría popular; uno de los proverbios que estudié es Nada falla tanto como el éxito porque no aprendemos nada de él. Lo único que nos sirve para aprender algo es el fracaso. El éxito sólo confirma nuestras supersticiones.
Piensa en ello. Sin fracasos no podemos aprender nada, y sin embargo hemos aprendido a considerar el éxito como un tesoro y como la única meta posible. Tenemos la tendencia de esquivar todas las experiencias que pueden acabar en fracasos. El miedo al fracaso es parte importante del miedo a lo desconocido. Todo lo que no dé la impresión de que será un éxito inmediato, debe ser evitado. Y el tenerle miedo al fracaso significa temer tanto a lo desconocido como a la desaprobación que te puede acarrear el no hacerlo lo mejor posible.
Algunos comportamientos típicos
del “miedo a lo desconocido” en nuestra cultura
Ya hemos hablado de algunos comportamientos producidos por el miedo a lo desconocido. La resistencia a probar nuevas experiencias, la rigidez, los prejuicios, el miedo al fracaso y el perfeccionismo son subtítulos normales en esta zona de autolimitación. A continuación, hay ejemplos específicos más comunes en esta categoría. Puedes usarla como una lista de control para valorar tu propio comportamiento:
• Comer el mismo tipo de comida durante toda la vida. Evitar probar platos nuevos de gustos exóticos limitándose a los platos tradicionales y describiéndose a sí mismo con frases como: “Yo soy de los que sólo comen carne y patatas” o “Yo siempre pido pollo”. Si bien toda la gente tiene predilecciones y prefiere ciertas cosas, la resistencia a probar comidas desconocidas es simplemente una señal de rigidez. Muchas personas no han probado jamás un taco mexicano, o comido en un restaurante griego o hindú simplemente porque se quedan en el terreno familiar de lo que están acostumbrados. Abandonar estos terrenos familiares puede abrirnos un mundo gastronómico nuevo y estimulante.
• Usar siempre el mismo estilo de ropa. No probar jamás un estilo nuevo o usar algo diferente. Clasificarte a ti mismo como un “conservador en el vestir” o un “amante de la moda,” sin cambiar jamás de estilo.
• Leer los mismos diarios y las mismas revistas que mantienen la misma posición editorial día tras día sin admitir jamás un punto de vista contrario. En un estudio reciente, se le pidió a un lector, cuya postura política era bien conocida, que leyera un editorial que empezaba apoyando una postura idéntica a la suya. En medio del editorial, el punto de vista cambió y una cámara fotográfica escondida reveló que los ojos del lector se trasladaron inmediatamente a otra parte de la página. El lector rígido que se usó en este experimento no podía ni siquiera considerar la posibilidad de leer una opinión distinta a la suya.
• Ver las mismas películas (con distintos títulos) durante toda una vida. Rehusar ver cualquier cosa que pueda apoyar una creencia filosófica o política distinta, porque lo desconocido es desconcertante y debe ser excluido.
• Vivir en el mismo barrio, o ciudad, o estado, simplemente porque tus padres y sus padres escogieron esa localidad. Tenerle miedo a los sitios nuevos porque la gente, el clima, la política, el lenguaje, las costumbres, o lo que sea, son diferentes.
• Rehusar oír opiniones e ideas que no compartes. En vez de considerar el punto de vista del otro interlocutor -“Ejem, nunca pensé en eso”-, inmediatamente decides que está loco o mal informado. Éste es un método para evadirse de lo diferente o de lo desconocido rehusando comunicarse.
• Tener miedo a probar una nueva actividad porque no la puedes hacer bien. “No creo que lo haría bien; me quedaré mirando.”
• Logros compulsivos en el colegio o en el trabajo. Las calificaciones son lo más importante. El informe elogioso importa más que el trabajo bien hecho. Usar las retribuciones del éxito y los logros en vez de probar algo nuevo y desconocido sustituyendo lo uno por lo otro. Quedarse en las zonas seguras porque “Sé que saco buenas notas, un “notable” seguro”, en vez de arriesgarme a conseguir una nota mediocre embarcándose en una nueva disciplina.
• Aceptar el empleo seguro donde sabes que vas a tener éxito y te va a ir bien en vez de apuntarte a una nueva carrera o empresa corriendo el posible riesgo de fracasar.
• Evitar cualquier persona que clasifiques como desviada, incluyendo a “maricas”, “rojos”, “raros”, “negros”, “extranjeros,”, “hippies”, “judíos”, etc., y usar cualquier etiqueta peyorativa que te sirva como defensa y protección del miedo a lo desconocido. En vez de tratar de aprender algo sobre esta gente, les pones una etiqueta con un epíteto difamatorio y hablas de ellos en vez de hablar con ellos.
• Quedarse en el mismo trabajo aunque no te guste, no porque tengas que hacerlo sino por miedo a la gran incógnita que significa un nuevo trabajo.
• Mantener un matrimonio que obviamente no funciona por temor a lo desconocido, a la soledad. No puedes recordar cómo es vivir solo y, en consecuencia, no sabes con qué te encontrarás. Piensas que es mejor seguir con lo habitual desagradable que adentrarse en un territorio que potencialmente es solitario.
• Tomar tus vacaciones en el mismo lugar, en el mismo hotel, en la misma época cada año. En este caso sabes a qué atenerte y no tienes que arriesgarte a probar nuevos lugares que tal vez pueden brindarte experiencias agradables.
• Hacer que el criterio para todo lo que haces sea el de la eficiencia, y el resultado obtenido y no el placer que te brinda el hacerlo. Sólo haces lo que sabes hacer bien y evitas lo que no puedes hacer en absoluto o no hacer muy bien.
• Medir las cosas en términos monetarios. Si cuesta más, quiere decir que vale más; y en consecuencia, es una indicación de tu éxito personal.
Lo conocido se puede medir en dólares, mientras que lo desconocido no se puede calcular desde un punto de vista monetario.
• Tratar de lograr títulos y rangos importantes, de tener coches caros y vistosos, ropa de lujo y otros símbolos de “status”, incluso si no te gustan estas cosas y el tipo de vida que conllevan.
• Incapacidad de alterar un plan cuando se presenta una alternativa interesante. Si te alejas del mapa que está en tu cabeza pierdes el camino y también tu sitio en la vida.
• Estar pendiente de la hora dejando que el reloj domine tu vida. Vivir de acuerdo a un horario que te aleja de la posibilidad de probar cosas nuevas y desconocidas en tu vida. Llevar siempre reloj (incluso en la cama) y vivir controlado por éste. Dormir, comer y hacer el amor según la hora, sin tener en cuenta el cansancio, el hambre o el deseo.
• Desechar ciertas clases de actividades sin haberlas probado jamás.
Éstas pueden incluir cosas tan “raras” como la meditación, el yoga, la astrología, el backgammon, el Mah-jongg, la isometría o cualquier cosa que no conozcas.
• Enfocar el sexo sin imaginación, haciendo siempre lo mismo en la misma posición. No probar jamás algo nuevo y exótico porque es diferente y, por tanto, puede ser inaceptable.
• Esconderse detrás del mismo grupo de amigos sin buscar o aceptar gente diferente que represente mundos nuevos y desconocidos. Juntarse regularmente con el mismo grupo y seguir con ese mismo grupo durante toda la vida.
• En una fiesta a la que asistes con tu esposa o una amiga, quedarte a su lado, con ella toda la noche no porque así lo desees sino porque de esa manera te sientes seguro.
• No atreverse a participar en una conversación con gente extraña o sobre temas desconocidos por miedo a lo que pasaría si lo hicieras. Pensar para tus adentros que ellos deben ser más inteligentes, más capaces, más hábiles o mejores conversadores, y usar esto como razón para evitar una nueva experiencia.
• Culparte a ti mismo si no triunfas en todas tus empresas.
Éstos son sólo unos cuantos ejemplos de comportamiento malsano engendrado por el miedo a lo desconocido. Tú probablemente podrás componer tu propia lista. Pero en vez de hacer listas, ¿por qué no empiezas a hacerle frente a tu tendencia a vivir cada día de la misma manera que viviste el día anterior, sin ninguna posibilidad de crecimiento y desarrollo?
El sistema psicológico de apoyo para retener estos comportamientos
He aquí algunas de las retribuciones más usuales que sirven para evitar el delicioso mundo de lo desconocido:
• Si eres siempre igual, no tienes que molestarte en usar tu imaginación. Cuando tienes un buen proyecto, consultas tu guión y no tu imaginación.
• El permanecer alejado de todo lo desconocido tiene su propio sistema interior de retribuciones. El miedo a lo misterioso es muy fuerte y mientras actúes en terreno familiar, puedes mantener ese miedo a distancia, aunque esto signifique una gran traba para tu crecimiento y tu realización personal. Es más seguro no aventurarse por zonas que no están bien marcadas en nuestros mapas personales. Piensa en Colón. Todo el mundo le advirtió que podía caerse por el camino. Es mucho más fácil ser de los que van por caminos conocidos y no de los exploradores que lo arriesgan todo. Lo desconocido es un desafío y los desafíos pueden resultar peligrosos.
• Puedes decir que estás postergando tu gratificación, actitud que has oído clasificar como “comportamiento adulto”, quedándote así con lo familiar y justificándolo con esa actitud. De este modo, la postergación de la acción es una actitud “adulta” y “madura”, aunque en realidad te quedas como eres por miedo y desconfianza, y por ello evitas lo desconocido.
Puedes sentirte importante pensando que has hecho bien las cosas. Que has sido un buen niño o una buena niña. Siempre que consideres tu propio valor en términos de éxito fracaso podrás equipararlo con el resultado de tu actuación y sentirte satisfecho por ello. Pero en estos casos, lo que está bien, lo que debe ser, es sólo cuestión de opiniones, en realidad de la opinión controladora de otra persona.
Algunas estrategias para enfrentarse con lo misterioso
y lo desconocido y para lograr comprenderlos
Hacer esfuerzos selectivos por probar cosas nuevas aunque sientas la tentación de quedarte en lo conocido. Por ejemplo, en un restaurante pide un plato nuevo. ¿Por qué? Porque puede ser diferente y podría gustarte.
• Invita a tu casa a un grupo de gente que represente puntos de vista diversos y divergentes. Frecuenta lo desconocido en vez de seguir con tu grupito típico de relaciones con los que puedes predecir todo lo que te va a suceder.
• Deja de sentirte obligado a tener un motivo o razón para todo lo que haces. Cuando alguien te pregunte el porqué de algo, recuerda que no tienes por qué tener una respuesta razonable que los satisfaga. Puedes hacer lo que has decidido hacer simplemente porque así lo deseas.
• Empieza a arriesgarte a hacer ciertas cosas que te sacarán de la rutina diaria. Podría ser unas vacaciones que no hayas planeado con antelación, por ejemplo, y para lo cual no lleves ningún mapa, y donde sólo puedas confiar en ti mismo para solucionar cualquier problema que se te presente. Solicita un nuevo empleo presentándote a la entrevista que para ello se requiera o habla con alguna persona que hayas estado esquivando por miedo a lo que podría pasar en esa conversación. Toma un camino distinto para ir a tu trabajo y cena a medianoche. ¿Por qué? Simplemente porque es diferente y tienes ganas de hacerlo.
• Diviértete elucubrando una fantasía en la que te permites tener todo lo que quieras. Todo está permitido. Tienes todo el dinero que desees por un período de dos semanas. Quizá te des cuenta de que todas tus divagaciones mentales en realidad están a tu alcance, que lo que anhelas no es como pretender la luna o lo imposible, sino que son cosas que puedes lograr si eliminas el miedo a lo desconocido y simplemente vas detrás de ellas.
• Corre algún riesgo que puede implicar una tormenta emocional pero que también puede significar una experiencia intensamente gratificante para ti. Uno de mis colegas pasó largos años hablándoles tanto a sus alumnos como a sus clientes de la necesidad de probar lo desconocido en la vida.
Pero en muchos sentidos sus consejos eran insinceros puesto que seguía trabajando en la misma universidad, en la misma consulta y llevando el mismo tipo cómodo de vida. Él sostenía que cualquier persona podía habérselas con situaciones nuevas y diferentes, pero él seguía firmemente instalado en las situaciones que le eran familiares. En 194 decidió vivir en Europa seis meses porque era algo que siempre había querido hacer. Allí dio dos cursos en un programa para graduados y comprobó de primera mano (experimentalmente en vez de verbalmente) que podía habérselas con lo dudoso. Al cabo de tres semanas en Alemania, gracias a su seguridad interior en sí mismo, contaba ya con la misma cantidad de oportunidades de dirigir seminarios, trabajar con clientes y dar conferencias que en Nueva York donde se encontraba en su ambiente y en un entorno familiar. Incluso en un pueblecito perdido de Turquía donde vivió durante dos meses, estuvo más ocupado que en Nueva York. Por lo menos, gracias a esta experiencia, se convenció que podía enfrentarse con lo desconocido, exactamente como antes lo había hecho con lo conocido, con su propia fuerza interior y con su capacidad profesional.
• Cada vez que te des cuenta de que estás evitando lo desconocido, dirígete a ti mismo la siguiente pregunta: “¿Qué es lo peor que me puede pasar?”. Verás probablemente que el miedo a lo desconocido es completamente desproporcionado con la realidad de las consecuencias.
• Haz la prueba de hacer algo tonto, como ir descalzo por el parque o zambullirte desnudo en el mar. Haz la prueba de hacer algunas de las cosas que siempre has evitado porque “No debes hacer esas cosas”. Abre tu propio horizonte personal a nuevas experiencias. Haz cosas que antes evitabas por encontrarlas tontas o vanas.
• Recuerda que el miedo al fracaso es a menudo el miedo al ridículo, o a la desaprobación de los demás o de alguien en particular. Si dejas que ellos tengan sus propias opiniones, que nada tienen que ver contigo, podrás empezar a valorar tu comportamiento en tus propios términos en vez de apoyarte en los de los demás. Empezarás a considerar que tus capacidades no son ni mejores ni peores, sino simplemente diferentes a las de los demás.
• Haz la prueba de hacer algunas de las cosas que siempre has rechazado con la frase “Simplemente yo no valgo para esto”. Por ejemplo, puedes pasarte la tarde pintando un cuadro y pasándolo maravillosamente bien. Si el resultado final no es una obra maestra, no has fracasado: has tenido medio día de placer. En la pared de mi cuarto de estar, hay un cuadro que es horrible desde el punto de vista estético. Pero en un rincón del lado izquierdo del cuadro hay una inscripción que reza: “A usted doctor Dyer le doy lo que no es lo mejor que puedo hacer”. Es de una antigua estudiante que había evitado pintar toda su vida porque había aprendido hacía mucho tiempo que lo hacía mal. Se pasó todo un fin de semana pintando y es uno de los regalos que yo aprecio más.
• Recuerda que lo opuesto al crecimiento es la igualdad o monotonía y la muerte. Así pues, si quieres, puedes tomar la decisión de vivir cada día de una manera diferente, siendo espontáneo y vital, o puedes temer a lo desconocido y permanecer igual, siendo el mismo de siempre, psicológicamente muerto.
• Mantén una conversación con la gente que sientes es la responsable de tu miedo a lo desconocido: anúnciales con tono decidido que piensas hacer cosas nuevas y anota sus reacciones.
• Puede que te des cuenta de que su incredulidad era una de las cosas que más te preocupaban en el pasado, y como resultado de esto escogías la inmovilidad en vez de enfrentarte con sus miradas reprobatorias. Ahora que puedes enfrentarte con esas miradas, haz tu Declaración de Independencia para acabar con ese control.
• En vez de que tu credo y el de tus hijos sea: “Haz todo lo mejor posible”, prueba este otro: “Selecciona las cosas que más te importan en la vida y haz un esfuerzo grande en ese sentido y el resto de las cosas, hazlas simplemente”. Está muy bien no hacer siempre las cosas lo mejor que puedas. En realidad todo el síndrome de “Hacer las cosas lo mejor posible” es un mito. Nadie hace las cosas lo absolutamente mejor que se puede. Siempre hay posibilidades de hacerlas mejor, ya que la perfección no es un atributo de la naturaleza humana.
• No dejes que tus convicciones te paralicen. El i creer algo a raíz de una experiencia pasada y aferrarse a esa creencia es evadirse de la realidad. Sólo existe el ahora, y la verdad del presente puede muy bien no ser la verdad del pasado. Sopesa tu comportamiento no tomando en cuenta lo que crees, sino lo que es y lo que experimentas en el presente. Al abrirte a la experiencia en vez de colorear tu realidad con tus convicciones, encontrarás que lo desconocido es un lugar fantástico para estar.
• Recuerda que nada humano te es ajeno. Puedes ser lo que escojas ser. Grábalo en tu cabeza y recuérdatelo cuando caigas en tu comportamiento inseguro y típicamente evasivo.
• Ten conciencia de que estás evitando lo desconocido en el momento que lo estás haciendo. En ese mismo momento inicia un diálogo contigo mismo. Dite a ti mismo que no importa que no sepas adónde vas en cada momento de tu vida. El tener conciencia de la rutina es dar el primer paso para cambiarla.
• Haz algo mal deliberadamente. Eres menos persona porque has perdido un partido de tenis o pintado un cuadro feo o sigues siendo un individuo que vale la pena y que simplemente ha pasado un rato agradable?
• Mantén una conversación con alguien que hayas evitado en el pasado.
Muy pronto te darás cuenta de que tus prejuicios son los que te mantienen en un estado estacionario y sin interés. Si prejuzgas a la gente, no podrás tratar con ella honradamente puesto que tu punto de vista ha sido establecido de antemano. Mientras más grande sea el número de gente distinta que conozcas, más probabilidades tendrás de darte cuenta de lo mucho que has perdido y de lo tontas e infundadas que eran tus aprensiones y temores. Con estos conceptos, lo desconocido se convertirá en un área cada vez más digna de explorar en vez de algo que es mejor evitar.
Algunas ideas finales sobre el miedo a lo desconocido
Las sugerencias que anotamos anteriormente representan algunas medidas constructivas para combatir el miedo a lo desconocido. Todo el proceso empieza con estas nuevas percepciones de lo que constituye el comportamiento evasivo, seguidas de un enfrentamiento activo con el comportamiento pasado para empezar a moverse en nuevas direcciones.
Imagínate cómo hubieran sido las cosas si los grandes exploradores y los grandes inventores del pasado hubieran tenido miedo a lo desconocido. Toda la población del mundo estaría aún concentrada en el valle del Tigris y del Eúfrates. Lo desconocido es el lugar donde se produce el crecimiento. Tanto para la civilización como para el individuo.
Piensa en la encrucijada de un camino. En una dirección está la seguridad, en la otra, el gran mundo desconocido e inexplorado. ¿Qué camino tomarías tú?
Robert Frost contestó esta pregunta en The Road Not Taken (El camino no tomado):
Dos caminos divergían en el bosque; y yo fui por el menos transitado, Y eso hizo que todo fuese diferente.
Todo depende de ti. Tu zona errónea de miedo a lo desconocido está esperando ser reemplazada por nuevas actividades estimulantes y llenas de interés que aportarán placer a tu vida. No tienes que saber hacia dónde vas; lo importante es estar en camino.
Rompiendo la barrera de los convencionalismos
No hay reglas ni leyes ni tradiciones que se puedan aplicar universalmente… incluyendo ésta.
El mundo está lleno de “debes hacer esto,” que la gente aplica a su comportamiento sin previa evaluación; y la suma total de todos estos “debes,” componen una gran zona errónea. Es muy posible que te dejes guiar por una serie de normas y principios con los que ni siquiera estás de acuerdo, y que sin embargo, seas incapaz de romper con ello y decidir por ti mismo lo que te va bien o no te va bien a ti personalmente.
No hay nada absoluto. No hay normas ni leyes que siempre tengan sentido, o que sean beneficiosas para todos en todas las ocasiones. La flexibilidad es una virtud mayor y sin embargo, puede que te sea difícil, e incluso imposible, quebrantar una ley inútil o violar una tradición absurda. El condicionamiento a la sociedad o medio cultural puede ser muy útil a veces, pero si esto es llevado a un punto extremo, puede convertirse en una neurosis, particularmente si el resultado de esta adaptación a los “debes hacer esto o aquello” es la infelicidad, la depresión o la ansiedad.
De todo esto no se puede deducir ni tampoco se trata de sugerir de manera alguna que tu actitud debe ser la del desprecio a la ley o de romper las reglas simplemente porque te parece lo apropiado en un momento dado.
Las leyes son necesarias y el orden es parte importante de la sociedad civilizada. Pero la obediencia ciega a los convencionalismos es algo completamente distinto, algo que puede ser mucho más destructivo para el individuo que el hecho de violar las leyes. A menudo estas leyes son absurdas y las tradiciones dejan de tener sentido. Cuando éste es el caso y tú dejas de funcionar eficientemente porque sientes que debes obedecer estas leyes sin sentido, quiere decir que ha llegado el momento de reconsiderar tanto las normas como tu comportamiento.
Como dijo una vez Abraham Lincoln: “Nunca tuve una política que pudiese aplicar siempre. Simplemente trataba de hacer lo que me parecía sensato en el momento preciso”. No fue nunca esclavo de una política determinada que tuviera que ser aplicada en cada caso, aunque ésta hubiese sido concebida con esa intención.
Un “debe,” es malsano sólo cuando se cruza por el camino de los comportamientos sanos y eficientes. Así, cuando descubras que estás haciendo cosas desagradables y que no son productivas debido a algún “debe”, quiere decir que has renunciado a tu libertad de elección y estás permitiendo que te controle alguna fuerza exterior. Un examen más profundo y detallado de este control interno en comparación con el control externo de ti mismo será muy útil antes de seguir observando estos “debes” erróneos que pueden estropearte tu vida.
Locus de control internos, frente a locus de control externos
Se ha calculado que un buen setenta y cinco por ciento de la gente en nuestra cultura tienen una orientación de personalidad más externa que interna. Esto quiere decir que es muy probable que tú encajes en esta categoría con mayor frecuencia que en la otra. ¿Qué quiere decir ser “externo” en tu locus de control? En esencia ser “externo,” quiere decir que tú responsabilizas de tu estado emocional en tus momentos presentes a alguien o algo externo, o sea algo que está fuera de ti mismo. Si te preguntaran: “¿Por qué te sientes mal?” y tú contestaras con respuestas como: “Mis padres me tratan mal”, “Ella me ofendió”, “Mis amigos no me quieren”, “No tengo suerte” o “Las cosas no van bien”, ello significaría que estás dentro de esta categoría externa. Y por lo mismo, si te preguntaran por qué eres tan feliz y tú contestaras: “Mis amigos me tratan bien”, “Mi suerte ha cambiado”, “Nadie me está fastidiando” o “Ella se arriesgó por mí”, querría decir que aún estás dentro de un marco de referencia externo, atribuyéndole la responsabilidad de lo que tú sientes a alguien o algo que está fuera de ti.
La persona que tiene un “locus” de control interno es la que coloca firmemente sobre sus propios hombros toda la responsabilidad por lo que él mismo siente, y este tipo de persona es muy rara dentro de nuestra cultura.
Al contestar ese tipo de preguntas contesta con respuestas interiormente dirigidas como ser: “Lo que me digo a mí mismo es un error”, “Le doy demasiada importancia a lo que dicen los demás”, “Me preocupa lo que pueda decir la demás gente”, “No soy lo suficientemente fuerte para evitar ser desgraciado” y “No tengo habilidad suficiente para impedirme a mí mismo el no ser desdichado”. Del mismo modo, cuando la persona con coherencia interior está en buena situación, contesta con referencias que empiezan con un “Yo” o “A mí”, como por ejemplo: “Yo trabajé duro para ser feliz”, “Yo he logrado que las cosas me funcionen”, “Me estoy diciendo a mí mismo cosas positivas”, “Yo soy responsable de mí mismo y es aquí donde quiero estar”.
Así pues hay una cuarta parte de la gente que asume la responsabilidad de sus propios sentimientos y el resto le echa la culpa de los mismos a causas externas. ¿Dónde encajas tú? Virtualmente todas las normas y las tradiciones son impuestas por fuerzas externas; es decir, que provienen de algo o alguien que se encuentra fuera de ti mismo. Si estás recargado de “debes” y eres incapaz de romper con los convencionalismos prescritos por los demás, entonces quiere decir que estás en el grupo de los “externos”.
La actitud de una paciente que vino a verme hace poco es un excelente ejemplo de este tipo de pensamiento externamente dirigido. La llamaremos Bárbara. Su mayor problema era la obesidad, pero también tenía una cantidad de pequeñas carencias y conflictos. Cuando empezamos a hablar de su problema de exceso de peso, ella me dijo que siempre había sido demasiado gorda porque tenía un problema de metabolismo y porque su mamá la había obligado a comer cuando pequeña. El cuadro de sobrealimentación continuaba en la actualidad, me dijo ella, porque su marido no se ocupaba de ella y sus niños eran muy desconsiderados. Ella lo había probado todo, dijo (“Vigilantes del Peso”, píldoras, una serie de médicos especialistas en dietética, incluso la astrología). El tratamiento conmigo de psicoterapia sería su última tentativa. Si yo no lograba hacerla perder peso, me dijo, nadie lo lograría.
Tal como Bárbara contaba su historia y analizaba su propio dilema, no me sorprendió que no pudiera perder aquellos kilos indeseables. Todo y todos conspiraban contra ella: su madre, su marido, sus niños, incluso su propio cuerpo y las estrellas. El “Vigilante del Peso” y los médicos especialistas podían ayudar a personas menos problemáticas, pero en el caso de Bárbara, las desventajas eran demasiado grandes.
Bárbara era un ejemplo clásico de pensamiento externo. Su madre, su marido, sus hijos y una parte incontrolable de su propio cuerpo eran los responsables de su gordura. Ésta nada tenía que ver con sus propias elecciones de comida, de comer demasiado ciertos alimentos y en ciertos momentos. Además, sus tentativas para aliviar esta situación eran dirigidas hacia el exterior así como también lo eran sus percepciones del problema en sí. En vez de reconocer que era ella la que había elegido comer demasiado en el pasado y que tendría que aprender a hacer nuevas elecciones si quería perder peso, Bárbara recurría a otra gente u otras cosas, las convenciones aceptadas por la sociedad para los casos de necesidad de pérdida de peso. Cuando todos sus amigos optaron por ir a los “Vigilantes del Peso”, Bárbara fue también. Cada vez que uno de sus amigos descubría un nuevo médico especialista en problemas de obesidad, Bárbara era la primera en acudir a él para pedirle ayuda.
Al cabo de varias semanas de tratamiento, Bárbara empezó a reconocer que su infelicidad y sus problemas eran producto de sus propias elecciones y no de las actitudes de los demás. Empezó reconociendo que simplemente comía demasiado, más de lo que realmente quería algunas veces y que no hacía suficiente ejercicio. Como primera medida, decidió cambiar sus hábitos alimenticios exclusivamente con autodisciplina. Aprendió que podía manipular su propia mente y eligió hacerlo. Decidió que la próxima vez que tuviera hambre se gratificaría a sí misma con pensamientos sobre su propia fuerza interior en vez de comerse una galleta. En vez de echarles la culpa a su marido e hijos por comer demasiado, impulsada a ello por lo mal que la trataban, empezó a ver que se había estado haciendo la mártir durante años, implorándoles virtualmente para que la explotaran. Desde que Bárbara empezó a exigir que la trataran bien, descubrió que su familia estaba deseando hacerlo, y en vez de buscar consuelo en la comida, encontró gratificación y plenitud en relaciones basadas en amor y respeto mutuos.
Bárbara decidió incluso pasar menos tiempo con su madre quien, a su entender, dominaba su vida arruinándola con un exceso de comida. Cuando Bárbara reconoció que su madre no la dominaba y que podía verla cuando quisiera, no cuando su madre decía que debía hacerlo, e igualmente que ella no tenía que comerse ese trozo de pastel de chocolate simplemente porque su madre decía que debía comérselo, empezó a disfrutar de los momentos que pasaban juntas en vez de molestarse.
Finalmente Bárbara se dio cuenta de que la terapia no tenía nada que ver con nada que estuviera fuera de ella misma. Yo no podía cambiarla. Ella tenía que cambiarse a sí misma. Esto tomaría su tiempo, pero gradualmente, con gran esfuerzo, Bárbara cambió sus “debes” externos por normas internas basadas en su propio criterio. Ahora no sólo está más delgada, sino que es también más feliz. Ella sabe que no es feliz por su marido, ni por sus hijos, ni por su madre ni por las influencias astrales. Sabe que se lo debe a sí misma pues ahora es ella quien controla su propia mente.
Los fatalistas, los deterministas y la gente que cree en la suerte están en el grupo de los externos. Si tú crees que tu vida ha sido planificada para ti de antemano, y que sólo necesitas caminar por los caminos adecuados, quiere decir que estás bien provisto de todos los “debes” que sirven para mantenerte dentro de tu mapa de caminos previamente trazados.
Nunca lograrás tu propia realización si persistes en dejarte controlar por fuerzas externas o si persistes en pensar que eres controlado por fuerzas externas. El ser eficiente y positivo no implica la eliminación de todos los problemas que se te presentan en la vida. Lo que sí implica e importa es el mover el locus de control del exterior al interior. De esa manera te responsabilizas tú mismo personalmente de todo lo que experimentas emocionalmente. Tú no eres un robot que manejas tu vida por control remoto, un control lleno de reglas impuestas por otras personas y por reglamentos que no tienen sentido para ti. Tú puedes analizar más detenidamente estas “reglas” y empezar a ejercitar un control interno sobre tu propio pensamiento, tus propios sentimientos y tu propio comportamiento.
La culpabilidad y el “culto al héroe”:
puntos extremos del comportamiento orientado hacia el exterior
Echar la culpa a los demás es una artimaña muy práctica cuando no quieres asumir la responsabilidad de algo que pasa en tu propia vida. Es el refugio de la gente orientada hacia el exterior.
Todo tipo de culpabilización es una pérdida de tiempo. Por más fallas que tenga el otro y por más culpa que tenga de lo que a ti te sucede, tú mismo no cambiarás. Lo único que hace la culpabilización es alejar la atención de ti cuando buscas razones externas para explicar tu infelicidad o frustración. Pero la culpa en sí misma es una necedad. E incluso si algún efecto puede tener la culpabilización no será sobre ti. Puedes lograr que la otra persona se sienta culpable por algo al echarle la culpa de ello, pero no lograrás cambiar lo que hay en ti que te está haciendo infeliz.
Puedes lograr no pensar en ello, pero no lograrás cambiarlo.
La tendencia a situar en los demás los propios problemas puede conducir al extremo opuesto cuando sale a la superficie como el culto al héroe; o sea una exagerada admiración por otra persona. En este caso, te puedes encontrar mirando a los demás para determinar tus propios valores.
Si fulanito de tal lo hace, pues yo también debo hacerlo. El culto al héroe es una forma de autorrepudio. Hace que los otros sean más importantes que tú y condiciona tu propia realización a algo exterior a ti. Si bien no hay nada autofrustrante en apreciar y admirar a los demás y sus logros y talentos, esta actitud se puede convertir en una zona errónea cuando tú modelas tu comportamiento en el patrón de los demás.
Tus héroes son seres humanos. Todos son seres humanos. Cada día hacen las mismas cosas que tú. Les pica donde a ti te pica; por la mañana tienen mal aliento igual que tú. (El único héroe bueno es un bocadillo de jamón y queso o posiblemente unas berenjenas a la parmesana.) Con los demás malgastas tus esfuerzos.
Ninguno de los grandes héroes de tu vida te han enseñado nada. Y no son mejores que tú en nada. Políticos, actores, atletas, estrellas de rock, el jefe, el terapeuta, el profesor, tu cónyuge o cualquier otro, son simplemente muy capaces en lo que hacen, nada más. Y si tú los conviertes en héroes y los encumbras a posiciones que están por encima tuyo, es porque estás dentro de la “bolsa externa,” de los que les atribuyen a los demás la responsabilidad de las cosas buenas que les pasan y sienten.
Si en un extremo, echas la culpa a los demás, y por el otro, practicas el culto al héroe, quiere decir que te encuentras situado en alguna parte de la línea que podríamos llamar la línea del enfocar en los demás.
Culpar_____________________________________________________Culto al héroe
L.L.D.E.E.L.D.
Te estás portando como un tonto si buscas fuera de ti mismo la explicación de cómo te debes sentir o qué cosas debes hacer. Darte el crédito de lo que haces y asumir su responsabilidad representa dar el primer paso para eliminar esta zona errónea. Sé tú mismo tu propio héroe.
Cuando logres salir del comportamiento culpabilizador o del culto al héroe, entonces empezarás a trasladarte del lado exterior del andamio al interior.
Y en el lado interior, no existen “debes” universales, ni para ti ni para los otros.
La trampa de lo correcto contra lo incorrecto
En este caso, la cuestión de lo correcto contra lo incorrecto no tiene nada que ver con la religión, ni con planteamientos filosóficos o morales de un bien o un mal apriorístico. Ése es un tema que debe discutirse en otro contexto. Aquí, lo que importa eres tú, el tema de la discusión eres tú y cómo tus conceptos del bien y del mal se interponen en tu propia felicidad. Tus bien y mal son tus “debes” universales. Quizás has adoptado posturas no sanas como por ejemplo que lo correcto incluye lo bueno y lo justo, mientras que lo incorrecto es malo e injusto. Esto es una tontería.
El bien y el mal en este sentido no existen. La palabra correcto implica una seguridad, una garantía, de que si haces algo de cierta manera el resultado será necesariamente positivo. Pero no hay garantías. Puedes empezar a pensar en el sentido de que cualquier decisión que tomes puede traerte algo diferente, o más efectivo o legal, pero en el momento en que empieza a ser una cuestión de bien contra mal, caes en la trampa de “Yo siempre tengo que hacerlo bien o tener razón y cuando no me van bien las cosas o no me va bien con la gente, me deprimo y soy infeliz”.
Quizá parte de tu necesidad de encontrar la respuesta apropiada tenga que ver con la búsqueda de la seguridad que tratamos en el capítulo sobre el miedo a lo desconocido. Ésta puede ser una parte de tu tendencia general a dicotomizar, o a dividir el mundo ordenadamente en extremos como blanco/negro, sí/no, bueno/malo y bien/mal. Son pocas las cosas que caben dentro de estas categorías y la mayoría de la gente inteligente ambula por zonas grises, posándose rara vez en la zona blanca o en la negra. Esta proclividad a tener la razón, a estar bien, es muy evidente en el matrimonio y en otras relaciones adultas. Las discusiones se convierten casi inevitablemente en competiciones que dan como resultado que uno de los involucrados tenga la razón y sea el correcto y que el otro esté equivocado y sea incorrecto. Es muy común escuchar frases como: “Tú siempre crees que tienes la razón,” o “Nunca reconocerás que estás equivocado”.
Pero aquí no se trata de razón o sinrazón, de bien o mal. Las personas son diferentes y ven las cosas desde perspectivas diferentes. Si una persona tiene forzosamente que tener la razón, el único resultado posible de su relación con los demás es de crisis o ruptura en la comunicación.
La única manera de salirse de esta trampa es dejar de pensar de esa manera errónea de bien contra mal. Como le expliqué a Clifford, que discutía a diario sobre todos los temas posibles con su mujer: “En vez de tratar de convencer a tu mujer de lo equivocada que está, ¿por qué no conversas simplemente sobre temas que no impliquen “debes” de parte de ella o que esté de acuerdo contigo desde tu punto de vista? Si le permites ser diferente a ti, eliminarás las discusiones incesantes en las que porfiadamente, vale decir frustradamente, pretendes tener la razón”.
Clifford logró deshacerse de esta necesidad neurótica y al mismo tiempo, el amor y la comunicación volvieron a su matrimonio. Todos los bien y los mal de cualquier índole representan otros tantos “debes” de una u otra especie. Y los debes se entrometen en tu camino, especialmente cuando entran en conflicto con las necesidades de las demás personas de tener los suyos también.
La indecisión como factor desencadenante
del pensamiento en términos de bien y mal
Una vez le pregunté a un paciente si le costaba tomar decisiones y él dijo:
“Bueno, sí y no”. Quizás a ti te cueste tomar decisiones incluso para asuntos triviales. Ésta es una consecuencia directa de la tendencia a dividir las cosas en categorías de bien y de mal. La indecisión proviene de querer tener razón, de hacerlo bien; y el posponer la elección te impide enfrentarte con la ansiedad que escoges sentir cada vez que te equivocas. Cuando hayas logrado eliminar el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto de cada decisión (porque el tener razón o estar bien implica una garantía) entonces te será facilísimo tomar decisiones. Si estás tratando de decidir a qué universidad irás a estudiar, corres el riesgo de quedarte inmovilizado para siempre, incluso después de haber tomado la decisión, porque quizá no era la correcta. Más bien opta por: “No hay universidades perfectas. Si escojo A, tales serán las consecuencias más probables, mientras que B, posiblemente, me brindará estas otras”. Ninguna de las dos es la justa, la perfecta, simplemente una es distinta de la otra y ninguna de las dos te ofrece garantías totales, como tampoco si la elección está entre A, B o Z. Igualmente puedes disminuir tu tendencia neurótica a la indecisión pensando que los posibles resultados no serán ni buenos ni malos, ni correctos o incorrectos, ni siquiera mejores o peores. Simplemente serán diferentes. Si te compras este vestido que te gusta, es así como te verás, lo que sólo es diferente de (no mejor que) el ponerte ese otro vestido. Cuando logres abandonar esos equivocados y autodestructivos bien y mal, te darás cuenta de que tomar una decisión es simplemente una cuestión de pensar cuáles son las consecuencias que prefieres en un momento presente determinado. Y si empiezas a optar por arrepentirte en vez de tomar una decisión, en vez de decidir que el arrepentimiento es una pérdida de tiempo (porque te mantiene viviendo en el pasado), simplemente habrás podido tomar una decisión distinta en tu próximo momento presente, decisión que tendrá consecuencias que la decisión anterior no logró aportar. Pero todo esto debe hacerse sin tratar de enmarcar esas decisiones dentro de las categorías de bien y de mal.
Nada es más importante que cualquier otra cosa. El niño que en la playa recoge conchas de mar para su colección no hace nada ni mejor ni peor que lo que hace el presidente de General Motors cuando toma una decisión importante para la marcha de la compañía. Son cosas diferentes y nada más.
Tal vez creas que las ideas equivocadas son malas y que no se deben expresar, mientras que se deben apoyar y alentar las ideas que se consideren buenas o correctas. Tal vez, con tus amigos, con tu cónyuge o con tus niños, digas: “Si algo no se expresa correctamente o no se hace bien, no vale la pena expresarlo o hacerlo”,. Pero es aquí donde acecha el peligro. Esta actitud autoritaria puede conducir a la formación de un estado totalitario cuando alcanza proporciones nacionales e internacionales. ¿Quién decide lo que está bien? Ésta es la pregunta que nunca se puede contestar satisfactoriamente. La ley no decide si algo está mal, sólo si es legal. Hace más de un siglo John Stuart Mill en On Liberty (Sobre la libertad), declaró:
Nunca podemos estar seguros de que la opinión que tratamos de acallar sea una opinión falsa; y si estuviéramos seguros, también sería incorrecto acallarla.
Tu eficacia no se mide por tu capacidad de elección. La manera en que te manejas emocionalmente después de haber hecho cualquier elección es el mejor barómetro de tu entereza en el momento presente ya que una elección apropiada implica esos “debes” que estás tratando de eliminar. El pensar de una manera nueva será útil en dos sentidos: uno, eliminarás esos “debes” inútiles y te convertirás en una persona más volcada hacia el interior; y dos, encontrarás que es menos dificultoso tomar decisiones sin esas categorías erróneas de bien y de mal.
La insensatez de los “debes” y “deberías”
Albert Ellis acuñó una palabra muy precisa para designar la tendencia de incorporar los “debes” a tu vida. Es la “deberización” (“musterbation”). Deberías siempre que actúas como sientes que debes hacerlo aunque prefieras otra forma de comportamiento.
Los debes y deberías siempre producen una sensación de tensión que aumenta a medida que la persona trata de actualizar sus “debes” dentro de su comportamiento… Más aún, debido a la externalización del proceso, los “debes”, siempre contribuyen a perturbaciones en las relaciones humanas de una u otra manera.
¿Acaso los “debes” determinan gran parte de tu vida? Sientes que debes ser amable con tus colegas, apoyar a tu cónyuge, ayudar a tus niños y trabajar mucho siempre? Y si alguna vez fallas en alguno de estos “debes” te enfadas contigo mismo y por ello asumes las molestias y la tensión o tirantez a la que alude Karen Horney? Pero quizás éstos no son tus “debes”. Si, de hecho, pertenecen a otros y tú simplemente los has tomado prestados, entonces te estás “deberizando”.
Existe la misma cantidad de “debes”, que de “no debes”. Éstos incluyen los: no debes ser grosero, tonto, necio, infantil, lascivo, sombrío, agresivo, malhumorado, y muchos más. Pero no tienes que “deberizarte”. Nunca jamás. No pasa nada si no guardas la compostura o no entiendes. Te es permitido no tener dignidad si así lo escoges. Nadie te está Llevando la cuenta ni nadie te va a castigar por no ser algo que otra persona dijo que deberías ser. Por lo demás, nunca puedes ser nada que no quieras ser, todo el tiempo. Simplemente no es posible. O sea que cualquier “debe” te producirá tensiones puesto que no podrás realizar tus expectativas erróneas. Lo que produce tensión no es tu comportamiento indiscreto, indigno, intolerante o lo que sea, sino la imposición de los “debes”.
La etiqueta como un “debes”
La etiqueta es un buen ejemplo de esculturización inútil y malsana. Piensa en todas esas pequeñas normas absurdas que te han impulsado a aceptar simplemente porque unos especialistas en buenos modales así lo decidieron. Coma el pollo de esta manera; espere siempre a que la anfitriona empiece a comer antes de empezar; al hacer las presentaciones presente el hombre a la mujer y no al revés; en las bodas, siéntese en tal sitio determinado en la iglesia; dé tal propina; vístase así; exprésese de tal manera. No se consulte a sí mismo; búsquelo en el libro. Si bien los buenos modales son muy convenientes (significan consideración por la demás gente), como el noventa por ciento de todas las normas de etiqueta, en realidad son reglas sin sentido que fueron pensadas arbitrariamente en un momento dado. No existe una manera apropiada para ti; sólo lo que tú decides es lo apropiado para ti, siempre que no les compliques las cosas a los demás o se las dificultes. Puedes ser tú quien escoja cómo vas a presentar a la gente, qué propina vas a dar, qué es lo que te vas a poner, cómo vas a hablar, dónde te vas a sentar, cómo vas a comer, basándote estrictamente en lo que tú quieras. Cada vez que caigas en la trampa del “¿Cómo me debo vestir para esta ocasión?” o “¿Cómo tendré que hacerlo?” estarás cediendo una parte de ti mismo. Yo no trato aquí de impulsarte a ser un rebelde social ya que ésa sería una de las formas de búsqueda de aprobación por medio de un comportamiento inconformista. Estoy tratando más bien de pedirte que el desarrollo cotidiano de tu vida sea dirigido y orientado por ti mismo y no por los demás. Ser leal a ti mismo quiere decir que no tienes necesidad de un sistema exterior de apoyo.
La obediencia ciega a las normas y las reglas
Algunos de los comportamientos humanos más despreciables de que se tenga conocimiento tuvieron como pretexto la obediencia a órdenes superiores. Los nazis ejecutaron a seis millones de judíos y asesinaron y maltrataron a varios otros millones de ellos porque así lo mandaba la “Ley”. Más tarde, después de la guerra, la responsabilidad por estos actos de barbarismo fue siendo trasladada rápidamente hacia la cúspide de la jerarquía del poder nazi hasta llegar al punto en que en toda Alemania, la única gente a la que se le podía achacar estos horribles crímenes eran Hitler y sus principales secuaces. Los demás, todos los demás, simplemente habían obedecido las órdenes y la ley del Tercer Reich.
En Suffolk, Nueva York, un portavoz del distrito explicó hace no mucho tiempo por qué la gente a la que equivocadamente se le había cobrado de más en el rubro de Impuestos a la Propiedad no podría recuperar su dinero. “La ley dice que las facturas de Impuestos pasados no pueden ser revaluadas después de que se han pagado. Esa es la ley. Yo no puedo evitarlo. Yo estoy aquí, en este cargo, para hacer cumplir la ley, no para interpretarla.”
Realmente, en otro tiempo y en otro lugar, este señor hubiera sido un excelente verdugo. Pero ya conoces el refrán. Lo oyes todos los días. No pienses, obedece los reglamentos incluso si son absurdos.
La mayoría de las normas que se imponen en las piscinas públicas, canchas de tenis y otros sitios públicos por el estilo, no tienen sentido.
Hace poco, una tarde en que hacía mucho calor, le pregunté a un grupo de niños que estaban sentados alrededor de una piscina obviamente deseando bañarse, por qué se quedaban en el borde si en la piscina no había nadie.
Me contestaron que estaba reservada para los adultos entre las 6:00 y las 8:00. Tal era el reglamento y a pesar del hecho de que en ese momento no había ningún adulto que quisiera bañarse, el reglamento que les prohibía usarla seguía en vigor. Simplemente se trataba de la obediencia ciega a los reglamentos, que en esos momentos no tienen una razón lógica sin flexibilidad, sin la posibilidad o habilidad para cambiarlos cuando las circunstancias lo justificaran. Cuando yo los animé a que trataran de modificar el reglamento, recibí una llamada de la dirección diciendo que yo estaba fomentando una insurrección.
Uno de los mejores ejemplos de este tipo de acatamiento ciego a los reglamentos (por más tontos que éstos sean), puede encontrarse en la vida castrense. Un colega mío relata un ejemplo excelente de este tipo de mentalidad. Cuando estuvo de servicio con las Fuerzas Armadas en Guam, en el Pacífico Sur, le llamó mucho la atención la facilidad y voluntad con que muchos de los soldados y oficiales cumplen muchos reglamentos absurdos. En el recinto donde se Llevaban a cabo las funciones de cine al aire libre había una zona bajo techo con bancos rojos reservada a los oficiales.
Durante las sesiones de medianoche, a las que nunca iban los oficiales, había siempre un soldado de guardia para vigilar que nadie se sentara en esos bancos rojos. Todas las noches se podían ver grupos de soldados sentados a la intemperie, a veces mojándose bajo la lluvia, mientras que uno de sus compañeros vigilaba los bancos rojos vacíos para garantizar el cumplimiento de esta regla. Cuando mi colega preguntó por qué se mantenía esa absurda política, recibió la respuesta de siempre: “Yo no he hecho las reglas; yo sólo me ocupo de que se cumplan”.
Herman Hesse dijo en Demian:
Los que son demasiado perezosos o comodones como para pensar por sí mismos y ser sus propios jueces, obedecen las leyes. Otros sienten sus propias leyes dentro de ellos mismos; éstas les prohíben cosas que cualquier hombre honesto haría cualquier día del año y les permiten otras cosas que suelen considerarse despreciables. Cada persona debe pararse sobre sus propios pies.
Tu destino será vivir una vida de servidumbre emocional si tienes que acatar las leyes y las reglas todo el tiempo. Pero nuestra cultura nos enseña que es malo desobedecer, que no debes hacer nada que vaya en contra de los reglamentos. Lo importante es determinar por ti mismo cuáles son las normas que funcionan, y cuáles pueden romperse sin perjudicar a los demás ni a ti mismo. El rebelarse por rebelarse no produce beneficios pero son muchas las recompensas que se derivan de ser tu propia persona, tú mismo y de vivir tu vida de acuerdo a tus propias normas.
Sobre la conveniencia de negarte a seguir las tradiciones
y aceptar la enculturización cuando éstas tienen un efecto negativo sobre tu persona
El progreso, tanto el tuyo propio como del mundo, depende de la gente irracional y no de la gente que se adapta a la sociedad y acepta todo lo que se pone en su camino. El progreso depende de seres que son innovadores, que rechazan los convencionalismos y modelan sus propios mundos. A fin de pasar de la aceptación a la acción, tendrás que aprender a resistirte a la enculturización y a las influencias que te presionan para que te sometas.
Para poder funcionar plenamente, la resistencia a la enculturización es una condición casi indispensable. Puede que algunos te consideren un insubordinado y ése es el precio que tendrás que pagar por el hecho de pensar por ti mismo. Es muy posible que piensen que eres diferente, que te consideren un egoísta o un rebelde, que mucha gente considerada “normal” te critique, o incluso, que a veces te aíslen y excluyan. Mucha gente no aceptará de buen grado tu resistencia a las normas que ellos han adoptado para sí mismos. Tendrás que oír el viejo argumento: “¿Qué pasaría si toda la gente decidiera obedecer únicamente lo que se les antoje? ¿Qué sociedad tendríamos entonces?”. La contestación a esto, muy simple por cierto, es que la mayor parte de la gente no lo hará. La propensión de la gente a confiar en apoyos externos y en “debes” impuestos prohíbe este tipo de actitud generalizada.
Lo que aquí discutimos no tiene nada que ver con la anarquía. Nadie quiere destruir la sociedad, pero muchos de nosotros quisiéramos darle al individuo más libertad dentro de ella, liberarla de “debes” sin sentido y de tontos “deberías”.
Incluso las leyes y reglas más sensatas no son aplicables en todo tipo de circunstancias. Lo que estamos tratando de lograr es la posibilidad de elección, esto es, la posibilidad de liberarse de la mentalidad servil que impulsa a acomodarse constantemente a los “debes”. Uno no tiene que ser siempre como espera que uno sea el ambiente cultural que nos rodea. Si tú eres así y te sientes incapaz de ser de otra manera, quiere decir que eres de veras un “seguidor”, uno de los del rebaño que permite que los demás determinen su camino. Vivir tu propia vida implica flexibilidad y repetidas evaluaciones personales acerca del funcionamiento apropiado de las normas en algún momento presente específico. Es cierto que a menudo es más fácil seguir, más fácil hacer ciegamente lo que te mandan, pero cuando te das cuenta de que la ley está para servirte a ti, y no para hacer de ti un sirviente, entonces podrás empezar a eliminar el comportamiento “deberizador”.
Si quieres aprender a oponer resistencia a la enculturización, tendrás que aprender a ignorar muchas cosas. Otros seguirán eligiendo obedecer aunque esto les perjudique; y tú tendrás que aprender a respetar su elección sin irritarte. Uno de mis colegas estaba en la Marina, de servicio en un acorazado portaaviones estacionado en San Francisco en la época en que el presidente Eisenhower estaba en una gira política por el norte de California. Se ordenó a la tripulación que formara de manera tal que desde el helicóptero donde viajaba el presidente se pudiera leer la frase HI (hola) IKE como mensaje de saludo. Mi amigo decidió que la idea era delirante, y decidió no hacerlo, porque el hecho iba en contra de todo lo que él creía y de su actitud ante la vida. Pero en vez de organizar una revuelta, simplemente se fue aquella tarde, y dejó que todos los demás participaran en este humillante ritual. Pasó por alto su oportunidad de ponerle un punto a la i en HI. No hizo sentirse mal ni trató de humillar a los que habían escogido otra actitud, no se embarcó en peleas inútiles. Simplemente se encogió de hombros y dejó que los demás siguieran su camino.
La resistencia a la enculturización significa tomar tus propias decisiones y llevarlas a cabo lo más eficiente y serenamente posible. Nada de bombos y platillos o demostraciones hostiles que no surtirán ningún efecto. Los reglamentos tontos, las tradiciones y políticas necias no desaparecerán jamás, pero tú no tienes forzosamente que ser parte de ellas.
Simplemente encógete de hombros mientras los otros siguen a las ovejas del rebaño. Si ellos quieren comportarse de esa manera, está muy bien para ellos, pero no para ti. Armar un lío es casi siempre la mejor manera de atraer la ira y crearte obstáculos. Todos los días te encontrarás con muchas oportunidades en que será más fácil evitar sencillamente las reglas en vez de organizar un movimiento de protesta. Tú puedes decidir el tipo de persona que tú quieres ser, o la que los demás quieren que seas. Esto depende de ti.
Virtualmente todas las ideas que han producido cambios en nuestra sociedad fueron en uno u otro momento rechazadas desdeñosamente y muchas de ellas fueron también ilegales. Todo progreso implica una oposición violenta, pues es un insulto a los viejos reglamentos que ya no tienen vigencia. La gente ridiculizó a los Edison, Henry Ford, Einstein y Wright, hasta que éstos triunfaron. Tú tendrás también que enfrentarte con desprecios y desdenes cuando empieces a oponerte a las reglas y políticas sin sentido.
Algunos típicos comportamientos del “debería”
Si pasáramos lista a los comportamientos del “debería”, en nuestra cultura, podríamos llenar libros enteros. He aquí un muestrario de los ejemplos más comunes:
• Creer que hay un lugar para cada cosa y que cada cosa debe estar en su lugar. El síndrome de la organización significa que te sientes incómodo cuando las cosas no están en el lugar que les han asignado.
• Preguntar: “¿Cómo debo vestirme para esta ocasión?” de forma regular, como si hubiera una sola manera apropiada de vestirse y ésta fuera determinada por otra gente. Los pantalones blancos y los colores pasteles se llevan sólo en el verano; la lana es siempre un material invernal. Hay muchos otros debes similares “controlados por las estaciones”, que se infiltran en tu vida. (En Hazeai, James Michener describe a los nativos de Nueva Inglaterra que se iban a vivir a Hawai que tiene un clima tropical y cuando llegaba el mes de octubre, aunque aún hiciera 40º C de calor, sacaban su ropa de invierno y andaban incómodamente vestidos durante seis meses… ¿Por qué? Porque así debía ser.) Ser esclavo de los dictados de los críticos de la moda y usar sólo lo que “Se usa”, porque, después de todo, tienes que estar a tono.
• Aceptar las afirmaciones de que ciertas bebidas van con ciertas comidas; que con el pescado y las aves hay que beber vino blanco; que el vino tinto es apropiado sólo para la carne. Estar encerrado en las reglas de alguna persona que ha decidido qué hay que comer y con qué.
• Trasladar la culpa de tus actos a otras personas. “En realidad la culpa es de ella; por ella llegamos tarde.” “No me culpes a mí, él es quien lo hizo.”
• Tener que asistir a una boda a la que te han invitado y enviar un regalo aunque no te gusten los novios. Simplemente no desechar las invitaciones aunque quisieras hacerlo. Puede fastidiarte el hecho de comprar el regalo pero lo haces de todos modos porque así es como deben ser las cosas. Del mismo modo, asistir a un entierro al que preferirías no ir, pero lo haces porque eso se espera de ti. Tienes que concurrir a estas funciones formales para demostrar que compartes un sufrimiento, o sientes respeto o cualquiera de las emociones apropiadas.
• Asistir a servicios religiosos que te disgustan y en los que no crees porque es lo que se espera de ti y tú quieres hacer lo que se considera apropiado.
• Darles títulos a los que te sirven, lo que por implicación los encumbra a una posición más elevada que la tuya. ¿Cómo llamas a tu dentista? Si le llamas doctor, ¿se trata sólo de un título vocacional? ¿Acaso dices carpintero Jones, o fontanero Smith? Si es por respeto a su posición, ¿qué es lo que te hace pensar que su posición es más elevada que la tuya? Si se le paga para que te sirva, ¿por qué te diriges a él por un título y él a ti por tu nombre ?
• Irte a la cama cuando es hora de dormir y no cuando estás cansado.
• Tener relaciones sexuales de sólo una o dos maneras, porque ésas son las únicas formas aceptables, o participar en actividades sexuales sólo cuando las circunstancias son apropiadas, como por ejemplo que los niños estén dormidos, que no estés cansado, que la habitación esté oscura, que estés en tu propia cama y así por el estilo.
• Seleccionar roles en el diario vivir porque la cultura lo impone o demanda. Las mujeres friegan los platos, los hombres sacan la basura. El trabajo de la casa es para la esposa; el trabajo afuera es para el marido. Los niños hacen esto; las niñas lo otro.
• Obedecer una serie de tontas reglas y tradiciones domésticas que no funcionan para tu familia, como pedir permiso para levantarse de la mesa, el que todos coman al mismo tiempo o a la misma hora cuando en realidad es más incómodo hacerlo de esa manera; irse a dormir con un horario injustificado.
• Seguir las normas impuestas por todos los carteles de señales aunque no tengan sentido. ¡No hablar! ¡No pasar! ¡No a cualquier cosa! Sin jamás desafiar los dictados de una señal, o siquiera atreverse a pensar que esa señal no tiene por qué estar allí en primer lugar. La gente hace las señales y la gente también se equivoca.
• Por ley.
• Comer todos los domingos en casa de mamá, aunque preferirías no hacerlo. Después de todo, es una tradición y si a todos no les gusta, incluyendo a mamá, hay que preservar la tradición.
• Al leer un libro, empezar siempre por la primera página y leerlo entero hasta el final, a pesar de que gran parte de él no te interese o no te sirva. Terminar un libro que no te gusta simplemente porque has llegado a la mitad, y, si has leído la mitad, tienes que leerlo todo.
• Que las mujeres no inviten nunca a los hombres a salir. Después de todo, ése es el papel del hombre. O no empezar nunca una conversación telefónica, o abrirle la puerta a un hombre, o pagar la cuenta, o seguir muchas tradiciones absurdas por el estilo que no sirven para nada en realidad.
• Mandar tarjetas de felicitación por Navidades y Fiestas cuando te molesta hacerlo. Hacerlo porque siempre lo has hecho y porque es lo que se espera de ti.
• Tratar de sacar buenas notas en los estudios o forzar a tus hijos a que las saquen. Aprender y estudiar no para tu propia satisfacción sino por los símbolos que eventualmente aparecerán en el diploma.
• Preguntarse siempre “¿Será ella/él la persona apropiada para mí?” y andar siempre atormentado en busca de la persona adecuada.
• Ir a todas partes con tu pareja porque así se supone que tiene qué ser aunque ambos prefieran estar en sitios diferentes en un momento dado.
• Consultar siempre con uno de esos libros que explican cómo hacer las cosas, porque cada cosa, cada trabajo debe hacerse de cierta manera. No poder diferenciar entre los manuales que proporcionan información útil y los que simplemente te dicen cómo tendrían que ser las cosas.
• Si será éste el vestido apropiado, el sombrero, el automóvil, el aliño de ensalada, canapé, libro, universidad, trabajo, etc. Buscar siempre ansiosamente el elemento apropiado cayendo atrapado en esa bolsa de indecisión y duda.
• Darle mayor importancia a las recompensas, títulos, honores y a todos los emblemas honoríficos que a tu propia evaluación de lo que has logrado y haces.
• Decir: “¡Yo no podría ser nunca tan grande como…!”
• Aplaudir en un teatro cuando no te gustó la función.
• Dar propina cuando has sido mal atendido.
• Comportamientos del tipo de los fanáticos del deporte, enloqueciéndote por el triunfo o fracaso de tu equipo favorito, y vivir como de prestado a través de los logros o falta de logros de los atletas.
Una ojeada a algunas de las retribuciones
más comunes de la “deberización”
Algunas de las razones que tienes para aferrarte a tus “deberías” van detalladas más abajo. Estas retribuciones o compensaciones, como todas las que brindan las zonas erróneas, fundamentalmente son autodestructivas pero también es cierto que constituyen en sí mismas un cierto tipo de sistema de apoyo:
• Puedes disfrutar el hecho de ser “un buen chico” o “una buena chica,” cuando aceptas todos los “deberías”. Puedes darte palmaditas en la espalda a ti misma por ser obediente. Este dividendo es regresivo ya que por su intermedio, regresas a un período anterior de desarrollo cuando se te recompensaba con unas buenas dosis de aprobación cada vez que te portabas bien, lo que significaba depender de que otra persona establezca tus normas de conducta.
• Tu sumisión y obediencia al “deberías” exterior te permite atribuirle toda la responsabilidad de tu inacción al “deberías” en vez de asumirla tú mismo. Mientras el “debería” sea la razón fundamental de lo que eres (o no eres), podrás evitar los riesgos que implica el confiar en ti mismo para cambiar. Así pues, tus “deberías” evitan tu crecimiento. Por ejemplo, Marjorie tiene un “debería” en su cabeza, el que las relaciones sexuales prematrimoniales son tabú. Ella tiene treinta y cuatro años y hasta la fecha nunca ha tenido ninguna experiencia sexual debido a este tabú impuesto desde el exterior. Pero Marjorie no tiene paz interior. A ella le gustaría tener una relación sexual y se siente muy insatisfecha consigo misma al respecto. Mas aún, es muy posible que Marjorie no llegue a casarse nunca, y su “debería” (en este caso “no deberías”) le impedirá participar en actividades sexuales durante toda su vida. Cuando se la enfrenta con esta posibilidad, se estremece y sin embargo su “no deberías,” sigue allí. Las actitudes de Marjorie están marcadas por su “debería”. Ni siquiera puede pasar la noche en la misma casa que su acompañante por miedo a la crítica de la gente. Así constantemente tiene que incomodarse, volviendo a la casa de su mamá por la noche por culpa de sus “deberías”.
Aferrándose a este tabú evita el riesgo de probarse a sí misma en una relación de tipo sexual que la asusta. Pero su respuesta es siempre: “No debo hacerlo,”. Está claro que sus “deberías” actúan en contra de su felicidad.
Tus “deberías”, te permiten maniobrar a los demás. Al decirle a un tercero que las cosas se deben hacer de una forma determinada, puedes lograr que lo haga como tú quieres.
• Es más fácil sacar a relucir un “debería” cuando te falta confianza en ti mismo. Al palidecer tu propia imagen, el “debería,” te sirve de baluarte.
• Te es posible seguir estando satisfecho con tu propio comportamiento y mantener vivos tus sentimientos hostiles cuando los demás no encajan en los “deberías” que tienes para ti mismo y para el resto del mundo. De ese modo, mejoras la opinión de ti mismo en tu propia mente a expensas de los demás porque éstos no obedecen las normas establecidas.
• Puedes ganarte la aprobación de los demás adaptándote a lo establecido. Te sientes bien porque te integras, que es lo que siempre te han dicho que debes hacer. La vieja necesidad de búsqueda de aprobación aparece aquí también.
• Mientras tus pensamientos estén enfocados en los demás y mientras vivas a través de tus éxitos y fracasos, no tendrás que trabajar contigo mismo. El tener héroes puede reforzar la pobre opinión que tienes de ti mismo y permitirte evitar el esfuerzo de elaborar tu personalidad. Mientras los responsables de tus buenos momentos sean los héroes, y también de los malos, no hay razón para que seas tú quien asuma las responsabilidades. Tu propia valía es, en este caso, la valía de un tercero; o sea, que es momentánea y transitoria. Depende completamente de esos grandes hombres y mujeres y de cómo actúan para ti.
Algunas estrategias para eliminar algunos de tus “deberías”
Básicamente tu trabajo de limpieza en esta zona implica correr riesgos. ¡Hacer cosas! Decidirte a ser diferente de lo que te han enseñado a ser es lo que te conviene cuando esas reglas ya no funcionan. He aquí algunas tácticas que te serán útiles para salirte de tus hábitos “deberizadores”:
• Empieza echando una ojeada indagatoria y profunda a tu comportamiento. Estudia los dividendos neuróticos de los que hablamos anteriormente. Entonces pregúntate a ti mismo por qué te estás cargando con tantos “deberías”. Pregúntate a ti mismo si realmente crees en ellos, o si simplemente te has acostumbrado a comportarte de esa manera.
• Haz una lista de todas las normas que cumples y respetas y que no te parecen pertinentes. Esos estúpidos comportamientos convencionales de los que tanto te quejas y de los que no te puedes liberar. Luego, haz tus propias “normas de conducta” escogiendo las que tengan más sentido para ti. Anótalas aunque en este momento no te sientas capaz de vivirlas.
• Empieza a crear tus propias tradiciones. Por ejemplo, si siempre has decorado tu árbol de Navidad la víspera de Navidad y prefieres hacerlo tres días antes, empieza una nueva tradición, una tradición que tenga sentido para ti.
• Organiza una reunión de consulta con tus parientes y amigos para discutir las múltiples normas de conducta que todos seguís y que no os gustan o encontráis desagradables. Quizás entonces, podréis formular unas nuevas normas que a todos os parezcan más razonables. Te darás cuenta de que las viejas normas siguen vigentes porque nadie ha pensado seriamente en desafiarlas o en poner en duda su eficacia y actualidad.
• Haz un diario externo/interno. Anota tus referencias “externas” en las que confieres a otros la responsabilidad de lo que tú estás sintiendo.
• Comprueba si puedes trasladarte al lado “interno” con algunos actos de valor. Apunta cuidadosamente tus logros en el esfuerzo de trasladarte al lado “interior”.
• Comprueba cuántas normas les impones a los demás. Pregúntales si realmente necesitan esas directivas o si se comportarían de la misma manera sin ellas. Puede que incluso te des cuenta de que ellos pueden proponer pautas más eficientes y flexibles que las tuyas.
• Corre el riesgo de enfrentarte u oponerte a alguna regla o política que quisieras eliminar. Por ejemplo, si eres mujer y siempre has pensado que una mujer no debe llamar a un hombre para invitarlo a salir y te encuentras sin nada que hacer un fin de semana, llama a algún amigo y ve que pasa. O, Lleva de vuelta a la tienda alguna prenda de vestir que no resultó bien aunque la norma del establecimiento sea no se admiten devoluciones o no se reembolsará el dinero y enfréntate con esta política lo más eficientemente que puedas, alegando que te quejarás a los jefes si fuera necesario. No te dejes guiar por las normas de otros que terminan convirtiéndote en víctima como resultado final.
• Piensa en las decisiones como en actos que provocarán diferentes resultados en vez de actos que están bien o están mal. Al tomar decisiones, elimina la noción de bien y mal y di que cualquiera está bien, sólo que cada una traerá distintas consecuencias. Confía en ti mismo al tomar una decisión en vez de buscar un apoyo externo que te ofrezca alguna garantía.
• Complácete a ti mismo en vez de acatar normas externas.
• Trata de vivir tus momentos presentes y haz tus normas y tus “debería” para esa ocasión solamente. En vez de asumirlos como universales, reconócelos como pertinentes y aplicables sólo a este momento.
• Rehúsa compartir con nadie tu comportamiento antinormativo. Es sólo para ti, y no quieres caer en una posición de búsqueda de aprobación, en la que la razón para resistirse a la enculturización es la de llamar la atención y, por ende, la adulación de los demás.
• Rechaza los roles que tú (y otros) están asumiendo en tu vida. Sé lo que quieres ser, sea lo que sea, en vez de lo que crees que se espera de ti porque eres hombre, mujer, un ser maduro, o lo que sea.
• Niégate en un momento dado de la conversación a hablar de los demás.
• Practica durante períodos cada vez más extensos a no proyectar sentimientos de culpa sobre los demás, o hablar de otra persona, hecho, o idea de modo quejumbroso o culpabilizador.
• Deja de esperar que cambien los demás. Pregúntate a ti mismo por qué han de cambiar simplemente porque a ti te gustaría que así fuera. Reconoce que todas las personas tienen derecho a ser lo que escogen ser, incluso si te irritan siendo así.
• Haz una lista de culpas, detallando todo lo que te disgusta en ti mismo.
Puede parecerse a la siguiente:
• Qué, quién tiene la culpa
• Soy demasiado gordo/a… Sara Lee, mi metabolismo, los restaurantes, mamá, la genética.
• Tengo mala vista. Mis padres, abuelos, Dios, la genética, los estudios.
• Soy fatal para las matemáticas… Mis profesores primarios, hermana, genes matemáticos deficientes, mamá.
• No tengo novio/novia. . . . La fortuna, todos en la escuela son unos monstruos, no me dejan maquillarme.
• Qué es lo que me disgusta de mi y de mi vida
• Soy demasiado alto/a. . . . Los genes, Dios, mamá. Soy desgraciado/a . La situación económica, el divorcio, mis hijos me odian, mi mala salud. Mi pecho es demasiado pequeño .
• Mamá, la genética, los genes, nutrición deficiente de pequeña, Dios, el Diablo. El color de mi pelo . Helena Rubinstein, los genes, mis amigas, el sol.
• La situación mundial me preocupa
• Mis vecinos son odiosos.
• Mis fracasos en el tenis. .
• No me siento bien
• Los presidentes Ford, Nixon, Johnson, etc.; el comunismo, la humanidad.
• El vecindario, “Esa calaña de gente”, las normativas del barrio.
• El viento, el sol, la red está demasiado alta/baja, me distraen, me dan calambres, me duele el brazo/pierna, etcétera.
• Mi metabolismo, la regla, mi médico, la comida, el calor, el frío, el viento, la lluvia, el polen. Lo que sea.
Suma el total de tu cuenta de culpas y constata si eres diferente ahora que has repartido cuidadosamente las faltas y la culpa entre la gente y las cosas que son responsables de tus sentimientos. ¿No es eso ya algo? Sigues siendo exactamente el mismo. Le eches o no la culpa a alguien o a algo, sigues siendo el mismo a menos que hagas algo constructivo para corregir lo que no te gusta. Esto te puede servir como un ejercicio para darte cuenta de lo inútil que resulta culpar a los demás por lo que a ti te pasa.
• Declara en voz alta que acabas de culpar a alguien por algo y que estás trabajando contigo mismo para eliminar este tipo de comportamiento. Al formularlo como una meta a alcanzar estarás atento a los síntomas que demuestren tu tendencia a continuar en esta dirección.
• Decide que toda la infelicidad que escojas será el resultado de tu propio esfuerzo y de tu propio comportamiento y nunca el resultado de las acciones de otra persona. Recuérdate a ti mismo constantemente que cualquier infelicidad proveniente del exterior refuerza tu propia esclavitud, ya que implica que tú no ejerces control sobre ti mismo ni sobre ellos, sino que más bien son ellos los que tienen control sobre ti.
• Cuando alguien te está culpabilizando pregúntale amablemente: “¿Te gustaría saber si yo quiero oír lo que ahora me estás diciendo?”. Esto es, enseña a los otros a no usarte como un receptáculo de culpa, y empieza a clasificar las actitudes culpabilizadoras y echadoras de culpa en la demás gente de modo que puedas aprender a reconocerlas en ti mismo. Puedes hacerlo de una manera que no ofenda como por ejemplo: “Acabas de echarle la culpa a George de lo que sientes. ¿En serio crees que la tiene?”. O: “Siempre dices que si subieran las cotizaciones de la Bolsa, tú serías mucho más feliz. Le das realmente mucha importancia si dejas que controle de ese modo tu vida”. El reconocer en los demás los comportamientos culpabilizadores, las culpas y los “deberías”, te ayudará a eliminar ese comportamiento en ti mismo.
• Consulta las listas de “deberías” que discutimos anteriormente en este capítulo. Trata de cambiar estos viejos hábitos por actitudes y comportamientos nuevos y distintos; quizás una cena a medianoche; cambiando tu posición sexual o poniéndote el vestido que te gusta. Empieza a tener confianza en ti mismo dándoles menos importancia a esos “deberías” externos.
• Trata de recordar que lo que hace la otra gente no es lo que te molesta, sino tu reacción. En vez de decir: “No deben hacer eso”, di: “Me pregunto por qué me molesto con lo que están haciendo”.
Algunos pensamientos finales sobre el comportamiento “deberizador”
En 1838, Ralph Waldo Emerson escribió en Éticas literarias:
Los hombres muelen y muelen en el molino de un axioma y lo único que sale es lo que allí se puso. Pero en el momento mismo que abandonan la tradición por un pensamiento espontáneo, entonces la poesía, el ingenio, la esperanza, la virtud, la anécdota ilustrativa, todo se precipita en su ayuda.
¡Qué pensamiento más hermoso! Sigue con la tradición y siempre serás el mismo, pero tírala por la borda y el mundo será tuyo y podrás usarlo tan creativamente como lo desees, como escojas.
Conviértete en el juez de tu propia conducta y aprende a confiar en ti mismo para tomar las decisiones del momento presente. Deja de buscar en las tradiciones y las normativas de toda la vida la respuesta adecuada.
Canta tu propia canción de felicidad de la manera que escojas cantarla, sin preocuparte ni importarte cómo se supone que debe ser.
La trampa de la justicia
Si el mundo estuviera tan organizado que todo tuviera que ser justo, no habría criatura viviente que pudiera sobrevivir ni un solo día. A los pájaros se les prohibiría comer gusanos, y habría que atender a los intereses personales de todos los seres humanos.
Estamos condicionados a buscar justicia en esta vida; y cuando no lo conseguimos sentimos enfado, ansiedad o frustración. En realidad sería igualmente productivo que buscáramos la fuente de la eterna juventud o algún otro mito por el estilo.
La justicia no existe. Nunca ha existido y jamás existirá. Simplemente el mundo no ha sido organizado de esa manera.
Los gorriones comen gusanos. Eso no es justo para los gusanos. Las arañas comen moscas, lo que no es justo para las moscas. Los jaguares matan coyotes. Los coyotes matan tejones. Los tejones matan ratones. Los ratones matan insectos. Los insectos… No tienes más que observar la naturaleza para darte cuenta de que no hay justicia en este mundo. Los tornados, las inundaciones, los maremotos, las sequías, todas esas cosas son injustas.
Este asunto de la justicia es un concepto mitológico. El mundo y la gente que vive en él son injustos todos los días. Tú puedes escoger ser feliz o ser desgraciado, pero esta elección nada tiene que ver con la falta de justicia que veas a tu alrededor.
Éste no es un punto de vista amargado de la humanidad y del mundo sino que más bien un informe realista sobre lo que es el mundo. La justicia es un mero concepto casi imposible de aplicar, en especial, en lo que se refiere a tus propias opciones de realización y felicidad personales. Pero muchos de nosotros tendemos a exigir que la justicia y equidad sea parte inherente de sus relaciones con los demás. “No es justo.” “Tú no tienes derecho a hacer eso si yo no puedo hacerlo”, y “¿Te haría yo una cosa así a ti?”.
Éstas son las frases que usamos. Queremos justicia y usamos su carencia como justificación para la infelicidad. La exigencia de justicia no es un comportamiento neurótico. Sólo se convierte en zona errónea cuando te castigas a ti mismo con una emoción negativa al no poder ver la justicia que exiges. En este caso el comportamiento autofrustrante no es la exigencia de justicia, sino la inmovilización que puede generar esa realidad sin justicia.
Nuestra cultura promete justicia. Los políticos se refieren a ella en todos sus discursos. “Necesitamos igualdad y justicia para todos.” Sin embargo día tras día, más aún, siglo tras siglo, la falta de justicia continúa. Pobreza, guerras, pestes, crímenes, prostitución, drogas y asesinatos siguen sucediendo generación tras generación tanto en la vida pública como en la privada. Y si la historia de la humanidad puede servirnos de guía, seguirán sucediéndose.
La injusticia es una constante en la vida, pero con la infinita sabiduría, que acabas de adquirir, puedes decidirte a luchar contra esa injusticia y a negarte a quedar inmovilizado emocionalmente por ello. Puedes trabajar para ayudar a extirpar la injusticia y puedes decidir que no te dejarás vencer psicológicamente por ella.
El sistema legal promete justicia. “La gente exige justicia”, y hay personas que incluso trabajan para que así sea, para que haya justicia.
Pero generalmente no sucede. Los que tienen dinero no son condenados. A menudo, los jueces y los policías se venden a los poderosos. Un presidente y un vicepresidente de los Estados Unidos son perdonados o despedidos con una leve reprimenda después de haberse demostrado que eran culpables de actividades delictivas. Los pobres llenan las cárceles y no tienen casi la menor posibilidad de golpear al sistema. No es justo. Pero es cierto. Spiro Agnew se hace rico después de no pagar sus impuestos sobre la renta. Richard Nixon es exonerado y sus cómplices pasan unos pocos meses en las mejores prisiones mientras que los pobres y los miembros de grupos minoritarios se pudren en las cárceles esperando la vista de su causa, esperando una oportunidad. La visita a cualquier tribunal de justicia, o cuartelillo de policía nos demostrará que para los poderosos e influyentes hay reglamentos especiales aunque las autoridades lo nieguen empecinadamente. ¿ Dónde está la justicia? ¡En ninguna parte! Tu decisión de luchar contra ella puede ser admirable, sin duda, pero tu elección de dejarte perturbar por ello es tan neurótica como la culpa, como la búsqueda de aprobación o cualesquiera de los otros comportamientos autoflagelantes que constituyen tus zonas erróneas.
“¡No es justo!”
El lema de las relaciones ineficaces
La sed de justicia puede llegar a infiltrarse en tus relaciones personales y evitar que te comuniques eficientemente con las demás personas. El conocido lema ” ¡No es justo!” es una de las quejas más comunes (y destructivas). Para poder considerar que algo es injusto tienes que compararte con otro individuo o con otro grupo de individuos. Tu mente funciona más o menos así: “Si ellos pueden hacerlo, yo también”. “¡No es justo que tú tengas más que yo!” “Pero si yo no pude hacer eso, ¿por qué lo vas a hacer tú?” En estos casos determinas lo que es bueno para ti basándote en la conducta de otros. Ellos, no tú, están a cargo de tus emociones. Si te sientes perturbado porque no puedes hacer algo que otra gente puede hacer o ha hecho, es porque has dejado que sean ellos los que te controlen. Cada vez que te comparas a ti mismo con cualquier otra persona, estás jugando el juego del “No es justo” y trasladándote desde tu postura de confianza en ti mismo al pensamiento externo dirigido por terceros.
Una de mis pacientes, una joven muy atractiva llamada Judy, es un buen ejemplo de este tipo de pensamiento autodestructivo. Judy llevaba cinco años de casada y se quejaba de que no era feliz en su matrimonio. En una sesión de terapia de grupo, ella hizo una dramatización de una discusión conyugal. Cuando el joven que hacía de marido de Judy, que era agente de seguros, le dijo algo desagradable, Judy inmediatamente le contestó diciendo: “¿Por qué dices eso? Yo nunca te digo cosas así”. Cuando él le mencionó a sus hijos, Judy dijo, “Eso no es justo. Yo nunca mezclo a los niños en nuestras discusiones”. Cuando la interpretación de roles se dirigió hacia los proyectos de una salida nocturna, el razonamiento de Judy fue nuevamente: “Eso no es justo. Tú sales siempre y yo me tengo que quedar en casa con los niños”.
Para Judy, su matrimonio debía funcionar según una lista de comparaciones. Una para ti, otra para mí. Todo tenía que ser parejo y justo. Si yo hago esto de esta manera, tú tienes que hacerlo igual. No es extraño que se sintiera herida y llena de rencores todo el tiempo, más preocupada de ajustar cuentas y reparar injusticias imaginarias que de examinar y quizá mejorar su vida conyugal.
La búsqueda de justicia de Judy era un neurótico callejón sin salida. Ella evaluaba el comportamiento de su marido basándose en su propio comportamiento y su felicidad en base al comportamiento de su marido. Si ella dejara de buscar equidad y hacer cuentas y empezara a tratar de obtener las cosas que quiere sin pretender que sean los demás los que se las brinden, o sea sin tener que depender de los demás, entonces es seguro que sus relaciones podrán mejorar.
El concepto de justicia es un concepto externo; una manera de evitar el hacerte cargo de tu propia vida. En vez de pensar en que las cosas son injustas, puedes decidir lo que realmente quieres, y ponerte a buscar los modos para lograrlo, independientemente de lo que el resto del mundo quiere o hace. El simple hecho es que todas las personas son distintas, y no importa cuánto te quejes y reclames porque los demás tienen más que tú, ya que así no lograrás ningún cambio positivo. Necesitarás eliminar las referencias venidas de fuera y tirar los prismáticos que enfocan lo que hacen los demás. Algunas personas trabajan menos y ganan más dinero. Otras personas mejoran sus posiciones por favoritismos mientras que tú eres más hábil y eficiente. Tu esposo/a y tus niños seguirán haciendo las cosas de una manera diferente a la tuya. Pero si te enfocas a ti mismo en vez de compararte con los demás, te darás cuenta de que no vale la pena molestarte por la falta de equidad y justicia. El telón de fondo de casi todas las neurosis es dejar que el comportamiento de los demás sea más significativo, más importante que el tuyo propio. Si te cargas con frases como “Si él puede hacerlo, yo también…”, vivirás tu vida según lo que piensan los demás y no creándola tú mismo a tu manera.
Los celos: una rama de la “exigencia de justicia”
John Dryden decía que los celos eran “la ictericia del alma”. Si los celos interfieren en tu vida y te producen una inmovilidad emocional, lo que debes hacer es proponerte como meta eliminar este tipo de pensamiento inútil y perjudicial. Los celos son en realidad una manera de exigirle a alguien que te quiera de cierto modo específico y tú dices “No es justo”, cuando no lo hacen. Esto proviene de una falta de confianza en ti mismo, simplemente porque se trata de una actividad dirigida a los otros. Permites que el comportamiento de otra persona te produzca incomodidad emocional. La gente que realmente se quiere a sí misma no opta por los celos ni se deja perturbar cuando alguna otra persona no actúa con justicia.
Nunca podrás predecir cómo reaccionará el ser que amas ante otro ser humano, pero si escoge ser afectuoso o amable, tú sólo puedes experimentar la inmovilidad de los celos si consideras que sus decisiones tienen algo que ver contigo. Eso depende de ti; es tu elección. Si un miembro de una pareja se enamora de un tercero, no es que sea “injusto”, simplemente es. Si le consideras injusto, probablemente terminarás tratando de imaginarte por qué. Un ejemplo perfecto nos lo proporciona una paciente mía que estaba furiosa porque su marido tenía un affaire. La obsesionaba el pensar por qué lo hacía. Se preguntaba constantemente: “¿En qué me equivoqué?”, “¿Qué me pasa?”, “¿No soy yo suficientemente buena para él?” y toda una retahíla de preguntas llenas de dudas respecto a sí misma. Helen pensaba constantemente en la injusticia de la infidelidad de su marido. Pensó incluso en tener un affaire ella para equilibrar la balanza. Lloraba mucho y oscilaba entre la tristeza y la ira.
La equivocada manera de pensar de Helen, que la conduce a la infelicidad, reside en una demanda de justicia que abruma su relación. Esto hace también que la elección de su marido de tener relaciones sexuales fuera del matrimonio sea el motivo de su perturbación. Al mismo tiempo, está usando el comportamiento de su marido como justificativo para hacer algo que probablemente hacía mucho tiempo que quería hacer. Y no lo hacía porque no era justo. La insistencia de Helen en que las cosas tienen que ser justas implica que si fuese ella la primera en tener un affaire, entonces su marido tendría que tomar represalias. El estado emocional de Helen no va a mejorar hasta que ella decida que la decisión de su marido fue independiente de ella, y que él puede tener mil motivos particulares, y ninguno de ellos relacionados con Helen, para embarcarse en su aventura sexual.
Quizá simplemente haya querido hacer algo distinto; quizá sintió amor por otra persona además de su mujer, o quizá quiso probar su virilidad o mantener a raya la vejez. Sea cual fuere el motivo, éste nada tiene que ver con Helen. Ella puede ver el affaire de su marido como algo que pasa entre dos personas y no como algo dirigido contra ella. La perturbación reside únicamente en Helen. Puede seguir hiriéndose a sí misma con esos celos autoflagelantes porque se considera menos importante que su marido o la amante de éste, o puede llegar a reconocer que el affaire de otra persona nada tiene que ver con su propia valía.
Algunos comportamientos típicos de “demanda de justicia”
El comportamiento de “búsqueda de equidad” es muy evidente en casi todas las áreas de la vida. Por poco perceptivo que seas, te podrás dar cuenta de que surge constantemente en tu comportamiento y en el de los demás. He aquí algunos de los ejemplos más comunes de este tipo de comportamiento:
• Quejarse de que otros ganan más dinero por hacer el mismo trabajo que haces tú.
• Decir que no es justo que Frank Sinatra, Sammy Davis, Barbra Streisand, Catfish Hunter o Joe Namath ganen unos sueldos tan altos y molestarte por ello.
• Molestarte porque otros cometan infracciones impunemente mientras que a ti siempre te cogen. Desde los que violan las normas de velocidad vial hasta el perdón de Nixon, tú insistes en que la justicia debe prevalecer.
• Todas las frases del tipo de “¿Acaso yo te haría algo así?”, con la pretensión de que todo el mundo tiene que ser exactamente igual a ti.
• Corresponder siempre cuando alguien te hace un favor. Si tú me invitas a cenar, yo te debo una cena a ti o por lo menos una botella de vino. Este tipo de comportamiento a menudo se justifica como amabilidad o buena educación, pero en realidad es simplemente una manera de mantener equilibrada la balanza de la justicia.
• Corresponder al beso que se te da o decir “Yo también te quiero”, en vez de aceptarlo y expresar tus propios pensamientos cuando escojas hacerlo. Implica que no es justo recibir un “Yo te quiero”, o un beso sin devolverlo.
• Sentirte obligado a tener relaciones sexuales con alguien aunque no quieras hacerlo porque simplemente no es justo no cooperar. De ese modo, funcionas debido a una motivación de justicia en vez de hacer lo que realmente deseas en ese momento presente.
• Insistir siempre en que las cosas tienen que ser consecuentes. Recuerda la frase de Emerson que a menudo se cita equivocadamente:
La tonta consecuencia es el duende de las mentes pequeñas.
Si pretendes que las cosas siempre sean “apropiadas” y “justas”, estás dentro de esta categoría de “mentes pequeñas”.
• En las discusiones insistir en una decisión clara y nítida en que los vencedores tienen razón y los perdedores están equivocados.
• Usar el argumento de la justicia para conseguir lo que quieres. “Tú saliste anoche; no es justo que yo me tenga que quedar en casa.” Y molestarte por la falta de igualdad.
• Decir que algo no es justo ante los niños, los padres o los vecinos y, en consecuencia, hacer cosas que preferirías no hacer, resintiéndote por ello. En vez de echarle la culpa de todo lo que pasa a la falta de equidad, trata de observar seriamente tu propio comportamiento que te inhabilita a decidir por ti mismo qué es lo más apropiado para ti.
• El jueguecito de “Si él/ella puede hacerlo, pues yo también” es una manera de justificar algo que tú haces por medio del comportamiento de otra persona.
Ésta puede ser la racionalización neurótica que te sirve para hacer trampas, robar, flirtear, mentir, llegar siempre tarde, o para cualquier cosa que prefieres no admitir en tu propio sistema de valores.
Por ejemplo, en la carretera, fastidias a otro conductor porque él te lo hizo a ti, o te apresuras a adelantar a uno que va lento para demorarlo más porque él te lo hizo antes a ti; o dejas las luces largas al cruzarte con otro coche porque los coches que vienen en dirección contraria lo están haciendo y pones literalmente en juego tu vida porque tu sentido de justicia ha sido violado.
Éste es el tipo de comportamiento de “él me pegó, así que yo le pego a él” tan común en los niños que lo han visto en sus padres miles de veces. Es la causa de muchas guerras cuando esto es llevado a extremos ridículos.
Gastar la misma cantidad de dinero en un regalo que el que gastó en ti la persona a quien regalas. Pagar cada favor con un favor del mismo valor. Mantener tu libro de cuentas equilibrado, en vez de hacer lo que te gustaría hacer. Después de todo: “Hay que ser justos”.
Allí están las pequeñas excursiones por el callejón de la justicia, donde tú y los que están cerca de ti se encuentran conmovidos interiormente, a menudo muy poco pero conmovidos de cualquier manera, por esa absurda afirmación que tienes grabada en la cabeza de que las cosas tienen que ser justas.
Algunas de las recompensas psicológicas
que te impulsan a aferrarte a tus “demandas de justicia”
Las recompensas para este tipo de comportamiento son generalmente autofrustrantes en el sentido que mantienen la percepción fuera de la realidad y en una especie de mundo onírico que nunca existirá. Las razones más comunes para conservar tus “demandas de justicia” en pensamiento y comportamiento son las siguientes:
• Puedes sentirte satisfecho de ti mismo porque eres una persona honorable. Ésta es una de las formas que tienes de sentirte mejor y superior. Mientras sigas insistiendo en un sistema mitológico de justicia y te preocupes más de tener tu libro de cuentas en orden y bien equilibrado, seguirás aferrado a esa sensación de “Yo soy mejor que tú” y gastarás tus momentos presentes en sentirte satisfecho de ti mismo en vez de vivir de forma efectiva.
• Puedes ignorar la responsabilidad por ti mismo y justificar tu inmovilidad transfiriendo la responsabilidad a aquella gente o aquellos hechos que no son justos. Esto te sirve para excusar tu falta de capacidad para ser y sentir lo que quieres y escoges. De esta manera puedes evitar los riesgos y el trabajo que implica tratar de cambiar. Mientras la injusticia sea la causa de tus problemas, no puedes cambiar. Lo harás cuando desaparezca esta injusticia, lo que, por supuesto, no sucederá nunca, jamás.
• La injusticia puede hacerte llamar la atención, la compasión y la autocompasión. El mundo ha sido injusto contigo, así es que ahora tú y todos los que están a tu alrededor deben sentir pena por ti y compadecerte.
• Ésta es otra de las grandes técnicas para evitar el cambio. La atención, la compasión, la autocompasión son tus retribuciones y las usas para sostenerte en vez de hacerte cargo de ti mismo y evitar los comportamientos inspirados en las comparaciones.
• Puedes justificar todo tipo de comportamientos inmorales, ilegales e impropios haciendo que la responsabilidad de tus actos recaiga sobre otro. Si él puede hacerlo, yo también puedo. Este es un espléndido sistema de racionalización para justificar cualquier comportamiento.
• Te proporciona una excusa estupenda para ser ineficiente. “Si ellos no hacen nada, yo tampoco lo haré.” Es una estratagema hábil e ingeniosa para justificar tu pereza, tu cansancio o tus temores.
• Te brinda un buen tema de conversación que te ayuda a evitar hablar de ti mismo con la gente que te rodea. Si te quejas de todas las injusticias que se hacen en el mundo, no realizarás nada, pero por lo menos habrás pasado el tiempo y logrado escapar, quizá, de la necesidad de tratar más honestamente e íntimamente también con la demás gente.
• Si tienes un concepto claro de la justicia, tus decisiones serán siempre justas.
• Podrás manipular a los demás, especialmente a tus hijos, recordándoles que son injustos contigo porque no son exactamente iguales a ti y no mantienen una cuenta exacta de todo el dar y recibir de tu relación con ellos. Esta es una manera muy hábil de conseguir que se hagan las cosas a tu manera.
• Puedes justificar un comportamiento vengativo diciendo que las cosas tienen que ser justas. Ésta es una maniobra que sirve para justificar todo tipo de actividades manipuladoras y desagradables. La venganza se justifica porque todo tiene que ser parejo y ecuánime. Y si tienes que pagar un favor, del mismo modo tendrás que pagar una maldad.
He aquí el sistema psicológico de apoyo que justifica tus demandas de justicia. Pero este sistema de apoyo no es invulnerable. A continuación, he anotado algunos métodos estratégicos para deshacerte de este tipo de pensamiento y limpiar esta zona errónea de la demanda de justicia.
Algunas estrategias para renunciar a la sana demanda de justicia
• Confecciona una lista de todo lo que en tu mundo te parece injusto.
• Usa tu lista como guía para una acción personal eficiente. Hazte a ti mismo esta pregunta importante: “¿Desaparecerán las desigualdades porque a mí me perturban?”. Obviamente que no. Atacar el pensamiento erróneo que te produce el malestar es una buena manera de empezar a huir de la trampa de la justicia.
• Cuando te descubras a ti mismo diciendo: “¿Acaso te haría yo eso a ti?” o cualquiera de las frases de ese tipo, cámbiala a “Tú eres distinto a mí, aunque yo encuentro difícil aceptarlo ahora mismo”. Esto logrará abrir en vez de cerrar la comunicación entre tú y la otra persona.
• Empieza a pensar que tu vida emocional es algo que está fuera y es independiente de lo que haga cualquier otra persona. Esto te librará del dolor que sientes cuando la gente se comporta de una manera distinta a la que tú quisieras.
• Trata de mirar con perspectiva las decisiones que hagas y no como hechos monumentales que cambiarán tu vida.
• Carlos Castaneda dice que el hombre sabio es aquel que Vive actuando, no pensando en actuar, ni pensando en lo que pensará cuando haya terminado de actuar… Él sabe que su vida habrá terminado demasiado pronto; él sabe, porque él ve, que nada es más importante que ninguna otra cosa. Así pues el hombre sabio suda y resopla y si uno lo observa es igual a cualquier otro hombre, excepto que él controla la locura de su vida. Ya que nada es más importante que ninguna otra cosa, el hombre sabio, el hombre de conocimiento, escoge cualquier acto, y actúa como si le importara. El control que tiene sobre su locura le impulsa a decir que su actuación importa y hace que actúe como si importara, y sin embargo sabe que no es así; de modo que cuando cumple con sus actos, se retira en paz, y el hecho de que sus actos hayan sido buenos o malos, hayan resultado o no, no es cosa que le preocupe.
• Cambia la frase “No es justo” por “Es una lástima” o “Yo preferiría…”,. Así, en vez de tratar de que el mundo sea diferente a lo que es, empezarás a aceptar la realidad, aunque no necesariamente a aprobarla o estar de acuerdo con ella.
• Elimina las referencias externas de comparación. Ten tus propias metas, independientemente de lo que hagan Tom, Dick o Harry. Proponte hacer lo que tú quieres hacer sin referirte a lo que los otros hagan o no hagan.
• Corrígete a ti mismo en voz alta, cuando uses frases como “Yo siempre te llamo cuando voy a llegar tarde, ¿por qué no me llamaste tú a mí?”, así eliminarás la noción errónea de que el motivo que tiene la otra persona para llamarte es parecerse a ti.
• En vez de pagarle a alguien por algo, como por ejemplo llevando una botella de vino o un regalo a una fiesta, espera hasta que un día tengas ganas y entonces le mandas una botella de vino con una nota que diga:
• “Simplemente porque creo que eres una gran persona”. No hay ninguna necesidad de mantener en orden las cuentas intercambiando mercancías; haz simplemente algo agradable porque tienes ganas y no porque la ocasión te lo exige.
• Gasta la cantidad de dinero que tú quieras en un regalo sin dejarte influenciar por lo que se gastó en ti. Elimina las invitaciones que haces por obligación o por un sentido de justicia. Decide a quiénes vas a ver por motivos internos en vez de externos.
• Decide tú mismo cuáles serán las normas de conducta que regirán tu comportamiento en el seno de tu familia, basándote en lo que tú consideras que es lo apropiado para ti. Haz que todos los demás hagan lo mismo.
• Entonces observa y comprueba si no es posible hacer que esto suceda sin que unos violen los derechos de los otros. Si tú sientes que lo que quieres hacer es salir tres noches por semana, pero no puedes hacerlo porque alguien tiene que cuidar a los niños, no dejes que el concepto de “justicia” se interponga en lo que decidas hacer. Quizá podrías arreglártelas para que alguien cuide de los niños o lleva a los niños contigo en tus salidas, o cualquiera que sea el arreglo que resulte satisfactorio para todos. Pero el empezar con la rutina del “No es justo”, suscitará rencores y además hará que te quedes en casa. Por cada injusticia que sufres, existe una resolución que no requiere que te quedes de ninguna manera inmovilizado.
• Recuerda que la venganza es simplemente otra manera de ser controlado por los demás. Haz lo que tú, y no ellos, decidas que es conveniente para ti.
Estas sólo son unas cuantas sugerencias que pueden servirte como principio para ayudarte a ser más feliz deshaciéndote de la necesidad de compararte a ti mismo con otros y a usar sus posiciones y posesiones como un barómetro para medir tu propia felicidad. La injusticia no es lo que cuenta sino lo que tú haces al respecto.
Terminando con las postergaciones ahora mismo
No es necesario derramar una sola gota de sudor para postergar cualquier cosa.
¿Te encuentras tú en la categoría de los que postergan todo? Si eres como la mayoría de la gente, la respuesta es sí. Pero es muy posible también que preferirías no vivir con la ansiedad que produce el postergamiento de las cosas. Puede que te des cuenta de que estás postergando muchas cosas que quieres hacer, y sin embargo por algún motivo, simplemente sigues suspendiendo la acción. Este asunto de las dilaciones es una de las facetas más preocupante de la vida. Si te cuentas entre los casos graves de los que padecen este mal, seguro que no pasa un día sin que te digas a ti mismo:
“Yo sé que tendría que hacer eso o aquello y no lo hago, pero ya me llegará el momento”. Tu zona errónea de “postergación” es de las más difíciles de achacar a las fuerzas externas. Es toda tuya, tanto la postergación en sí como la incomodidad que ésta te produce.
La zona errónea de la postergación es lo más cerca que se puede llegar a una zona errónea universal. Hay muy poca gente que puede decir con honestidad que no realiza postergaciones a pesar de que a la larga le resulten contraproducentes y malsanas. Como en todas las zonas erróneas, el comportamiento en sí no es malsano. El hecho de postergar, en realidad, ni siquiera existe. Uno simplemente hace cosas, y las que no hace, simplemente no están hechas en vez de postergadas. El comportamiento neurótico es simplemente la reacción emocional que lo acompaña y la inmovilización que produce. Si sientes que postergas las cosas que tienes que hacer, y te gusta postergarlas, y no sientes culpa por ello, ni ansiedad ni molestias, pues entonces sigue postergando lo que tienes que hacer y pasa por alto este capítulo. Sin embargo para la mayor parte de la gente, las tácticas dilatorias o el postergar lo que tienen que hacer son en realidad una manera de evadirse, de vivir los momentos presentes lo más intensamente posible.
Esperando, deseando y quizá
Tres frases neuróticas típicas del hombre que posterga y vacila componen el sistema de apoyo que sirve para mantener el comportamiento dilatorio.
“Quizá las cosas se solucionarán solas”. “Espero que las cosas vayan mejor”. “Deseo que se arreglen las cosas.”
He aquí los deleites de quien posterga. Cuando dices “quizás”, “espero”, o “deseo”, puedes usar estas palabras como razonamientos para no hacer nada en el presente. Pero los deseos y esperanzas no son más que una pérdida de tiempo, ilusiones vanas de los que viven en un mundo ficticio.
Nunca nadie logró nada, con ninguna de estas palabras por más veces que las repitiera. En realidad éstas sólo sirven para evitar tomar cartas en el asunto y realizar las tareas que tú has decidido que tienen la suficiente importancia para estar en la lista de las actividades de tu vida.
Tú puedes hacer lo que te propongas. Eres fuerte y capaz. No eres frágil ni quebradizo. Al postergar para un momento futuro lo que quisieras hacer ahora, te entregas al escapismo, a la autoduda, y lo que es peor aún al autoengaño. Tu zona postergatoria es un movimiento que te impide ser fuerte en el momento actual, en tu ahora, y te impulsa en dirección de la esperanza de que las cosas mejorarán en el futuro.
La inercia como estrategia para vivir
He aquí una frase que puede lograr mantenerte inerte en tus momentos presentes: “Esperaré y mejorarán las cosas”. Para algunos esta actitud se convierte en una forma de vida, siempre están postergando algo que harán en un día que nunca ha de llegar.
Mark, un paciente que atendí hace poco, vino a mi consulta quejándose de lo desgraciado que era en su matrimonio. Mark era un cincuentón que llevaba casi treinta años de casado. Cuando empezamos a hablar sobre su vida conyugal me di cuenta de que los motivos de las quejas eran muy antiguos. “Nunca anduvo bien, ni al principio”, me dijo en un momento dado. Le pregunté a Mark por qué había seguido con su mujer durante tantos años. “Tenía la esperanza de que las cosas mejorarían”, me confesó. Casi treinta años de esperanzas y Mark y su mujer seguían siendo desgraciados.
Cuando hablamos más sobre la vida de Mark y sobre su matrimonio, él me reconoció que hacía como diez años que era impotente. Le pregunté si alguna vez había buscado ayuda profesional para su problema. No, él simplemente había evitado tener relaciones sexuales por más y más tiempo esperando que el problema se solucionaría solo. “Yo estaba seguro de que las cosas mejorarían” ,me dijo Mark como un eco de su primer comentario. Mark y su matrimonio representan un caso clásico de inercia. Se evadía de sus problemas y justificaba esta evasión diciendo: “Si espero un tiempo sin hacer nada, quizá las cosas se solucionarán solas”. Pero Mark aprendió que las cosas no se solucionan nunca solas. Se quedan exactamente como están. Como mucho, las cosas cambian, pero no mejoran. Las cosas en sí (circunstancias, situaciones, sucesos, gente) no mejoran nunca solas. Si tu vida es mejor de lo que era, es porque tú has hecho algo constructivo para mejorarla. Miremos más de cerca este comportamiento dilatorio y veamos cómo eliminarlo tomando algunas resoluciones bastante simples. Ésta es una de las zonas que puedes limpiar con mucho “trabajo mental”, ya que es una zona que tú mismo te has creado, sin ninguno de los refuerzos culturales que son como el sello de tantas otras zonas erróneas.
¿Cómo funciona la postergación?
Donald Marquis dijo que la postergación era “el arte de estar al día con el ayer”. A esto yo le agregaría, “y de evitar el hoy”. Funciona de la siguiente manera. Tú sabes que hay ciertas cosas que quieres hacer, no porque otros te lo hayan ordenado, sino porque las has elegido deliberadamente. Sin embargo muchas de ellas se quedan sin hacer, a pesar de lo mucho que te digas a ti mismo que las harás. Decidirte a hacer algo en el futuro, algo que podrías hacer ahora, es un sustituto muy aceptable del hecho de hacerlo realmente, y te permite engañarte a ti mismo no enfrentándote con el hecho de que en realidad ésta es una componenda y que no estás haciendo lo que te propusiste hacer. Es un sistema muy útil que funciona más o menos así: “Yo sé que debo hacer aquello, pero en realidad tengo miedo de hacerlo mal, o que no me gustará hacerlo. Entonces me digo a mí mismo que lo haré en el futuro, y así no tengo que admitirme a mí mismo que no lo voy a hacer. Y me es más fácil aceptarme a mí mismo de esta manera”. Éste es el tipo de razonamiento conveniente pero falaz y engañoso que puedes poner en juego cuando te enfrentas con que tienes que hacer algo que es desagradable o difícil.
Si eres el tipo de persona que vive de una manera y dice que va a vivir de otra en el futuro, tus declaraciones no tienen contenido. Quiere decir simplemente que eres de las personas que siempre difieren la acción y que nunca terminan de hacer las cosas.
Existen, por supuesto, grados de postergación. Es posible demorar las cosas hasta un punto, y luego terminar el trabajo justo antes de la última fecha posible. Esta es también una forma muy común de autoengaño. Si te permites a ti mismo un tiempo mínimo absoluto para hacer un trabajo, podrás justificar los resultados mediocres o inferiores, diciéndote: “Simplemente no tuve tiempo suficiente”. Pero sí tienes tiempo suficiente. Sabes muy bien que la gente ocupada siempre logra hacer las cosas. Pero si te pasas el tiempo quejándote de lo mucho que tienes que hacer (postergando), no tendrás momentos presentes para hacerlo.
Yo tenía un colega que era un especialista en el arte de la postergación. Andaba atareado siempre con montones de asuntos y negocios y hablando de lo mucho que tenía que hacer. Cuando hablaba de sus cosas los demás se cansaban sólo de oírlo. Pero al observarlo de cerca era fácil darse cuenta de que en realidad mi colega hacía muy poco. Tenía millones de proyectos en su mente y nunca se ponía a trabajar en ninguno de ellos. Me imagino que todas las noches antes de dormirse se engañaba a sí mismo prometiéndose hacer el trabajo al día siguiente y además terminarlo. Si no ¿cómo hubiera podido quedarse dormido con su sistema de autoengaño intacto? Tal vez supiera que no haría lo que se decía que iba a hacer, pero mientras jurase que sí lo haría, podía salvar sus momentos presentes.
Tú no eres necesariamente lo que dices. Tu comportamiento es un barómetro mucho más adecuado para medir tu valor. Lo que haces en tus momentos presentes es el único indicador de lo que eres como persona, Emerson escribió una vez lo siguiente:
No digas cosas. Lo que eres, relumbra sobre ti mientras lo haces, y atrona con tal fuerza que no puedo oír lo que alegas en su contra.
La próxima vez que digas que harás algo, a sabiendas de que no lo harás, recuerda esas palabras. Son el antídoto de la postergación.
Los críticos y los hacedores
La postergación como forma de vida es una de las técnicas que puedes usar para evitar el hacer las cosas. Un no hacedor es a menudo un crítico, esto es, alguien que se echa para atrás y mira cómo los demás hacen cosas, y luego elucubra conceptos filosóficos sobre cómo están haciendo las cosas los hacedores. Es muy fácil ser crítico, pero ser un hacedor requiere esfuerzo, riesgos y cambios.
El crítico
Nuestra cultura está llena de críticos. Hasta pagamos para oírlos.
Al observarte a ti mismo y a la gente que está a tu alrededor, toma nota del tiempo que se le dedica a la crítica en las relaciones sociales. ¿Por qué? Porque sencillamente es mucho más fácil hablar de cómo actúa otra persona que ser la que en realidad actúa. Toma nota de las actitudes de los verdaderos campeones, los que han mantenido un alto nivel de excelencia durante un largo período de tiempo. Los Henry Aarons, los Johnny Carson, los Bobby Fisher, las Katherine Hepburn, los Joe Louis y gente de ese tipo. Hacedores en el nivel más alto. Campeones en todo sentido. ¿Acaso se sientan tranquilamente a criticar a los demás? Los verdaderos hacedores de este mundo no tienen tiempo para criticar a los demás. Están demasiado ocupados haciendo cosas. Trabajan. Ayudan a los que no tienen tanto talento como ellos en vez de criticarlos.
La crítica constructiva puede ser útil. Pero si has escogido el rol del observador en vez del hacedor, no estás creciendo. Más aún, podría ser que estés usando tus críticas para absolverte a ti mismo de la responsabilidad por tu ineficiencia proyectándola en los que realmente están haciendo un esfuerzo. Por otro lado bien puedes aprender a ignorar a los criticones, los que siempre encuentran faltas en los demás y a los críticos autoproclamados. Tu primera estrategia consistirá en reconocer estos comportamientos en ti mismo y en hacer la firme resolución de eliminarlos por completo para que puedas ser un hacedor en vez de un crítico postergador y dilatorio.
El aburrimiento: una resultante de la postergación
La vida no es nunca aburrida pero alguna gente escoge aburrirse. El concepto del aburrimiento implica la incapacidad para usar el momento presente en actividades que te ayuden a realizarte. El aburrimiento es una opción, una elección; algo que tú mismo te impones y es uno de esos elementos autodestructivos que puedes eliminar de tu vida. Cuando postergas y vacilas malgastas tus momentos presentes en no hacer nada como alternativa a la posibilidad de hacer cualquier cosa. El no hacer nada conduce al aburrimiento.
La tendencia general es echarle la culpa al entorno por el aburrimiento. “Este pueblo es realmente aburrido” o “¡Qué orador tan aburrido!”. El pueblo en particular y el orador no son nunca aburridos, eres tú el que experimenta el aburrimiento y puedes eliminarlo haciendo alguna otra cosa con tu mente en ese momento.
Samuel Butler dijo: “El hombre que se deja aburrir es aún más despreciable que el aburrido”. Haciendo lo que quieres, ahora, o usando tu mente de forma creativa y nueva, ahora, te aseguras un futuro en el que nunca más escogerás para ti mismo el aburrimiento. Como siempre, la decisión está en tus manos.
Algunos típicos comportamientos postergatorios
He aquí algunas áreas donde la postergación como opción es mucho más fácil que la acción:
• Seguir en un empleo en el que te sientes atrapado y sin posibilidad de desarrollarte y crecer.
• Aferrarte a una relación que se ha echado a perder. Seguir casado (o sin estar casado) esperando que las cosas mejorarán.
• Negarte a hacer algo positivo para solucionar dificultades de relación en lo sexual, la timidez o en fobias. Esperar a que mejoren por sí solas en vez de hacer algo constructivo al respecto.
• No luchar contra adicciones como el alcohol, las drogas, las píldoras o el cigarrillo. Decir “Lo dejaré cuando esté listo para ello”, a sabiendas de que lo postergas porque dudas que lo puedas hacer.
• Postergar trabajos ya sean pesados o livianos como la limpieza de la casa, o cualquier otra cosa: reparaciones, coser, cortar el césped, pintar algo; siempre que te importe que se hagan o no. Si esperas lo suficiente, quizá se harán solos.
• Evitar un confrontamiento con alguna persona como puede ser una figura autoritaria, un amigo, un amante, un vendedor o un funcionario cualquiera. Si esperas, al final no tendrás que hacerlo, aunque el confrontamiento podría haber mejorado la relación o el servicio.
• Tener miedo de cambiar situaciones geográficas. Te quedas en el mismo sitio toda la vida.
• Postergar pasar un día o una hora con tus hijos, lo que te daría mucho gusto porque tienes mucho trabajo o estás ocupado en asuntos muy serios. Igualmente no salir una noche a cenar, o al teatro o algún evento deportivo con tus seres queridos usando tu “Estoy muy ocupado” para postergarlo eternamente.
• Decidirte a empezar tu dieta mañana o la semana próxima. Es más fácil postergarlo que trabajar para perder los kilos, así que dices: “Ya lo haré mañana”, y ese mañana, claro, nunca llegará.
• Usar el cansancio o el sueño como excusa para postergar algo. ¿Te has dado cuenta de cómo te cansas cuando estás a punto de hacer algo incómodo o difícil? La fatiga, incluso leve, es un estupendo recurso postergador.
• Enfermarte cuando te enfrentas con un trabajo perturbador o molesto. ¿Cómo podrías hacerlo ahora cuando te sientes tan mal? Al igual que el cansancio del que hablamos en el párrafo anterior, la enfermedad o el malestar es una estupenda técnica postergatoria.
• La estratagema de “Ahora no tengo tiempo para hacerlo” con la que te justificas para no hacer algo porque estás muy ocupado, aunque seguro que encuentras tiempo para hacer las cosas que realmente quieres hacer.
• Vivir ilusionado por las vacaciones que te vas a tomar, un viaje soñado. El año próximo encontraremos el Nirvana.
• Optar por la postura del crítico y usar tus críticas para camuflar tu propia negación a hacer cosas.
• Negarte a acudir al médico cuando sospechas que algo no va bien. Al postergarlo no tienes que enfrentarte con la realidad de una posible enfermedad.
• No atreverte a acercarte a alguien que quieres. Es lo que deseas pero prefieres postergarlo y esperar que las cosas se resuelvan solas.
• Aburrirte en cualquier momento de tu vida. Es ésta una manera de postergar algo y de usar el evento aburrido como razón para no hacer algo más divertido y estimulante.
• Tener el propósito y nunca llegar a ponerlo en acción de hacer ejercicio en forma regular: “Empezaré ahora mismo… la semana próxima”.
• Vivir completamente dedicada a tus hijos postergando tu propia felicidad. ¿Cómo nos vamos a dar el lujo de tomarnos una vacación cuando tenemos que pensar en la educación de los niños?
Motivos para seguir postergando las cosas
La racionalización que sirve para postergar lo que tenemos o queremos hacer está compuesta de una parte de autoengaño o decepción y de dos partes de escapismo. Entre las retribuciones más importantes que nos brinda la política de aferrarnos a esta costumbre de postergar, se encuentran las siguientes:
• Es evidente que la postergación te permite evadirte de las actividades desagradables. Puede haber cosas que te atemorizan o cosas que por un lado te gustaría hacer y por el otro no. Recuerda que nada es completamente blanco o negro.
• Puedes sentirte cómodo con tu sistema de autoengaño. El mentirte a ti mismo te permite no reconocer que en este momento presente no eres un “hacedor”.
• Si continúas postergando cualquier situación puedes seguir exactamente como estás para siempre. Así eliminarás la posibilidad de cambios y todos los riesgos que los acompañan.
• Al sentirte aburrido tienes alguien o algo a quien culpar por tu infelicidad; de ese modo, trasladas la responsabilidad desde tu propia persona a la actividad aburrida.
• Al erigirte en crítico, puedes sentirte importante a expensas de los demás. Es una de las maneras de usar las actividades y actos de las demás personas como escalones para elevarte a ti mismo mentalmente. Otra forma de autoengaño.
• Mientras esperas que las cosas mejoren, puedes culpar al mundo entero de tu infelicidad: las cosas no se te presentan nunca bien para ti.
• Una gran estrategia para no hacer nada.
• Puedes evitar totalmente las posibilidades de fracaso evitando todas las actividades que implican algún riesgo. De esta manera nunca tendrás que enfrentarte con la desconfianza que tienes de ti mismo.
• El soñar ilusionado con cosas que pueden pasar (fantasías de Santa Claus) te permiten retornar a una infancia segura y protegida.
• Puedes atraerte la simpatía y compasión de los demás y sentir compasión de ti mismo, por el estado de ansiedad en que vives al no hacer lo que te hubiera gustado hacer.
• Puedes justificar un rendimiento mediocre o inferior a lo aceptable en cualquier actividad que postergues durante un tiempo suficientemente largo, dejando luego un margen mínimo de tiempo para hacerlo. “Pero es que simplemente no tuve tiempo.”
• Al postergar algo puedes lograr que otra persona lo haga por ti. En consecuencia, la postergación se convierte en una manera de manipular a los demás.
• La postergación de las cosas te permite engañarte a ti mismo hasta convencerte de que eres distinto de lo que eres en realidad.
• Al no hacer algún trabajo puedes evitar el éxito. Si no triunfas, evitas tener que sentirte bien contigo mismo y tener que aceptar la posterior responsabilidad que acompaña al éxito.
Ahora que tienes una idea sobre los motivos que te pueden haber llevado a postergar las cosas que no te conviene postergar, podrás empezar a hacer algo para eliminar estas zonas erróneas tan autodestructivas.
Algunas técnicas para deshacerse de este comportamiento postergador
• Tomar la decisión de vivir de momento a momento, cinco minutos a la vez. En vez de pensar en trabajos que se harán “a la larga”, piensa en el momento actual y trata de pasar un período de cinco minutos haciendo lo que quieres, rehusando postergar cualquier cosa que pueda brindarte una satisfacción.
• Ponte a hacer algo que has estado postergando. Empieza a escribir una carta o un libro. Te darás cuenta de que muchas de tus postergaciones fueron innecesarias ya que lo más probable es que encuentres que el trabajo que estabas postergando en realidad es muy agradable de hacer y lo estás disfrutando. El empezar simplemente a hacer te ayudará a eliminar la ansiedad que te inspira el proyecto.
• Pregúntate a ti mismo: “¿Qué es lo peor que me podría pasar si hiciera lo que estoy postergando ahora?”. La contestación es por lo general tan insignificante que muy posiblemente te dará un espaldarazo que te incitará a la acción. Piensa en los motivos que tienes para tener miedo de hacer algo y con sólo eso dejarás de aferrarte a ellos.
• Date a ti mismo un tiempo específico (digamos los miércoles de 10 a 10.15 de la noche) que dedicarás exclusivamente a la tarea que has estado postergando.
• Verás que los quince minutos de esfuerzo dedicados exclusivamente a algo a menudo son suficientes para hacerte pasar el bache de la postergación.
• Piensa en ti mismo como en un ser demasiado importante y significativo como para seguir viviendo lleno de ansiedad por las cosas que tienes que hacer. De modo que la próxima vez que estés perturbado por la ansiedad de la postergación, recuerda que la gente que se ama a sí misma no se hiere de esa manera.
• Observa cuidadosamente tu realidad actual. Decide qué es lo que estás evitando en tus momentos actuales y empieza a enfrentarte con tu miedo a vivir eficientemente. El postergar la acción es sustituir el presente por la ansiedad respecto a algún acontecimiento que pueda suceder en el futuro.
• Si el acontecimiento se convierte en presente, la ansiedad, por definición, tiene que desaparecer.
• Deja de fumar… ¡ahora! Empieza tu dieta… ¡en este mismo momento!
• Deja la bebida… ¡en este instante! Deja de leer este libro y haz inmediatamente uno de los ejercicios de la serie que proyectas dentro de tu programa de ejercicio. Así es como te tienes que enfrentar con tus problemas… actuando, ¡ahora mismo! ¡Hazlo! El único que te impide hacer cosas eres tú mismo y las opciones neuróticas que has elegido porque no crees que eres tan fuerte como lo eres en la realidad. Qué simple… ¡simplemente ponte a hacerlo!
• Empieza a usar tu mente de forma creativa en lo que antes eran circunstancias aburridas. Si estás en una reunión aburrida, cambia el ritmo de la misma haciendo una pregunta pertinente, u ocupa tu mente en pensamientos estimulantes como escribir un poema, o memorizar veinticinco números de atrás para adelante, simplemente como entrenamiento de la memoria. Decide que nunca más te aburrirás.
• Cuando alguien te empieza a criticar, haz esta pregunta: “¿Tú crees que ahora me hace falta un crítico?,”. O cuando te descubres siendo tú mismo el crítico, pregúntale a la persona que está contigo si quiere oír tu crítica y si así es, por qué. Esto te ayudará a pasar de la columna de la crítica a la de la acción.
• Observa tu vida cuidadosamente. ¿Estás haciendo ahora lo que estarías haciendo si supieras que sólo tienes seis meses de vida? Si no es así, lo mejor que puedes hacer es empezar ahora mismo puesto que, relativamente, eso es todo lo que tienes. Dada la eternidad del tiempo, treinta años o seis meses dan lo mismo; no hay ninguna diferencia entre los dos espacios de tiempo. El espacio total de tu vida es sólo como un punto en el tiempo.
• No tiene sentido postergar nada.
• Ten el valor de emprender una actividad que hayas estado evitando hasta ahora. Un acto de valor puede eliminar todo ese temor. Deja de decirte a ti mismo que tienes que funcionar bien. Recuérdate que hacer es lo importante.
• Decide que no estarás cansado hasta el momento antes de meterte en cama. No te permitas usar la fatiga o la enfermedad como un escape o para postergar hacer algo. Puede que descubras que cuando te saques de encima el motivo de la enfermedad o del cansancio (es decir, el evitar una tarea), los problemas físicos desaparecen como por arte de magia.
• Elimina las palabras “esperanza”, “deseo” y “quizá” de tu vocabulario. Ésos son los instrumentos que usas para postergar. Si descubres que estas palabras se están deslizando en tu vocabulario, cámbialas por nuevas frases. Por ejemplo, cambia:
• “Espero que se arreglarán las cosas” por “Haré que se arreglen”.
• “Me gustaría tanto que las cosas fueran mejores, de otra manera” por “Voy a hacer lo siguiente para sentirme mejor”.
• “Quizás eso resultará bien” por “Haré que resulte bien,”.
• Escribe un diario de tu comportamiento crítico y de tus quejas. Al anotar estas actitudes, conseguirás dos cosas. Verás en qué forma el comportamiento crítico aparece en tu vida (la frecuencia, los tipos de cosas, los sucesos y la gente que tienen relación contigo en ese sentido).
• También dejarás de criticar porque te fastidiará mucho tener que anotarlo en tu diario.
• Si estás postergando algo que también involucra a gente (un traslado, un problema sexual, un trabajo nuevo) reúnete con ellos y pídeles sus opiniones. Ten el valor de hablar de tus propios temores y constata si las postergaciones se deben a motivos que existen sólo en tu cabeza. Si consigues un confidente para que te ayude con tus postergaciones, realizarás un esfuerzo conjunto. Muy pronto habrás disipado gran parte de la ansiedad que acompaña a las postergaciones al compartirlas.
• Haz un contrato con tus seres queridos por el cual te comprometes a entregarles las mercancías que tienes para ellos pero que has estado postergando. Haz que cada parte conserve una copia del contrato y decreta multas para las infracciones. Ya se trate de asistir a un partido de fútbol, de salir a cenar fuera, ir de vacaciones o al teatro, te darás cuenta de que esta estratagema no es sólo útil sino también muy gratificante para ti ya que te impulsará a participar en actividades que te pueden resultar placenteras.
• Si quieres que el mundo cambie, no te limites a lamentarte. Haz algo.
En vez de desperdiciar tus momentos presentes en todo tipo de ansiedades inmovilizantes respecto a lo que estás postergando, hazte cargo de esta odiosa zona errónea y vive ahora. Sé un hacedor, no una persona que únicamente desea, espera o critica.
Proclama tu independencia
En cualquier relación humana en la cual dos personas se conviertan en una, el resultado siempre será dos medias personas.
El abandonar el nido psicológico es una de las tareas más difíciles de la vida. La víbora de la dependencia se entromete de muchísimas maneras; y deshacerse de ella por completo es muy difícil ya que la cantidad de personas que se benefician de la mutua dependencia psicológica es muy grande. El ser psicológicamente independiente quiere decir estar totalmente libre de todas las relaciones obligatorias, e implica la ausencia del comportamiento dirigido hacia los demás. Quiere decir que eres libre de la obligación de hacer algo que de otra manera no elegirías hacer, de no existir esa relación. El asunto del abandono del nido es particularmente difícil porque nuestra sociedad nos enseña que debemos cumplir con lo que se espera de nosotros en ciertas relaciones, que incluyen a los padres, hijos, figuras de autoridad y los seres queridos.
El abandono del nido significa convertirte en ti mismo, en tu propia persona, es decir en lo que en realidad eres, viviendo y escogiendo los comportamientos que tú elijas y deseas. No significa una ruptura en ningún sentido de la palabra. Si disfrutas de tu manera de interactuar con cualquier persona y ésta no interfiere con las metas que te has puesto en tu vida, pues entonces no vale la pena cambiarla sino más bien aferrarte a ella. El depender de alguien psicológicamente, por otro lado, quiere decir que esta relación no implica una elección, sino que es una relación por la cual te sientes obligado a ser algo que no quieres ser y que te ofende el sentirte forzado a comportarte de esa manera. Éste es el meollo de esta zona errónea y es similar a la de búsqueda de aprobación que tratamos en el capítulo III. Si lo que quieres es ese tipo de relación, entonces no es malsana. Pero si la necesitas o te sientes obligado a tenerla y luego te molesta y resiente, entonces quiere decir que estás en una zona autofrustrante. De ese modo, la obligación es lo que constituye un problema, más que la relación en sí. La obligación engendra culpa y dependencia, mientras que la libre elección inspira amor e independencia. No hay elección en una relación psicológicamente dependiente, consecuentemente este tipo de alianza provocará siempre indignación y rencores.
La independencia psicológica implica no necesitar a los demás. No digo no desear tener relaciones con los demás; lo que digo es no necesitarlos. En el momento que sientes esa necesidad te vuelves vulnerable, eres un esclavo. Si te deja la persona que necesitas, o cambia de parecer, o se muere, caerás inmovilizado, te desmoronarás e incluso puedes morirte. Pero la sociedad nos enseña a ser dependientes de una cantidad de gente empezando por los padres; y podría ser que tú sigas aún con la boca abierta esperando a que caigan los gusanos de muchas de tus relaciones más significativas. Mientras pienses que tienes que hacer algo porque es lo que se espera de ti en cualquier relación, y el hacerlo te provoca resentimientos contra esa persona y el no hacerlo te carga de culpa, puedes estar seguro que tienes que ocuparte de esta zona errónea.
Para eliminar la dependencia hay que empezar por la familia, por la forma en que tus padres te trataron cuando eras pequeño y en la que tratas tú a tus hijos ahora. ¿Cuántas formulaciones de dependencia llevas hoy día en tu cabeza? ¿Cuántas les impones a tus hijos?
La trampa de la dependencia en la educación de los hijos y en la familia
Walt Disney hizo hace algunos años una película estupenda y la tituló La trampa del oso (Bear Trap). Narraba la vida de una madre oso y sus dos bebés durante los primeros meses de vida de los oseznos. Mamá osa les enseñó a sus cachorros a cazar, a pescar y a subirse a los árboles. Les enseñó a protegerse cuando se encontraban ante un peligro. Entonces, un buen día, siguiendo sus propios instintos, Mamá osa decidió que había llegado la hora de irse. Los obligó a encaramarse a un árbol, y sin siquiera echar una mirada para atrás, se fue. ¡Para siempre! Dentro de su mente de osa había pensado que ya había cumplido con sus responsabilidades maternales. No trató de manipularlos para que la visitaran alternativamente un domingo sí y otro no. No los acusó diciéndoles que eran desagradecidos, ni los amenazó con tener un colapso nervioso si la desilusionaban en lo que ella esperaba de ellos. Simplemente los dejó. En el reino animal, ser padres significa enseñarles a los hijos a valerse por sí mismos para que puedan ser independientes, y luego, dejarlos. En nuestro caso, en el caso de los seres humanos, el instinto sigue siendo el mismo, esto es, el ser independientes, pero nos domina la necesidad neurótica de poseer y de vivir nuestra vida a través de nuestros hijos y el propósito de educar a un niño para que sea independiente se confunde con la idea de educar a un niño para aferrarse a él.
¿Qué es lo que pretendes de tus hijos? Te gustaría que tuvieran muy buena opinión de sí mismos, y también mucha confianza en sí mismos, que no fueran neuróticos, se realizaran y fueran felices? Por supuesto que sí. Pero qué puedes hacer para ayudarles a que sean así ? Sólo siendo así tú mismo. Los niños aprenden sus comportamientos de los modelos que tienen ante sí. Si tú estás lleno de culpa y no te sientes realizado, y les dices que sean lo contrario, les estás vendiendo un producto fallado. Si el modelo que les presentas es bajo en autoestima, les estás enseñando a tus hijos a adoptar para sí mismos la misma actitud. Y lo que tiene aún más importancia y significación, si haces que ellos sean más importantes que tú mismo, no los ayudas, simplemente les estás enseñando a poner a los demás delante de ellos mismos y quedarse en el asiento de atrás insatisfechos y sin lograr realizarse. Qué ironía! No puedes darles confianza en sí mismos a tus hijos; tienen que adquirirla viéndote a ti vivir de esa manera. Sólo al tratarte a ti mismo como la persona más importante y no sacrificándote a ti mismo por tus hijos, les enseñarás a tener confianza y también a tener fe en sí mismos. Si tú eres de los que se sacrifican, les presentas un modelo de comportamiento sacrificado. Y qué quiere decir un comportamiento sacrificado? Poner a los demás por delante de ti mismo, no quererte a ti mismo o no gustarte, buscar continuamente aprobación y otros comportamientos erróneos por el estilo. El hacer cosas para los demás es algo admirable a veces, pero si se hace a expensas de uno mismo, simplemente enseñarás a los demás a comportarse de una manera que sólo puede engendrar resentimientos. Desde muy pequeños los niños quieren hacer cosas por sí solos. “¡Deja, mamá, que yo puedo hacerlo solito!” “Mírame, papá, no necesito ayuda.,” “Yo como solo.” Una tras otra llegan las señales. Y aunque hay mucha dependencia en los primeros años, existe también desde el primer día un impulso hacia la autonomía.
A los cuatro años, la pequeña Roxana siempre acude a su padre o madre cuando se hace daño o tiene necesidad de un apoyo emocional de cualquier clase que sea. Ella, cuando tiene ocho o diez años, se desahoga con ellos. Y aunque quiere que la consideren como a una niña grande (“Ya sé ponerme el abrigo, ¡déjame!”), quiere también el apoyo de unos padres cariñosos y responsables. (“Mira, mamá, me raspé la rodilla y me está sangrando.”) Está desarrollando el concepto de sí misma a través de la visión que de ella tienen sus padres y la gente importante de su vida. De pronto Roxana tiene catorce años. Llega a casa llorando porque ha peleado con su “novio” y corre a encerrarse en su dormitorio pegando un portazo. Mamá sube tras ella y con su modo afectuoso de siempre le pide que le cuente todo. Pero ahora Roxana le contesta en forma terminante: “No quiero hablar de esto; déjame en paz”. Mamá en vez de comprender que esta pequeña escena es una prueba de que ella ha sido una buena madre y que la pequeña Roxana, que siempre le ha contado todos sus problemas, ahora está enfrentándose con sus problemas por su cuenta (independencia emocional), se desconcierta. No está lista para abandonar el terreno, para dejar que Roxana se las arregle a su manera, independientemente. Sigue viendo a Roxana como al polluelo recién nacido que era hace aún tan poco tiempo. Pero si mamá insiste y obliga a su hija, se expone a recibir una fuerte dosis de resentimiento de parte de Roxana.
El deseo de la niña de abandonar el nido es muy grande, pero cuando la posesión y el sacrificio han sido los lubricantes que hacían marchar la máquina familiar, el acto natural del hombre de irse por su cuenta se convierte en una crisis. El abandono del nido en una atmósfera psicológicamente sana no implica ni crisis ni disturbios o problemas: es la consecuencia natural de una vida eficiente y positiva. Pero cuando la culpa y el miedo a desilusionar a los padres marcan el hecho de abandonar el nido, estos sentimientos siguen influyendo en la gente durante toda la vida, hasta tal punto que a veces la relación matrimonial se convierte en una relación filial, más que en una relación en la que dos individuos comparten una vida en condiciones iguales.
¿ Cuáles son pues tus metas como padre o en la elaboración de una buena relación con tus propios padres? La familia es ciertamente una unidad importante en el proceso del desarrollo, pero no debe ser una unidad permanente. No debería ser nunca un vehículo para la culpabilidad y la neurosis cuando uno de sus miembros hace un movimiento en dirección de la independencia emocional. Algunos padres han llegado a decir, puede que los hayas oído: “Tengo derecho de hacer que mi hijo sea lo que yo escoja para él”. Pero ¿cuál es la retribución que ofrece una actitud tan dominante?
Odio, resentimiento, furia y culpa frustrante cuando el niño crece. Si observas las relaciones eficientes y positivas que existen entre algunos padres e hijos que no están ligadas por requerimientos y obligaciones, verás que se trata de padres que tratan a sus hijos como amigos. Si un niño desparrama la salsa sobre el mantel, no le larga la clásica “¿Por qué no te fijas en lo que haces? Eres tan torpe”. En cambio observarás que lo tratan como lo harían con un amigo en el caso que éste derramara algo.
“¿Puedo ayudarte?” Nada de ofenderlo porque te pertenece, más bien respetarlo por su propia dignidad de niño. Descubrirás también que los padres eficientes estimulan más los instintos de independencia que de dependencia y no hacen escenas por la expresión de deseos tan normales como los de ser autónomos.
Diferencias entre familias dirigidas
a la independencia y las dirigidas a la dependencia
En las familias dirigidas a la independencia, los impulsos dirigidos hacia la autonomía y el ser uno mismo son considerados normales y no un desafío a la autoridad de uno de sus miembros. No se hace hincapié en la necesidad de los demás ni en el aferrarse a ellos. Igualmente, tampoco se exige la eterna lealtad del niño a su familia simplemente por pertenecer a ella. De esta actitud resultan las familias que les gusta reunirse en vez de sentir la obligación de hacerlo. Existe también un respeto por la intimidad de los demás más que una exigencia de compartirlo todo. En familias como ésta, la esposa tiene una vida propia aparte de la de esposa y madre. Es así un modelo positivo para sus hijos en vez de vivir su vida para ellos y a través de ellos. Los padres sienten que su propia vida es de una importancia capital porque sin ella no puede haber armonía familiar. Así los padres se ausentan ocasionalmente sin sentirse obligados a estar siempre para sus hijos. La madre no es una esclava porque no quiere que sus propios hijos (especialmente las niñas) se conviertan en esclavos. No siente que ella tiene que estar allí todo el tiempo para atender a todas las necesidades de sus niños. Ella piensa que puede apreciar a sus hijos y viceversa tanto o más cuando ella se está realizando y contribuyendo a la vida de su familia, de su comunidad y de su cultura en un pie de igualdad con el hombre en este mundo.
En este tipo de familia no existen manipulaciones sutiles por medio de la culpa o amenazas para mantener a los hijos dependientes y bajo la responsabilidad de los padres. Cuando los hijos crecen, los padres no quieren que los visiten por obligación. Además, los padres están demasiado ocupados en sus propias cosas para pasarse la vida esperando que sus hijos o nietos aparezcan para darles una razón de vivir. Los padres como éstos no creen que deben ahorrarles a sus hijos los sinsabores y dificultades que pasaron ellos, porque reconocen que el hecho mismo de trabajar para sobreponerse a las dificultades fue lo que les dio confianza en sí mismos y la estima correspondiente. Ellos no desean privar a sus hijos de experiencias tan importantes.
Estos padres se dan cuenta de que el deseo de sus hijos de luchar por sí mismos con la ayuda y no bajo el dominio de padres, es algo sano que no hay que negarles. El Demian de Hesse habla de la variedad de caminos hacia la independencia:
Tarde o temprano todos, cada uno de nosotros, tiene que dar el paso que lo separará de su padre, de sus mentores: tenemos que pasar todos por experiencias crueles, solitarias… Yo no había abandonado a mis padres y a su mundo, el mundo “luminoso” con una lucha violenta, sino que gradualmente, casi imperceptiblemente, me había alejado de ellos. Me apenaba que tuviera que ser así, y por eso muchas de las horas pasadas en casa de mis padres cuando iba a visitarles fueron desagradables.
Tú puedes hacer que todas tus visitas a la casa de tus padres sean experiencias afectuosas si te aferras con fuerza a tu propia lucha por independizarte de ellos. Y si tú presentas ante tus hijos un modelo de autoorgullo y de autovaloración positiva, ellos a su vez abandonarán el nido sin causar tensiones ni problemas a nadie.
En La esposa de su hijo (Her Son’s Wife) Dorothy Canfield Fisher lo resume estupendamente:
La madre no es una persona que sirve de apoyo, sino una persona que hace innecesario el apoyo.
Que así sea. De ti depende el hacer que el abandono del nido sea un hecho natural y normal, o un suceso cargado de traumas que marcarán al hijo y a la relación con él para siempre. Pero tú también fuiste niño un día, y si entonces aprendiste bien la rutina de la dependencia, quizás al casarte fuiste de los que sustituyeron una relación dependiente por otra.
La dependencia psicológica y la crisis matrimonial
Puede que hayas solucionado el problema de tu dependencia con tus padres y quizá tienes bien controlada la relación con tus hijos. Tal vez reconozcas la necesidad de independencia de tus hijos y la estimules. Pero también puede ser que aún tengas un problema de dependencia en tu vida. Si eres una de esas personas que dejó una relación dependiente con sus propios padres para entrar en otra cuando se casó, entonces es evidente que tienes una zona errónea que necesita cura.
Louis Anspacher escribió sobre el matrimonio en América:
El matrimonio es aquella relación entre un hombre y una mujer en la que la independencia es equivalente, la dependencia mutua y la obligación es recíproca.
Ahí están las dos palabras feas, dependencia y obligación, que son las responsables del estado actual del matrimonio y de la tasa de divorcios en nuestro país. El hecho muy simple es que a la mayor parte de la gente no le gusta el matrimonio, y a pesar de que lo aguantan, sus víctimas psicológicas siguen proliferando.
Una relación que se basa en el amor, como ya dijimos antes, es una relación en la que cada uno de sus miembros le permite al otro ser lo que él quiere, sin expectativas especiales y sin exigencias. Es una asociación simple entre dos personas que se quieren tanto que ninguno de los dos querría que el otro fuese algo que no haya escogido por sí mismo. Es una unión que se basa en la independencia, más que en la dependencia. Pero este tipo de relación es tan rara en nuestra cultura que es casi mitológica.
Imagínate una unión con el ser que amas en la que cada uno de vosotros dos puede ser lo que quiera. Ahora piensa en lo que son realmente la mayoría de las relaciones que tú conoces. ¿Cómo se introduce solapadamente esa temible dependencia y lo fastidia todo?
Un matrimonio típico
La trenza que se hila en la mayoría de los matrimonios es la del dominio y la sumisión. Y aunque los roles pueden variar con regularidad, diferentes para distintas situaciones conyugales, esa trenza estará siempre presente. Uno de los socios domina al otro como condición de la alianza. Un caso típico de un matrimonio típico y sus crisis psicológicas se desarrollará más o menos como los de la pareja de la historia que relatamos a continuación.
Cuando se casaron el marido tenía veintitrés años y su esposa veinte.
Él tiene una educación algo superior a la de ella, y se ha asegurado una posición en el campo del prestigio económico, mientras que la mujer trabaja como secretaria, dependienta, o quizás en una profesión de las consideradas “femeninas” tales como enfermera o maestra. El trabajo de la mujer es un relleno hasta que ella pueda convertirse en esposa y madre. Al cabo de cuatro años de matrimonio, ya hay dos o tres niños y la mujer sirve como esposa y madre en el hogar. Su rol consiste en cuidar y ocuparse de la casa, de los niños y de su marido. Desde el punto de vista del trabajo, su posición es la de una empleada doméstica, y psicológicamente está en una posición de sometimiento. Se le da mucha mayor importancia y significación al trabajo del hombre, en gran parte porque él es quien trae el dinero para mantener a la familia. Sus éxitos se convierten en éxitos de ella; y las relaciones sociales de él en las amistades de ambos. Se le otorga una posición más importante dentro del hogar y a menudo la misión de la mujer es hacerle la vida lo más cómoda posible. La mujer se pasa la mayor parte del día interactuando con niños o habla con las mujeres del vecindario que se encuentran atrapadas en la misma trampa psicológica. Cuando su marido pasa por una crisis en su trabajo, ésta se convierte en su propia crisis, y por lo general, como cualquier observador objetivo puede ver, existe en este tipo de relación un miembro que domina y otro que está sometido. La mujer ha aceptado y quizás incluso buscado este tipo de relación porque no ha conocido otra cosa. Su matrimonio ha imitado el modelo de matrimonio de sus padres y de otros que vio durante su desarrollo. Y muy a menudo, la dependencia para con su marido simplemente ha reemplazado la dependencia que tenía con sus padres. Paralelamente el hombre ha buscado una mujer suave, tierna y que pueda reforzar el hecho de qué él es el gana pan y el que lleva las de ganar en todas las interacciones. Así ambos lograron lo que estaban buscando; lo que habían visto toda su vida en el sentido de cómo debe funcionar una pareja.
Al cabo de varios años de matrimonio, quizás entre los cuatro y siete años, empieza a surgir una crisis. El socio sometido, la mujer, empieza a sentirse atrapada, sin importancia e insatisfecha porque no contribuye de una manera significativa a la vida familiar. El hombre impulsa a su mujer a que sea más ella misma, que sea más afirmativa (asertiva), a que se haga cargo de su propia vida y deje de sentir compasión por sí misma. Estos son los primeros mensajes que contradicen lo que él quería cuando se casó. “Si quieres trabajar, ¿por qué no te buscas un empleo?” o “¿Por qué no sigues estudiando?”. Él la impulsa a que busque nuevas salidas, estímulos, que deje de ser infantil. En resumen, que sea algo muy distinto a lo que era cuando se casaron, cuando él quería una mujer sumisa y doméstica. Hasta ahora la mujer ha sentido siempre que ella era la culpable de cualquier problema o tristeza de su marido. “¿En qué me equivoqué?” Si él se siente infeliz o frustrado, ella cree que es porque ella no vale, o que ya no debe ser tan atractiva como antes. La mujer, el socio sometido de esta unión, recurre a su propio estilo mental de sometimiento y evalúa todos los problemas masculinos como si éstos estuvieran colocados en su propio ser.
En esta etapa matrimonial, el hombre está generalmente muy ocupado con los ascensos en su trabajo, sus contactos sociales y sus objetivos profesionales. Está en un camino ascendente y no puede tolerar una mujer quejumbrosa. Debido a las múltiples oportunidades que le brinda su trabajo de alternar con gente diferente (algo que le está vedado a su sumisa compañera), él está cambiando. Se ha puesto aún más asertivo y agresivo, exigente e intolerante respecto a las debilidades de los demás, incluyendo las de su propia familia. Éste es también el momento en que el marido suele buscar desahogos sexuales fuera del matrimonio. Tiene múltiples oportunidades de conocer gente y busca la compañía de mujeres más estimulantes y atractivas. A veces la mujer, el socio sometido, empieza también a experimentar por su lado. Puede que acepte un trabajo voluntario o se inscriba en algún curso, recurra a sesiones de terapia, tenga un amorío por su lado. Y su marido apoya la mayoría de estas cosas.
Quizá la mujer, el socio sometido, empiece a adquirir nuevas percepciones, nuevos puntos de vista respecto a su comportamiento. Ve su subordinación como una postura elegida por ella durante toda su vida no sólo durante su matrimonio. Su comportamiento de búsqueda de aprobación ha sido ahora puesto en duda y ella empieza a encaminarse hacia una mayor responsabilidad personal eliminando la dependencia en su propio mundo, e incluyendo la de sus padres, la de su marido e incluso la de sus hijos. Ella empieza a adquirir confianza en sí misma. Tal vez busque un empleo y haga nuevas amistades. Empieza a enfrentarse con su marido hasta ahora tan dominante y deja de aguantar todos los abusos de que ha sido objeto desde que se casó. Exige igualdad; ya no le es suficiente esperar que se la concedan. La experimenta por su cuenta sencillamente. Insiste en compartir las tareas domésticas, incluso el cuidado de los niños.
Esta nueva independencia, este traslado del pensamiento externo hacia el interno de parte de la mujer, no es aceptado con facilidad por el hombre. Se siente amenazado. Siente que una esposa levantisca es precisamente lo que no le hace falta, a pesar de que él mismo la alentó a salir por su cuenta y a pensar por sí misma. No pensó que crearía un monstruo, y mucho menos un monstruo que llegaría a desafiar su propia supremacía tan bien establecida. Puede que reaccione con una fuerte dosis de dominación, actitud que lograba siempre en el pasado poner en su sitio a su sumisa compañera. Alega que es un absurdo que ella trabaje ya que la mayor parte de su sueldo se va en pagar a otra gente para que cuide a los niños. Le señala que su creencia de que no existe igualdad entre ellos es ilógica. En realidad, ella es la mimada, la que se lleva la mejor parte. “Tú no tienes que trabajar, a ti te lo dan todo hecho, tú no tienes más que hacer que ocuparte de una casa y de ser una madre para tus hijos.” O intenta la culpabilidad: “Los niños sufrirán.” “Yo no puedo aguantar una vejación de este tipo.” Quizá llegue a amenazarla con el divorcio e incluso el suicidio. A menudo esto le da buen resultado. La esposa se dice a sí misma:
“Uf, casi echo todo a perder”. Y vuelve a su rol sumiso. Las fuertes dosis de dominación le sirvieron para recordarle cuál era su lugar. Pero si ella rehúsa volver atrás, puede que la estabilidad del matrimonio peligre. En todo caso el hecho es que la crisis existe. Si la mujer persiste en cambiar su sumisión por una actitud de confianza en sí misma, el marido, que necesita dominar a alguien, puede dejarla por una esposa más joven que lo mirará llena de admiración. De este modo, él obtendrá otra dependiente que además es un bonito adorno. Por otro lado podría ser que el matrimonio sobreviva a la crisis y se lleve a cabo un cambio interesante. El hilo de la dominación y la sumisión se entremete aún por la trama de la vida conyugal. Ahora el marido asume a menudo el rol sumiso ante él miedo de perder algo que quiere y que le importa mucho o por lo menos algo con lo que cuenta seguro. Se queda más en casa, está más con los niños (por sentimiento de culpa por haberlos abandonado tanto antes), puede que diga cosas como por ejemplo: “Tú ya no me necesitas”, o “Tú estás cambiando, tú no eres la chica con quien yo me casé, y no sé si me gusta esta nueva chica que ahora eres tú,”. Ahora es más sumiso. Puede que empiece a beber mucho o a compadecerse a sí mismo por la necesidad de manipular a su esposa o de recuperar su superioridad. La esposa tiene ahora su carrera o está en camino de ello: tiene su propio círculo de amigos y está desarrollando intereses propios fuera del ámbito del hogar. Quizás incluso tenga un amante como un gesto afirmativo de represalia, pero al menos se siente bien porque recibe halagos y alabanzas por sus logros. Sin embargo el hilo sigue allí y la crisis sigue amenazante. Mientras uno de los cónyuges tenga que ser más importante que el otro o el miedo al divorcio sea lo que los mantiene unidos, la dependencia seguirá siendo la piedra angular de la alianza. El socio dominante, sea el hombre o la mujer, no se siente satisfecho teniendo un esclavo por cónyuge. Puede que el matrimonio siga existiendo en un sentido legal, pero el amor y la comunicación entre los esposos han sido destruidos. Aquí el divorcio es muy común, y si no, dos personas empiezan a ir cada una por su lado dentro del matrimonio: no tienen relaciones sexuales, duermen en habitaciones separadas, la norma de la comunicación es la de degradarse mutuamente en vez de comprenderse.
Hay también otro final posible si ambos socios deciden revalorizarse a sí mismos y a su relación. Si ambos trabajan para librarse de sus zonas erróneas y para amarse de verdad, esto es dejando que el otro socio o cónyuge escoja su propia manera de realizarse, entonces el matrimonio puede florecer y seguir creciendo y desarrollándose positivamente. Con dos personas que tienen fe en sí mismas, que se quieren el uno al otro lo suficiente como para alentar una independencia en vez de dependencia, pero a la vez compartiendo la felicidad con el ser amado, entonces el matrimonio puede llegar a ser una posibilidad muy estimulante y agradable. Pero, cuando dos personas tratan de fundirse hasta convertirse en una sola, o una de ellas trata de dominar a la otra de cualquier forma que sea, esa llamita que existe dentro de todos nosotros lucha por una de las necesidades más grandes e importantes del ser humano: la independencia.
La longevidad no es un indicativo del éxito de un matrimonio. Mucha gente sigue casada por miedo a lo desconocido, por inercia o simplemente porque eso es lo que hay que hacer. Un buen matrimonio, un matrimonio en el que ambos compañeros sienten verdadero amor, se produce cuando cada uno está dispuesto a dejar que el otro escoja por sí mismo en vez de tratar de dominar. No existe ese forcejeo constante que implica el pensar y hablar por la otra persona y exigir que haga lo que se supone que tiene que hacer o debería hacer. La dependencia es la serpiente en el paraíso de un matrimonio feliz. Crea patrones de dominio y sumisión y finalmente destruye las buenas relaciones. Se puede eliminar esta zona errónea, pero no será nunca una batalla fácil ya que están en juego el poder y el control, y son pocos los que los abandonan sin luchar por ellos. Y lo que es más importante aún, es que no se debe confundir nunca la dependencia con el amor. Parece irónico, pero no lo es; el hecho de que el poner distancias entre los cónyuges consolide los matrimonios.
La gente te trata tal como tú le enseñas que te traten
La dependencia no es algo que simplemente sucede por el contacto con gente dominante. Como todos los comportamientos de las zonas erróneas, es una elección. Tú le enseñas a la gente a que te domine y a tratarte de la manera que siempre te ha tratado. Hay muchas formas de mantener el proceso de dominación y se repiten sólo si dan resultado. Dan resultado si te mantienen en línea y en una posición dependiente dentro de la relación. He aquí algunas de las estrategias más comunes que sirven para conservar los hilos del control y de la dominación dentro de la vida conyugal:
• Chillar, gritar o levantar la voz en cualquier sentido. Esto te mantendrá en tu lugar si eres una persona suave y quieres que las cosas sean blandas y fáciles.
• Comportamientos amenazantes como: “Me iré, pediré el divorcio”.
• Provocar sentimientos de culpa. “No tienes derecho a…” “No comprendo cómo puedes haber hecho algo así.” Si eres proclive a la culpa, con este tipo de frases será fácil mantenerte sometido.
• Hacer uso de la ira y de comportamientos explosivos como arrojar objetos, usar palabras fuertes, golpear cosas.
• El truco de la enfermedad física. Tener dolores de cabeza, un ataque al corazón, dolor de espalda o lo que sea, cada vez que uno de los cónyuges no actúa de la manera que quiere el otro. Será fácil manipularte así si le has enseñado a tu compañero o cónyuge que te portarás bien cuando él se enferma.
• El tratamiento silencioso. El no hablar y encerrarse deliberadamente son dos de las estrategias más eficientes que puede usar uno de los socios para maniobrar la conducta del otro.
• La rutina de las lágrimas. Lloras para conseguir que la otra persona se sienta culpable.
• La escena del abandono. El levantarse y partir es una buena manera de manipular al compañero para que asuma o abandone cierto tipo de comportamiento.
• El recurso de “Tú no me quieres, o “Tú no me comprendes” para conseguir que se haga tu voluntad y mantener la dependencia dentro de la relación.
• La treta del suicidio. “Si tú no haces lo que yo quiero, me mato,” o “Si me dejas, yo terminaré con todo”.
Todas las estrategias mencionadas más arriba son los métodos que sirven para mantener a la otra persona dentro del rol deseado en el matrimonio. Si uno de los cónyuges rehúsa dejarse manipular por ellas, el otro dejará de usarlas. Sólo cuando uno de los cónyuges reacciona de acuerdo a este tipo de tretas el otro se acostumbra a usarlas. Si respondes con las actitudes sumisas esperadas, le enseñas al otro lo que tolerarás.
Si te maltratan es porque has estado emitiendo señales de: por favor maltrátame. Tú puedes aprender a enseñarle a los otros a tratarte de la manera que te gusta que te traten, como hubieras querido que te hubieran tratado hasta ahora. Pero puedes lograr el cambio ya sea en el trabajo, en la familia, en un restaurante, en el autobús, en cualquier lugar en que te traten con desconsideración. En vez de decir: “¿ Por qué no me tratas mejor?”, empieza a decir: “¿ Qué es lo que estoy haciendo para que los demás me traten de esta manera?”. Pon el enfoque en ti mismo y empieza a cambiar esas reacciones.
Algunos de los comportamientos de dependencia mas comunes
y algunos comportamientos que alientan la dependencia
• Sentirse incapaz de abandonar el nido o abandonarlo con sentimientos de culpabilidad por los dos lados.
• Sentirse obligado a visitar a alguien, a telefonear, invitar, a hacer de chófer y cosas por el estilo.
• Pedirle permiso al cónyuge para cualquier cosa, incluso para gastar dinero, para hablar o para usar el coche.
• Indiscreciones que son como invasiones a la intimidad de los demás, como por ejemplo revisar los cajones de los niños o sus cartas o cuadernos secretos.
• Frases como: “Yo no podría decirle lo que siento a él no le gustaría”.
• Quedarse inmovilizado o tener una depresión después de la muerte de un ser amado.
• Sentirte atado a algún trabajo especial y no atreverte a trabajar por tu cuenta.
• Tener ideas preconcebidas respecto de lo que debe ser el comportamiento de un padre, esposo o hijo.
• Sentirse incómodo por la conducta de un cónyuge, o un padre o un hijo, como si lo que ellos son fuese parte de lo que tú eres.
• Pasarte la vida entrenándote, es decir preparándote para algún trabajo o un puesto. Sin dejar jamás la fase de entrenamiento por una de confianza en ti mismo.
• Molestarse, sentirse dolido, por lo que los otros digan, piensen o hagan.
• Poderte sentir feliz o realizado sólo si tu compañero se siente de la misma manera.
• Dejar que los demás te den órdenes.
• Dejar que otros tomen decisiones por ti o pedir siempre consejo antes de tomar una decisión.
• “Estás en deuda conmigo, mira lo que hice yo por ti.” Las obligaciones que van con la dependencia.
• No hacer algo delante de los padres o de la persona dominante porque no estarían de acuerdo o porque no les gustaría. No fumar, o beber, o decir malas palabras, o comer un helado de chocolate, o lo que sea, por cumplir con tu rol de sometimiento y sumisión.
• Abandonarte completamente, sin importarte tu vida, cuando algún ser amado muere o se enferma gravemente.
• Tener cuidado con el lenguaje que se usa ante una persona dominante, para no molestarla.
• Mentir constantemente respecto a tu propio comportamiento, y tener que tergiversar la verdad para no perturbarlos a “ellos”.
La compensación psicológica de la dependencia
Los motivos para aferrarse a este comportamiento frustrante y entorpecedor no son demasiado complicados. Quizá sepas cuáles son las retribuciones de la dependencia, pero sabes lo destructivas que son? La dependencia puede parecer algo muy inocuo e inocente, pero en realidad es el principal enemigo de la felicidad, de la plenitud y de la posibilidad de realizarse. He aquí algunos de los dividendos más comunes que te impulsan a mantenerte dentro de este estado de dependencia:
• La dependencia puede mantenerte bajo la custodia protectora de otra gente y ofrecerte los beneficios que reciben los niños pequeños porque no son responsables de su propio comportamiento.
• Al seguir siendo dependiente, puedes culpar a los demás de tus propias deficiencias.
• Al depender de los demás, no tienes necesidad de emprender la difícil tarea ni el riesgo de cambiar. Puedes sentirte seguro fiándote de quienes son responsables de ti.
• Puedes sentirte bien porque satisfaces a los demás. Aprendiste que la manera de ser bueno es satisfaciendo a mamá y ahora hay numerosas mamás simbólicas que te manipulan.
• Puedes evitar la culpa que escoges cuando te comportas de manera afirmativa. Resulta más fácil portarte bien que aprender a eliminar la culpa.
• No habrá necesidad de que tomes decisiones ni hagas elecciones por ti mismo. Sigues el modelo que te presenta tu padre o madre, tu cónyuge o el individuo de ; quien dependes. Mientras pienses lo que ellos piensan y sientas lo que ellos sientan, no habrá necesidad de determinar lo que tú sientes o piensas.
• Resumiendo, luego de agotar elucubraciones, simplemente es mucho más fácil ser uno de los que siguen que ser un líder. Puedes hacer lo que te digan y evitarte problemas aunque no te guste ser de los que siguen.
Siempre será más sencillo que correr todos los riesgos que implica el ser tu propia persona. La dependencia es desagradable porque te convierte en algo menos que una persona completa que funciona independientemente. Pero es más fácil; de eso puedes estar seguro.
Un programa para liberarte de la dependencia
• Escribe tu propia Declaración de Independencia en la que anuncies claramente ante ti mismo y para ti mismo que quieres funcionar en todas las relaciones humanas eliminando por completo las manipulaciones externas. “Yo, esta persona, para lograr una unión más perfecta, etc.,”
• Habla con todas las personas de quienes te sientes dependiente psicológicamente. Declara tus propósitos de funcionar independientemente. Explica lo que sientes cuando haces cosas por obligación. Ésta es una estupenda estrategia para comenzar este proceso, pues la otra persona puede que ni siquiera se dé cuenta ni que sienta que eres dependiente.
• Ponte metas de cinco minutos de duración para tratar con la gente dominante de tu vida. Prueba una frase corta: “No, yo no quiero hacerlo” y observa cómo reacciona la otra persona.
• Organiza una sesión de planificación con tu socio dominante en un momento en que no te sientas amenazado. Durante esta sesión, explícale que a veces te sientes manipulado y sometido y que te gustaría tener una señal convenida entre los dos para hacérselo notar cuando suceda y tú no quieras hablar de ello. Por ejemplo un tironcito de oreja o ponerte el dedo en la boca para anunciarle que te estás sintiendo sometido en ese preciso instante.
• Cuando te sientas empujado a hacer cosas, manipulado psicológicamente, díselo a la otra persona y actúa de la manera en que te gustaría comportarte.
• Recuérdate a ti mismo que los padres, cónyuges, amigos, jefes y otros, a menudo desaprobarán tu comportamiento y que eso nada tiene que ver con lo que eres o quien eres. Es sabido que en cualquier tipo de relación habrá siempre desacuerdos. Si los esperas, no te desesperarás cuando sucedan. De esta manera podrás romper con muchas de las relaciones de dependencia que te esclavizan emocionalmente.
• Incluso aunque trates deliberadamente de evitar a la gente dominante (padre o madre, cónyuge, jefe, hijos), seguirás estando controlado por ellos durante su ausencia si te sientes inmovilizado emocionalmente por su culpa.
• Si te sientes obligado a visitar ciertas personas, pregúntate si quisieras que otras te visiten simplemente porque se sientan obligadas a ello. Si no es así, otorga un trato correspondiente a quienes estás tratando de esta manera y háblalo con ellos. Esto es, revierte la lógica del comportamiento y verifica la falta de dignidad que existe en una relación obligada de este tipo.
• Toma la decisión de salirte de tu rol de dependencia haciendo un trabajo voluntario, leyendo, tomando a alguien para que se ocupe de los niños (aunque cueste demasiado dinero y pienses que no te lo puedes permitir), aceptando un empleo que no pague demasiado bien. ¿Por qué? Simplemente porque la remuneración que significa el aumento del aprecio y valoración de ti misma bien vale la pena, cueste lo que cueste en dinero o en tiempo.
• Insiste en tu independencia económica sin ataduras y sin tener que darle cuenta a nadie. Si tienes que pedir el dinero que quieres o necesitas, eres un esclavo. Si eso no es posible, arréglatelas para ganar tu propio dinero de la manera más creativa que puedas.
• ¡Déjalos estar!; Déjate estar tú! ¡Deja de dar órdenes! ¡Deja de recibir órdenes!
• Reconoce tu deseo de intimidad, de no tener que compartir todo lo que sientes y experimentas con alguien. Tú eres único y privado. Si sientes que tienes que compartir todo, no tienes elección y eres en consecuencia una persona dependiente.
• Deja que la habitación del niño sea realmente la suya. Dale un espacio que él pueda controlar y siempre que no sea perjudicial, deja que él decida cómo la va a organizar. Una cama hecha no es más sólida psicológicamente que una sin hacer, aunque te hayan enseñado lo contrario.
• En las fiestas haz grupo aparte de tu marido o mujer. No sientas que tienes que estar con esa persona todo el tiempo. Separaos y luego unid vuestras fuerzas cuando todo haya acabado. Así duplicaréis vuestras experiencias.
• Si tú tienes ganas de ir al cine y tu compañero quiere jugar al tenis, hacedlo de esa manera. Permitíos más separaciones y así las reuniones serán más alegres y estimulantes.
• Haz cortos viajes solo o con amigos sin tener que sentirte atado a tu cónyuge o compañero. Os sentiréis más unidos cuando volváis y apreciaréis el hecho de poder funcionar independientemente.
• Recuerda que no tienes la responsabilidad de hacer feliz a los demás. Los demás se hacen felices a sí mismos. Es posible que realmente disfrutes de la compañía de otra persona, pero si sientes que tu misión es hacerla feliz, entonces dependerás de ella y te sentirás deprimido cuando esa persona esté deprimida. O peor aún, pensarás que eres tú quien le ha fallado. Tú eres el responsable de tus propias emociones, y la demás gente, de las suyas. Nadie puede controlar tus sentimientos, salvo tú mismo.
• Recuerda que el hábito no es razón suficiente para hacer algo, cualquier cosa que sea. El que siempre hayas estado sometido a los demás no es motivo ni justificación suficiente para seguir estándolo.
• La clave de una vida eficiente reside en la independencia. Igualmente, la clave de un buen matrimonio reside en el mínimo de fusión y el máximo de autonomía y autodependencia. Y aunque sientas verdadero temor a romper tus relaciones dependientes, seguro que si les preguntas lo que piensan a las mismas personas con las que mantienes estas relaciones de dependencia emocional, descubrirás, con gran sorpresa, que ellos admiran más a quienes piensan y actúan por sí mismos. Otra ironía. Quienes más te respetarán por ser independiente serán los mismos que con más fuerza trataron de mantenerte subordinado.
El nido es un lugar maravilloso para que se desarrolle el niño, pero abandonar el nido es aún más maravilloso y puede sentirlo así tanto el que se va como el que se queda observando el despegue.
Adiós a la ira
El único antídoto para la ira es la eliminación de la frase interna:
“Si sólo fueras más parecido a mi”.
¿Tienes mal genio? Tal vez aceptes la ira como parte integrante de tu vida, pero ¿reconoces, que de hecho no sirve a ningún fin útil? Quizá justificas tu mal humor diciendo cosas como “Es muy humano” o “Si no me desahogo expresándolo me lo guardaré dentro mío y se me convertirá en una úlcera”. Pero la ira, el mal humor es una parte de ti mismo que no te gusta y, casi está de más decirlo, tampoco le gusta a la demás gente.
La ira no es algo “muy humano”. No tienes por qué sentirla, y no sirve a ninguno de los propósitos relacionados con el que tú seas una persona feliz y realizada. Es una zona errónea, una especie de gripe psicológica que te incapacita igual que puede hacerlo una enfermedad.
Definamos el término ira. En el sentido que lo usamos en este capítulo se refiere a una reacción inmovilizante, una reacción que se experimenta cuando nos falla algo que esperábamos, algo con que contábamos. Toma la forma de rabia, hostilidad, de agresión contra alguien o incluso de silencio amenazante. No se trata simplemente de un enfado o irritación. Una vez más la palabra clave es inmovilidad. La ira es inmovilizante y por lo general proviene del deseo de que el mundo y la gente sean diferentes a lo que realmente son.
La ira es una elección y un hábito. Es una reacción aprendida ante la frustración y a resultas de la cual te comportas como preferirías no hacerlo. De hecho, la ira profunda es una forma de locura. Se es loco cuando no se puede controlar el propio comportamiento. Así pues, cuando estás enfadado y pierdes el control, sufres una locura temporal.
La ira no tiene retribuciones ni compensaciones psicológicas. Tal como la definimos aquí, la ira es debilitante. Físicamente puede producir hipertensión, úlceras, urticaria, palpitaciones cardíacas, insomnio, cansancio e incluso enfermedades cardíacas. Psicológicamente, la ira acaba con las relaciones afectivas; interfiere con la comunicación; conduce a la culpabilidad y la depresión y en general interfiere con tu vida. Quizá te sientas escéptico ante esto, puesto que siempre has oído decir que es más sano expresar la ira que guardarla embotellada dentro de ti. Sí, realmente la expresión de tu ira es más saludable que su represión. Pero existe una postura aún más sana: no sentir esa ira en absoluto. En este caso, no tendrás que enfrentarte con el dilema de si será mejor echarla fuera o guardarla adentro.
Como todas las emociones, la ira es un resultante del pensamiento. No es algo que simplemente te sucede. Cuando te enfrentas con circunstancias que no van por donde tú quisieras que vayan, te dices a ti mismo que las cosas no deberían ser así (frustración) y entonces eliges la acostumbrada reacción de enfado que sirve a un propósito. (Véase la sección de retribuciones más adelante en este mismo capítulo.) Y mientras aceptes la ira como parte de lo que significa ser un ser humano, tendrás razón en aceptarla y en evitar ocuparte de su eliminación. Sin la menor duda, desfoga tu ira, desahógate, déjala salir en formas que no sean destructivas (si sigues decidido a conservarla). Pero empieza a pensar en ti mismo como en alguien que puede aprender a pensar de manera diferente cuando se siente frustrado, de modo que la ira inmovilizante pueda ser reemplazada por emociones más gratificantes y positivas. Lo más posible es que seguirás sintiendo rabia, irritación y desilusión, ya que el mundo no será nunca como tú quieres que sea. Pero la ira, esa respuesta emocional tan perjudicial, puede ser eliminada.
Es posible que defiendas el caso de la ira porque te sirve para conseguir lo que quieres. Bueno, observa la cosa con un poco más de atención. Si lo que quieres decir es que si levantas la voz o pones cara de furia te ayudará a evitar que tu hija de dos años juegue en la calle donde puede hacerse daño, entonces levantar la voz es una estrategia excelente. Sólo se convierte en ira cuando te sientes realmente perturbado, cuando te acaloras y aumentan las pulsaciones de tu corazón, cuando arrojas objetos y quedas inmovilizado en general por un tiempo, cualquiera que sea. No dejes de seleccionar estrategias personales que reforzarán el comportamiento apropiado, pero no aceptes todo el dolor interno que esto puede significar. Puedes aprender a pensar de esta manera: “El comportamiento de la niña es peligroso para ella. Quiero hacerla ver que no se tolerará que juegue en la calle. Levantaré la voz para demostrarle la fuerza de mis sentimientos al respecto. Pero no me enfadaré”.
Considera a una madre típica que no puede realizar este despliegue controlado de enfado. Se siente constantemente molesta por el mal comportamiento reiterado de sus hijos. Pareciera como que mientras más se molesta ella, peor se portan ellos. Los castiga; los manda a su habitación; grita constantemente y está casi siempre en estado de irritación, como “en pie de guerra”, cuando trata con sus hijos. Su vida como madre es una batalla. Lo único que sabe es gritar y por las noches se siente destrozada emocionalmente, agotada al cabo de un día en el campo de batalla.
Entonces ¿por qué se portan así los niños cuando saben cómo va a reaccionar mamá? Porque la ironía de la ira es que nunca logra cambiar a los demás: sólo consigue intensificar el deseo de la otra persona de controlar a la persona enfadada. Escucha lo que dirían los niños de quienes ahora hablamos si pudieran formular sus motivos para portarse mal.
“¿Ves lo que hace enfurecer a mamá? No tienes más que decir esto, o hacer esto otro, y podrás controlarla haciendo que le de uno de sus ataques. Puede que te tengas que quedar encerrado en tu habitación unas horas o unos momentos, ¡pero mira lo que consigues! ¡El total dominio emocional de su persona y a precio tan bajo! Ya que tenemos tan poco poder sobre ella, hagamos esto más a menudo y veremos cómo se enloquece con nuestro comportamiento.”
La ira, cuando se usa en cualquier tipo de relación, impulsa a la otra persona a que siga actuando como lo ha hecho hasta ahora. Si bien el provocador aparenta estar asustado, por otro lado sabe muy bien que puede enfadar a la otra persona cuando quiera, y de esa manera ejercer sobre ella el mismo tipo de autoridad vengativa que cree tener el iracundo.
Cada vez que eliges enfadarte debido al comportamiento de otra persona, la estás privando de su derecho de ser lo que ella escoja. Dentro de tu cabeza está la frase neurótica: “Por qué no eres más parecido a mí? Entonces te querría y me gustarías en vez de enfadarme”. Pero los demás no serán nunca como tú quieres que sean, todo el tiempo por lo menos. Gran parte del tiempo las cosas y la gente serán distintas a lo que tú quisieras que fueran. Así es el mundo. Y la posibilidad de cambiarlo es nula. De modo que cada vez que optas por la rabia cuando te enfrentas con alguien o con algo que no te gusta, optas a la vez por dejarte herir o inmovilizarte de alguna manera por culpa de la realidad. Ahora bien, eso es una tontería. Molestarte por cosas que no van a cambiar nunca. En vez de escoger la ira, puedes empezar a pensar en los demás como en seres que tienen derecho a ser diferentes a lo que tú quisieras que fueran. Puede que no te guste que así sea, pero no tienes por qué enfadarte por ello. La ira sólo los alentará a seguir siendo como son y te provocará todas las tensiones físicas y las torturas mentales que describimos antes. La elección está en tus manos realmente. La ira o un nuevo enfoque que te ayude a eliminar la necesidad de la ira.
Quizá te ves a ti mismo en el campo contrario, esto es, alguien que siente mucha rabia, pero que nunca ha tenido el valor de expresarla. Te la guardas y nunca dices nada, trabajándote esas dolorosas úlceras y viviendo tus momentos presentes con gran cantidad de ansiedad. En realidad no eres la otra cara de la persona que chilla y despotrica. Tienes las mismas frases en tu cabeza respecto a la gente y las cosas, que deberían ser como tú quieres. Si lo fueran, ése es tu razonamiento, no sentirías rabia, no te enfadarías. Ésta es una lógica equivocada y el secreto para deshacerte de tus tensiones radica en destruirla. Aunque quieras aprender a expresar tu furia contenida en vez de guardártela, la meta final debe ser aprender a pensar en forma diferente para no crear esa furia. Pensamientos internos como éste: “Si él quiere hacer el tonto, yo no voy a elegir molestarme por ello. Es él, no yo, el que se comporta de esa manera estúpida”. O, “Las cosas no funcionan como yo creo que deberían hacerlo. Y aunque no me gusta, no voy a dejarme inmovilizar por ello”. Aprender a expresar tu ira con valentía por medio de nuevas formas de comportamiento como las que hemos tratado en este libro, será un buen primer paso. Luego, pensar de forma diferente que te ayude a trasladarte del compartimento externo de tu salud mental al interno. El rehusar apoderarte del comportamiento de cualquier otra persona es el último paso, el objetivo final. Puedes aprender a evitar que el comportamiento y las ideas de otra gente tengan el poder de perturbarte y molestarte.
Al tener una buena opinión de ti mismo y negarte a que te controlen los demás, no te perjudicará ni lastimará la ira.
La posesión del sentido del humor
Es imposible enfadarse y reírse al mismo tiempo. La rabia y la risa se excluyen mutuamente y tú tienes el poder suficiente como para escoger cualesquiera de las dos.
La risa es el rayo de sol del alma. Y sin sol nada puede crecer ni vivir. Como dijo Winston Churchill:
Creo firmemente que no se puede tratar con las cosas más serias de este mundo a menos que uno comprenda las más divertidas.
Quizá te tomes la vida demasiado en serio. Tal vez la característica más acusada de la gente sana es un sentido del humor sin hostilidad. Un excelente remedio para la ira es ayudar a los demás a elegir la risa y aprender uno mismo a echarse para atrás y observar la incongruencia de casi todas las situaciones de la vida.
Dentro del esquema de las cosas de este mundo, lo que tú haces y el hecho de que estés enfadado o no, provocará un impacto similar al que puede producir un vaso de agua volcado sobre el torrente de las cataratas del Niágara. Que escojas la rabia o la risa no importa mucho, salvo que la primera colmará tus momentos presentes de tristeza y la segunda de alegría.
Tan en serio te tomas a ti mismo y a la vida que no puedes echarte atrás y darte cuenta de lo absurdo que es tomar algo de forma tan solemne?
No reírse es un indicativo patológico. Cuando empieces a ponerte demasiado serio y sensato en lo que a ti respecta o en lo que haces, recuérdate a ti mismo que no tienes más tiempo que éste. ¿Qué sacas con desperdiciar tu presente estando enfadado cuando la risa sienta tan bien?
Hay que reírse por el mero placer de la risa. Es en sí misma su propia justificación. No tienes que tener ningún motivo especial para reírte.
Hazlo simplemente. Obsérvate a ti mismo y a los demás en este mundo insensato y decide entonces si andarás por ahí cargado de ira o si desarrollarás más bien un sentido de humor que te otorgará uno de los dones más valiosos que existen: la risa. Sienta tan bien.
Algunas de las causas más comunes de la ira
Es posible ver la ira funcionando todo el tiempo. Por todas partes se ven ejemplos de gente experimentando diversos grados de inmovilidad, desde una pequeña molestia hasta la furia ciega. Es el cáncer, aunque aprendido, que se introduce en medio de las interacciones humanas. A continuación, he aquí algunos de los casos más comunes de ira, es decir de ocasiones en que la gente escoge la ira:
• La ira en el coche. Los conductores le gritan a los demás motoristas por casi todo. El comportamiento de acelerador de pulso ocurre cuando otra persona va demasiado rápido, demasiado lento, no hace señales, señala equivocadamente, cambia de carriles o comete cualquier equivocación. Como conductor puedes llegar a experimentar gran cantidad de rabia e inmovilidad emocional por las cosas que te dices a ti mismo de la manera como los demás deberían conducir. Igualmente las congestiones de tráfico son como señales claves para los ataques de furia y hostilidad. Los conductores les chillan a los pasajeros y se expresan con palabrotas respecto a las causas del atasco. Todo este comportamiento es consecuencia de un solo pensamiento:
“Esto no debería estar sucediendo; y porque sucede, yo me voy a molestar e incitaré a los demás a escoger también la infelicidad”.
• La ira en los juegos competitivos. El bridge, el tenis, la canasta, el póquer y una variedad de otros juegos son grandes provocadores de ira.
La gente se enfada con sus compañeros o con sus contrincantes por no hacer las cosas bien o por infracciones a las reglas del juego. Pueden llegar a tirar al suelo una raqueta de tenis porque cometieron un error. Y aunque gritar y patalear y tirar el equipo por los aires es más sano que gritarle o pegarle a los demás, es igualmente una barrera de contención para la plenitud de goce y realización de tu momento presente.
• Ira ante lo fuera de lugar. Mucha gente siente rabia contra un individuo o un suceso que considera fuera de lugar. Por ejemplo, un conductor de coche en una carretera o calle puede decidir que un ciclista o peatón no debería estar allí y tratar de echarlo fuera. Este tipo de ira puede ser sumamente peligrosa. Muchos de los denominados accidentes resultan en realidad de este tipo de incidentes en los que la furia incontrolada ha tenido efectos desastrosos.
• Ira ante los impuestos. Por más cantidad de ira que se malgaste en rabiar contra los impuestos, nadie podrá cambiar las leyes de nuestro país pero la gente sigue rabiando igual porque los impuestos no son como ellos quisieran que fueran.
• Ira debida a la lentitud de los demás. Si esperas que los demás funcionen según tu horario, optarás por enfadarte cuando no lo hagan y justificarás tu inmovilización con “Tengo derecho a enfadarme. Hace media hora que me tiene esperando”.
• Ira por el desorden o desorganización de los demás. A pesar del hecho de que tu rabia alentará a los demás a comportarse de la misma manera, posiblemente persistirá tu actitud de escoger la ira.
• Ira contra los objetos inanimados. Reaccionar con un grito de rabia porque te golpeas la espinilla o porque te das en el dedo con un martillo puede ser terapéutico, pero sentir realmente furia y atravesar la puerta de un puñetazo no es sólo inútil sino que también puede ser muy doloroso.
• Ira debida a algún objeto perdido. Por más que rabies, la rabia no logrará recuperar tu llave o tu monedero, y probablemente evitará que organices una búsqueda eficiente.
• Ira ante sucesos mundiales que están fuera de tu control. Quizá no estés de acuerdo con la política del gobierno, con las relaciones exteriores, o la economía pero tu ira y la consiguiente inmovilización no cambiarán nada.
Los muchos rostros de la ira
Ahora que has visto algunas de las ocasiones en las que puedes escoger la ira, miremos algunas de las formas que toma la ira:
• La agresión verbal o el ridiculizar a tu cónyuge, hijos, seres queridos o amigos.
• Violencia física, pegar, patear, golpear objetos o gente. Este comportamiento cuando es llevado a máximo extremo conduce a los crímenes de violencia que se cometen casi siempre bajo la influencia de una rabia inmovilizante. No se cometen crímenes y asaltos a menos que se descontrolen las emociones y la ira produzca una locura temporal. Puede resultar peligroso creer que la ira es normal o suscribirse a las escuelas psicológicas que impulsan a tomar contacto con la rabia y a desahogarse dejándola salir. Igualmente, la televisión, el cine y los libros que vulgarizan la ira y la violencia y las presentan como comportamientos normales perjudican tanto al individuo como a la sociedad.
• Decir cosas como “Él me enfurece” o “realmente tú me das mucha rabia”. En estos casos, tú optas por permitir que el comportamiento de otra persona te haga infeliz.
• Usar frases como “lo mato”, “lo deshago” o “hay que destruir a la oposición”. Puede que pienses que ésos son sólo decires, expresiones, pero en realidad lo que hacen es alentar la violencia y la ira y hacerla aceptable hasta en una competición amistosa.
• Pataletas de rabia. Ésta no es sólo una manera muy común de expresar la ira sino que a menudo sirve para que el rabioso consiga lo que quiere.
• El sarcasmo, el ridículo y el tratamiento del silencio. Estas expresiones de ira pueden ser tan perjudiciales y dañinas como la violencia física.
Si bien la lista de los posibles comportamientos iracundos podría seguir eternamente, los ejemplos que acabamos de citar son algunos de los más usuales cuando la ira aflora en esta zona errónea.
El sistema de retribuciones que tú has construido para escoger la ira
A fin de aplacar tu mal genio, lo más efectivo es empezar a percibir las razones que se tienen para usarlo. He aquí algunas de las motivaciones psicológicas para mantener en funcionamiento ese mal genio:
• Cuando se te hace difícil controlarte, te sientes frustrado o derrotado, te es posible usar la rabia para trasladar la responsabilidad de lo que sientes a otra persona u otro suceso en vez de dominar tus propios sentimientos.
• Puedes utilizar la ira para manipular a los que te tienen miedo. Esto es especialmente efectivo con los que son más jóvenes o más pequeños, física o psicológicamente.
• Los accesos de ira atraen la atención de los demás y así logras sentirte importante y poderoso.
• La ira es una excusa muy cómoda. Puedes volverte loco -temporalmente- y luego disculparte diciendo: “No pude evitarlo”. Así puedes exonerar tu comportamiento con una lógica de descontrol.
• Consigues lo que quieres porque los demás prefieren aplacarte que tener que tolerar tus rabietas y ataques de ira.
• Si le tienes miedo al amor o a la intimidad, puedes enfadarte por algo y evitar de ese modo el riesgo de compartir algo emocionalmente.
• Puedes manipular a los demás por medio de la culpa haciendo que se pregunten: “¿Qué hice yo para que se enfade de esta manera?,. Cuando los demás se sienten culpables, tú eres poderoso.
• Puedes bloquear la comunicación cuando te sientes amenazado porque alguien es más hábil que tú. Usas la rabia para evitar el riesgo de quedar en inferioridad de condiciones.
• No tienes que ocuparte de ti mismo cuando estás enfadado. De ese modo puedes usar tus momentos presentes de una manera muy fácil al estar furioso y evitar hacer lo que sea necesario para mejorarte a ti mismo.
• Utilizas la ira para desahogarte.
• Puedes sumirte en una profunda compasión de ti mismo después de un ataque de rabia, compadecerte de ti mismo porque nadie te comprende.
• Puedes evitar pensar con lucidez por el mero hecho de enfadarte.
• Todo el mundo sabe que no puedes pensar claramente en esos momentos. Así que ¿por qué no echar mano de la vieja ira cuando quieres evitar el pensar con rectitud y claridad?
• Puedes usarla como excusa por un fracaso o por tu falta de capacidad. Incluso puedes llegar a evitar que los demás te ganen debido al miedo que inspiran tus accesos de mal humor.
• Puedes utilizar la rabia como excusa diciendo que la necesitas para poder realizar algún trabajo específico, pero en realidad la ira es un comportamiento inmovilizador y no ayuda a trabajar bien.
• Al decir que la ira es humana, tienes a mano la justificación para tu comportamiento: “Yo soy un ser humano y así funcionan los seres humanos”.
Algunos proyectos que pueden servir para reemplazar la ira
La ira se puede eliminar. Para ello es necesario pensar de distinta manera y se puede lograr ocupándose de un solo momento presente a la vez.
Cuando te tienes que enfrentar con gentes o hechos que provocan tu ira o te instan a escoger la ira, ten conciencia de lo que te dices a ti mismo, y entonces trata de elaborar frases nuevas que provocarán nuevas sensaciones y un comportamiento más productivo. He aquí algunas estrategias específicas para combatir la ira:
• Lo primero y más importante es tomar contacto con tus propios pensamientos en el momento mismo en que te enfadas; entonces debes recordar que no tienes que actuar así simplemente porque siempre lo has hecho. Lo más importante es estar alerta al respecto.
• Tratar de postergar la ira. Si tu reacción normal ante algo es de enfadarte, trata de postergar esa ira durante quince segundos y luego explota como sueles hacerlo. La próxima vez trata de postergarla treinta segundos y sigue alargando los intervalos. Cuando empieces a ver que puedes postergar la ira, te darás cuenta que has aprendido a controlarla.
• Postergarla significa controlarla y con mucha práctica la eliminarás por completo.
• Cuando tratas de utilizar la ira en forma constructiva para enseñarle algo a un niño, prueba de hacer como si estuvieses enfadado. Levanta la voz y frunce el ceño, pero no sientas todo el dolor físico y psicológico que acompaña a la ira.
• No trates de engañarte a ti mismo diciéndote que disfrutas de algo que en realidad te es desagradable. Algo puede desagradarte sin que por ello te tengas que enfadar.
• Trata de acordarte en el momento en que te enfades que los demás tienen derecho a ser lo que escogen ser, que tu exigencia de que sean diferentes sólo logra prolongar tu ira. Trabaja para lograr permitirle a los demás el derecho a sus propias elecciones así como insiste en tu propio derecho a la libre elección.
• Pídele a alguna persona de confianza que te ayude. Pídele que te avise cuando estés enfadado ya sea verbalmente o con alguna señal convenida. Cuando recibas esta señal piensa en lo que estás haciendo y luego prueba de usar la estrategia de la postergación.
• Escribe un diario de tu comportamiento iracundo y apunta exactamente el día, hora y lugar del incidente en el que escogiste enfadarte. Sé muy exacto y cumplido en tus anotaciones; oblígate a apuntar todas las veces que has reaccionado con rabia. Pronto descubrirás, si persistes, que el mero hecho de tener que anotar el incidente servirá para persuadirte a escoger la ira con menos frecuencia.
• Trata de estar cerca físicamente de algún ser querido en el momento en que sientas rabia. Una de las manera de neutralizar tu hostilidad es cogerte de las manos de alguien, a pesar de tu inclinación en contra, y sigue asido a esas manos hasta que hayas expresado lo que sientes y disipado tu ira.
• Habla con las personas que son los blancos más comunes de tu ira en un momento en que no estés enfadado. Comparte con el otro las actividades más provocadoras de ira, y proyecta alguna manera por medio de la cual puedes comunicar tus sentimientos sin tener que recurrir a un comportamiento debilitante como es el de la ira. Quizás una notita por escrito, un mensaje o una caminata para serenarse podrían dar resultado si antes se llega a un acuerdo al respecto, de modo que no sigan maltratándose mutuamente con exabruptos de ira que no tienen sentido. Al cabo de unos cuantos paseos para serenarte, empezarás a ver lo insensato que es dejarse llevar por el mal genio.
• Aplaca tu ira durante los primeros segundos clasificando lo que sientes y lo que crees que siente tu compañero también. Los primeros diez segundos son cruciales. Si logras sobrepasarlos verás a menudo que la rabia se ha desvanecido por sí sola.
• Ten conciencia de que todas las cosas en las que crees serán desaprobadas por el cincuenta por ciento de la gente el cincuenta por ciento del tiempo. Si esperas que gran parte de la gente esté en desacuerdo contigo, verás que no escoges la ira. En cambio te dirás a ti mismo que el mundo es justo y recto porque la gente no está de acuerdo con todo lo que tú dices, piensas y haces.
• Ten conciencia de que si bien la expresión de la ira es una alternativa saludable a guardarse ese sentimiento en el interior, no sentirla en absoluto es la opción más saludable de todas. Cuando dejes de pensar que la ira es algo natural o típicamente humano, habrás adquirido una razón interna para tratar de eliminarla.
• Trata de no esperar demasiado de los demás. Cuando dejas de tener expectativas, dejas de esperar lo que muy bien puede ser imposible y dejas de enfadarte si no lo consigues.
• Recuerda que los niños son siempre activos y bulliciosos y que no sacarás nada enfadándote. Y si puedes ayudar a que los niños hagan elecciones constructivas en otras áreas, no podrás nunca alterar su naturaleza básica.
• Anímate a ti mismo. Si lo haces, no te sobrecargarás de un sentimiento que resulta tan destructivo para tu persona.
• Cuando te encuentres en una congestión de tráfico, controla el tiempo de espera sin explotar. Trabaja para lograr controlarte. En vez de gritarle a un pasajero, hazle una pregunta civilizada. Usa el tiempo creativamente escribiendo una carta, una canción o para descubrir formas de evadirte de la congestión de tráfico; o trata de revivir la experiencia sexual más estimulante de tu vida, o mejor aún, proyecta mejorarla.
• En vez de sentirte esclavizado por todas las circunstancias frustrantes, usa esas mismas situaciones como un estímulo para cambiarlas. De ese modo, no tendrás tiempo para enfadarte en tus momentos presentes.
La ira se entromete en nuestro camino. No vale para nada, no es beneficiosa para nada. Como todas las zonas erróneas, la ira es un medio que sirve para usar elementos externos a ti a fin de explicar cómo te sientes. Olvídate de los demás. Haz por tu cuenta tus propias elecciones y no permitas que éstas estén empañadas por la ira.
Retrato de una persona que ha eliminado todas las zonas erróneas
Están demasiado ocupados siendo para fijarse en lo que hacen sus vecinos.
Es posible que una persona liberada de zonas erróneas nos parezca un personaje de ficción, pero la liberación de los comportamientos autodestructivos no es un concepto mitológico; más bien se trata de una posibilidad real. La posibilidad de funcionar plenamente está a tu alcance y una completa salud mental en el momento presente puede ser una opción. Este último capítulo está dedicado a describir cómo funciona la gente libre de zonas erróneas de comportamiento y pensamiento. Verás el desarrollo de un individuo distinto a la mayor parte de la gente y que se distingue por su hábil capacidad de estar creativamente vivo en todo momento.
Las personas libres de zonas erróneas son muy distintas a la gente común y corriente. Y aunque su aspecto es como el del normal de la gente, ellos tienen unas cualidades muy particulares que en ningún caso son raciales, socio-económicas o sexuales. No encajan fácilmente en ningún rol, trabajo específico, moldes geográficos, niveles educativos o estadísticas económicas. Tienen una cualidad diferente, pero la diferencia no es fácil de discernir por medio de los factores externos tradicionales con los que generalmente clasificamos a la gente. Pueden ser ricos o pobres, hombres o mujeres, blancos o negros, vivir en cualquier parte y hacer casi cualquier cosa. Son un grupo de gente muy variada que sin embargo tienen un factor en común: estar libres de zonas erróneas. ¿Cómo darte cuenta de cuando te encuentras con alguien así? ¡Obsérvalos! ¡Escúchalos! Esto es lo que descubrirás:
• En primer lugar, y esto será lo más evidente, verás que es gente que disfruta de virtualmente todo lo que les brinda la vida; gente que se siente cómoda haciendo cualquier cosa y que no pierde el tiempo quejándose o deseando que las cosas fueran de otra manera. Sienten entusiasmo por la vida y quieren todo lo que pueden sacar de ella. Les gusta salir de excursión, ir al cine, leer, practicar deportes, asistir a conciertos, visitar ciudades, granjas, contemplar animales, montañas y realmente casi todo. Les gusta la vida. Cuando estás cerca de gente así, notarás la ausencia de lamentos e inclusive de suspiros pasivos. Si llueve, les gusta. Si hace calor lo disfrutan en vez de quejarse. Si se encuentran en medio de una congestión de tráfico, o en una fiesta, o completamente solos, sencillamente actúan de la mejor manera posible. No se trata de disfrutar de todo lo que sucede, sino de una sabia aceptación de lo que es, de una rara habilidad para deleitarse con la realidad. Pregúntales lo que no les gusta y les costará darte una respuesta honesta. No actúan con la sensatez que significaría protegerse de la lluvia cobijándose bajo techo, porque la lluvia les parece hermosa, estimulante y algo que vale la pena experimentar. Les gusta. El fango no los enfurece: lo observan, chapotean en él y lo aceptan como parte de lo que significa estar vivo. Les gustan los gatos? Sí. Los osos? Sí. Los gusanos? Sí. Y aunque las molestias como enfermedades, sequías, mosquitos, inundaciones y otras calamidades no les producen placer ni las aceptan con entusiasmo, es gente que no gasta sus momentos presentes quejándose por ellas o deseando que no fueran así. Si hay que destruir ciertas situaciones, ellos tratarán de destruirlas. Y disfrutarán haciéndolo. Por más que trates, te costará descubrir algo que no les guste hacer. Realmente aman la vida y realmente se sumergen en ella disfrutando de todo lo que les brinda.
• La gente sana y realizada está libre del sentimiento de culpa y de toda la ansiedad que se produce cuando se usan los momentos presentes inmovilizándose por hechos que sucedieron en el pasado. Ciertamente pueden reconocer que han cometido errores y pueden prometerse que evitarán repetir ciertos comportamientos que resultaron contraproducentes de alguna manera, pero no malgastan su tiempo arrepintiéndose por algo que hicieron y que desearían no haber hecho, o molestos porque les disgusta algo que hicieron en algún momento de su vida pasada. La total carencia de culpa es una de las características de las personas sanas. Nada de lamentos por lo que pasó y nada de esfuerzos por lograr que otros escojan la culpa haciendo preguntas tan vanas como “¿Por qué no lo hiciste de otra manera?, o “¿No te avergüenzas de ti mismo?” Dan la impresión de que saben reconocer que la vida ya vivida es eso, y que por más mal que uno se sienta al respecto, nada podrá hacer para cambiar lo que pasó. Ellos mismos se sienten libres de culpa sin ningún esfuerzo: porque es natural, nunca ayudan a los demás a escoger la culpa. Se dan cuenta que sentirse mal en el momento presente sólo refuerza la pobre imagen de sí misma que puede tener una persona y que es mucho mejor aprender del pasado que protestar por el pasado. No los verás nunca manipulando a los demás diciéndoles lo malos que han sido, ni tampoco podrás manipularlos tú con las mismas tácticas. Ellos no se enfadaran contigo, simplemente no te harán caso, te ignorarán. En vez de molestarse contigo, preferirán irse o cambiar de tema. Las estrategias que funcionan tan bien con la mayor parte de la gente fallan completamente con estos seres tan sanos. En vez de hacerse desgraciados a sí mismos o a los demás con sentimientos de culpabilidad, tranquilamente, sin mayor ceremonia dejan de lado la culpa cuando la encuentran en su camino.
• Igualmente la gente libre de zonas erróneas no se atormenta con preocupaciones. Algunas circunstancias que a otras personas podrían llegar a enloquecerlas apenas si afectan a estos individuos. No son ni planificadores del futuro ni ahorradores para el futuro. Rehúsan preocuparse por lo que pasará en el futuro y se mantienen libres de la ansiedad que acompaña a las preocupaciones. No saben preocuparse. No es parte de su manera de ser. No es que necesariamente estén todo el tiempo calmados pero no están dispuestos a pasar sus momentos presentes sufriendo por cosas que pueden suceder en el futuro y sobre las que no tienen ningún control. Están orientados principalmente hacia sus momentos presentes, y tienen una señal interna que parece recordarles que todas las preocupaciones deben suceder en el momento presente, y que ésa es una manera muy tonta de vivir su actualidad. Esta gente vive ahora en el presente y no en el pasado o en el futuro. No se sienten amenazados por lo desconocido y buscan nuevas experiencias que nos les son familiares. Les encanta la ambigüedad. Disfrutan del ahora en todas las ocasiones convencidos de que es todo lo que tienen. No hacen proyectos para un acontecimiento futuro dejando que pasen largos períodos de inactividad mientras esperan este acontecimiento. Los momentos que se viven entre los acontecimientos son tan vivibles como los acontecimientos mismos, y estas personas tienen una rara habilidad para sacar todo el goce posible de sus vidas diarias. No son “postergadores” ni de los que ahorran por si vienen tiempos malos ¡y aunque nuestra cultura no apruebe su comportamiento, no se sienten amenazados por reproches que provengan de sí mismos! Aprecian y disfrutan ahora de su felicidad y cuando el futuro llegue y se convierta en presente lo aprecian y disfrutan también. Estos individuos gozan siempre porque sencillamente se dan cuenta de lo absurdo que es esperar para disfrutar. Es una manera muy natural de vivir la vida, un poco como un animal o un niño. Están demasiado ocupados en realizar plenamente el momento presente mientras que la mayoría de la gente vive esperando las retribuciones sin ser capaces jamás de cogerlas cuando se les presentan. Esta gente tan sana es notablemente independiente. Es gente que se encuentra fuera del nido, y aunque puede sentir gran amor por su familia y estar muy ligados a ella, piensan que la independencia es más importante que la dependencia en todas las relaciones humanas. Saben apreciar muy bien su propia independencia, el no depender de lo que puedan hacer los demás. Sus relaciones humanas se basan en el respeto mutuo al derecho que tiene el individuo a tomar sus propias decisiones. El amor de esta gente no lleva implícita la imposición de los valores propios en el ser amado. Dan gran importancia a la intimidad del ser humano; lo que puede hacer que los demás se sientan rechazados. Les gusta estar solos a veces, y se preocupan mucho de proteger su intimidad. No se comprometen sentimentalmente con mucha gente. Son selectivos en lo que respecta al amor, pero son también profundamente afectuosos. A las personas dependientes y no sanas les cuesta amar a seres así porque éstos son muy intransigentes en lo que respecta a su libertad individual. Si alguien los necesita, rechazan esta necesidad por encontrar que es perjudicial para la otra persona tanto como para ellos mismos. Quieren que las personas que ellos aman sean independientes, que hagan sus propias elecciones y que vivan sus vidas por sí mismos. Y a pesar de que pueden disfrutar de los demás y desear estar en su compañía, quieren mas aún que los demás se las puedan arreglar sin muletas y sin apoyos. Así pues, el momento en que empieces a apoyarte en esta gente, te darás cuenta que ellos por su lado empiezan a desaparecer primero emocionalmente y luego físicamente también. Rehúsan depender de la gente y que dependan de ellos en una relación afectuosa e interesada, pero alientan su confianza en sí mismos casi desde el principio ofreciéndoles mucho amor en todas las oportunidades que se presentan.
• Encontrarás muy poca búsqueda de aprobación entre estos individuos felices y realizados. Son capaces de funcionar sin la aprobación y el aplauso de los demás. No buscan honores como hace la mayoría de la gente.
• Son muy independientes de la opinión de los demás. No buscan honores como hace la mayoría de la gente. Son muy independientes de la opinión de los demás, sin importarles prácticamente nada si a la otra persona le gusta lo que ellos dicen o hacen. No tratan de escandalizar a nadie ni de ganar su aprobación. Es gente que está interiormente dirigida y a la que realmente no le preocupa ni interesa la evaluación de su comportamiento que hace la demás gente. No es que sean insensibles al aplausos o a la aprobación: parecen no necesitarlos. Pueden ser incluso bruscos porque son honrados y no envuelven sus mensajes con frases cuidadosamente pensadas para complacer a los demás. Si quieres saber lo que piensan, eso será exactamente lo que te dirán. Igualmente, cuando tú digas algo sobre ellos, no los destruirás ni inmovilizarás con tus palabras y opiniones. Usarán la información que les das, la filtrarán por medio de sus propios valores y usarán lo que les sirve en su propio beneficio y crecimiento. No necesitan ser amados por todo el mundo, ni tienen excesiva necesidad de aprobación. Reconocen que siempre habrá quien desapruebe lo que hacen. Son seres poco comunes en el sentido que son capaces de funcionar como ellos mismos, y no como dictamina un tercero. Cuando observas a estos individuos, notas una falta de enculturación. No son rebeldes, pero hacen sus propias elecciones aunque esas elecciones entren en conflicto con lo que hace toda la demás gente. Son capaces de pasar por alto las pequeñas normas sin importancia e ignorar tranquilamente los inútiles convencionalismos que son parte tan importante de la vida de mucha gente. NO son aficionados a asistir a “cocktail parties” ni hacen conversación porque la buena educación lo aconseja. Son dueños de sí mismos y aunque consideran que la vida social es parte importante de sus vidas, se niegan a dejar que ésta los gobierne o a convertirse en esclavos de la misma. No atacan con rebeldía pero internamente saben cuándo pasar por alto ciertas cosas y funcionan con la mente clara y en forma sensata.
• Saben reír y hacer reír. Descubren el humor en casi todas las situaciones y se pueden reír de los acontecimientos más absurdos lo mismo que de los más serios y solemnes. Les encanta ayudar a los demás a reírse y les resulta fácil crear buen humor. No es gente seria ni grave que camina por la vida con pasos de plomo y rostro severo. Más bien, son hacedores, gente activa, a los que a menudo se les reprocha ser frívolos en el momento inoportuno. No están a tono con los acontecimientos exteriores porqué saben muy bien que no existe realmente el momento justo para hacer cualquier cosa. Les encantan las cosas desproporcionadas e incongruentes, pero su humor no tiene hostilidad. jamás usan el ridículo para hacer reír. No se ríen de la gente, se ríen con la gente. Se ríen de la vida y lo ven todo como un gran divertimento, aunque toman muy en serio su proyectos. Cuando se echan para atrás y contemplan la vida, saben muy bien que no se dirigen a ningún sitio especial y que son capaces de disfrutar y de crear una atmósfera en la cual los demás pueden optar por el gozo. Son gente divertida que vale la pena tener cerca.
• Son gente que se acepta a sí misma sin quejas. Saben que son seres humanos y que serlo implica ciertos atributos humanos. Saben cuál es su aspecto físico y lo aceptan. Si son altos, perfecto, pero si son bajos también. La calvicie está muy bien, lo mismo que una frondosa cabellera.
• Pueden soportar el sudor. No falsean su aspecto físico. Se han aceptado a sí mismos y por ello son la gente más natural. Nada de esconderse detrás de artificios ni de disculparse por lo que son. NO saben ofenderse por nada que sea humano. Se quieren a sí mismos y aceptan todo lo que está en la naturaleza tal como es en vez de desear que fuera diferente. Jamás se quejan de cosas que no pueden cambiar como olas de calor, tormentas eléctricas o el agua fría. Se aceptan a sí mismos y al mundo tal como es.
• Sin pretensiones, sin lamentaciones, con una aceptación simple. Aunque los frecuentes durante muchos años, no los oirás rebajándose a sí mismos o deseando sutilmente algo imposible. Verás actuar a gente activa, a los hacedores. Verás como toman el mundo natural y disfruta de todo lo que este le ofrece.
• Aprecian el mundo natural. Les encanta estar al aire libre disfrutando de la naturaleza, recorriendo gozosamente todo lo que aún está intacto, que es original y aún no ha sido estropeado. Le encantan las montañas, los atardeceres, los ríos, las flotes, los árboles, los animales y virtualmente toda la flora y la fauna. Como personas son naturalistas, nada pretenciosos ni ceremoniosos y les encanta la naturalidad del universo. No andan ocupados buscando bares, tabernas, clubs nocturnos, fiestas convencionales, habitaciones llenas de humo y cosas por el estilo, aunque ciertamente son muy capaces de disfrutar plenamente con este tipo de actividades. Están en paz con la naturaleza, el mundo de Dios, si quieres, aunque son muy capaces de funcionar en un mundo hecho por la mano del hombre. Son también capaces de apreciar lo que ya no tiene interés para otros. Jamás se cansan de un atardecer o de una excursión por el bosque. La visión de un pájaro volando es siempre un espectáculo admirable. Igual que no se cansan de mirar a un gusano ni tampoco a una gata que da a luz a sus gatitos. Una y otra vez, nunca se cansan de apreciar espontáneamente lo que la vida les va brindando. Algunas personas encuentran que esta es una actitud muy artificial pero ellos no se dan cuenta de lo que piensan los demás. Están demasiado ocupados en asombrarse por la amplitud de posibilidades que les brinda la vida para realizarse plenamente en el momento presente.
• Tienen una percepción muy especial en lo que respecta a la conducta de los demás y lo que a otros les puede parecer complejo e indescifrable, para ellos es claro y comprensible. Los problemas que inmovilizar a tanta gente son a menudo sólo pequeñas molestias para ellos. Esta falta de compromiso emocional con los problemas les permite franquear barreras que para muchos son infranqueables. Tienen percepciones claras en lo que a ellos mismos respecta y reconocen inmediatamente lo que los demás están tratando de hacerles. Pueden alzarse de hombros y pasar por alto cosas por las que otros se enfadan y quedan inmovilizados. Y ciertas cosas que pueden confundir a mucha gente que las encuentra insolubles, a ellos no los amilanan y más bien las consideran como simples y de fácil resolución. No están monopolizados por los problemas de su mundo emocional. Para esta gente, un problema es realmente sólo un obstáculo que hay que vencer y no un reflejo de lo que ellos son o dejan de ser como personas. Su autovaloración está ubicada dentro de sí mismos, por lo que cualquier problema externo puede ser visto objetivamente, y no, en ningún caso, como una amenaza o un desafío a su propia valía. Éste es uno de los rasgos de su personalidad más difíciles de comprender, ya que la mayoría de la gente se siente amenazada por los acontecimientos externos, por las ideas o por la demás gente. Pero los seres independientes y sanos no saben cómo sentirse amenazados y esta característica hace que sean ellos los que parezcan amenazadores a los demás.
• Nunca pelean inútilmente. No son partidarios del autobombo para atraer la atención sobre sí mismos. Si la lucha puede provocar un cambio, entonces lucharán pero jamás lucharán inútilmente. No son mártires. Son hacedores.
• Son también gente que ayuda a los demás. Generalmente trabajan en cosas que le hacen la vida más agradable o más tolerable a los demás. Son guerreros en la vanguardia del cambio social, pero no llevan sus luchas consigo a la cama por las noches como caldo de cultivo de úlceras, enfermedades del corazón u otros desórdenes físicos. Son incapaces de estereotipar. A menudo ni se dan cuenta de las diferencias físicas de la gente incluyendo las raciales, étnicas, morfológicas o sexuales. No son gente superficial que juzga a los demás por su aspecto exterior. Y aunque puedan parecer egoístas y preocupados sólo de su propio placer, en realidad pasan gran parte de su tiempo dedicados a servir a los demás. ¿Por qué? Porque les gusta hacerlo.
• No son gente enfermiza. No creen en la inmovilidad que producen los resfriados y los dolores de cabeza. Creen en su propia capacidad para deshacerse de esas enfermedades y no andan contándole a los demás lo mal que se sienten, lo cansados que están o qué enfermedades infectan su cuerpo en la actualidad.
• Tratan bien a sus cuerpos. Se quieren a sí mismos y en consecuencia comen bien, hacen regularmente ejercicio (como sistema de vida) y rehúsan experimentar el tipo de malestares que inutilizan a mucha gente durante diversos períodos de tiempo. Les gusta vivir bien, y así lo hacen.
• Otra característica de estos individuos en pleno funcionamiento es la honestidad. Sus respuestas no son evasivas ni pretenden mentir respecto a ninguna cosa. Consideran que la mentira es una distorsión de su propia realidad y rehúsan participar en cualquier tipo de comportamiento que sirva para engañarse a sí mismos. Y aunque son personas discretas evitarán tener que distorsionar la verdad para proteger a la gente. Saben que están a cargo de su propio mundo y e otros también lo están. Así se comportan de una forma que a menudo otros pueden considerar cruel, pero en realidad lo que ellos hacen es simplemente dejar que los otros tomen sus propias decisiones. Se enfrentan eficientemente con lo que es, en vez de lo que ellos quisieran que fuera.
• Esta gente no culpa a los demás. La orientación de su personalidad es interna y rehúsan responsabilizar a los demás por lo que ellos son. Por lo mismo, no pierden mucho tiempo hablando de los demás, ni están obsesionados por lo que los otros hacen o dejan de hacer. No hablan de la gente ¡hablan con ella! No culpabilizan a los demás; ayudan a los demás y a sí mismos a poner la responsabilidad donde corresponde. No se meten en habladurías ni propagan informaciones tendenciosas y malvadas. Están tan ocupados en vivir su propia vida con eficiencia que no tienen tiempo de ocuparse de las pequeñeces que saturan la vida de mucha gente. Los hacedores hacen. Los críticos culpan y se quejan. Estos individuos no se preocupan mucho por el orden, la organización o los sistemas en sus vidas. Practican su autodisciplina pero no tienen necesidad de que las cosas y la gente encajen en sus propias percepciones de lo que deben de ser las cosas. No están llenos de “debes” respecto a la conducta de los demás. Creen que todos tienen derecho a sus elecciones y que esas pequeñeces que enloquecen a otra gente son simplemente el resultado de la decisión de otra persona. No creen que el mundo debe ser de alguna manera especial. No se preocupan mayormente por el orden y la limpieza. Existen de una manera funcional y si todo no es tal cual ellos quisieran, encuentran que eso también es correcto. Para esta gente, la organización es simplemente una manera útil de actuar y no un fin en sí misma. Y justamente por esta falta de neurosis organizativa es por lo que son creativos. Emprenden cualquier cosa a su manera única y particular, ya sea el hacer un plato de sopa, escribir un informe o cortar el césped. Aplican su imaginación a sus actos y el resultado es una manera creativa de hacer las cosas. No sienten la obligación de hacer las cosas de cierta manera. No consultan manuales ni hablan con expertos: simplemente atacan el problema de la manera que les parece más apropiada. Esto se llama creatividad; y sin excepciones, ellos la tienen.
• Es gente con niveles de energía especialmente altos. Parecen necesitar menos sueño y sin embargo se sienten estimulados por la vida. Viven y son sanos. Pueden hacer acopio de tremendas rachas de energía para completar una tarea porque escogen comprometerse en ella considerándola como una actividad estimulante que los realiza en el momento presente. Esta energía no es sobrenatural: es simplemente el resultado de su amor a la vida y a todas las actividades que ella brinda. No saben aburrirse. Todos los acontecimientos de la vida ofrecen oportunidades de hacer, pensar, sentir y vivir, y ellos saben aplicar su energía en casi todas las circunstancias. Si se los encarcelara, emplearían sus mentes en divagaciones creativas para evitar la parálisis de la falta de interés. No hay aburrimiento en sus vidas porque ellos canalizan la misma energía que tienen otros de maneras productivas para ellos mismos.
• Son agresivamente curiosos. Nunca saben lo suficiente. Buscan siempre más y quieren aprender cada uno y todos los momentos presentes de sus vidas. No les preocupa hacerlo bien o haberlo hecho mal. Si algo no resulta, o no logra grandes beneficios, entonces se descarta en vez de lamentarlo. Son buscadores de la verdad en el sentido de aprender cosas, siempre estimulados por la posibilidad de aprender más y sin llegar a creer jamás que ya son un producto terminado. Si están con un barbero se interesan por los problemas de ese oficio. No se sienten nunca superiores ni actúan como si lo fueran, alardeando de sus méritos para que otros los aplaudan. Aprenden de los niños, de los corredores de bolsa y de los animales. Quieren saber más sobre lo que significa ser un herrero o un cocinero, una fulana o el vicepresidente de una corporación. Son estudiantes que aprenden, no profesores que enseñan. Nunca tienen los conocimientos suficientes y no saben comportarse como snobs ni sentirse superiores puesto que nunca se sienten así. Cada persona, cada objeto, cada acontecimiento representa una oportunidad para saber más. Y son agresivos en sus actitudes respecto a sus intereses, sin esperar que la información les salga al paso sino que van tras ella. No tienen miedo de hablar con una camarera, o preguntarle al dentista qué se siente cuando uno tiene las manos en la boca de la gente todo el día, o preguntarle a un poeta el significado de tal o cual frase.
• No tienen miedo al fracaso. No equiparan el éxito en una empresa con el éxito como ser humano. Puesto que su autovaloración les viene del interior, pueden observar los acontecimientos externos objetivamente y pensar sencillamente que son eficientes y positivos o ineficientes y negativos. Saben que el fracaso es sólo un índice de la opinión de otra gente y no hay que tenerle miedo puesto que no puede afectar su autovaloración. Así, se atreven a probar cualquier cosa, a participar en las cosas simplemente porque es divertido y no tienen miedo a tener que explicarse a sí mismos. Igualmente nunca escogen la ira que inmoviliza. Usando la misma lógica (sin tener que repensarla cada vez puesto que se ha convertido en un modo de vida), no se dicen a sí mismos que la otra gente se debería comportar de una manera distinta a la habitual o que los hechos deberían ser diferentes. Aceptan a los demás como son y trabajan para cambiar los hechos que les desagradan. Así, la ira es imposible porque no existen las falsas o exageradas pretensiones. Esta gente es capaz de eliminar las emociones que de alguna manera son autodestructivas y de alentar las que les sirven para crecer.
• Estos felices mortales no son nada defensivos. No hacen jugarretas ni tratan de impresionar a los demás. No se visten para agradar a los demás y lograr su aprobación, ni tampoco cumplen con el ritual de explicarse a sí mismos. Actúan con gran sencillez y naturalidad y no se dejan seducir para hacer alharacas sobre cosas pequeñas o grandes. No son tercos discutidores: ellos expresan simplemente sus puntos de vista, escuchan los de los demás y reconocen la utilidad de tratar de convencer a alguien para que sea como ellos. Y dicen simplemente: “Eso está muy bien: somos diferentes, eso es todo. No tenemos que estar de acuerdo”. Y dejan las cosas así sin necesidad de ganar una discusión o de persuadir a su contrincante de lo equivocado de su posición. No tienen miedo a causar una mala impresión pero tampoco hacen lo posible por causarla. Sus valores no son valores locales. No se identifican con la familia, el vecindario, la comunidad, la ciudad, el estado p el país. Se consideran a sí mismos como parte de la raza humana y para ellos un austríaco cesante no es mejor ni peor que un californiano cesante. No son patrióticos respecto a una frontera especial. Más bien se ven a sí mismos como parte de la humanidad. No sienten alegría porque hay más muertos en el campo enemigo ya que el enemigo es tan ser humano como el aliado. No siguen las normas hechas por los hombres que describen la manera de tomar partido. Ellos transcienden las fronteras tradicionales, lo que a menudo es motivo para que otros los clasifiquen como rebeldes o traidores. No tienen héroes ni ídolos. Miran a toda la gente como seres humanos y no colocan a nadie sobre sí mismos en importancia. No exigen justicia en cada ocasión. Cuando otra persona tiene más privilegios que ellos, lo ven como un beneficio para esa persona más que como un motivo para sentirse infelices.
• Cuando juegan con un contrincante, quieren que le vaya bien en vez de desear que juegue mal para ganar. Quieren ser victoriosos y eficientes por sus méritos en vez de ganar por las fallas de los demás. No insisten para que todos sean igualmente dotados, sino que miran hacia dentro de sí mismos para buscar su felicidad. No son críticos y tampoco sienten placer por las desgracias ajenas. Están demasiado ocupados siendo ellos mismos para fijarse en lo que hacen sus vecinos. Más significativamente aún, estos individuos se aman a sí mismos. Están motivados por un deseo de crecer y siempre que les dan la opción para hacerlo, se tratan muy bien a sí mismos. No tienen espacio para sentir autocompasión, ni autorrechazo, ni para odiarse a sí mismos. Si les preguntas: “¿Te quieres a ti mismo?”, recibirás una respuesta muy sonora y afirmativa: “¿Por supuesto que sí!”. Son en realidad aves raras. Cada día es un deleite. Lo viven enteramente disfrutando de todos sus momentos presentes. No es que no tengan problemas, pero no están inmovilizados emocionalmente a causa de sus problemas. La medida de su salud mental no reside en que resbalen, sino en lo que hacen cuando resbalan. ¿Acaso se quedan allí lamentándose de su caída? No, se levantan, se sacuden el polvo y siguen atareados con los quehaceres de la vida. La gente que vive libre de zonas erróneas no corre tras la felicidad, simplemente viven y la felicidad, cuando llega, es su retribución.
Esta cita de un artículo del Reader’s Digest sobre la felicidad resume la actitud conducente a una existencia vivida positiva y eficientemente que es de lo que hemos estado hablando:
Nada hace que la felicidad sea más inalcanzable que tratar de encontrarla. El historiador Will Durant describe cómo buscó la felicidad en el conocimiento y sólo encontró desilusiones. Luego buscó la felicidad en los viajes y sólo encontró el cansancio; luego en el dinero y encontró discordia y preocupación. Buscó la felicidad en sus escritos y sólo encontró fatiga. Una vez vio una mujer que esperaba en un coche muy pequeño con un niño en sus brazos. Un hombre bajó de un tren y se acercó y besó suavemente a la mujer y luego al bebé, muy suavemente para no despertarlo. La familia se alejó luego en el coche y dejó a Durant con el impacto que le hizo realizar la verdadera naturaleza de la felicidad. Se tranquilizó y constató que “todas las funciones normales de la vida encierran algún deleite”.
Si usas tus momentos presentes para aumentar al máximo la plenitud de tu realización, serás una de esas personas y no un simple observador. Es una idea maravillosa: estar libre de zonas erróneas. Puedes hacer esa elección ahora mismo, si escoges hacerla.
FIN
* * *

Wayne W. Dyer, Doctor (nacido el 10 de mayo de 1940 en Detroit, Míchigan) es un escritor estadounidense de libros de autoayuda. Su inspiración fue la rama de la llamada Psicología humanista, y en concreto, Abraham Maslow. Esta pretendía ser el 4º paradigma, después del Psicoanálisis, la Psicología conductista y la Psicología cognitiva. En sus primeros libros, esta influencia se muestra en su creencia en las posibilidades de desarrollo de la persona más allá de “la normalidad”, para llegar a desarrollar todas nuestras potencialidades como seres humanos (persona “sin límites”), en lugar de centrarse en tratar la enfermedad o el trastorno para situarse en la normalidad, como hacen las otras teorías psicológicas.
Dyer es psicoterapeuta y tiene doctorado en psicología por la universidad del estado de Wayne y de la Universidad de Michigan, y ha enseñado a muchos niveles, desde preparatoria hasta universidad. Es co-autor de tres libros de texto, colabora con muchos periódicos y da conferencias en todo el territorio estadounidense. Aparece regularmente en programas de TV y radio.
Notas
[1] “Cisura de Merlando”: Este nombre aparece en la edición escrita de esta obra, sin embargo en las consultas realizadas no se pudo encontrar esta cisura con dicho nombre sino con el nombre de “Rolando”. (Nota del editor Juandi).<<

Cómo transformar tu vida

Introducción

Si practicamos las instrucciones que se presentan en este libro, podemos transformar nuestra vida, de un estado de sufrimiento a uno de felicidad pura e imperecedera. Estas instrucciones son métodos científicos para mejorar nuestra naturaleza humana. Todos necesitamos ser buenas personas y tener un buen corazón, porque de este modo podremos solucionar nuestros propios problemas, así como los de los demás, y disfrutar de una vida llena de sentido. Todo ser sintiente tiene el mismo deseo básico –ser feliz y evitar el sufrimiento–. Lo tienen incluso los recién nacidos, los animales y también los insectos. Este ha sido nuestro deseo principal desde tiempo sin principio y lo sigue siendo en todo momento, incluso cuando dormimos. Dedicamos toda nuestra vida a trabajar duramente para satisfacerlo.

Desde los orígenes de este mundo, los seres humanos han dedicado la mayor parte de su tiempo y energía a mejorar las condiciones externas, buscando felicidad y soluciones para sus problemas. ¿Cuál ha sido el resultado? En lugar de ver cumplidos sus deseos, el sufrimiento y los problemas de los seres humanos han ido en aumento, mientras que sus experiencias de paz y felicidad han disminuido. Esto muestra con claridad que hasta ahora no hemos encontrado un método correcto para reducir los problemas y ser más felices. El método verdadero y correcto para hacerlo es cambiar nuestra actitud de negativa a positiva. Lo debemos comprender a través de nuestra propia experiencia. Si analizamos con detenimiento por qué tenemos problemas y somos infelices, comprenderemos que esta situación la ha creado nuestro propio deseo incontrolado de querer ser feliz en todo momento. Si refrenamos este deseo y, en cambio, deseamos que los demás sean felices en todo momento, no tendremos ningún problema ni seremos infelices. Si cada día realizamos con sinceridad la práctica de refrenar el deseo de ser feliz en todo momento y, en cambio, deseamos que los demás lo sean, comprenderemos por propia experiencia que con este adiestramiento, que evita que surja el apego a que se cumplan nuestros deseos, no tendremos ninguna experiencia de problemas ni de infelicidad. Así pues, si realmente deseamos felicidad pura y duradera y liberarnos del sufrimiento, debemos aprender a controlar nuestra mente, en particular el deseo.

Con sabiduría podemos comprender que nuestra vida humana es muy valiosa, difícil de encontrar y entraña un gran sentido. Debido a las limitaciones de su cuerpo y mente, aquellos que han renacido, por ejemplo, como un animal, no tienen la oportunidad de comprender o practicar las enseñanzas espirituales que son los métodos para controlar los engaños, como el deseo incontrolado, el odio y la ignorancia. Solo los seres humanos están libres de estos obstáculos y disponen de las condiciones necesarias para recorrer los caminos espirituales, que son los únicos que conducen a la felicidad pura e imperecedera. Esta libertad y poseer las condiciones necesarias son las características especiales que hacen que nuestra vida humana sea tan preciosa.

Aunque hay muchos seres humanos en este mundo, cada uno de nosotros dispone solo de una vida. Una persona puede tener varios coches y casas, pero ni siquiera la más rica tiene más de una vida, y cuando esta llega a su fin, no puede comprar otra, tomarla prestada ni fabricarla. Cuando perdamos esta vida humana, nos resultará muy difícil encontrar otra tan cualificada en el futuro. Por lo tanto, la vida humana es muy rara y difícil de encontrar.

Si utilizamos esta vida humana para alcanzar realizaciones espirituales, adquirirá un gran significado. Al utilizarla de este modo desarrollaremos por completo nuestro potencial y progresaremos del estado de una persona ignorante y ordinaria al de un ser totalmente iluminado, el más elevado de todos los seres; cuando lo hayamos logrado, podremos beneficiar a todos los seres sintientes sin excepción. Por lo tanto, si utilizamos nuestra vida humana para alcanzar realizaciones espirituales, podremos solucionar todos nuestros problemas y colmar nuestros deseos y los de los demás. ¿Hay acaso algo más significativo que esto?

 

Permanece alegre y en armonía en todo momento

Paz interior

La paz interior o paz mental es la fuente de toda nuestra felicidad. Aunque todos los seres tienen el mismo deseo primordial de ser felices en todo momento, muy pocos comprenden las verdaderas causas de la felicidad. Por lo general, pensamos que los objetos externos, como la comida, los amigos, los coches y el dinero son las verdaderas causas de la felicidad y, en consecuencia, dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo y energía a intentar obtenerlos. Aunque a simple vista parece que estas condiciones nos hacen felices, si lo analizamos con detenimiento, nos daremos cuenta de que también nos causan numerosos problemas y sufrimiento.

La felicidad y el sufrimiento son opuestos. Por lo tanto, si algo es una causa verdadera de felicidad, no puede producir sufrimiento. Si la comida, el dinero, etcétera, fueran verdaderas causas de felicidad, nunca producirían sufrimiento, pero sabemos por propia experiencia que a menudo nos lo causan. Por ejemplo, la comida es uno de nuestros placeres favoritos, pero también es la causa principal de la mayoría de nuestras enfermedades y mala salud. En el proceso de fabricación de los objetos que creemos que nos hacen felices, contaminamos el medio ambiente hasta el punto de convertir el aire que respiramos y el agua que bebemos en una amenaza para la salud y el bienestar. Nos encanta tener la libertad e independencia que nos proporciona el poder utilizar un coche, pero el coste en accidentes de tráfico y la destrucción del medio ambiente es muy elevado. Pensamos que el dinero es imprescindible para disfrutar de la vida, pero conseguirlo también nos ocasiona grandes problemas y mucha ansiedad. Incluso nuestros familiares y amigos, de cuya compañía disfrutamos, pueden ocasionarnos numerosas preocupaciones y sufrimiento.

En los últimos años, nuestro conocimiento en tecnologías modernas ha aumentado de manera considerable y, como resultado, hemos presenciado un notable progreso material. Sin embargo, la felicidad del ser humano no se ha incrementado del mismo modo. Hoy día no hay menos sufrimientos ni menos infortunios en el mundo, incluso se podría decir que ahora tenemos más problemas y hay más peligros que nunca. Esto indica que la causa de la felicidad y la solución a nuestros problemas no se encuentran en el conocimiento de los objetos materiales. La felicidad y el sufrimiento son estados mentales y, por lo tanto, sus causas principales no se pueden encontrar fuera de la mente. Si queremos ser realmente felices y liberarnos del sufrimiento, debemos aprender a controlar nuestra mente.

La verdadera causa de la felicidad es la paz interior. Si tenemos una mente apacible, seremos felices en todo momento, sin depender de las condiciones externas, pero si está alterada o afligida por cualquier motivo, nunca nos sentiremos felices por muy favorables que sean. Las condiciones externas solo nos hacen felices si tenemos una mente apacible. Lo podemos entender por propia experiencia. Por ejemplo, aunque vivamos en un lugar de lo más hermoso y dispongamos de todo lo necesario, en cuanto nos enfadamos, dejamos de ser felices. Esto se debe a que el odio ha destruido nuestra paz interior.

De lo dicho se deduce que si deseamos disfrutar de felicidad verdadera y duradera, hemos de cultivar y mantener una experiencia especial de paz interior. La única manera de conseguirlo es adiestrar la mente con la práctica espiritual –reducir de manera gradual los estados mentales perturbadores y sustituirlos por estados apacibles y positivos–. Si seguimos desarrollando nuestra paz interior, finalmente experimentaremos la paz mental suprema y permanente o nirvana. Una vez que hayamos alcanzado el nirvana, seremos felices tanto en esta vida como en las futuras, habremos solucionado todos los problemas y realizado el verdadero sentido de nuestra vida humana.

Puesto que todos tenemos en nuestro interior una fuente inagotable de paz y felicidad, es posible que nos preguntemos por qué nos resulta tan difícil mantener un estado mental apacible y gozoso de manera continua. Se debe a los engaños que con tanta frecuencia desbordan nuestra mente. Los engaños o perturbaciones mentales son percepciones distorsionadas de nosotros mismos, de los demás y del mundo que nos rodea y, al igual que un espejo deforme, reflejan un mundo distorsionado. La perturbación mental del odio, por ejemplo, considera que algunas personas son intrínsecamente malas, pero no hay nadie que sea así. Por otro lado, el deseo incontrolado, que se conoce como apego, considera que el objeto deseado es intrínsecamente bueno y una fuente verdadera de felicidad. Si tenemos mucha ansiedad por comer chocolate, nos parecerá que por sí mismo es deseable. Sin embargo, si comemos más de la cuenta y empezamos a sentirnos mal, ya no nos resultará apetecible e incluso puede parecernos hasta repulsivo. Esto indica que el chocolate no es ni deseable ni repugnante en sí mismo. Es la mente engañosa del apego la que atribuye toda clase de cualidades agradables a sus objetos de deseo y luego se relaciona con ellos como si realmente las poseyeran.

Todos los engaños funcionan del mismo modo, proyectando sobre el mundo una versión distorsionada de la realidad para luego relacionarse con dicha proyección como si fuera cierta. Cuando nuestra mente está bajo la influencia de los engaños, no estamos en contacto con la realidad y no percibimos las cosas como realmente son. Puesto que en todo momento nuestra mente está bajo el control, al menos, de perturbaciones mentales sutiles, no es de extrañar que nos sintamos frustrados tan a menudo. Es como si persiguiéramos constantemente espejismos que siempre nos decepcionan al no proporcionarnos la satisfacción que esperábamos.

Cuando las cosas no marchan bien en nuestra vida y nos encontramos en dificultades, solemos pensar que el problema es la situación en sí misma, pero en realidad todos los problemas que experimentamos provienen de la mente. Si respondiésemos ante las dificultades con una mente apacible y constructiva, no nos causarían sufrimiento e incluso llegaríamos a considerarlas como oportunidades o retos para progresar en nuestro desarrollo personal. Los problemas solo aparecen cuando reaccionamos con una actitud negativa ante las dificultades. Por lo tanto, si deseamos ser felices en todo momento y liberarnos de los problemas, debemos cultivar y mantener una mente apacible. Los sufrimientos, los problemas, las preocupaciones, la infelicidad y el dolor solo existen en la mente, son sensaciones desagradables que forman parte de ella. Si controlamos y purificamos nuestra mente, podremos eliminarlas de una vez y para siempre.

Para comprenderlo plenamente, hemos de conocer la relación entre la mente y los objetos externos. Todos los objetos, ya sean agradables, desagradables o neutros, son meras apariencias de la mente, como las cosas que experimentamos en sueños. Al principio, nos resultará difícil comprenderlo, pero la siguiente contemplación nos servirá para adquirir un cierto entendimiento. Cuando estamos despiertos, existen muchos fenómenos diferentes, pero cuando nos dormimos, dejan de existir. Esto es así porque la mente que los percibe cesa. Del mismo modo, cuando soñamos, lo único que percibimos son objetos oníricos, pero al despertarnos, desaparecen. Esto es así porque la mente del sueño que los percibe cesa. Si reflexionamos sobre ello en profundidad, comprenderemos que podemos hacer desaparecer todo lo que nos desagrada con solo abandonar los estados mentales impuros y engañosos, y hacer que surja todo lo agradable que deseamos, con solo generar una mente pura. Purificar la mente de los engaños por medio de la práctica espiritual es la manera de colmar nuestro deseo más profundo de disfrutar de paz verdadera y duradera. Debemos memorizar y contemplar el significado de estas palabras:

Las cosas que normalmente veo en sueños no existen.

Esto demuestra que las cosas que normalmente veo cuando estoy despierto tampoco existen,

puesto que ambas son apariencias equívocas por igual.

Nunca voy a aferrarme a las cosas que normalmente veo,

sino que me contentaré con su mero nombre.

Al hacerlo, me liberaré de manera permanente

de los sufrimientos de esta vida y de las incontables vidas futuras.

De este modo, seré capaz de beneficiar

a todos y cada uno de los seres sintientes cada día.

Hemos de comprender que aunque las perturbaciones mentales están muy arraigadas en nuestra mente, no forman parte intrínseca de ella, por lo que, con toda seguridad, se pueden eliminar. Los engaños no son más que malos hábitos y, como todo hábito, es posible abandonarlos. De momento, nuestra mente es como agua embarrada, turbia y contaminada por las perturbaciones mentales. No obstante, al igual que es posible separar el agua del barro, también podemos purificar la mente de todos los engaños. Con la mente libre de engaños, no habrá nada que pueda alterar nuestra dicha y paz interior.

Desde tiempo sin principio hemos estado dominados por nuestra mente como una marioneta que pende de cordeles. Somos como un sirviente que trabaja para ella y cuando quiere que hagamos algo, no nos queda más remedio que hacerlo. En ocasiones, nuestra mente es como un elefante enloquecido que nos crea numerosos problemas y nos pone en peligro tanto a nosotros mismos como a los demás. Si nos adiestramos con sinceridad en la práctica espiritual, podremos invertir la situación y lograr el control de nuestra mente. Al transformarla de este modo, finalmente disfrutaremos de verdadera libertad.

Para tener éxito en la práctica espiritual, es imprescindible recibir bendiciones e inspiración de aquellos que ya han alcanzado profundas realizaciones internas, pero también es necesario que nos animemos constantemente a nosotros mismos. Si no nos animamos a nosotros mismos, ¿cómo podemos esperar que alguien lo haga? Cuando comprendamos con claridad que la paz interior es la verdadera fuente de felicidad y que por medio de la práctica espiritual podemos alcanzar una paz cada vez más profunda, generaremos un gran entusiasmo por la práctica. Esto es muy importante porque para alcanzar la paz interior permanente y suprema del nirvana, tenemos que adiestrarnos en la práctica espiritual con sinceridad y perseverancia.

Esto no significa que debamos descuidar las condiciones externas. Aunque es importante tener paz interior, también lo es tener buena salud, y para ello necesitamos ciertas condiciones, como alimentos y un entorno agradable en el que vivir. Muchas personas solo se esfuerzan por mejorar el aspecto material de su vida y descuidan por completo su práctica espiritual. Este es un extremo. Sin embargo, otras se concentran exclusivamente en la práctica espiritual y descuidan las condiciones materiales que son necesarias para tener una vida humana saludable. Este es otro extremo. Debemos mantenernos en el camino medio que evita ambos extremos, el del materialismo y el de la espiritualidad.

Hay quienes piensan que aquellos que se esfuerzan por alcanzar el nirvana son egoístas porque parece que solo les interesa su paz interior, pero esta creencia es incorrecta. El verdadero propósito de alcanzar la paz interior permanente y suprema del nirvana es ayudar a los demás a que también la consigan. Al igual que la única manera de solucionar nuestros problemas es encontrar paz interior, la única manera de ayudar a los demás a resolver los suyos es animarlos a que sigan un camino espiritual y descubran su propia paz interior. Esta manera de beneficiar a los demás es sin lugar a dudas la mejor. Si, por ejemplo, gracias al adiestramiento de la mente logramos pacificar o incluso eliminar por completo nuestro odio, podremos ayudar a los demás a que controlen el suyo. Entonces, nuestros consejos no serán meras palabras vacías, sino que estarán respaldados por nuestra experiencia personal.

En ocasiones, podemos ayudar a los demás ofreciéndoles dinero o mejores condiciones materiales, pero debemos recordar que la mejor manera de beneficiarlos es ayudarles a eliminar sus engaños y a encontrar paz verdadera y duradera en su interior. Es cierto que por medio de los avances tecnológicos y creando una sociedad más justa y humanitaria se pueden mejorar algunos aspectos de la vida de las personas, pero cualquier cosa que hagamos también producirá algunos efectos no deseados. Lo máximo que podemos hacer es proporcionarles condiciones que les permitan aliviar en cierta medida sus problemas y dificultades de manera temporal, pero no podremos ofrecerles la felicidad verdadera y permanente. Esto se debe a que la causa real de la felicidad es la paz interior, la cual solo se puede encontrar en la mente y no en las condiciones externas.

Sin paz interior, la paz externa es imposible. Todos deseamos que haya paz en el mundo, pero esto no ocurrirá a menos que antes establezcamos paz en nuestras mentes. Aunque se envíen las llamadas fuerzas de paz a las zonas de conflictos bélicos, es imposible imponer la paz desde el exterior con las armas. Solo cultivando la paz en nuestra propia mente y ayudando a los demás a hacer lo mismo, podremos conseguir que haya paz en el mundo.

En el presente libro se exponen muchos métodos profundos para el adiestramiento espiritual, y todos son formas prácticas para purificar y controlar nuestra mente. Si los aplicamos, lograremos sin lugar a dudas una experiencia especial de paz mental. Si seguimos mejorando esta experiencia, reduciremos los estados mentales perturbadores y nuestra paz interior crecerá. Finalmente, al liberarnos por completo de los engaños, alcanzaremos la paz permanente y suprema del nirvana. Una vez que hayamos eliminado nuestras perturbaciones mentales, como el odio, el apego y la ignorancia, y alcancemos profundas realizaciones espirituales de amor universal, compasión, concentración y sabiduría, nuestra habilidad para ayudar a los demás será mucho mayor. De este modo, podremos ayudarlos a solucionar sus problemas no solo de manera temporal, durante algunos días o años, sino para siempre. Podremos ayudarlos a descubrir una dicha y paz interior que nadie ni nada, ni siquiera la muerte, les podrá arrebatar. ¡Qué maravilla!

Cómo generar y mantener una mente apacible

Si transformamos nuestros estados mentales negativos en positivos mediante el adiestramiento en las prácticas espirituales puras que se exponen en el presente libro, podremos generar y mantener una mente apacible. De este modo podemos transformar nuestra vida y pasar de un estado desdichado a uno de felicidad pura e imperecedera.

La felicidad y el sufrimiento son partes de la mente; la primera es una sensación de dicha, y el segundo, una desagradable. Puesto que son partes de la mente, si queremos evitar el sufrimiento y encontrar verdadera felicidad, debemos comprender la naturaleza y las funciones de la mente. A simple vista puede parecernos fácil, porque todos tenemos mente y podemos reconocer nuestros estados mentales –sabemos si nos sentimos felices o desdichados, si tenemos las ideas claras o estamos confundidos, etcétera–. No obstante, si alguien nos preguntara cómo funciona la mente y cuál es su naturaleza, lo más probable es que no supiéramos dar una respuesta precisa, lo que indica que, en realidad, no sabemos con claridad lo que es.

Hay quienes piensan que la mente es el cerebro o alguna otra parte o función del cuerpo, pero esto es incorrecto. El cerebro es un objeto físico que se puede ver con los ojos, fotografiar y someter a una operación quirúrgica. En cambio, la mente no es un objeto material y no se puede ver con los ojos, fotografiar ni operar. Por lo tanto, el cerebro no es la mente, sino una parte más del cuerpo.

No hay nada en nuestro cuerpo que pueda identificarse con nuestra mente porque son entidades diferentes. Por ejemplo, aunque nuestro cuerpo esté quieto y tranquilo, nuestra mente puede estar muy ocupada con diversos pensamientos, lo que indica que nuestro cuerpo y nuestra mente no son una misma entidad. En las escrituras budistas se compara al cuerpo con un hotel, y a la mente, con un huésped que se aloja en él. En el momento de la muerte, la mente abandona el cuerpo y viaja a la vida siguiente, al igual que el huésped deja el hotel y se traslada a otro lugar.

Si la mente no es el cerebro ni ninguna otra parte del cuerpo, entonces ¿qué es? Es un continuo inmaterial cuya función es percibir y comprender objetos. Debido a que la mente es por naturaleza inmaterial –no es un fenómeno físico–, los objetos materiales no pueden obstruirla. Así pues, para que nuestro cuerpo se desplazara a la luna tendría que viajar en una nave espacial, mientras que la mente puede llegar a ese lugar en un instante con solo pensar en ella. Conocer y percibir objetos es función exclusiva de la mente. Aunque decimos: «Yo sé esto o aquello», en realidad es nuestra mente la que lo sabe. Solo podemos conocer los fenómenos con la mente.

Es importante que aprendamos a distinguir los estados mentales que son apacibles de los que no lo son. Como ya se ha mencionado en el capítulo anterior, los que perturban nuestra paz interior, como el odio, los celos y el apego, se denominan perturbaciones mentales o engaños y son la causa principal de todo nuestro sufrimiento. Quizá pensemos que los culpables de nuestros problemas son los demás, la falta de recursos materiales o la sociedad en que vivimos, pero, en realidad, son nuestros propios estados alterados de la mente. La esencia de la práctica espiritual consiste en reducir y finalmente erradicar por completo todos nuestros engaños, y sustituirlos por la paz interior permanente. Este es el verdadero sentido de nuestra existencia humana.

Por lo general, buscamos la felicidad en el mundo exterior. Intentamos mejorar nuestras condiciones materiales y posición social, encontrar un trabajo mejor, etcétera, pero aunque lo logremos, seguimos teniendo numerosos problemas y no nos sentimos satisfechos. Nunca disfrutamos de una felicidad auténtica y duradera. Esto nos muestra que no debemos buscar la felicidad fuera de nosotros, sino establecerla en nuestro interior mediante la purificación y el control de nuestra mente por medio de una práctica espiritual sincera. Si nos adiestramos de este modo, nos aseguraremos de que nuestra mente permanezca tranquila y feliz todo el tiempo. Entonces, por muy adversas que sean las circunstancias en que nos encontremos, siempre estaremos felices y tranquilos.

En la vida cotidiana, aunque nos esforzamos mucho por encontrar la felicidad, nunca lo conseguimos, mientras que los sufrimientos y los problemas surgen de manera natural, sin que los busquemos. ¿Por qué nos ocurre esto? Porque la causa de la felicidad, que se halla en nuestra mente, la paz interior, es muy débil y para que dé sus frutos hemos de poner mucho esfuerzo; sin embargo, las causas internas de nuestros problemas y sufrimientos, los engaños, son muy poderosas y producen sus efectos sin necesidad de esforzarnos. Esta es la verdadera razón de que los problemas surjan de manera natural mientras que la felicidad sea tan difícil de encontrar.

De lo dicho se deduce que las causas principales tanto de la felicidad como del sufrimiento se hallan en nuestra mente y no en el mundo exterior. Si podemos mantener una mente serena y apacible durante todo el día, nunca tendremos ningún problema ni aflicciones mentales. Por ejemplo, si nuestra mente está tranquila todo el tiempo, aunque nos insulten, critiquen o culpen de manera injusta, perdamos el trabajo o nos abandonen los amigos, no nos sentiremos infelices. Por muy difíciles que sean las condiciones externas, si mantenemos una mente serena y apacible, no serán un problema para nosotros. Por lo tanto, para liberarnos de los problemas solo hay que hacer una cosa, aprender a mantener un estado mental apacible siguiendo un camino espiritual.

Lo más importante que aprendemos con la comprensión de la mente es que la liberación del sufrimiento no se encuentra fuera de ella. La liberación permanente solo puede encontrarse mediante la purificación de la mente. Por lo tanto, si deseamos liberarnos de los problemas y alcanzar paz y felicidad duraderas, hemos de mejorar nuestro conocimiento y comprensión del modo en que se desarrolla la mente.

Hay tres clases de mentes: burda, sutil y muy sutil. Cuando dormimos, tenemos la mente onírica con la que percibimos los diversos objetos de los sueños. Esta percepción es una mente sutil porque es difícil de reconocer. Durante el sueño profundo solo tenemos una percepción mental, que percibe únicamente la vacuidad. Esta percepción se denomina luz clara del sueño, y es una mente muy sutil porque resulta muy difícil de reconocer.

Cuando estamos despiertos, tenemos la percepción del estado de vigilia con la que percibimos los diferentes objetos que aparecen en dicho estado. Esta percepción es una mente burda porque no es difícil de reconocer. Cuando nos dormimos, nuestra mente burda o percepción del estado de vigilia se disuelve en nuestra mente sutil del sueño. Al mismo tiempo, todas nuestras percepciones del mundo del estado de vigilia dejan de existir; y cuando experimentamos el sueño profundo, nuestra mente sutil del sueño se disuelve en nuestra mente muy sutil del sueño, la luz clara del sueño. Cuando sucede esto, es como si estuviéramos muertos. Después, puesto que mantenemos una conexión kármica con esta vida, de la luz clara del sueño surge de nuevo nuestra mente burda o percepción del estado de vigilia, y volvemos a percibir diversos objetos del estado de vigilia.

Cuando morimos, ocurre un proceso similar al del dormir. La diferencia es que al morir, nuestras mentes burdas y sutiles se disuelven en nuestra mente muy sutil de la muerte, conocida como la luz clara de la muerte. Luego, debido a que nuestra conexión kármica con esta vida cesa, nuestra mente muy sutil deja el cuerpo, viaja a la próxima vida y entra en un nuevo cuerpo, y entonces percibimos los diversos objetos de nuestra próxima vida. Todo será completamente nuevo.

Los seres sintientes tienen innumerables pensamientos o mentes y todos ellos pueden incluirse en dos categorías: mentes primarias y factores mentales. Para una exposición más detallada de este tema véase el libro Cómo comprender la mente.

Si comprendemos con claridad la naturaleza de nuestra mente, nos daremos cuenta con toda seguridad de que su continuo no cesa cuando morimos y no dudaremos de la existencia de las vidas futuras. Al comprender que nos esperan vidas futuras, de manera natural nos preocuparemos por nuestro bienestar y felicidad en ellas, y utilizaremos esta vida para hacer los preparativos necesarios. De este modo, evitaremos desperdiciar nuestra preciosa existencia humana preocupándonos con los asuntos que solo afectan a esta vida. Por lo tanto, es imprescindible adquirir una comprensión correcta de la mente.

 

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Renacimiento

Hemos de saber que dormir es como morir; soñar, como el estado intermedio entre la muerte y el renacimiento, y despertar, como renacer. El ciclo de los tres revela la existencia del renacimiento futuro, con lo cual podemos comprender la existencia de nuestras incontables vidas futuras.

Numerosas personas piensan que cuando el cuerpo se descompone al morir, el continuo de la mente cesa y deja de existir, al igual que una vela se apaga cuando se consume la cera. Hay incluso algunas personas que piensan en suicidarse con la esperanza de que así se acaben sus problemas y sufrimientos. No obstante, estas ideas son completamente erróneas. Como ya se ha mencionado, nuestro cuerpo y nuestra mente son entidades distintas y, por lo tanto, aunque el cuerpo se desintegre después de la muerte, el continuo mental permanece intacto. La mente no cesa, sino que simplemente se separa del cuerpo y viaja a la próxima vida. Por lo tanto, en el caso de los seres ordinarios, en lugar de liberarnos de nuestras penas, la muerte solo nos trae nuevos sufrimientos. Debido a que no comprenden esto, muchas personas se suicidan y destruyen así su preciosa vida humana.

Existe una práctica especial llamada transferencia de consciencia a otro cuerpo, que fue muy popular en el pasado. Hay numerosos ejemplos de practicantes que podían transferir su consciencia de un cuerpo a otro. Si el cuerpo y la mente fueran una misma entidad, ¿cómo les hubiera sido posible a estos practicantes transferir así su consciencia? Incluso hoy día no es extraño que la mente se separe del cuerpo de manera temporal antes de la muerte. Por ejemplo, muchas personas que no son practicantes espirituales han tenido lo que se llaman experiencias extracorpóreas.

También podemos comprender la existencia de vidas pasadas y futuras analizando el proceso de dormir, soñar y despertar, por su semejanza al de la muerte, el estado intermedio y el renacimiento. Cuando nos dormimos, nuestros aires internos burdos se reúnen y disuelven en nuestro interior y la mente se vuelve cada vez más sutil, hasta que se transforma en la mente muy sutil de la luz clara del dormir. Cuando se manifiesta la mente muy sutil, experimentamos el sueño profundo y, externamente, parece como si estuviéramos muertos. Cuando cesa, la mente se vuelve cada vez más burda y pasamos por los diferentes niveles del estado del sueño. Finalmente, recuperamos la memoria y el control mental, y nos despertamos. Entonces, nuestro mundo onírico desaparece y percibimos de nuevo el mundo del estado de vigilia.

Cuando nos morimos, ocurre un proceso muy similar. Al morir, los aires internos se disuelven en nuestro interior y la mente se vuelve cada vez más sutil, hasta que se manifiesta la mente muy sutil de la luz clara de la muerte. La experiencia de la luz clara de la muerte es muy parecida a la del sueño profundo. Cuando la luz clara de la muerte cesa, experimentamos las etapas del estado intermedio, que es como un estado onírico que ocurre entre la muerte y el renacimiento. Pasados unos días o unas semanas, el estado intermedio cesa y, entonces, renacemos. Al igual que al despertar de un sueño, el mundo onírico desaparece y percibimos el mundo del estado de vigilia, cuando renacemos, las apariencias del estado intermedio cesan y percibimos el mundo de nuestra nueva vida.

La única diferencia significativa entre el proceso de dormir, soñar y despertar, y el de la muerte, el estado intermedio y el renacimiento, es que cuando la luz clara del sueño cesa, la conexión entre la mente y el cuerpo se mantiene intacta, mientras que cuando la luz clara de la muerte cesa, esta conexión se rompe. Si lo contemplamos, podremos comprender con claridad la existencia de vidas pasadas y futuras.

Por lo general, pensamos que los objetos que aparecen en los sueños no son reales, mientras que los que percibimos cuando estamos despiertos sí lo son; pero, en realidad, todo lo que percibimos es como un sueño en el sentido de que no es más que una mera apariencia en la mente. Para aquellos que saben interpretarlos de manera correcta, los sueños pueden ser muy reveladores. Si, por ejemplo, soñamos que visitamos un país en el que nunca hemos estado, este sueño puede indicar una de estas cuatro cosas: que estuvimos en ese lugar en alguna vida pasada, que lo visitaremos más adelante en esta vida o en una futura, o que tiene algún significado personal para nosotros, por ejemplo, haber recibido recientemente una carta procedente de allí o haber visto un programa de televisión sobre él. De igual modo, si soñamos que volamos, puede significar que en alguna vida pasada fuimos un ser que podía volar, como un pájaro o un meditador con poderes sobrenaturales, o tal vez sea una predicción de que lo seremos en el futuro. Soñar que volamos también puede tener un significado menos directo y simbolizar una mejoría en nuestra salud física o mental.

Con la ayuda de mis sueños pude descubrir dónde había renacido mi madre. Justo antes de morir, mi madre se quedó dormida unos minutos y, al despertar, le dijo a mi hermana, que en aquellos momentos la atendía, que había soñado conmigo y que en el sueño yo le ofrecía un pañuelo blanco tradicional. Para mí, este sueño predecía que yo podría ayudar a mi madre en su siguiente vida. Por ello, después de su muerte, recé todos los días para que renaciera en Inglaterra, donde yo vivía, y poder así tener la oportunidad de volverme a encontrar con ella y reconocer su reencarnación. Cada día rogué con devoción para recibir señales claras de dónde había renacido.

Poco después tuve tres sueños que eran muy significativos. En el primero, soñé que encontraba a mi madre en un lugar que parecía ser Inglaterra. Le pregunté cómo había viajado desde la India hasta allí y me contestó que no venía de la India, sino de Suiza. En el segundo sueño, soñé que veía a mi madre hablando con un grupo de personas, me acerqué a ella y, aunque le hablé en tibetano, no me entendió. En vida, mi madre solo hablaba el tibetano, pero en el sueño hablaba inglés perfectamente. Le pregunté por qué había olvidado el tibetano, pero no me respondió. Luego, en ese mismo sueño, soñé con una pareja de occidentales que me estaban ayudando con diversos proyectos y actividades espirituales en Gran Bretaña.

Los dos sueños parecían dar pistas sobre el lugar donde había renacido mi madre. Dos días después del segundo sueño, el marido de la pareja con la que había soñado vino a verme y me anunció que su mujer estaba embarazada. En ese momento, recordé el sueño y pensé que su bebé podría ser la reencarnación de mi madre. El hecho de que en el sueño mi madre hubiese olvidado el tibetano y hablase solo en inglés sugería que iba a renacer en un país en el que se hablaba este idioma, y la presencia de esta pareja en el sueño podía indicar que ellos iban a ser sus padres. Entonces, decidí hacer una adivinación tradicional con oraciones rituales, y el resultado reveló que este bebé era la reencarnación de mi madre. Me sentí muy feliz, pero decidí mantenerlo en secreto.

Una noche volví a soñar con mi madre repetidas veces. A la mañana siguiente pensé con detenimiento sobre el tema y llegué a una conclusión: «Si el bebé ha nacido esa noche, no hay duda de que se trata de la reencarnación de mi madre, pero en caso contrario seguiré investigando». Después, llamé por teléfono al marido, que me dio la buena noticia de que la noche anterior su mujer había dado a luz a una niña. La noticia me llenó de alegría e hice una ceremonia especial de ofrendas.

Unos días después, el padre me telefoneó y me dijo que cuando el bebé lloraba, si le recitaba el mantra de Buda Avalokiteshvara, OM MANI PEME HUM, dejaba de hacerlo y lo escuchaba con atención. Me preguntó por qué lo hacía y le contesté que era debido a las impresiones de su vida anterior. Yo sabía que mi madre había recitado este mantra con mucha fe durante toda su vida.

La niña recibió el nombre de Amaravajra. Más tarde, cuando Kuten Lama, el hermano de mi madre, vino a Inglaterra se quedó asombrado de lo cariñosa que era con él y dijo tener la impresión de que lo reconocía. Yo también tuve la misma sensación. Aunque solo veía a la niña muy de vez en cuando, siempre se alegraba mucho de verme.

Un día, cuando Amaravajra empezaba a hablar, al ver un perro dijo señalándolo con el dedo: «Kyi, kyi». A partir de entonces, cada vez que veía un perro solía llamarlo así. Su padre me preguntó por su significado y le contesté que en el dialecto del oeste del Tíbet, donde vivía mi madre, kyi significa ‘perro’. Además de esta, también pronunció de manera espontánea otras palabras en tibetano.

Más tarde supe, a través de mi cuñado, que después de la muerte de mi madre, un astrólogo tibetano predijo que nacería como una mujer en un país de lengua diferente a la tibetana. Este suceso que acabo de relatar forma parte de mi propia experiencia, pero si lo investigamos, podemos encontrar otros casos auténticos de personas que han reconocido la reencarnación de su marido o de su mujer, de sus maestros, padres, amigos y otros seres.

En el oeste del Tíbet, cerca del primer monasterio en el que estudié, vivía un hombre que tenía fama de tener muy mal carácter. Este hombre había reunido muchas monedas de plata, que escondía en una tetera, y ni siquiera su mujer sabía que las tenía. Más tarde, en su lecho de muerte, debido a su apego a las monedas, estaba obsesionado con la idea de que alguien las robara e intentó avisar a su mujer, pero estaba tan débil que solo podía pronunciar la palabra tib, que significa ‘tetera’ en tibetano. Su mujer pensó que quería una taza de té, pero cuando se la ofreció, no la quiso. Poco después falleció.

Al cabo de un tiempo, la mujer encontró la tetera. Sorprendida de lo mucho que pesaba, abrió la tapa y vio que estaba llena de monedas, entre las cuales había una pequeña culebra. Atemorizada, pidió ayuda a sus familiares para sacarla de la tetera; sin embargo, por mucho que lo intentaron, no pudieron separar a la culebra de las monedas. Estaban asombrados y desconcertados y se preguntaban de dónde provenía la culebra.

Entonces, la mujer recordó las últimas palabras de su marido y comprendió que cuando se estaba muriendo, intentó hablarle de las monedas. Sin embargo, ¿por qué la serpiente se resistía a separarse de ellas? ¿Por qué estaba tan apegada a las monedas? Para averiguarlo, decidió visitar a un yogui clarividente que vivía en los alrededores, y este le dijo que la culebra era la reencarnación de su marido. Como resultado de las malas acciones que había cometido impulsado por el odio, había renacido como una serpiente, y debido al apego que tenía a las monedas en el momento de morir, se había introducido en la tetera para estar cerca de ellas. Con lágrimas en los ojos, la mujer le suplicó: «Por favor, dime cómo puedo ayudar a mi esposo». El clarividente le sugirió que ofreciese las monedas a la comunidad de la Sangha ordenada de la localidad y les pidiese que rezaran para que su marido se liberase de su renacimiento animal.

Si contemplamos estos relatos con una actitud receptiva y reflexionamos sobre la naturaleza de la mente y la analogía del proceso de dormir, soñar y despertar, lograremos un profundo entendimiento de la existencia de vidas futuras. Este conocimiento es muy valioso y nos ayudará a lograr una gran sabiduría. Comprenderemos que la felicidad de nuestras vidas futuras es más importante que la de nuestra vida actual, por la sencilla razón de que la duración de innumerables vidas futuras es mayor que la de esta breve vida humana. Esto nos animará a crear las causas para disfrutar de felicidad en nuestras incontables vidas futuras o a aplicarnos con esfuerzo para alcanzar la liberación permanente del sufrimiento eliminando nuestras perturbaciones mentales.

 

Disfruta de la pureza de tu mente y tus acciones

La muerte

Nadie quiere sufrir. Día y noche, incluso en sueños, intentamos evitar de manera instintiva hasta la más mínima molestia. Esto indica que, aunque no nos demos cuenta, en lo más profundo de nuestro ser lo que realmente buscamos es la liberación permanente del sufrimiento.

En ciertas ocasiones no experimentamos ningún sufrimiento físico ni mental, pero estos momentos no son duraderos. Al poco tiempo nuestro cuerpo vuelve a estar incómodo o cae enfermo y nuestra mente se ve alterada por las preocupaciones y la infelicidad. Por muchos problemas que logremos solucionar, tarde o temprano aparecerán otros. Esto muestra que aunque deseamos alcanzar la liberación permanente del sufrimiento, aún no lo hemos conseguido. Mientras tengamos perturbaciones mentales, no estaremos completamente libres del sufrimiento. Quizás disfrutemos de algunos momentos de alivio, pero poco después los problemas volverán. El único modo de acabar para siempre con el sufrimiento es seguir el camino espiritual. Puesto que en lo más profundo del corazón todos deseamos alcanzar la liberación total del sufrimiento, en realidad todos deberíamos seguir el camino espiritual.

Sin embargo, debido a que nuestro deseo de disfrutar de los placeres mundanos es tan intenso, tenemos muy poco o ningún interés en la práctica espiritual. Desde el punto de vista espiritual, esta falta de interés es una clase de pereza que se denomina pereza del apego. Mientras tengamos esta clase de pereza, la puerta de la liberación permanecerá cerrada para nosotros y, por lo tanto, seguiremos padeciendo desgracias en esta vida y experimentando sufrimientos sin cesar vida tras vida. La manera de eliminar esta pereza es meditar en la muerte.

Debemos reflexionar sobre nuestra muerte y meditar en ella con perseverancia hasta que alcancemos una profunda realización. Aunque todos sabemos a nivel intelectual que tarde o temprano nos vamos a morir, no somos realmente conscientes de ello. Puesto que no asimilamos de corazón el entendimiento intelectual que tenemos de la muerte, cada día pensamos lo mismo: «Hoy no me voy a morir, hoy no me voy a morir». Incluso el mismo día en que nos muramos, estaremos planeando lo que vamos a hacer al día siguiente o al cabo de una semana. La mente que piensa cada día: «Hoy no me voy a morir» es engañosa, nos conduce por el camino incorrecto y es la causa de que nuestra vida carezca de sentido. En cambio, si meditamos en la muerte, sustituiremos de manera gradual el pensamiento engañoso: «Hoy no me voy a morir» por la convicción fidedigna: «Es posible que me muera hoy». La mente que piensa cada día de manera espontánea: «Es posible que me muera hoy» es la realización de la muerte. Esta es la realización que elimina de manera directa la pereza del apego y nos abre la puerta del camino espiritual.

Quizás muramos hoy o quizás no, por lo general, no lo sabemos. Sin embargo, si cada día pensamos: «Hoy no me voy a morir», este pensamiento nos engañará porque procede de la ignorancia, mientras que pensar: «Es posible que me muera hoy» no lo hará porque proviene de la sabiduría. Esta convicción beneficiosa evita que surja la pereza del apego y nos anima a preparar ahora el bienestar de las innumerables vidas futuras o a esforzarnos para entrar en el camino que nos conduce a la liberación. De este modo llenaremos nuestra vida de significado.

Para meditar en la muerte, debemos contemplar que nuestra muerte es inevitable y que el momento de su llegada es incierto. Luego, hemos de comprender que tanto en el momento de la muerte como después de ella, solo la práctica espiritual puede ayudarnos.

LA MUERTE ES INEVITABLE

La muerte es inevitable y no hay nada que pueda impedirla. Contemplamos:

Sin importar dónde haya nacido, ya sea en un estado de existencia afortunado o desafortunado, sin lugar a dudas me voy a morir. Tanto si renazco en el estado más feliz de los renacimientos superiores o en el más profundo de los infiernos, estaré siempre sometido a la muerte. Por muy lejos que viaje, ya sea a los confines del espacio o al centro de la tierra, nunca encontraré un lugar donde pueda esconderme de la muerte.

Ninguna de las personas que vivieron en el siglo I sigue viva en la actualidad, y lo mismo podemos decir de las del siglo II, etcétera. Lo único que ha quedado de ellas son sus nombres. Las que vivieron hace doscientos años han fallecido y las que viven ahora habrán muerto dentro de doscientos años.

Después de contemplar estos razonamientos, deberíamos preguntarnos: «¿Cómo es posible que yo sea la única persona que vaya a sobrevivir a la muerte?».

Cuando se nos termine el karma de experimentar esta vida, nadie ni nada podrá impedir que muramos. Cuando llega el momento de la muerte, no hay escapatoria. Si fuera posible evitar la muerte por medio de poderes sobrenaturales y clarividencias, aquellos que poseyeran dichas facultades extraordinarias serían inmortales, pero incluso ellos mueren. Los monarcas más poderosos de la historia sucumbieron desvalidos ante el poder de la muerte, y el león, el rey de los animales, que puede matar a un elefante, cae abatido de inmediato al encontrarse con el Señor de la Muerte. Ni siquiera los multimillonarios pueden evitar la muerte. No pueden distraerla con sobornos ni comprar tiempo diciendo: «Si pospones la hora de mi muerte, te daré más riquezas de las que puedas imaginar».

La muerte es inexorable y no hace concesiones. Es como el derrumbe de una inmensa montaña por los cuatro costados, cuya devastación es imposible de detener. Lo mismo ocurre con el envejecimiento y las enfermedades. La vejez avanza a escondidas consumiendo nuestra juventud, vitalidad y belleza. Aunque apenas nos damos cuenta de este proceso, ya está en marcha y no es posible revertirlo. Las enfermedades destruyen el bienestar, el poder y la fuerza de nuestro cuerpo. Aunque los médicos nos ayuden a recuperarnos de una enfermedad, pronto aparecerá otra y, finalmente, no nos podremos curar y moriremos. Es imposible escapar de las enfermedades o de la muerte echando a correr, y tampoco podemos aplacarlas con riquezas ni hacerlas desaparecer con poderes sobrenaturales. Todos los seres que habitan en este mundo están sometidos de manera ineludible a la vejez, las enfermedades y la muerte.

La duración de nuestra vida no se puede incrementar y de hecho se va acortando continuamente. Desde el mismo instante en que somos concebidos nos dirigimos de manera inexorable hacia la muerte, como un caballo de carreras que galopa en dirección a la meta. El caballo, al menos, puede reducir su velocidad de vez en cuando, pero en nuestra carrera hacia la muerte nunca nos detenemos, ni siquiera por un solo segundo. Nuestra vida se va acortando tanto cuando estamos despiertos como cuando dormimos. En cualquier viaje debemos detener nuestro vehículo de vez en cuando, pero el tiempo que nos queda de vida nunca deja de disminuir. En el momento siguiente de nacer ya se ha extinguido parte de nuestra vida. Vivimos en los mismos brazos de la muerte. Después de haber nacido no podemos detenernos ni un solo instante y nos vamos acercando al Señor de la Muerte como un corredor en su carrera. Creemos que pertenecemos al mundo de los vivos, pero nuestra vida es la propia autovía que conduce a la muerte.

Si nuestro médico nos diera la noticia de que tenemos una enfermedad incurable y que solo nos queda una semana de vida, aunque un amigo nos hiciera un magnífico regalo, como un diamante, un coche nuevo o unas espléndidas vacaciones, no nos sentiríamos muy entusiasmados. Pero, en realidad, esta es la situación en que nos encontramos ahora, puesto que todos padecemos de la enfermedad de la mortalidad. ¡Qué absurdo es interesarnos tanto por los placeres transitorios de esta vida tan corta!

Si nos resulta difícil meditar en la muerte, podemos escuchar el tictac de un reloj y pensar que cada tic marca el fin de un momento de nuestra vida y nos acercamos más a la muerte. Podemos imaginar que el Señor de la Muerte vive a una cierta distancia de nosotros y que el tictac del reloj es el resonar de nuestros pasos al acercarnos momento a momento a la muerte. Esto nos ayudará a comprender que viajamos hacia la muerte sin un momento de descanso.

Este mundo es impermanente como las nubes de otoño, y nuestro nacimiento y muerte son como la entrada y salida de los actores en un escenario. Los actores cambian de papel y de vestuario muy a menudo, y aparecen en escena una y otra vez bajo diferentes aspectos. Del mismo modo, los seres sintientes adquieren distintas formas y aparecen en nuevos mundos. En unas ocasiones son seres humanos o animales, y en otras caen a los infiernos. Debemos comprender que la vida de un ser sintiente es fugaz como el destello de un relámpago y se desvanece con rapidez como el agua que cae desde lo alto de una montaña.

La muerte nos va a llegar aunque no hayamos encontrado tiempo para dedicar a la práctica espiritual. A pesar de que la vida es corta, no sería tan grave si al menos dispusiéramos de mucho tiempo para el adiestramiento espiritual, pero casi siempre estamos ocupados en dormir, trabajar, comer, ir de compras, conversar, etcétera, y nos queda muy poco tiempo para la práctica espiritual pura. El tiempo pasa rápidamente mientras nos dedicamos a lograr otros objetivos hasta que, de repente, nos sobreviene la muerte.

Solemos pensar que tenemos mucho tiempo para la práctica espiritual, pero si examinamos de cerca nuestro modo de vida, nos daremos cuenta de que los días van transcurriendo y aún no nos hemos puesto a practicar en serio. Si no encontramos tiempo para adiestrarnos con pureza en la práctica espiritual, cuando nos llegue la hora de la muerte, miraremos atrás y descubriremos que hemos desperdiciado la vida. En cambio, si meditamos en la muerte, generaremos un deseo tan sincero de practicar con pureza que de forma natural comenzaremos a cambiar nuestra rutina diaria, de manera que incluya al menos un poco de tiempo para la práctica. Finalmente, dispondremos de más tiempo para el adiestramiento espiritual que para otras actividades.

Si meditamos en la muerte una y otra vez, es posible que tengamos miedo, pero esto no es suficiente. Después de haber generado el miedo de morir sin estar preparados, hemos de buscar algo que nos ofrezca verdadera protección. Los caminos de las vidas futuras son muy largos y desconocidos. Iremos viajando de vida en vida sin saber dónde vamos a renacer, si recorreremos los caminos que conducen a estados de existencia desdichados o a reinos más afortunados. Sin libertad ni elección, iremos hacia donde nos lleve nuestro karma. Por lo tanto, tenemos que encontrar algo que nos muestre un camino seguro hacia las vidas futuras, que nos guíe por los senderos correctos y nos aleje de los erróneos. Las posesiones y los disfrutes de esta vida no pueden protegernos. Puesto que solo las enseñanzas espirituales nos muestran el camino correcto que podrá ayudarnos y protegernos en el futuro, debemos esforzarnos con el cuerpo, la palabra y la mente por poner en práctica las enseñanzas espirituales, como las que se exponen en el presente libro. El yogui Milarepa dijo:

«Los infortunios de las vidas futuras son más numerosos que los de esta vida. ¿Has preparado algo que te vaya a ayudar? Si todavía no lo has hecho, hazlo ahora. La única protección contra estos infortunios es la práctica de las sagradas enseñanzas espirituales».

Si analizamos nuestra vida, nos daremos cuenta de que hemos pasado muchos años sin interesarnos por la práctica espiritual, y que ahora, incluso si tenemos el deseo de practicar, por pereza, no lo hacemos de una forma pura. El gran erudito Gungtang dijo:

«Durante veinte años no quise practicar las enseñanzas espirituales. Los veinte años siguientes pensaba que podría hacerlo más adelante. Pasé otros veinte enfrascado en otras actividades y arrepintiéndome de no haber emprendido la práctica espiritual. Esta es la historia de mi vacía vida humana».

Esta podría ser también la historia de nuestra vida, pero si meditamos en la muerte, evitaremos desperdiciar nuestra preciosa vida humana y nos esforzaremos en llenarla de significado.

Si reflexionamos de este modo, pensaremos de corazón: «Sin lugar a dudas me voy a morir». Al comprender que en el momento de la muerte solo nuestra práctica espiritual nos servirá de verdadera ayuda, tomamos la firme resolución: «Debo poner en práctica las enseñanzas espirituales, el Dharma». Cuando este pensamiento surja con intensidad y claridad en nuestra mente, lo mantenemos de manera convergente sin distracciones para familiarizarnos cada vez más con él hasta no olvidarlo nunca.

EL MOMENTO DE NUESTRA MUERTE ES INCIERTO

A menudo nos engañamos a nosotros mismos pensando: «Soy joven, así que no me voy a morir pronto», pero podemos comprobar lo equivocados que estamos con solo observar cuántos jóvenes mueren antes que sus padres. En ocasiones, pensamos: «Tengo buena salud, de momento no me voy a morir», pero a menudo vemos que personas con buena salud que cuidan enfermos mueren antes que ellos. Aquellos que van a visitar a un amigo al hospital pueden morir antes que él en un accidente de tráfico, ya que la muerte no se limita a ancianos y enfermos. La persona que está viva y tiene buena salud por la mañana puede morir por la tarde, y la que se encuentra bien al irse a dormir, puede morir antes de despertar. Algunos mueren mientras comen, otros en medio de una conversación. Otras personas mueren nada más nacer.

La muerte no siempre avisa. Este enemigo puede aparecer en cualquier momento y a menudo ataca con rapidez cuando menos lo esperamos. Puede visitarnos mientras conducimos de camino a una fiesta, al encender la televisión o mientras pensamos: «Hoy no me voy a morir» y hacemos planes para las vacaciones de verano o la jubilación. El Señor de la Muerte puede caer sobre nosotros al igual que las nubes negras cubren de pronto el cielo. En ocasiones, cuando entramos en casa el cielo está limpio y azul, pero al volver a salir, está totalmente nublado. De igual modo, la muerte puede arrojar su sombra sobre nosotros en un instante.

Existen muchas más causas de muerte que de supervivencia. Aunque la muerte es inevitable y la duración de nuestra vida es incierta, no sería tan grave si al menos las condiciones que nos llevan a la muerte fueran pocas; pero hay incontables condiciones, tanto externas como internas, que pueden causarnos la muerte. El medio ambiente es la causa de numerosas muertes por inanición, inundaciones, incendios, terremotos, contaminación, etcétera. Del mismo modo, los cuatro elementos internos del cuerpo, tierra, agua, fuego y aire, provocan la muerte cuando se desequilibran y uno de ellos crece en exceso. Se dice que los elementos internos, cuando están equilibrados, son como cuatro serpientes de la misma especie e igual fortaleza que viven juntas en armonía; pero cuando se desequilibran, es como si una ellas se volviera más poderosa y devorara a las otras, hasta que finalmente ella misma muere de inanición.

Además de estas causas inanimadas que pueden provocar la muerte, hay seres, como ladrones, soldados enemigos o animales salvajes, que también pueden quitarnos la vida. Incluso objetos que no consideramos peligrosos, sino necesarios para protegernos y sobrevivir, como nuestra casa, el coche o nuestro mejor amigo, pueden causarnos la muerte. Algunas personas mueren aplastadas al derrumbarse su casa o al caer por las escaleras y muchas otras pierden a diario la vida en sus coches. Algunos mueren durante las vacaciones, y otros, a causa de sus propias aficiones y juegos, como los jinetes que sufren una caída mortal. Los mismos alimentos que tomamos para nutrir nuestro cuerpo y mantenernos con vida pueden causarnos la muerte. Incluso los amigos o nuestro amante pueden quitarnos la vida de manera accidental o intencionada. En la prensa leemos noticias de parejas que se quitan la vida el uno al otro o de padres que matan a sus propios hijos. Si lo analizamos con detenimiento, nos daremos cuenta de que es imposible encontrar ni un solo objeto de disfrute mundano que no tenga el potencial de provocar la muerte y que solo sea causa de supervivencia. El gran erudito Nagaryhuna dijo:

«Nuestra vida se mantiene entre miles de condiciones que la amenazan de muerte. Nuestra fuerza vital es como la llama de una vela expuesta al viento, que se apaga con facilidad porque el viento de la muerte sopla en todas las direcciones».

Cada persona ha creado el karma de que su vida dure un determinado período de tiempo, pero, como no podemos recordar qué karma hemos creado, no sabemos con exactitud cuál va a ser la duración de nuestra vida. Es posible tener una muerte prematura antes de haber agotado nuestro espacio de vida, porque se pueden acabar nuestros méritos, la causa de buena fortuna, antes de haber consumido el karma que determina la duración de nuestra vida. En tal caso, caeríamos tan enfermos que los médicos no podrían ayudarnos o no conseguiríamos encontrar alimentos o satisfacer otras necesidades básicas para sobrevivir. En cambio, si la duración de nuestra vida no se ha terminado y todavía nos quedan méritos, aunque caigamos gravemente enfermos, podremos encontrar las condiciones necesarias para recuperarnos.

El cuerpo humano es muy frágil. Aunque existen innumerables causas de muerte, no sería tan grave si nuestro cuerpo fuera fuerte como el acero, pero en realidad es muy delicado. Para destruirlo no hacen falta armas poderosas ni bombas, una pequeña aguja sería suficiente para acabar con él. Nagaryhuna dijo:

«Hay muchos agentes que destruyen nuestra fuerza vital.

El cuerpo humano es como una burbuja de agua».

Al igual que una burbuja de agua estalla en cuanto se la toca, una simple gota de agua en el corazón o un pequeño arañazo con una espina venenosa pueden causarnos la muerte. Nagaryhuna dijo que al final del presente eón, todo el universo será consumido por las llamas de un fuego inmenso y que no quedarán ni sus cenizas. Puesto que el universo entero va a desaparecer, es evidente que este delicado cuerpo humano perecerá muy pronto.

Podemos contemplar el proceso de la respiración, como a cada aspiración le sigue sin interrupción una espiración. Si este proceso se detuviera, moriríamos. Sin embargo, incluso cuando dormimos y nuestra memoria o retentiva mental deja de funcionar, la respiración continúa, aunque en muchos otros aspectos somos como un cadáver. Nagaryhuna dijo al respecto: «¡Qué maravilla que ocurra esto!». Cuando nos despertamos por la mañana, deberíamos alegrarnos pensando: «Es asombroso que mi respiración me haya mantenido con vida mientras dormía. Si se hubiera detenido durante la noche, ahora estaría muerto».

Al contemplar que el momento de la muerte es totalmente incierto y comprender que nadie puede garantizarnos que no nos vayamos a morir hoy mismo, debemos pensar día y noche desde lo más profundo del corazón: «Quizá me muera hoy, es posible que me muera hoy». Si nos concentramos en la sensación que nos produce este pensamiento, tomaremos con firmeza la siguiente resolución:

Puesto que he de marcharme pronto de este mundo, no tiene sentido que me apegue a los asuntos de esta vida. En lugar de ello, voy a dedicarme de corazón a extraer la verdadera esencia de mi vida humana adiestrándome con sinceridad en una práctica espiritual pura.

¿Qué significa adiestrarse con sinceridad en una práctica espiritual pura? Cuando aplicamos las instrucciones espirituales que son los métodos para controlar nuestros engaños, como el deseo incontrolado, el odio y la ignorancia, nos estamos adiestrando en una práctica espiritual pura. Esto, a su vez, significa que estamos siguiendo los caminos espirituales correctos. Esta práctica espiritual pura tiene tres niveles: 1) la práctica del ser del nivel inicial, 2) la práctica del ser del nivel medio y 3) la práctica del ser del nivel superior. Para una exposición detallada de estos tres niveles véanse El camino gozoso de buena fortuna y Budismo moderno.

 

Escucha el precioso sonido de la concha del Dharma,

contempla su significado y medita en él

Karma

Karma significa ‘acción’, y se refiere a nuestras acciones físicas, verbales y mentales. Este tema es muy significativo. Durante toda la vida tenemos que experimentar diversas clases de sufrimientos y problemas sin elección. Esto se debe a que no comprendemos qué acciones debemos abandonar y cuáles practicar. Si tuviéramos este conocimiento y lo pusiéramos en práctica, no habría ninguna base para experimentar sufrimientos ni problemas.

La ley del karma es un ejemplo especial de la ley de causa y efecto que establece que nuestras acciones físicas, verbales y mentales son causas, y nuestras experiencias, sus efectos. La ley del karma enseña por qué cada individuo posee una disposición mental, una apariencia física y unas experiencias únicas. Estas son los diversos efectos de las incontables acciones que cada uno ha realizado en el pasado. Puesto que no hay dos personas que hayan realizado las mismas acciones en vidas pasadas, no es posible encontrar dos personas que tengan los mismos estados mentales, experiencias idénticas o la misma apariencia física. Cada persona tiene un karma individual diferente. Algunas disfrutan de buena salud y otras están siempre enfermas. A algunas se las considera muy atractivas, y a otras, muy feas. Algunas tienen un carácter alegre y son fáciles de complacer, mientras que otras suelen estar de mal humor y nunca están satisfechas. Algunas personas entienden con facilidad el significado de las enseñanzas espirituales, pero otras las encuentran difíciles y oscuras.

Cada acción que realizamos imprime una huella o potencial en nuestra mente muy sutil que, con el tiempo, produce su correspondiente resultado. Nuestra mente es comparable a un campo de siembra, y las acciones que realizamos, a las semillas que en él se plantan. Las acciones virtuosas siembran las semillas de nuestra felicidad futura, y las perjudiciales, las de nuestro sufrimiento. Estas semillas permanecen latentes en nuestra mente hasta el momento en que se reúnen las condiciones necesarias para su germinación y, entonces, producen su efecto. En algunos casos, desde que se realiza la acción original hasta que maduran sus consecuencias, pueden transcurrir varias vidas.

Como resultado de nuestras acciones o karma, renacemos en este mundo impuro y contaminado y tenemos tantos problemas y dificultades. Nuestras acciones son impuras porque nuestra mente está contaminada por el veneno interno del aferramiento propio. Esta es la razón principal por la que experimentamos sufrimiento. Este es producido por nuestras propias acciones o karma y no es un castigo impuesto por nadie. Sufrimos porque hemos cometido numerosas acciones perjudiciales en vidas pasadas. El origen de estas malas acciones son nuestras propias perturbaciones mentales, como el odio, el apego y la ignorancia del aferramiento propio.

Cuando hayamos eliminado de nuestra mente el aferramiento propio y los demás engaños, nuestras acciones serán puras de manera natural. Como resultado de estas acciones puras o karma puro, todas nuestras experiencias serán puras, viviremos en un mundo puro y nuestro cuerpo y disfrutes, y los seres que nos encontremos, también serán puros. No quedará ni el menor rastro de sufrimiento, impureza ni problemas. Esta es la manera de encontrar verdadera felicidad en nuestra mente.

CARACTERÍSTICAS GENERALES DEL KARMA

Por cada acción que realizamos, experimentaremos un efecto similar. Si un agricultor siembra semillas de una planta medicinal, brotará dicha planta y no una venenosa, y si no siembra nada, no recogerá ninguna cosecha. Del mismo modo, si realizamos acciones virtuosas, como resultado, experimentaremos felicidad y no sufrimiento; si cometemos acciones perjudiciales, experimentaremos solo sufrimiento, y si realizamos acciones neutras, los resultados serán neutros.

Por ejemplo, si ahora padecemos cualquier trastorno mental es porque en algún momento del pasado hemos perturbado la mente de otras personas. Si padecemos una enfermedad física dolorosa es por haber hecho daño a otros en el pasado, por ejemplo, haberlos agredido o herido con un arma, haberles administrado medicinas equivocadas o servido alimentos venenosos de manera intencionada. Si no hemos creado la causa kármica para enfermar, es imposible que experimentemos el sufrimiento de una enfermedad física aunque estemos en medio de una epidemia que esté causando innumerables muertes. Aquellos que han alcanzado el nirvana, la paz interior suprema y permanente, por ejemplo, nunca experimentan sufrimiento físico ni mental porque han dejado de cometer acciones perjudiciales y han purificado todos los potenciales negativos, que son las causas principales del sufrimiento.

La causa principal del sufrimiento de la pobreza es la acción de robar. Las causas principales de sentirnos oprimidos es haber tratado con orgullo a otras personas de posición inferior a la nuestra, haberlas maltratado o exigido sus servicios, o haberlas menospreciado en lugar de haber sido bondadosos con ellas. Las causas principales del sufrimiento de tener que separarnos de nuestros familiares y amigos son acciones como seducir a la pareja de otra persona o poner a sus amigos o trabajadores en su contra.

Por lo general, pensamos que las malas experiencias que tenemos son causadas solo por las circunstancias propias de esta vida. Puesto que no es posible entender de este modo la verdadera razón de nuestras desgracias, a menudo pensamos que son inexplicables, que no nos las merecemos y que no hay justicia en este mundo. En realidad, la mayoría de nuestras experiencias en esta vida son el resultado de acciones que hemos cometido en vidas pasadas.

La contemplación de la siguiente historia que se relata en las escrituras budistas nos ayudará a comprender que las experiencias que tenemos en esta vida surgen de acciones que hemos cometido en vidas pasadas, y que los resultados de nuestras acciones aumentan con el tiempo, al igual que una pequeña semilla puede llegar a convertirse en un gran árbol. Había una vez una monja llamada Upala que antes de su ordenación había padecido terribles desgracias. De los dos hijos que tuvo con su primer marido, uno de ellos se ahogó y el otro fue brutalmente atacado y devorado por un chacal. Más tarde, su marido murió envenenado por la mordedura de una serpiente. Después de haber perdido a su familia, Upala regresó al hogar de sus padres, pero nada más llegar, la casa se incendió y quedó reducida a cenizas. Se volvió a casar y tuvo un hijo con su segundo marido, que era alcohólico, y un día se emborrachó de tal manera que mató al niño y la obligó a comer su carne. Upala huyó de este hombre perturbado y se escapó a otro país, donde fue capturada por una banda de ladrones que la forzaron a casarse con el jefe. Algunos años después, apresaron a su tercer marido y, conforme a la costumbre del país, la enterraron viva junto a él. No obstante, los ladrones deseaban tanto a Upala que la desenterraron y la obligaron a vivir con ellos. Después de padecer todas estas terribles miserias y desgracias, Upala generó un deseo muy intenso de liberarse de toda clase de existencia dolorosa y fue en busca de Buda para contarle su historia. Buda le explicó que en su vida anterior había sido una de las esposas de un rey y que había sido muy celosa con las otras esposas. Estos celos fueron suficientes para producir los tremendos sufrimientos que había experimentado en su vida. A continuación, Buda le enseñó cómo purificar la mente y, gracias a que practicó con sinceridad sus instrucciones, alcanzó el nirvana en esa misma vida.

Si contemplamos que los resultados de nuestras acciones son definitivos y que se incrementan, tomaremos la firme determinación de evitar hasta la más mínima acción perjudicial y de cultivar los pensamientos positivos y fomentar las obras constructivas por muy insignificantes que parezcan. Luego, meditamos en esta decisión para consolidarla. Si podemos mantenerla en todo momento y ponerla en práctica, nuestras acciones físicas, verbales y mentales serán cada vez más puras y finalmente no habrá ninguna base para experimentar sufrimiento.

Si no realizamos una acción, no experimentaremos su resultado. Cuando los soldados van a la guerra, unos mueren y otros sobreviven. Los que se salvan no es porque fueran más valientes que los demás, sino porque no habían cometido ninguna acción que fuera la causa de morir en ese momento. Cada día en las noticias podemos encontrar numerosos ejemplos similares. Cuando un terrorista pone una bomba en un gran edificio, unos mueren y otros consiguen escapar ilesos aunque se encontrasen en medio de la explosión. En los accidentes aéreos o cuando un volcán entra en erupción, unas personas mueren y otras sobreviven de manera milagrosa. En numerosos accidentes, los mismos supervivientes se sorprenden de seguir vivos a pesar de que murieron otras personas que se encontraban a su lado.

Las acciones de los seres sintientes nunca se extinguen, aunque transcurra mucho tiempo antes de que se experimenten sus resultados. Las acciones no se desvanecen sin más, ni las podemos traspasar a otros y evadir así nuestra responsabilidad. Aunque las intenciones mentales momentáneas que originaron nuestras acciones pasadas han cesado, los potenciales que han creado en nuestra mente no desaparecerán hasta que maduren sus resultados. La única manera de eliminar los potenciales perjudiciales antes de que maduren en forma de sufrimiento es purificarlos.

Por desgracia, resulta más fácil destruir los potenciales virtuosos que tenemos, porque si no dedicamos nuestras buenas acciones, el odio puede destruirlos por completo en un solo instante. Nuestra mente es como un cofre, y nuestras acciones virtuosas, como joyas. Si no las protegemos por medio de la dedicación, cuando nos enfademos será como dejar nuestro tesoro en manos de un ladrón.

LOS SEIS REINOS DONDE PODEMOS RENACER

Las semillas de nuestras acciones que brotan en el momento de la muerte ejercen una gran influencia en nuestro futuro porque determinan el tipo de renacimiento que vamos a tener en la próxima vida. El que madure un tipo u otro de semillas durante la muerte depende del estado mental en que nos encontremos en ese momento. Si morimos con una mente apacible, germinarán las semillas virtuosas y, en consecuencia, renaceremos en un reino afortunado. Sin embargo, si morimos con una mente alterada, por ejemplo, enfadados, se activarán las semillas negativas y renaceremos en un reino desafortunado. Este proceso es parecido al modo en que surgen las pesadillas por habernos ido a dormir con una mente agitada e intranquila.

La elección de este ejemplo del dormir, soñar y despertar no es fortuita, porque, como se ha mencionado en el capítulo que trata sobre el renacimiento, el proceso de dormir, soñar y despertar es muy semejante al de la muerte, el estado intermedio y el renacimiento. Durante el estado intermedio experimentamos diferentes visiones que son el resultado de las semillas kármicas que se activaron en el instante anterior a nuestra muerte. Si estas semillas fueron perjudiciales, tendremos visiones angustiosas como pesadillas, pero si fueron virtuosas, las visiones serán por lo general agradables. En ambos casos, cuando las semillas kármicas maduren por completo, nos impulsarán a renacer en uno u otro de los seis reinos del samsara.

Los seis reinos son lugares reales donde podemos renacer. Estos lugares son creados por el poder de nuestras acciones o karma. Hay tres clases de acciones: físicas, verbales y mentales. Puesto que todas las acciones físicas y verbales van precedidas de una acción mental, una intención, en realidad los seis reinos son creados por la mente. Por ejemplo, el reino de los infiernos es el lugar que surge como consecuencia de las acciones más destructivas, como matar o causar daños físicos o mentales de extrema crueldad, que cometemos bajo la influencia de los estados mentales más perturbados.

Para tener una imagen clara de los seis reinos, podemos compararlos con las plantas de una gran y vieja mansión. En esta analogía, la mansión simboliza el samsara, el ciclo de renacimientos contaminados. Esta casa tiene una planta baja, dos pisos y tres sótanos, y la ocupan los ignorantes seres sintientes, que suben y bajan sin cesar. Unas veces residen en las plantas superiores, y otras, en las inferiores.

La planta baja representa el reino humano. Por encima, en el primer piso, está el reino de los semidioses, seres no humanos que están en guerra permanente contra los dioses. Desde el punto de vista de su poder y prosperidad, los semidioses son superiores a los humanos, pero están tan obsesionados por los celos y la violencia, que sus vidas poseen escaso valor espiritual.

En el piso más alto viven los dioses. Los de la clase inferior, los dioses del reino del deseo, disfrutan de una lujosa vida de holgura y placer, y dedican el tiempo al goce y satisfacción de los sentidos. Aunque su mundo es paradisíaco y gozan de gran longevidad, no son inmortales y finalmente vuelven a renacer en estados inferiores. Debido a que sus vidas están llenas de distracciones, es difícil que generen la intención de emprender una práctica espiritual. Desde el punto de vista espiritual, la vida humana tiene mucho más sentido que la de los dioses.

Por encima de los dioses del reino del deseo se encuentran los del reino de la forma y los del reino inmaterial. Los dioses del reino de la forma han trascendido el deseo sensual, tienen cuerpos de luz y experimentan el gozo sublime de la absorción meditativa. Los dioses del reino inmaterial han trascendido incluso estas formas sutiles, carecen de cuerpo físico y permanecen en un estado de consciencia sutil similar al espacio infinito. Aunque sus mentes son las más elevadas y puras dentro del samsara, no han eliminado la ignorancia del aferramiento propio, la raíz del samsara, y por ello, tras haber disfrutado de gozo durante numerosos eones, vuelven a renacer en los reinos inferiores. Al igual que los otros dioses, consumen los méritos que habían acumulado en el pasado y no progresan nada, o muy poco, en el camino espiritual.

Se dice que la planta baja y los dos pisos superiores son reinos afortunados porque las experiencias de los seres que renacen en ellos son relativamente placenteras, como consecuencia de haber practicado la virtud. En los sótanos se encuentran los tres reinos inferiores, que son el resultado de las acciones físicas, verbales y mentales perjudiciales. El reino animal, representado en esta analogía por el primer sótano, es el menos terrible de los tres. En él habitan todos los mamíferos, excepto los humanos, así como las aves, los peces, los insectos, los gusanos, etcétera, todo el reino animal. Sus mentes se caracterizan por una falta total de consciencia espiritual y sus vidas están dominadas principalmente por el miedo y la brutalidad.

En el segundo sótano habitan los espíritus ávidos. Las causas principales para renacer en este reino son el deseo egoísta de poseer más y las acciones perjudiciales motivadas por la avaricia. La consecuencia de estas acciones es vivir en una pobreza extrema. Estos seres padecen de manera continua de hambre y sed insaciables, que les resultan insoportables. Su mundo es un inmenso desierto. Si consiguen encontrar alguna gota de agua o restos de comida, al aproximarse desaparecen como un espejismo o se convierten en algo repulsivo, como un montón de pus y orina. Estas apariencias son el resultado de su karma negativo y falta de méritos.

En el último sótano está el reino de los infiernos, cuyos habitantes padecen tormentos incesantes. Algunos infiernos son masas asfixiantes de fuego, y otros, regiones desoladas, heladas y oscuras. Monstruos aterradores creados por la propia mente de los seres de los infiernos les infligen las más horrendas torturas. Este sufrimiento continúa implacable durante tanto tiempo que parece una eternidad, pero finalmente, el karma de renacer en los infiernos se consume, estos seres mueren y renacen en otro lugar del samsara. Los infiernos no son más que apariencias de las mentes más perturbadas y negativas. No son lugares externos que normalmente vemos, sino que son como una pesadilla de la que no despertamos durante mucho tiempo. Para los seres que habitan en los infiernos, sus sufrimientos son tan reales como para nosotros lo son las experiencias que tenemos ahora en el mundo humano.

Esta es una descripción general del samsara. Estamos atrapados en él desde tiempo sin principio, vagando sin sentido, sin libertad ni control, desde el más elevado de los reinos celestiales hasta el más profundo de los infiernos. Unas veces habitamos en los pisos elevados de los dioses y otras nacemos como humanos, en la planta baja, pero la mayor parte del tiempo estamos atrapados en uno de los sótanos como animales, espíritus ávidos o seres de los infiernos, padeciendo terribles sufrimientos físicos y mentales durante largos períodos de tiempo.

Aunque el samsara es como una prisión, existe una puerta por donde escapar: la vacuidad, la naturaleza última de los fenómenos. Si comprendemos la vacuidad, podemos escapar del samsara. Si nos adiestramos en los caminos espirituales que se describen en el presente libro, encontraremos esta puerta, y al atravesarla, descubriremos que la mansión del samsara no era más que una ilusión, una creación de nuestra mente impura. El samsara no es una prisión externa, sino una creación de nuestra propia mente. Nunca terminará por sí mismo, pero si practicamos con perseverancia un camino espiritual puro y de esta manera eliminamos nuestra mente ignorante del aferramiento propio y las demás perturbaciones mentales, podremos liberarnos de él. Cuando alcancemos la liberación o nirvana, estaremos capacitados para enseñar a los demás a eliminar sus engaños y acabar así con su propia prisión mental.

CLASES DE ACCIONES

Aunque hay innumerables acciones físicas, verbales y mentales, pueden incluirse en tres clases: virtuosas, perjudiciales y neutras. Las prácticas de la generosidad, la disciplina moral, la paciencia, el esfuerzo en el adiestramiento espiritual, la concentración meditativa y la sabiduría son ejemplos de acciones virtuosas. Matar, robar y mantener una mala conducta sexual son acciones físicas perjudiciales; mentir, causar desunión con la palabra, pronunciar palabras ofensivas y chismorrear son acciones verbales perjudiciales, y la codicia, la malicia y sostener creencias erróneas son acciones mentales perjudiciales. Además de estas diez acciones perjudiciales, hay muchas otras, como maltratar o torturar a los demás o hacerles sufrir de forma deliberada. Cada día también realizamos numerosas acciones neutras. Las actividades cotidianas, como ir de compras, cocinar, comer, dormir o descansar, que realizamos con una motivación que no es ni buena ni mala, son acciones neutras.

Todas las acciones perjudiciales son contaminadas porque están motivadas por los engaños, en particular, la ignorancia del aferramiento propio. La mayoría de nuestras acciones virtuosas y neutras también están basadas en el aferramiento propio y, por lo tanto, son también contaminadas. De momento, incluso cuando, por ejemplo, nos adiestramos en la disciplina moral, nos aferramos a un yo con existencia inherente que está manteniendo una conducta ética, por lo que nuestra práctica de la disciplina moral es una acción virtuosa contaminada, que produce renacimientos superiores en el samsara.

Nos aferramos a un yo y un mío con existencia inherente en todo momento, día y noche. Esta mente es el engaño de la ignorancia del aferramiento propio. Cuando estamos avergonzados o atemorizados, nos enfadamos o nos sentimos indignados o estamos henchidos de orgullo, tenemos un sentido del yo muy intenso. El yo al que nos aferramos en estas situaciones es el yo con existencia inherente. Incluso cuando estamos relajados y bastante tranquilos, seguimos aferrándonos a este yo, aunque con menor intensidad. Esta mente de aferramiento propio es la base de las demás perturbaciones mentales y la causa de todos nuestros problemas. Para liberarnos de nuestros engaños y de los problemas que nos causan debemos comprender que el yo con existencia inherente al que siempre nos aferramos con tanta intensidad no existe en absoluto, nunca ha existido y nunca lo hará. No es más que una mera elaboración de nuestra ignorancia del aferramiento propio.

Para satisfacer los deseos de este yo –el yo con existencia inherente que creemos que realmente existe–, realizamos numerosas acciones tanto virtuosas como perjudiciales. Estas acciones se conocen como acciones impulsoras, lo que significa que están motivadas por un fuerte aferramiento propio y que son la causa principal de los renacimientos en el samsara. Las acciones virtuosas contaminadas nos impulsan a renacer en los reinos superiores del samsara, como humanos, semidioses o dioses, mientras que las perjudiciales nos arrojan a renacimientos inferiores en los reinos de los animales, los espíritus ávidos o los infiernos. Si cuando estamos a punto de morir generamos un estado mental negativo, como el odio, este hará que madure el potencial de una acción impulsora perjudicial y renaceremos en un reino inferior. En cambio, si generamos un estado mental virtuoso, como, por ejemplo, recordar nuestra práctica espiritual diaria, hará que madure el potencial de una acción impulsora virtuosa, de manera que después de la muerte renaceremos como un ser humano o en uno de los otros dos reinos superiores del samsara, y tendremos que experimentar los sufrimientos característicos de estos seres.

Hay otra clase de acciones contaminadas, que se denominan conclusivas. Son acciones contaminadas que constituyen la causa principal de la felicidad o del sufrimiento que experimentamos después de haber renacido en un reino en particular. Los seres humanos hemos sido arrojados a este reino por acciones impulsoras virtuosas, pero cada uno tenemos experiencias muy distintas debido a las diferentes acciones conclusivas que hemos realizado. Algunos sufren grandes adversidades durante toda la vida y otros disfrutan de una existencia relativamente placentera. Del mismo modo, los animales han renacido en su reino arrojados por las acciones impulsoras perjudiciales, pero sus experiencias son muy diferentes según las acciones conclusivas que hayan realizado. Algunos animales, como algunas mascotas, pueden disfrutar de una vida cómoda, incluso lujosa, y recibir más atención y cuidado que muchos seres humanos. Los espíritus ávidos y los seres de los infiernos solo experimentan el resultado de acciones perjudiciales, tanto impulsoras como conclusivas. Desde el mismo día que nacen hasta que mueren, solo experimentan sufrimiento.

Una acción impulsora puede hacernos renacer numerosas veces. En las escrituras budistas se cuenta la historia de un hombre que se enfadó mucho con un monje y le dijo que parecía una rana. Como resultado de esta acción, renació numerosas veces como una rana. En otras ocasiones, un solo renacimiento basta para consumir el poder de una acción impulsora.

Algunas de nuestras acciones maduran en la misma vida en que se realizan, y son por fuerza acciones conclusivas; otras maduran en la vida siguiente, y otras, varias vidas después, y estas acciones pueden ser impulsoras o conclusivas.

En resumen, podemos ver que primero generamos un intenso aferramiento propio y a partir de él surgen todas las demás perturbaciones mentales. Estos engaños nos inducen a crear karma impulsor, que nos hace renacer de nuevo en el samsara, donde experimentamos miedos, sufrimientos y problemas. Durante toda esta nueva existencia seguimos generando aferramiento propio y otros engaños sin cesar, que nos inducirán a realizar más acciones impulsoras, que nos conducirán hacia nuevos renacimientos contaminados. Este proceso del samsara es un ciclo que nunca acabará, a menos que alcancemos el nirvana.

 

Pon gran esfuerzo en alcanzar la iluminación

Samsara

Samsara es una palabra sánscrita que significa ‘ciclo de renacimientos contaminados o ciclo de vidas impuras’. El ciclo de renacimientos contaminados se refiere a obtener una y otra vez un cuerpo y una mente contaminados, que también se conocen como agregados contaminados. Por lo general, cuando nuestro cuerpo está enfermo, pensamos: «Estoy enfermo», y cuando nuestra mente está infeliz, pensamos: «Estoy triste». Esto indica con claridad que creemos que el cuerpo y la mente son el yo. Esta creencia es ignorancia porque el cuerpo y la mente no son el yo, sino sus posesiones, tal y como se indica cuando decimos: «Mi cuerpo, mi mente». Debido a esta ignorancia que cree que nuestro cuerpo y mente son el yo, generamos y experimentamos diversas clases de apariencias equívocas y, debido a ello, experimentamos sufrimientos y problemas de todo tipo a modo de alucinaciones a lo largo de toda la vida y de vida en vida sin cesar. De ello podemos comprender que desde tiempo sin principio hemos identificado el yo de manera equívoca. Para reducir y finalmente eliminar por completo nuestras experiencias de sufrimiento y problemas como alucinaciones, tenemos que identificar el yo de manera correcta mediante el adiestramiento en los caminos espirituales que se expone en el capítulo de la «Bodhichita última». Por medio de estas instrucciones, comprenderemos el modo en que las cosas realmente existen.

Hemos de saber que la vida humana es preciosa y adquiere su verdadero valor solo cuando la utilizamos para adiestrarnos en el camino espiritual, ya que en sí misma es un sufrimiento verdadero. Experimentamos diversas clases de sufrimiento porque hemos obtenido un renacimiento contaminado por el veneno interno de las perturbaciones mentales. Estas experiencias no tienen comienzo porque hemos tenido renacimientos contaminados desde tiempo sin principio, y no tendrán fin hasta que alcancemos la paz interior suprema del nirvana. Si contemplamos los sufrimientos y las dificultades que vamos a experimentar a lo largo de esta vida y en las futuras, y meditamos en ellos, llegaremos a la firme conclusión de que todos y cada uno de nuestros sufrimientos y problemas surgen por haber obtenido un renacimiento contaminado. Entonces, generaremos un intenso deseo de abandonar el ciclo de renacimientos contaminados, el samsara. Este deseo se denomina renuncia y cuando lo generamos, entramos realmente en el camino hacia la liberación o nirvana. Desde este punto de vista, contemplar el sufrimiento y meditar en él tiene un gran significado. El objetivo principal de esta meditación es evitar que padezcamos de nuevo todas estas experiencias en el futuro.

Mientras permanezcamos atrapados en el ciclo de renacimientos contaminados, los sufrimientos y problemas nunca terminarán, tendremos que volver a experimentarlos cada vez que renazcamos. Aunque no podamos recordar lo que sentíamos en el seno de nuestra madre o durante la niñez, los sufrimientos de la vida humana comenzaron en el mismo momento de la concepción. Es evidente que un recién nacido sufre angustia y dolor. Lo primero que hace un bebé al llegar al mundo es gritar y llorar. No es habitual que un niño nazca en un estado de total serenidad, con un rostro apacible y sonriente.

EL NACIMIENTO

Cuando la consciencia entra en la unión del esperma de nuestro padre y el óvulo de la madre, nuestro cuerpo no es más que una sustancia acuosa, como un yogur rojizo y muy caliente. En los primeros momentos que siguen a la concepción no tenemos sensaciones burdas, pero en cuanto surgen, comenzamos a experimentar dolor. Nuestro cuerpo se va endureciendo de manera progresiva y, a medida que los miembros se van desarrollando, sentimos como si alguien los estirara en una mesa de tortura. El vientre de nuestra madre es caliente y oscuro. Este pequeño espacio saturado de sustancias impuras será nuestro hogar durante nueve meses. Nos sentimos como si estuviéramos apretujados dentro de un pequeño aljibe lleno de líquidos sucios y completamente cerrado de forma que no pueden entrar ni el aire ni la luz.

Mientras permanecemos en el seno de nuestra madre padecemos mucho miedo y dolor en soledad y somos muy sensibles a cualquier cosa que haga. Por ejemplo, si camina deprisa, sentimos como si cayéramos desde lo alto de una montaña y nos sentimos aterrorizados. Si mantiene relaciones sexuales, nos parece como si nos aplastaran entre dos grandes masas pesadas que nos asfixian y sentimos pánico. Si da un pequeño salto, es como si cayéramos contra el suelo desde una gran altura. Si bebe algo caliente, notamos como si nos escaldaran con agua hirviendo, y si es frío, como si nos ducharan con agua helada en pleno invierno.

Al salir del seno materno, sentimos como si nos forzaran a pasar por una estrecha hendidura entre dos piedras rocosas, y nada más nacer, nuestra piel es tan delicada que el contacto con cualquier objeto nos resulta doloroso. Cuando alguien nos toma en sus brazos, aunque lo haga con ternura, sentimos como si sus manos nos rasgaran la piel y hasta las ropas más delicadas nos resultan abrasivas. En comparación con la suavidad y tersura del seno de nuestra madre, cualquier objeto que toquemos nos parece áspero y nos hace daño. Si nos cogen en brazos, nos parece como si nos balancearan al borde de un precipicio, nos sentimos inseguros y tenemos miedo. Hemos olvidado todo lo que aprendimos en la vida anterior y no traemos más que dolor y confusión del seno de nuestra madre. Las palabras que escuchamos tienen tanto sentido para nosotros como el soplo del viento y somos incapaces de comprender nada de lo que percibimos. Durante las primeras semanas es como si estuviéramos ciegos, sordos y mudos, y padeciéramos de amnesia total. Cuando tenemos hambre, no podemos decir: «Quiero comer», o cuando nos duele algo: «Me duele aquí». La única manera que tenemos de expresarnos es con llantos y gestos de enfado y, a menudo, ni siquiera nuestra madre sabe lo que nos ocurre. Estamos totalmente indefensos y nos tienen que enseñar a hacerlo todo: comer, sentarnos, caminar y hablar.

Durante las primeras semanas después del nacimiento es cuando somos más vulnerables, pero los sufrimientos no cesan a medida que vamos creciendo, sino que continúan a lo largo de toda la vida. Al igual que al encender una chimenea, el calor que se propaga por toda la casa proviene del fuego, al nacer en el samsara, el sufrimiento impregna nuestra vida y todas las desgracias que experimentamos son el resultado de haber obtenido un renacimiento contaminado.

Debido a que hemos renacido como un ser humano, estimamos nuestro cuerpo y mente y nos aferramos a ellos como si nos pertenecieran. Al observar nuestro cuerpo y mente generamos el aferramiento propio, que es la raíz de todas las perturbaciones mentales. El renacimiento humano es la base del sufrimiento humano; sin ella, no tendríamos problemas humanos. Los dolores del nacimiento dan paso con el tiempo a los de las enfermedades, la vejez y la muerte; todos forman parte del mismo continuo.

LAS ENFERMEDADES

El nacimiento también conduce a los sufrimientos de las enfermedades. Al igual que los vientos invernales y la nieve despojan los verdes prados, árboles y plantas de su esplendor, las enfermedades arrebatan al cuerpo la lozanía de su juventud, debilitan su vitalidad y el poder de los sentidos. Aunque, por lo general, gocemos de buena salud y estemos en forma, cuando caemos enfermos, de repente somos incapaces de realizar las actividades físicas cotidianas. Hasta un campeón mundial de boxeo que normalmente es capaz de derrotar a sus adversarios, queda completamente indefenso ante la enfermedad. Las enfermedades nos impiden disfrutar de los placeres diarios y nos producen sensaciones desagradables día y noche.

Al enfermar somos como el pájaro que vuela por el cielo y, de pronto, cae al suelo desplomado y herido por un disparo perdiendo toda su gloria y poder. De igual modo, cuando enfermamos, quedamos súbitamente incapacitados. Si tenemos una enfermedad grave, puede que tengamos que depender de los demás para todo y perdamos incluso la facultad de controlar nuestras funciones fisiológicas. Estos cambios son difíciles de aceptar, especialmente para los que se enorgullecen de su independencia y buena salud.

Si caemos enfermos, no podemos continuar con el trabajo ni completar las actividades que nos habíamos propuesto, y por ello nos sentimos frustrados. Nos impacientamos con facilidad con nuestra dolencia y nos deprimimos al pensar en todo lo que no podemos hacer. No podemos disfrutar de las cosas que normalmente nos proporcionan placer, como hacer deporte, bailar, beber o comer lo que nos gusta, ni de la compañía de nuestros amigos. Todas estas limitaciones nos hacen sentir todavía más desdichados. Además de estas penas, tenemos que padecer los dolores físicos que conlleva la enfermedad.

Cuando caemos enfermos, no solo tenemos que soportar los dolores propios de la enfermedad, sino también muchas otras circunstancias desagradables. Por ejemplo, hemos de aceptar el tratamiento que nos prescribe el médico, ya sea tomar medicinas amargas, ponernos inyecciones, privarnos de algo que nos gusta mucho o someternos a una operación quirúrgica. En este último caso, nos ingresarán en un hospital y estaremos obligados a aceptar las condiciones que nos impongan. Puede que tengamos que tomar alimentos que nos desagradan y estar en la cama todo el día sin nada que hacer, llenos de ansiedad al pensar en la operación que nos espera. Es posible que el médico no nos ofrezca una explicación clara sobre nuestra dolencia ni su opinión acerca de si vamos a sobrevivir o no.

Si nos dicen que nuestra enfermedad es incurable y carecemos de experiencia espiritual, sentiremos temor, angustia y arrepentimiento. Es muy posible que nos deprimamos y perdamos las esperanzas o que nos enfademos con la enfermedad pensando que es un cruel enemigo que nos despoja de nuestra felicidad.

LA VEJEZ

El nacimiento también da lugar a los sufrimientos de la vejez. Esta nos roba la belleza, la salud, la figura esbelta y la fina tez, la vitalidad y el bienestar. La vejez hace que los demás nos desprecien. Nos trae dolores indeseados y nos conduce sin demora hacia la muerte.

Con el paso de los años perdemos la belleza de la juventud, nuestro cuerpo fuerte y sano se debilita y lo abaten las enfermedades. La esbelta figura de que disfrutamos en la juventud, bien definida y proporcionada, se va encorvando y desfigurando; los músculos y la carne se arrugan y encogen, por lo que las extremidades se vuelven como finas estacas y sobresalen los huesos. Perdemos el color y el brillo del cabello y nuestra tez pierde su lustre. La cara se nos llena de arrugas y los rasgos se van deformando. Milarepa dijo:

«¿Cómo se ponen de pie los ancianos? Se incorporan como si estuvieran sacando una estaca clavada en la tierra. ¿Cómo caminan los ancianos? Después de conseguir ponerse de pie, caminan con cautela como si cazaran pajarillos. ¿Cómo se sientan los ancianos? Se dejan caer como una pesada bolsa a la que se le rompen las asas».

Contemplemos el siguiente poema compuesto por el gran erudito Gungtang que describe los sufrimientos del envejecimiento:

«Cuando envejecemos, el cabello se nos vuelve blanco,

pero no es porque nos lo hayamos lavado;

es una señal de que pronto nos encontraremos con el Señor de la Muerte.

Nuestra frente se llena de arrugas,

pero no es porque nos sobre carne;

es porque el Señor de la Muerte nos advierte: “Pronto vas a morir”.

Se nos caen los dientes,

pero no es para que nos salgan otros nuevos;

es una señal de que pronto no podremos ingerir alimentos.

Nuestros rostros se vuelven feos y grotescos,

pero no es porque llevemos máscaras;

es una señal de que hemos perdido la máscara de la juventud.

Nos tiembla la cabeza de lado a lado,

pero no es porque estemos en desacuerdo;

es porque el Señor de la Muerte nos golpea con la porra que lleva en la mano derecha.

Caminamos con el cuerpo encorvado y mirando hacia el suelo,

pero no es porque busquemos agujas perdidas;

es una señal de que añoramos nuestra belleza y vivimos de recuerdos.

Para ponernos de pie nos apoyamos sobre las cuatro extremidades,

pero no es porque imitemos a los animales;

es una señal de que nuestras piernas son demasiado débiles para soportar nuestro peso.

Nos sentamos como si nos desplomáramos de forma repentina,

pero no es porque estemos enfadados;

es una señal de que nuestro cuerpo ha perdido la vitalidad.

Nos tambaleamos al andar,

pero no es porque nos creamos importantes;

es una señal de que nuestras piernas no pueden sostener nuestro cuerpo.

Nos tiemblan las manos,

pero no es porque estemos ansiosos por robar;

es una señal de que el Señor de la Muerte, con sus dedos ávidos, se apropia de nuestras posesiones.

Nos alimentamos con muy poco,

pero no es porque seamos mezquinos;

es una señal de que no podemos digerir los alimentos.

Jadeamos al respirar,

pero no es porque susurremos mantras al oído de un enfermo;

es una señal de que nuestra respiración pronto cesará».

Cuando somos jóvenes podemos viajar por todo el mundo, pero al envejecer apenas somos capaces de llegar a la puerta de nuestra casa. No tenemos energía para emprender muchas actividades mundanas y, a menudo, hemos de restringir nuestras prácticas espirituales. Por ejemplo, disponemos de poca vitalidad para realizar acciones virtuosas y nos cuesta recordar las enseñanzas, contemplarlas o meditar en ellas. No podemos asistir a los cursos espirituales que se imparten en lugares de difícil acceso o que carecen de comodidades. No podemos ayudar a los demás si para ello se requiere fuerza física y buena salud. Limitaciones como estas a menudo entristecen mucho a los ancianos.

Al envejecer vamos perdiendo la vista y la audición. No podemos ver con claridad y cada vez necesitamos gafas con cristales más gruesos hasta que ni siquiera con ellas podemos leer. Nos volvemos duros de oído y nos resulta cada vez más difícil escuchar música y oír la televisión o lo que nos dicen los demás. Perdemos la memoria y nos cuesta más realizar nuestras actividades, ya sean mundanas o espirituales. Si meditamos, nos resulta más difícil alcanzar realizaciones porque la memoria y la concentración son muy débiles, y no conseguimos aplicarnos en el estudio. Por lo tanto, si durante la juventud no nos adiestramos en las prácticas espirituales, lo único que podremos hacer al llegar a la vejez será arrepentirnos de ello y esperar la visita del Señor de la Muerte.

Cuando somos viejos no podemos obtener el mismo placer que antes de las cosas que nos gustan, como los alimentos, las bebidas o las relaciones sexuales. Nos sentimos demasiado débiles para practicar juegos y deportes, y a menudo estamos tan cansados que no podemos disfrutar de ninguna diversión. A medida que nuestra edad avanza, no podemos participar en las actividades de los jóvenes. Cuando se van de viaje, nos tenemos que quedar atrás. Nadie quiere llevarnos consigo ni visitarnos. Ni siquiera nuestros nietos desean pasar mucho tiempo con nosotros. A menudo, los ancianos piensan: «¡Qué maravilloso sería si estuviera rodeado de gente joven! Podríamos ir de paseo y les enseñaría tantas cosas…», pero los jóvenes no quieren incluirlos en sus planes. Cuando la vida les llega a su fin, los ancianos sienten el dolor de la soledad y el abandono. Hay muchos sufrimientos propios de la vejez.

LA MUERTE

El nacimiento también conduce a los sufrimientos de la muerte. Si durante la vida hemos trabajado duro para acumular posesiones y les tenemos mucho apego, en el momento de la muerte padeceremos un gran sufrimiento al pensar: «Ahora tendré que dejar atrás todas mis posesiones». Si ahora nos resulta difícil prestar nuestras posesiones más preciadas y mucho más regalarlas, ¿qué sucederá al morir, cuando comprendamos que vamos a perderlo todo?

En el momento de la muerte nos veremos obligados a separarnos hasta de los amigos más íntimos. Tendremos que abandonar a la persona que más amamos, aunque hayamos pasado la mayor parte de nuestras vidas juntos sin separarnos ni un día. Si tenemos mucho apego a nuestros seres queridos, al morir nos sentiremos apenados y angustiados, pero lo único que podremos hacer será cogerles de la mano. Aunque oren con nosotros para que no muramos, no podremos detener el proceso de la muerte. Por lo general, si estamos muy apegados a una persona y nos deja solos para pasar un tiempo con otra, nos ponemos celosos. Sin embargo, al morir, tendremos que dejar a nuestros amigos para siempre en compañía de otros, y también nos despediremos de nuestra familia y de todos aquellos que nos han ayudado en esta vida.

Al morir tendremos que separarnos de este cuerpo que tanto estimamos y que hemos cuidado durante años, y se convertirá en una masa inanimada de carne que habrá que incinerar o enterrar. Si carecemos de la protección interna de la experiencia espiritual, en el momento de la muerte nos embargarán el miedo y la angustia, además del dolor físico.

Cuando al morir nuestra mente se separe del cuerpo, llevará consigo las semillas que hayamos plantado en ella al realizar acciones tanto virtuosas como perjudiciales. Aparte de estas semillas, no podremos llevarnos nada de este mundo. Todo lo demás nos defraudará. La muerte acaba con todas nuestras actividades: las conversaciones, las comidas, las reuniones con los amigos y hasta con el sueño. Todo terminará el día de nuestra muerte y nos veremos obligados a dejarlo todo atrás, incluidos los anillos que llevemos en los dedos. En el Tíbet, los vagabundos solían llevar un bastón para defenderse de los perros. Para comprender la privación total a la que nos somete la muerte, hemos de recordar que los vagabundos tienen que abandonar incluso su viejo bastón, la más miserable de las posesiones humanas. En los cementerios podemos comprobar que lo único que les queda a los muertos es su nombre grabado en una lápida.

OTRAS CLASES DE SUFRIMIENTO

Los seres sintientes también hemos de experimentar los sufrimientos de separarnos de lo que nos gusta, enfrentarnos con lo que nos disgusta y no poder cumplir nuestros deseos –lo cual incluye los sufrimientos de la pobreza y de ser perjudicados por otros seres, humanos y no humanos, y por los elementos agua, fuego, aire y tierra–. Antes de la despedida final en el momento de la muerte, a menudo tenemos que separarnos temporalmente de las personas y las cosas que nos gustan, lo que nos produce sufrimiento mental. Es posible que perdamos el puesto de trabajo que nos agrada o nos veamos obligados a salir de nuestro país de origen, donde tenemos a nuestros familiares y amigos. En cualquier momento podemos perder la buena reputación. Muchas veces en la vida hemos de padecer el dolor de tener que separarnos de nuestros seres queridos y de perder o vernos forzados a abandonar aquello que nos resulta atractivo y agradable; pero al morir tendremos que separarnos para siempre de nuestros compañeros y perderemos los disfrutes de esta vida y las condiciones internas y externas que ahora tenemos para el adiestramiento espiritual puro o práctica del Dharma.

A menudo tenemos que encontrarnos con personas que no nos gustan y convivir con ellas o soportar situaciones desagradables. En ocasiones nos vemos atrapados en circunstancias muy peligrosas, como un incendio o una inundación, o violentas, como en una revuelta o una guerra. La vida está llena de situaciones menos extremas que nos resultan molestas. A veces no podemos llevar a cabo nuestros planes. Por ejemplo, queremos ir a la playa un día soleado, pero nos quedamos atrapados en un atasco de tráfico. El demonio interno de los engaños perturba continuamente nuestra paz interior e interfiere en nuestras prácticas espirituales. Las condiciones que nos impiden hacer lo que deseamos y desbaratan nuestros planes son innumerables. Es como si viviéramos desnudos en un matorral de espinos, con cada movimiento que hacemos más nos hieren las circunstancias. Las personas y los acontecimientos son como espinas que se nos clavan en el cuerpo y ninguna situación nos resulta totalmente satisfactoria. Cuantos más planes y deseos tenemos, más frustraciones experimentamos, y cuanto más deseamos que se produzca una situación, con más facilidad nos vemos atrapados en circunstancias que no queremos. Parece como si cada deseo atrajera su propio obstáculo. Los acontecimientos indeseables ocurren sin necesidad de buscarlos. En realidad, lo único que nos llega con facilidad es aquello que no deseamos. Nadie quiere morir, pero la muerte nos llega sin que realicemos ningún esfuerzo. Nadie quiere padecer enfermedades, pero nos sobrevienen también sin esfuerzo. Puesto que hemos renacido sin libertad ni control, tenemos un cuerpo impuro, vivimos en lugares también impuros y nos ocurren toda clase de desgracias. Estas experiencias son completamente normales en el samsara.

Todos tenemos innumerables deseos, pero por mucho que nos esforzamos en colmarlos, nunca nos sentimos satisfechos. Incluso cuando logramos lo que queremos, no nos conformamos con la manera en que lo hemos conseguido o no obtenemos el bienestar que esperábamos. Por ejemplo, si tenemos el deseo de hacernos ricos y algún día llegamos a serlo, nuestra vida no transcurrirá del modo en que la habíamos imaginado y no nos sentiremos satisfechos. Esto se debe a que nuestros deseos no disminuyen a medida que aumenta nuestra riqueza. Cuanto más tenemos, más queremos. La riqueza que buscamos no existe porque por mucha que acumulemos, nunca podrá colmar nuestros deseos. Por si esto fuera poco, al esforzarnos por obtener aquello que deseamos, creamos aún más causas de insatisfacción. Cada cosa que deseamos lleva implícita muchas otras que nos desagradan. Por ejemplo, la riqueza conlleva inseguridad, el pago de impuestos y asuntos financieros de complejidad. Estas consecuencias indeseadas impiden que nos sintamos realmente satisfechos. De igual modo, si nuestro sueño es pasar unas vacaciones en un lugar exótico, aunque lo consigamos, no lograremos satisfacer por completo nuestras expectativas y tendremos que sufrir ciertos inconvenientes, como quemaduras de sol y muchos gastos.

Si lo analizamos con detenimiento, nos daremos cuenta de que nuestros deseos son desmesurados. Queremos lo mejor del samsara: el mejor puesto de trabajo, el mejor compañero, la mejor reputación, la mejor casa, el mejor coche y las mejores vacaciones. Todo lo que no sea «lo mejor» nos deja insatisfechos y seguimos buscando sin encontrar lo que deseamos. Ningún placer mundano puede proporcionarnos la felicidad perfecta y completa que buscamos. Cada día se fabrican objetos más sofisticados. Continuamente aparecen anuncios de nuevos productos que acaban de salir al mercado, pero poco después son reemplazados por la última innovación, que es aún mejor. La producción de nuevos artículos de consumo con el propósito de incrementar nuestros deseos no tiene fin.

Los niños en la escuela nunca consiguen satisfacer sus ambiciones ni las de sus padres. Aunque consigan ser los primeros de la clase, no estarán satisfechos a menos que lo logren de nuevo en el curso siguiente. Si en el futuro tienen éxito en el trabajo, su ambición seguirá creciendo, jamás podrán descansar porque nunca se sienten plenamente satisfechos con lo que han conseguido.

Quizá pensemos que, al menos, los agricultores que llevan una vida sencilla en el campo deben de estar contentos, pero si analizamos su situación, comprobaremos que también buscan lo que desean y no logran encontrarlo. Sus vidas están llenas de incertidumbre y problemas y no disfrutan de paz ni satisfacción verdaderas. Sus medios de vida dependen de factores imprevisibles que no pueden controlar, como el tiempo. Los agricultores sufren de insatisfacción igual que los ejecutivos que viven y trabajan en la ciudad. Aunque los hombres de negocios vayan bien arreglados y parezcan muy competentes al dirigirse cada mañana a sus oficinas con sus maletines en la mano, bajo su buen aspecto externo, guardan mucha insatisfacción en su interior y siguen buscando lo que desean, pero no lo encuentran.

Al reflexionar de este modo, es posible que lleguemos a la conclusión de que para encontrar lo que buscamos es necesario abandonar nuestras posesiones. No obstante, podemos ver que los pobres también buscan y no encuentran lo que desean. Muchos de ellos no disponen ni siquiera de las necesidades básicas para vivir; millones de personas experimentan los sufrimientos derivados de la pobreza extrema.

Tampoco podemos evitar el sufrimiento de la insatisfacción modificando continuamente las circunstancias. Es posible que pensemos que si cambiamos a menudo de pareja o de trabajo, o si viajamos sin cesar, encontraremos lo que deseamos; pero aunque demos la vuelta al mundo y tengamos un nuevo amante en cada ciudad, seguiremos insatisfechos y desearemos seguir cambiando la situación en que vivimos. En el samsara no es posible satisfacer plenamente los deseos.

Todas las personas, ya sean de alta o baja posición social, hombres o mujeres, se diferencian solo en su apariencia, modo de vestir, conducta y estatus. En esencia, todos son iguales porque todos tienen problemas en la vida. Siempre que tenemos problemas pensamos que son producidos por las circunstancias y que si estas cambiasen, desaparecerían. Culpamos a otras personas, a los amigos, a los alimentos, al gobierno, al tiempo, al clima, a la sociedad, a la historia o a cualquier otra cosa. Sin embargo, las circunstancias externas no son la causa principal de nuestros problemas. Debemos reconocer que los dolores físicos y el sufrimiento mental que experimentamos son el resultado de haber obtenido un renacimiento contaminado por el veneno interno de las perturbaciones mentales. Los seres humanos hemos de padecer las diversas clases de sufrimientos característicos de nuestra especie por tener un renacimiento humano contaminado. Los animales han de padecer sufrimiento animal por tener un renacimiento animal contaminado; y los espíritus ávidos y los seres de los infiernos experimentan sus propios sufrimientos por haber obtenido sus respectivos renacimientos contaminados. Ni siquiera los dioses están libres del sufrimiento porque su renacimiento también está contaminado. Al igual que una persona atrapada en un gran incendio siente mucho miedo, nosotros también hemos de generar un intenso temor a los insoportables sufrimientos del ciclo interminable de vidas impuras. Este miedo es la verdadera renuncia y procede de la sabiduría.

En conclusión, tras haber realizado esta contemplación, debemos pensar:

Negar los sufrimientos de las vidas futuras no me aporta ningún beneficio; y cuando caigan sobre mí, será demasiado tarde para protegerme. Por lo tanto, he de protegerme ahora que dispongo de una vida humana que me brinda la oportunidad de liberarme para siempre de los sufrimientos de mis incontables vidas futuras. Si no me esfuerzo en lograrlo y permito que mi vida carezca de sentido, será el mayor engaño y la peor necedad. Ahora debo poner esfuerzo en liberarme para siempre de los sufrimientos de mis incontables vidas futuras.

Mantenemos esta determinación con firmeza y nos concentramos en ella de manera convergente durante tanto tiempo como podamos. Hemos de practicar esta meditación de manera continua hasta que generemos el deseo espontáneo de liberarnos para siempre de los sufrimientos de nuestras incontables vidas futuras. Esta es la verdadera realización de la renuncia. En el momento en que alcanzamos esta realización entramos en el camino que nos conduce a la liberación. En este contexto, liberación se refiere a la paz mental permanente y suprema conocida como nirvana, que nos proporciona felicidad pura e imperecedera.

Una vez que hayamos alcanzado el nirvana, nunca más volveremos a experimentar entornos ni disfrutes, ni cuerpos ni mentes contaminados. Todo lo que experimentemos será puro porque nuestra mente será pura, libre del veneno interno de los engaños. El primer paso para alcanzar el nirvana es lograr la realización de la renuncia, el deseo espontáneo de abandonar el samsara o los renacimientos contaminados. Después, con la realización directa de la vacuidad, la naturaleza última de los fenómenos, que se expondrá con detalle en el capítulo «La bodhichita última», abandonaremos el samsara y alcanzaremos el nirvana.

Una práctica espiritual común para todos

En esta práctica debemos realizar acciones virtuosas o positivas, porque son la raíz de nuestra felicidad futura, abandonar las acciones no virtuosas o negativas, porque lo son de nuestro sufrimiento futuro, y controlar nuestros engaños, porque lo son de nuestros renacimientos contaminados. Además, debemos cultivar fe, sentido del honor, consideración por los demás, antiapego, antiodio, antiignorancia y esfuerzo.

FE

Para adiestrarnos en la práctica de la fe hemos de cultivar y mantener tres clases de fe: fe admirativa, fe creyente y fe desiderativa. La naturaleza de la fe admirativa es regocijo –el regocijo en la pureza completa de los seres iluminados, de sus enseñanzas y de las realizaciones de sus enseñanzas–. La naturaleza de la fe creyente es creencia correcta –la creencia de que los seres iluminados están realmente presentes ante nosotros, aunque no los veamos, y que sus enseñanzas y las realizaciones de sus enseñanzas son el verdadero refugio que protege de forma directa a los seres sintientes del sufrimiento y el miedo–. La naturaleza de la fe desiderativa es deseo –el deseo de llegar a ser como los seres iluminados, de poner sus enseñanzas en práctica y de alcanzar las realizaciones de las mismas–.

Puesto que la fe es la raíz de todos los logros espirituales puros, debería ser nuestra práctica principal. Cuando el famoso maestro budista Atisha se encontraba en el Tíbet, un hombre se le acercó para pedirle que le diera instrucciones de Dharma. Atisha permaneció en silencio y el hombre, pensando que no le había oído, se lo volvió a pedir alzando la voz. Entonces, Atisha respondió: «Tengo buen oído, pero tú necesitas tener fe».

Los seres iluminados se denominan Budas; sus enseñanzas, Dharma, y los practicantes que han alcanzado realizaciones de estas enseñanzas, Sangha. Se conocen como las Tres Joyas –la Joya de Buda, la Joya del Dharma y la Joya de la Sangha–, y son objetos de fe y de refugio. Se denominan Joyas porque son muy valiosas. Al reconocer los miedos y los sufrimientos del samsara, y generar fe firme y convicción en el poder que Buda, el Dharma y la Sangha tienen para protegernos, tomamos la determinación de confiar en las Tres Joyas. Esta es la forma sencilla de refugiarnos en Buda, el Dharma y la Sangha.

Sin fe, nuestra mente es como una semilla quemada, porque al igual que esta no puede germinar, de un conocimiento que carezca de fe nunca florecerán realizaciones espirituales. La fe en las enseñanzas espirituales o Dharma nos induce a generar la firme intención de practicarlas, lo que a su vez apremia al esfuerzo. Con esfuerzo podemos lograr cualquier objetivo que nos propongamos.

La fe es imprescindible. Sin ella, aunque conozcamos enseñanzas profundas y tengamos una gran capacidad analítica, nuestra mente permanecerá incontrolable porque no las estaremos poniendo en práctica. Por muy bien que comprendamos las instrucciones espirituales a nivel intelectual, si no tenemos fe, ese entendimiento no nos ayudará a reducir nuestros problemas de odio y demás perturbaciones mentales. Además, es posible que generemos orgullo de nuestro conocimiento, con lo cual aumentarán nuestros engaños. Sin fe, el conocimiento espiritual tampoco nos ayudará a purificar las faltas. Puede incluso que acumulemos karma negativo grave si utilizamos nuestro cargo o prestigio espiritual para beneficiarnos económicamente o incrementar nuestra reputación, poder o autoridad política. Por lo tanto, hemos de apreciar la fe como una riqueza de inmenso valor. Así como el espacio está en todas partes, la fe está presente en todas las mentes virtuosas. Si tenemos fe en la iluminación, generaremos la intención de alcanzarla, con esta intención generaremos esfuerzo, y con esfuerzo lograremos nuestra meta.

Si el practicante tiene fe firme, aunque cometa algún error, aún recibirá beneficios. En cierta ocasión el hambre se extendió por la India y morían muchas personas. Una anciana fue a ver a su Guía Espiritual y le dijo: «Por favor, enséñame algún método para sobrevivir». Su maestro le aconsejó que se alimentase de piedras. «¿Cómo puedo convertir las piedras en algo comestible?», preguntó la mujer. Y el maestro le respondió: «Si recitas el mantra de la Diosa iluminada Tsunda, podrás cocinar piedras». Entonces, le transmitió el mantra, pero cometió un pequeño error. En lugar de decir OM TZSALE TZSULE TZSUNDE SOHA dijo OM BALE BULE BUNDE SOHA. No obstante, la anciana lo recibió con fe y, al recitarlo con concentración, consiguió cocinar piedras y alimentarse de ellas.

La mujer tenía un hijo que era monje y, preocupado por el bienestar de su madre, fue a visitarla. Se quedó muy sorprendido al verla con buena salud y bien alimentada. Le dijo: «Madre, ¿cómo es posible que disfrutes de tan buena salud cuando hasta la gente joven se está muriendo de hambre?». Su madre le dijo que se alimentaba de piedras. «¿Y cómo las puedes cocinar?», preguntó el hijo, y ella repitió el mantra que había recibido de su maestro. El hijo enseguida se dio cuenta del error y la corrigió: «¡Este mantra no es correcto! El verdadero mantra de la Diosa iluminada Tsunda es OM TZSALE TZSULE TZSUNDE SOHA». Al oír esto, la mujer empezó a dudar. Desde entonces, confundida, intentaba cocinar las piedras recitando los dos mantras, pero con ninguno de ellos lo conseguía porque había perdido la fe.

Para cultivar y aumentar nuestra fe en las enseñanzas espirituales, debemos escucharlas y leerlas de manera especial. Por ejemplo, cuando leamos un libro en el que se enseñan prácticas espirituales puras, debemos pensar:

Este libro es el espejo del Dharma que me muestra todas las faltas de mis acciones físicas, verbales y mentales. Al mostrar mis limitaciones, me ofrece la gran oportunidad de superarlas y de este modo eliminar todas las faltas de mi continuo mental.

Este libro es la medicina suprema. Si practico las instrucciones que contiene, podré curarme de las enfermedades de las perturbaciones mentales, que son la causa verdadera de todos mis problemas y sufrimientos.

Este libro es la luz de sabiduría que disipa la oscuridad de mi ignorancia, los ojos divinos con los que puedo ver el verdadero camino que conduce a la liberación y la iluminación, y el Guía Espiritual supremo de quien recibo los consejos más profundos y liberadores.

Aunque el libro no esté escrito por un autor famoso, si contiene enseñanzas espirituales puras, es como el espejo del Dharma, la medicina suprema, la luz de sabiduría y los ojos divinos, y también es el Guía Espiritual supremo. Si mantenemos este reconocimiento especial cada vez que leamos los libros de Dharma y escuchemos las enseñanzas, es seguro que nuestra fe y sabiduría aumentarán. Mediante esta contemplación podemos cultivar y mantener fe en las enseñanzas, en los maestros que nos muestran el camino y en los amigos espirituales. Gracias a ello, nos resultará más fácil progresar en la práctica espiritual.

SENTIDO DEL HONOR Y CONSIDERACIÓN POR LOS DEMÁS

La diferencia entre el sentido del honor y la consideración por los demás estriba en que gracias al primero evitamos cometer acciones inapropiadas por razones que nos atañen a nosotros mismos, mientras que gracias a la segunda lo hacemos por razones que atañen a los demás. Por lo tanto, el sentido del honor nos impide cometer acciones perjudiciales al recordarnos que no son propias de nosotros porque, por ejemplo, somos practicantes espirituales, monjes, maestros espirituales, personas adultas, etcétera, o porque no deseamos experimentar sus resultados desfavorables. Si pensamos: «No es correcto que mate insectos porque esa acción me causará sufrimiento en el futuro» y tomamos la firme determinación de no hacerlo, estamos motivados por el sentido del honor. Este nos impide cometer acciones perjudiciales al apelar a nuestra conciencia y a las pautas de comportamiento que consideramos apropiadas. Sin sentido del honor nos resultará sumamente difícil practicar la disciplina moral, el fundamento sobre el que se desarrollan las realizaciones espirituales.

Ejemplos de consideración por los demás son abstenernos de decir algo desagradable para no molestar a alguien o dejar de pescar para no hacer sufrir a los peces. Siempre que nos relacionemos con otras personas debemos ser considerados con ellas teniendo en cuenta si nuestra conducta puede molestarlas o perjudicarlas. Nuestros deseos son innumerables y si nos dejamos llevar por ellos, podemos causar mucho daño a los demás; por lo tanto, antes de hacer lo que se nos antoje debemos considerar si nuestras acciones molestarán o perjudicarán a los demás, y si pensamos que lo harán, debemos abstenernos de efectuarlas. Ser considerados con los demás es preocuparnos de su bienestar.

La consideración por los demás es importante para todos. Si somos considerados con los demás, les resultaremos agradables y nos respetarán, y nuestras relaciones con los amigos y familiares serán cordiales y duraderas. En cambio, si no lo somos, nuestras relaciones se deteriorarán con rapidez. Gracias a la consideración por los demás, las personas con quienes nos relacionamos no perderán la fe en nosotros, y es la base para cultivar la mente de regocijo.

El que seamos una buena o mala persona depende de si tenemos o no sentido del honor y consideración por los demás. Sin estas dos cualidades, nuestro comportamiento diario pronto se volverá perjudicial y los demás se alejarán de nosotros. El sentido del honor y la consideración por los demás son como prendas de vestir preciosas gracias a las cuales los demás se sienten atraídos hacia nosotros. Sin ellas somos como una persona desnuda a la que todos tratan de evitar.

El sentido del honor y la consideración por los demás se caracterizan por la determinación de abstenernos de cometer acciones perjudiciales e inapropiadas y de romper nuestros votos y compromisos. Esta determinación es la esencia de la disciplina moral. Para tomar esta determinación y mantenerla, hemos de contemplar los beneficios de practicar la disciplina moral y los peligros de abandonarla. En particular, debemos recordar que sin disciplina moral no tendremos la oportunidad de obtener un renacimiento superior y mucho menos de alcanzar el nirvana.

El sentido del honor y la consideración por los demás son el fundamento de la disciplina moral, que a su vez es la base para alcanzar realizaciones espirituales y la causa principal para obtener un renacimiento afortunado. Nagaryhuna dijo que mientras que los disfrutes provienen de la generosidad, la felicidad de los renacimientos superiores proviene de la disciplina moral. Los resultados de practicar la generosidad pueden experimentarse en un reino superior o en uno inferior, dependiendo de si se ha practicado junto con la disciplina moral o no. Si no cultivamos la moralidad, nuestra generosidad madurará en los reinos inferiores. Por ejemplo, como resultado de haber sido generosos en vidas anteriores, algunos perros de compañía disfrutan de mejores condiciones que muchos seres humanos, sus amos los miman, les dan alimentos especiales y cómodos almohadones, y los tratan como si fueran sus hijos preferidos. Sin embargo, a pesar de todas las comodidades, estas pobres criaturas han obtenido un renacimiento inferior y poseen el cuerpo y la mente de un animal. Carecen de bases físicas y mentales apropiadas para continuar su práctica de la generosidad o para realizar cualquier otra acción virtuosa. No pueden comprender el significado de las enseñanzas espirituales ni desarrollar sus mentes. Al disfrutar de tan buenas condiciones, cuando consuman el karma que acumularon con la práctica de la generosidad, puesto que no habrán podido realizar más acciones virtuosas, sus disfrutes se acabarán, y en vidas futuras serán pobres y pasarán hambre. Esto se debe a que no practicaron la generosidad junto con la disciplina moral y, por lo tanto, no crearon la causa para obtener un renacimiento superior. Con la práctica del sentido del honor y la consideración por los demás, podemos abandonar las acciones perjudiciales o inapropiadas, la raíz de nuestros sufrimientos futuros.

¿Qué es un renacimiento inferior y un renacimiento superior? Si renacemos como un ser infernal, un espíritu ávido o un animal, no tendremos la oportunidad de comprender ni de practicar las enseñanzas espirituales puras, que nos conducen al logro de una felicidad pura e imperecedera. Desde este punto de vista, se dice que son renacimientos inferiores. Por otra parte, si renacemos como un ser humano, un semidiós o un dios, tendremos la oportunidad de comprender y practicar enseñanzas espirituales puras, por lo que, desde este punto de vista, se dice que son renacimientos superiores. Si no tenemos la oportunidad de comprender el significado de las enseñanzas espirituales, contemplarlo y meditar en él, seguiremos teniendo vidas vacías, sin sentido, y experimentaremos solo sufrimiento, una y otra vez de manera interminable.

EL ANTIAPEGO

En este contexto, el antiapego se refiere a la mente de renuncia, que es el oponente del apego o deseo incontrolado. La renuncia no es el deseo de abandonar la familia, los amigos, el trabajo, el hogar, etcétera, para convertirnos en un mendigo, sino la mente que busca la liberación de los renacimientos contaminados y cuya función es eliminar el apego a los placeres mundanos.

Debemos aprender a controlar el apego con la práctica de la renuncia o de lo contrario se convertirá en un gran obstáculo para nuestro adiestramiento espiritual puro. Al igual que un pájaro no puede volar con piedras atadas a las patas, nosotros tampoco podemos progresar en el camino espiritual amarrados con fuerza por las cadenas del apego.

Ahora es el momento de practicar la renuncia, antes de que nos llegue la muerte. Debemos reducir nuestro apego a los placeres mundanos comprendiendo que son engañosos y no nos pueden proporcionar verdadera satisfacción. En realidad, solo nos causan sufrimiento. Esta vida humana con todos sus sufrimientos y problemas es una gran oportunidad para mejorar nuestra renuncia y compasión. No debemos desperdiciar esta preciosa oportunidad. La realización de la renuncia es la puerta de entrada al camino espiritual que conduce a la liberación o nirvana. Sin renuncia no es posible entrar en el camino de la felicidad suprema del nirvana, y mucho menos recorrerlo.

Para generar y aumentar la renuncia, podemos reflexionar una y otra vez del siguiente modo:

Debido a que mi consciencia no tiene principio, he renacido innumerables veces en el samsara. He tenido infinidad de cuerpos. Si los amontonara, cubrirían todo el mundo, y si recogiera su sangre y demás fluidos, formarían un océano. He sufrido tanto en mis vidas pasadas que con las lágrimas que he derramado podría formarse otro océano.

En cada una de mis vidas he experimentado los sufrimientos de las enfermedades, el envejecimiento, la muerte, tener que separarme de los seres queridos y no poder cumplir mis deseos. Si no alcanzo ahora la liberación permanente del sufrimiento, tendré que experimentar estos sufrimientos una y otra vez en incontables vidas futuras.

Contemplamos estos razonamientos hasta que desde lo más profundo de nuestro corazón tomemos la firme determinación de abandonar el apego a los placeres mundanos y alcanzar la liberación permanente del ciclo de renacimientos contaminados, el samsara. Si ponemos en práctica esta determinación, podremos dominar el apego o deseo incontrolado y solucionar así nuestros problemas diarios.

EL ANTIODIO

En este contexto, el antiodio se refiere al amor afectivo, que es el oponente del odio. Numerosas personas tienen dificultades porque su amor está mezclado con el apego; cuanto más aumenta su «amor», más lo hace también su apego, y si no se cumplen sus deseos, se molestan y enfadan. Por ejemplo, por el mero hecho de que su pareja, el objeto de su apego, hable con otra persona, puede que se pongan celosas e incluso agresivas. Esto indica con claridad que su «amor» en realidad no es más que apego. El amor verdadero no puede hacernos generar odio, porque es su opuesto y nunca causa problemas. Si amásemos a los demás como lo hace una madre a su hijo querido, no tendríamos ninguna base para experimentar problemas porque nuestra mente permanecería siempre apacible. El amor es la verdadera protección interna contra el sufrimiento.

¿Qué es el amor afectivo? Es la actitud cálida, feliz, de mucha cercanía y libre de apego que sentimos hacia alguien desde lo más profundo del corazón. Gracias a él, nuestra mente se vuelve apacible y equilibrada, libre de odio y de apego. Por ello, se denomina también ecuanimidad.

Cultivar la ecuanimidad es como arar un campo –eliminamos de nuestra mente las rocas y las malas hierbas del odio y el apego para que pueda crecer el amor verdadero–. Debemos aprender a generar amor afectivo hacia todos, de manera que cesen nuestros problemas de odio y apego y podamos beneficiar a los demás con eficacia. Cuando nos encontremos con una persona, hemos de alegrarnos de verla e intentar generar un sentimiento de afecto hacia ella. Debemos familiarizarnos con esta práctica y para ello hemos de adiestrarnos con perseverancia. De este modo mantendremos un buen corazón en todo momento, lo que nos dará buenos resultados en esta vida y en las incontables vidas futuras.

Sobre la base de este sentimiento de amor afectivo debemos generar el amor que estima a los demás de manera que sintamos de verdad que son valiosos e importantes. Si amamos a los demás de este modo, no será difícil generar el amor que desea la felicidad de los demás, también llamado amor desiderativo, y desearemos hacerlos felices. Si aprendemos a amar a todos los seres, podremos eliminar todos nuestros problemas diarios del odio y los celos, y nuestra vida se llenará de sentido y de felicidad. En los próximos capítulos se expondrá con más detalle cómo generar y cultivar el amor.

ANTIIGNORANCIA

En este contexto, la antiignorancia es la sabiduría que comprende la vacuidad, que es el oponente de la ignorancia del aferramiento propio. La vacuidad no es la nada, sino la naturaleza última de los fenómenos, y es un objeto con un gran significado. Para una exposición detallada sobre este tema véase el capítulo «La bodhichita última».

Debemos saber que, por lo general, cuando las personas ordinarias ven objetos atractivos o hermosos, generan apego; cuando ven objetos feos o desagradables, generan odio, y cuando ven objetos neutros, que no son agradables ni desagradables, generan la ignorancia del aferramiento propio. En cambio, los que siguen una práctica espiritual pura, cuando ven objetos atractivos o hermosos, generan y mantienen antiapego; cuando perciben objetos feos o desagradables, antidodio, y cuando ven objetos neutros, que no son ni agradables ni desagradables, generan y mantienen antiignorancia.

ESFUERZO

Si no ponemos esfuerzo en nuestra práctica espiritual, nadie podrá liberarnos del sufrimiento. A menudo tenemos falsas expectativas. Deseamos alcanzar grandes logros con rapidez sin poner ningún esfuerzo y ser felices sin crear las causas para ello. Queremos eliminar todo nuestro sufrimiento sin soportar la más pequeña incomodidad y, aunque permanecemos entre las garras del Señor de la Muerte, deseamos vivir tanto tiempo como un dios de larga vida. Por mucho que deseemos colmar estos deseos, nunca lo lograremos. Si no nos aplicamos con energía y esfuerzo en nuestra práctica espiritual, todas nuestras esperanzas de ser felices serán en vano.

En este contexto, el esfuerzo se refiere a la mente que se deleita en la práctica de la virtud. Su función es hacer que la mente esté feliz de realizar acciones virtuosas. Gracias al esfuerzo nos resultará agradable realizar acciones como escuchar las enseñanzas espirituales, contemplarlas y meditar en ellas, y recorrer el camino hacia la liberación. Con esfuerzo finalmente alcanzaremos la meta última y suprema de la vida humana.

Como resultado de aplicarnos con esfuerzo a la meditación, generaremos flexibilidad mental. Aunque tengamos dificultades al empezar a adiestrarnos en la meditación, como pesadez, cansancio y otras incomodidades físicas y mentales, debemos perseverar con paciencia en nuestra práctica y familiarizarnos con ella. A medida que mejore nuestra meditación, inducirá la flexibilidad mental –sentiremos que nuestro cuerpo y mente se vuelven ligeros, saludables e infatigables, y los obstáculos para la concentración desaparecerán–. Nuestras meditaciones serán fáciles y provechosas y avanzaremos sin dificultad.

Por muy difícil que al principio nos parezca la meditación, nunca debemos perder las esperanzas, sino practicar la disciplina moral, que nos protege de las distracciones burdas y es la base para cultivar la concentración pura. La disciplina moral también mejora nuestra retentiva mental o memoria, la fuerza vital de la concentración.

Debemos abandonar la pereza –la que surge del apego a los placeres mundanos, la que surge del apego a las actividades que nos distraen y la que surge del desánimo–. Mientras sigamos dominados por la pereza no lograremos nada y la puerta de los logros espirituales permanecerá cerrada para nosotros. La pereza hace que nuestra vida humana pierda su sentido. Nos engaña y por su culpa seguimos vagando sin rumbo por el samsara. Si logramos liberarnos de la influencia de la pereza y nos dedicamos de lleno al adiestramiento espiritual, alcanzaremos pronto nuestra meta espiritual. Adiestrarnos en el camino espiritual es como construir un gran edificio, requiere un esfuerzo continuo. Si permitimos que la pereza interrumpa nuestro esfuerzo, nunca conseguiremos completar nuestro trabajo.

Por lo tanto, nuestros logros espirituales dependen de nuestro propio esfuerzo. Para alcanzar la felicidad suprema de la liberación no es suficiente con tener una mera comprensión intelectual de las enseñanzas, debemos superar la pereza y poner en práctica lo que hayamos aprendido. Buda dijo:

«Si solo tienes la virtud del esfuerzo, posees todos los Dharmas,

pero si eres perezoso, no poseerás ninguno».

La persona que carece de un gran conocimiento espiritual, pero se adiestra con esfuerzo y perseverancia, irá desarrollando poco a poco todas las cualidades virtuosas, mientras que la que sabe mucho, pero tiene una sola falta –la pereza–, no podrá aumentar sus virtudes ni adquirir experiencias de los caminos espirituales. Con este entendimiento, debemos aplicarnos al estudio y la práctica de las enseñanzas espirituales puras con un esfuerzo gozoso en nuestra vida cotidiana.

 

Vence al enemigo de tus engaños

Objetos significativos

Cualquier objeto, cuya comprensión aporte un gran sentido a nuestra vida es un objeto significativo.

Para solucionar nuestros problemas humanos y encontrar felicidad y paz duraderas, primero debemos saber cuál es la verdadera naturaleza de nuestros problemas e identificar sus causas principales. Los problemas no existen fuera de la mente, su verdadera naturaleza son nuestras sensaciones desagradables, que forman parte de la mente. Cuando, por ejemplo, tenemos una avería en el coche, solemos decir: «Tengo un problema», pero en realidad no es nuestro, sino del coche, que es un problema externo, mientras que el nuestro es interno. Si distinguimos de este modo entre los problemas internos y los externos, podremos comprender que la verdadera naturaleza de nuestros problemas son nuestras sensaciones, que forman parte de la mente.

Todos nuestros problemas –las sensaciones desagradables que experimentamos– proceden de los engaños del apego y la ignorancia del aferramiento propio y, por lo tanto, estos engaños son la causa principal de nuestros problemas. Tenemos un intenso apego a satisfacer nuestros deseos y para conseguirlo trabajamos mucho durante toda la vida y nos enfrentamos a numerosos conflictos y dificultades. Cuando no logramos satisfacer nuestros deseos, nos sentimos frustrados y deprimidos, y por ello a menudo nos enfadamos y creamos más problemas tanto a nosotros mismos como a los demás. Podemos comprenderlo con claridad por propia experiencia. Cuando perdemos un amigo, el trabajo, la posición social, la reputación, etcétera, sufrimos y tenemos numerosas dificultades debido al intenso apego que tenemos a estas cosas. Si no tuviéramos apego, no habría base para sufrir ni tener problemas cuando las perdemos.

Debido al intenso apego que tenemos a nuestras creencias, cuando alguien nos contradice, de inmediato experimentamos el problema interno de sentir malestar. Como resultado, nos enfadamos, lo cual da lugar a discusiones y disputas con los demás, y esto a su vez crea más problemas, como peleas y hasta podría iniciarse una guerra. La mayoría de los conflictos políticos que existen en el mundo han sido provocados por personas que tienen un intenso apego a sus creencias. También hay muchos problemas que tienen su origen en el apego de las personas a sus creencias religiosas.

En vidas pasadas, debido al apego a satisfacer nuestros deseos, realizamos numerosas acciones con las que perjudicamos a otros seres sintientes. Como resultado de aquellas acciones, ahora experimentamos numerosos problemas y sufrimientos en nuestra vida.

Si miramos con sabiduría en el espejo de nuestra mente, podremos ver que nuestro apego, odio y, en particular, nuestra ignorancia del aferramiento propio, son la causa de todos los problemas y sufrimientos que tenemos. Comprenderemos con certeza que, si no controlamos estos engaños, no podremos solucionar nuestros problemas humanos. Las enseñanzas espirituales puras, el Dharma, son el único método para controlar nuestras perturbaciones mentales del apego, el odio y la ignorancia del aferramiento propio. Si las ponemos en práctica con sinceridad, solucionaremos nuestros problemas humanos y encontraremos el verdadero sentido de nuestra vida.

Por lo general, quienes padecen dolor físico o mental, incluidos los animales, conocen su propio sufrimiento. Pero lo que realmente debemos comprender es el sufrimiento de nuestras incontables vidas futuras. Este conocimiento nos hará generar un intenso deseo de liberarnos de ellos. Esto es muy importante para todos porque si tenemos el deseo de liberarnos de los sufrimientos de las incontables vidas futuras, seguro que utilizaremos nuestra presente existencia humana para asegurarnos la felicidad y la libertad en ellas. No hay nada más significativo que esto.

Mientras no tengamos este deseo, desperdiciaremos nuestra preciosa existencia humana solo para conseguir la felicidad y la libertad de esta vida tan corta, lo que sería una gran necedad porque nuestras intenciones y acciones no serían muy diferentes de las de los animales, que solo tienen en cuenta esta vida. El gran yogui Milarepa en cierta ocasión dijo al cazador Gompo Doryhe:

«Tienes el cuerpo de un ser humano, pero tu mente es la de un animal.

Tú, ser humano con mente de animal, por favor, escucha mi canción».

Normalmente pensamos que lo más importante es solucionar los problemas y sufrimientos de esta vida y dedicamos todo el tiempo a conseguirlo, pero en realidad estos problemas y sufrimientos duran muy poco. Si nos morimos mañana, cesarán mañana mismo. Sin embargo, puesto que la duración de los sufrimientos y problemas de las vidas futuras es ilimitada, la felicidad y la libertad de las vidas futuras son mucho más importantes que las de esta, que es solo una y muy corta.

Es posible que tengamos el sincero deseo de evitar el sufrimiento de manera permanente, pero nunca pensamos en abandonar los engaños. Sin embargo, si no los controlamos y abandonamos, será imposible alcanzar la liberación permanente del sufrimiento y los problemas. Esto se debe a que los engaños, principalmente la ignorancia del aferramiento propio, son el origen de todo nuestro sufrimiento y la causa principal de nuestros problemas.

En primer lugar, hemos de reconocer que el engaño principal es el aferramiento propio, que reside siempre en nuestro corazón y destruye nuestra paz interior. Su naturaleza es la de una percepción errónea que cree de manera equívoca que tanto nosotros mismos como los demás tenemos existencia verdadera o inherente. Es una mente ignorante porque, en realidad, los fenómenos no existen de forma inherente, sino como meras designaciones. Debido a que la mente necia del aferramiento propio se aferra al «yo», «mío» y a todos los demás fenómenos como si tuvieran existencia verdadera, generamos apego hacia los objetos que nos agradan y aversión hacia los que nos desagradan. Entonces, realizamos acciones con las que perjudicamos a otros seres sintientes y, como resultado, experimentamos sufrimientos y problemas a lo largo de esta vida y en las vidas futuras. Esta es la razón fundamental por la que tenemos tantos problemas. Debido a que nuestro sentido del «yo» y «mío» con existencia verdadera son tan intensos, nuestro aferramiento propio es también la base para experimentar todos nuestros problemas diarios.

El aferramiento propio puede compararse con un árbol venenoso; los demás engaños, con las ramas, y el sufrimiento resultante, con los frutos; es el origen fundamental de los demás engaños y de todos nuestros problemas y sufrimientos. Con esta comprensión, debemos esforzarnos mucho en identificar, reducir y finalmente abandonar por completo esta ignorancia.

En general, todos experimentamos cesaciones temporales de determinados sufrimientos de vez en cuando. Por ejemplo, cuando una persona disfruta de buena salud, está experimentando una cesación temporal de las enfermedades. Sin embargo, esto no es suficiente porque es algo temporal, y tendrá que volver a padecer enfermedades una y otra vez tanto en esta vida como en las incontables vidas futuras. Todos los seres sintientes sin excepción tienen que experimentar el ciclo de los sufrimientos de las enfermedades, el envejecimiento, la muerte y el renacimiento, vida tras vida, sin cesar. Debemos seguir el ejemplo de Buda y generar una mente firme de renuncia a este ciclo interminable de sufrimiento. Cuando Buda vivía en palacio con su familia, presenció cómo su pueblo padecía estos sufrimientos sin cesar y tomó la firme determinación de alcanzar la iluminación, la cesación permanente y suprema del sufrimiento, y conducir a todos los seres sintientes al mismo estado.

Buda no nos animó a abandonar las actividades diarias con las que obtenemos las condiciones necesarias para vivir o con las que se reducen la pobreza, la degradación del medio ambiente, ciertas enfermedades, etcétera. Sin embargo, por mucho éxito que tengamos en estas actividades, nunca lograremos la cesación permanente de estos problemas. Seguiremos teniéndolos en las vidas futuras, e incluso en esta misma vida, aunque muchas personas trabajan duro para evitar la pobreza, la contaminación ambiental y las enfermedades, estos problemas siguen aumentando por todo el mundo. Además, debido al poder de la tecnología moderna, están apareciendo muchos peligros graves que hasta ahora no existían. Por lo tanto, no debemos sentirnos satisfechos con la libertad temporal de determinados sufrimientos, sino hacer un gran esfuerzo por alcanzar la libertad permanente mientras tengamos la oportunidad.

Debemos apreciar el gran valor de nuestra vida humana. Debido a sus previas creencias erróneas que negaban la importancia de la práctica espiritual, aquellos que han renacido, por ejemplo, como un animal, no tienen la oportunidad de dedicarse al desarrollo espiritual, que es lo único que realmente da sentido a la vida. Puesto que les es imposible escuchar enseñanzas espirituales, comprenderlas, contemplarlas y meditar en ellas, su presente renacimiento animal es un obstáculo en sí mismo. Solo los seres humanos están libres de estos obstáculos y disponen de las condiciones necesarias para recorrer el camino espiritual, que es lo único que nos puede proporcionar paz y felicidad permanentes. Esta combinación de libertad y de las condiciones necesarias es lo que hace que nuestra vida humana sea tan valiosa.

Debido a que el aferramiento propio es la raíz del sufrimiento, si no alcanzamos su cesación permanente, nunca alcanzaremos la cesación permanente del sufrimiento. ¿Cómo podemos lograr dicha cesación? En primer lugar, debemos saber que hay nueve clases diferentes de aferramiento propio: el aferramiento propio del reino del deseo; el aferramiento propio del primer reino de la forma, el del segundo, el del tercero y el del cuarto, y el aferramiento propio del primer reino inmaterial, el del segundo, el del tercero y el del cuarto. El primero es el nivel más burdo del aferramiento propio y, de manera progresiva, los siguientes son cada vez más sutiles, por lo que el noveno, que se denomina aferramiento propio de la cumbre del samsara, es el más sutil.

Si meditamos con perseverancia en la vacuidad con la motivación de la renuncia, abandonaremos de manera gradual estas nueve clases de aferramiento propio y finalmente, cuando abandonemos el aferramiento propio de la cumbre del samsara, alcanzaremos la cesación permanente del aferramiento propio y de los demás engaños. Al mismo tiempo alcanzaremos la cesación permanente de todos los sufrimientos de esta vida y de las incontables vidas futuras. Esta cesación permanente del sufrimiento y de su causa, el aferramiento propio, es la verdadera liberación y se conoce como nirvana, la paz interior suprema y permanente. Así pues, habremos realizado el verdadero sentido de nuestra vida humana.

Aquellos que han alcanzado la liberación o nirvana permanecen siempre en una tierra pura, donde experimentan un entorno puro, disfrutes puros, cuerpos puros y mentes puras. Esto se debe a que sus mentes son completamente puras, están libres de las máculas de todos los engaños. Además, benefician a los seres sintientes mediante sus emanaciones.

La liberación no puede alcanzarse si no ponemos esfuerzo, con solo esperar y pensar que algún día alguien nos concederá la liberación permanente de todos los problemas. La única manera de alcanzar el nirvana es seguir el camino a la liberación. El camino a la liberación no es un camino externo, sino interno. Sabemos que los caminos externos nos conducen de un lugar a otro, pero el camino a la liberación es un camino interno que nos lleva desde el samsara a una tierra pura. Un camino interior es una acción mental que es virtuosa o perjudicial, no puede ser neutra. Las acciones mentales que son perjudiciales nos conducen a renacer en uno de los tres reinos inferiores: como un animal, un espíritu ávido o en los infiernos. Las acciones mentales que son virtudes contaminadas nos conducen a renacer en uno de los tres reinos superiores: como un ser humano, un semidiós o un dios. Las acciones mentales motivadas por la renuncia nos conducen al estado de felicidad pura y duradera de la liberación o nirvana.

La renuncia es la puerta de entrada al camino hacia la liberación. El camino en sí hacia la liberación tiene cinco niveles: el camino de la acumulación, el camino de la preparación, el camino de la visión, el camino de la meditación y el camino de No Más Aprendizaje. La práctica de estos cinco caminos está contenida en la de los tres adiestramientos superiores: el adiestramiento en la disciplina moral, el adiestramiento en la concentración o meditación y el adiestramiento en la sabiduría que comprende la vacuidad, todos realizados con la motivación de la renuncia –el deseo sincero de liberarnos para siempre del sufrimiento y de su causa, el aferramiento propio–. Debemos practicar con sinceridad los tres adiestramientos superiores porque constituyen el camino principal hacia la liberación.

La naturaleza de la disciplina moral es abandonar las acciones inapropiadas, mantener una conducta pura y realizar cada acción de manera correcta con una motivación virtuosa. La disciplina moral es de suma importancia para todos, para evitar futuros problemas tanto a uno mismo como a los demás. Gracias a ella nuestras acciones son puras, con lo cual nos convertimos en un ser puro. Debemos ser personas íntegras y puras; no es suficiente con tener un cuerpo limpio porque el cuerpo no es el yo. La disciplina moral es como un gran campo que sustenta y nutre la cosecha de los logros espirituales, las realizaciones del Dharma. Si no practicamos la disciplina moral, es muy difícil progresar por los caminos espirituales. El adiestramiento en la disciplina moral superior consiste en aprender a familiarizarnos en profundidad con la práctica de la disciplina moral con la motivación de la renuncia.

El segundo adiestramiento superior es el de la concentración superior. La naturaleza de la concentración es evitar las distracciones y concentrarse en objetos virtuosos. Es muy importante que nos adiestremos en la concentración, porque con distracciones no lograremos nada. Adiestrarse en la concentración superior es aprender a familiarizarnos en profundidad con la habilidad de eliminar las distracciones y concentrarnos en objetos virtuosos, con la motivación de la renuncia. Si nuestra concentración es clara y firme, nos resultará fácil progresar en cualquier práctica de Dharma. Normalmente nuestro obstáculo principal es la distracción. Con la práctica de la disciplina moral eliminamos las distracciones burdas; y con la concentración, las sutiles; unidas producirán con rapidez los frutos de nuestra práctica de Dharma.

El tercer adiestramiento superior es el de la sabiduría superior. La naturaleza de la sabiduría es una mente virtuosa e inteligente cuya función es disipar la confusión y comprender objetos significativos. Muchas personas son muy inteligentes a la hora de vencer a sus enemigos, cuidar de sus familiares, encontrar lo que desean, etcétera, pero esto no es sabiduría. Hasta los animales tienen esta clase de inteligencia. La inteligencia mundana es engañosa, mientras que la sabiduría nunca nos decepcionará. La sabiduría es nuestro Guía Espiritual interno que nos conduce por los caminos correctos y el ojo divino con el que podemos ver las vidas pasadas y futuras y la conexión especial que hay entre las acciones que realizamos y nuestras experiencias, lo que se conoce como karma. El tema del karma es muy extenso y sutil y solo podremos comprenderlo con sabiduría. Adiestrarse en la sabiduría superior consiste en meditar en la sabiduría que comprende la vacuidad con la motivación de la renuncia. Una vez que entendemos la vacuidad, transformamos nuestra mente en la sabiduría que la comprende y permanecemos concentrados en ella de manera convergente durante tanto tiempo como nos sea posible.

La práctica de los tres adiestramientos superiores es un método científico para alcanzar la cesación permanente del sufrimiento y de su causa, el aferramiento propio. Podemos comprenderlo con la siguiente analogía. Para cortar un árbol utilizamos una sierra, pero esta no puede funcionar por sí sola sin nuestras manos, que a su vez dependen del cuerpo. El adiestramiento en la disciplina moral superior es como el cuerpo; el adiestramiento en la concentración superior, como las manos, y el adiestramiento en la sabiduría superior, como la sierra. Si utilizamos los tres unidos, podremos cortar el árbol venenoso de la ignorancia del aferramiento propio, y de manera natural todas las demás perturbaciones mentales –sus ramas– y nuestros sufrimientos y problemas –sus frutos– cesarán por completo. Entonces habremos alcanzado la cesación permanente del sufrimiento de esta vida y de las incontables vidas futuras. Habremos solucionado todos nuestros problemas humanos y realizado el verdadero significado de nuestra vida.

SEGUNDA PARTE:

Progreso

 

Beneficia a los demás girando la rueda del Dharma

Aprender a estimar a los demás

Desde lo más profundo de nuestro corazón, deseamos ser felices en todo momento, pero por lo general no nos preocupamos mucho de la felicidad ni la libertad de los demás. Sin embargo, en realidad, nuestra propia felicidad y sufrimiento son insignificantes en comparación con los de los demás, puesto que ellos son incontables, mientras que nosotros solo somos una persona. Con este entendimiento, debemos aprender a estimar a los demás y alcanzar la meta última y suprema de la vida humana.

¿Cuál es la meta última y suprema de la existencia humana? Debemos preguntarnos qué es lo que consideramos más importante en la vida, cuáles son nuestros deseos, sueños y aspiraciones. Para algunos es acumular posesiones materiales, como una lujosa mansión, un coche de último modelo o un trabajo bien remunerado. Para otros es conseguir poder y una buena reputación, vivir aventuras, divertirse o ser atractivos. Muchos intentan darle sentido a su vida manteniendo relaciones con personas que son su objeto de deseo. Estas cosas pueden satisfacernos temporalmente de forma superficial, pero también nos causan numerosas preocupaciones y sufrimiento, y nunca nos aportarán la felicidad pura e imperecedera que desde lo más profundo de nuestro corazón tanto deseamos todos. Puesto que no podemos llevarnos nada de esto al morir, si consideramos que son lo más importante en la vida, sufriremos una gran decepción. Como fin, en sí mismos, los logros mundanos son vacíos, no constituyen el verdadero significado de la existencia humana.

De todas las posesiones mundanas, se dice que la más valiosa es la legendaria gema que colma todos los deseos. En estos tiempos de degeneración es imposible encontrar esta clase de piedras preciosas, pero en el pasado, cuando los seres humanos poseían abundantes méritos, existían gemas mágicas que concedían deseos. Sin embargo, solo podían colmar deseos mundanos, no proporcionaban la felicidad no contaminada que surge de una mente pura. Además, una gema que colma todos los deseos solo podía beneficiar a su dueño durante una vida, no podía protegerlo en las futuras. Por lo tanto, al final, incluso estas gemas nos decepcionan.

Lo único que nunca nos va a decepcionar es el logro de la iluminación total. ¿Qué es la iluminación? Es la luz interior de la sabiduría que está completamente libre de todas las apariencias equívocas y cuya función es proporcionar paz mental a todos y cada uno de los seres sintientes cada día. Es la fuente de la felicidad de los seres sintientes. La persona que posee esta sabiduría es un ser iluminado. Los términos ser iluminado y Buda son sinónimos. Con excepción de los seres iluminados, todos los demás seres tienen apariencias o percepciones equívocas en todo momento, día y noche, incluso durante el sueño.

Todo lo que percibimos aparece como si existiera por su propio lado. Esta es la apariencia equívoca. Percibimos «yo» y «mío» como si tuvieran existencia inherente y nos aferramos a estas apariencias con intensidad creyendo que son verdaderas. Como resultado, cometemos numerosas acciones inapropiadas que nos causan sufrimiento. Esta es la razón principal por la que sufrimos. Los seres iluminados se han liberado por completo de las apariencias equívocas y de los sufrimientos que provocan.

Solo cuando alcancemos la iluminación podremos colmar nuestro más profundo deseo de disfrutar de felicidad pura y duradera, porque nada en este mundo impuro tiene el poder de cumplirlo. Solo cuando nos convirtamos en un Buda, un ser totalmente iluminado, disfrutaremos de la paz profunda y duradera que surge de la cesación permanente de todas las perturbaciones mentales y de sus impresiones, estaremos libres de todas las faltas y obstrucciones mentales, y poseeremos las cualidades necesarias para ayudar de manera directa a todos los seres sintientes. Entonces nos convertiremos en un objeto de refugio para todos los seres. Por lo tanto, podemos comprender con claridad que el logro de la iluminación es la meta última y suprema y lo que da verdadero sentido a nuestra preciosa vida humana. Puesto que nuestro deseo principal es ser felices en todo momento y liberarnos por completo de todas las faltas y sufrimientos, hemos de generar la firme intención de alcanzar la iluminación. Debemos pensar: «Tengo que alcanzar la iluminación porque en el samsara, el ciclo de vidas impuras, la felicidad verdadera no existe en ningún lugar».

La causa principal de la iluminación es la bodhichita, el deseo espontáneo de alcanzar la iluminación motivado por compasión hacia todos los seres sintientes. Aquel que posee esta preciosa mente es un Bodhisatva. La raíz de la bodhichita es la compasión. Puesto que para cultivar la compasión hemos de estimar a los demás, el primer paso para alcanzar la felicidad sublime de la iluminación es aprender a amar a los demás. Las madres quieren a sus hijos y es posible que nosotros apreciemos a nuestros amigos en cierta medida, pero este amor no es imparcial y, por lo general, está mezclado con apego. Hemos de generar una mente pura que estime a todos los seres sintientes sin preferencias ni favoritismos.

Todos y cada uno de los seres sintientes poseen en su interior la semilla o el potencial de convertirse en Buda, un ser totalmente iluminado –esta es nuestra naturaleza de Buda–. En las enseñanzas de Buda encontramos el mejor método para madurar esta semilla o potencial. Lo que debemos hacer ahora es poner en práctica estas enseñanzas. Esto es algo que solo los seres humanos podemos hacer. Los animales son capaces de conseguir y acumular alimentos y otros bienes, derrotar a sus adversarios y proteger a sus familias, pero no pueden comprender ni seguir el camino espiritual. Sería una verdadera lástima utilizar nuestra existencia humana solo para conseguir los mismos objetivos que podría lograr un animal y desperdiciar así la extraordinaria oportunidad de convertirnos en una fuente de beneficio para todos los seres sintientes.

Debemos elegir entre dos alternativas: seguir desperdiciando nuestra vida persiguiendo placeres mundanos, que no proporcionan verdadera satisfacción y desaparecen cuando morimos, o dedicarla a la realización plena de nuestro potencial espiritual. Si nos esforzamos mucho en practicar las enseñanzas que se exponen en el presente libro, sin lugar a dudas alcanzaremos la iluminación. En cambio, sin esfuerzo nunca la alcanzaremos, por mucho tiempo que esperemos no se producirá de forma natural. Para seguir el camino hacia la iluminación no es necesario cambiar nuestro estilo de vida. No tenemos que abandonar la familia, los amigos o nuestros disfrutes y retirarnos a una cueva en las montañas, lo único que tenemos que cambiar es el objeto que estimamos.

Hasta ahora nos hemos estimado a nosotros mismos por encima de los demás, y mientras sigamos haciéndolo, nuestro sufrimiento no tendrá fin. Sin embargo, si aprendemos a estimar a todos los seres más que a nosotros mismos, pronto disfrutaremos del gozo de la iluminación. En realidad, el camino hacia la iluminación es muy sencillo, lo único que tenemos que hacer es dejar de estimarnos a nosotros mismos y aprender a estimar a los demás. A partir de esta realización, los demás logros espirituales surgirán de manera natural.

Nuestra manera instintiva de pensar nos hace creer que somos más importantes que los demás, pero los seres iluminados piensan que los demás son más importantes que ellos. ¿Qué punto de vista es más beneficioso? Vida tras vida, desde tiempo sin principio, hemos sido esclavos de la mente de estimación propia. Hemos confiado en ella sin reservas y obedecido sus órdenes, creyendo que la manera de solucionar nuestros problemas y encontrar la felicidad es considerarnos más importantes que los demás. Hemos trabajado duro y durante mucho tiempo por nuestro propio beneficio, pero ¿qué resultados hemos obtenido? ¿Acaso hemos solucionado nuestros problemas y encontrado la felicidad duradera que deseamos? No. Es evidente que perseguir nuestros propios intereses egoístas nos ha defraudado. Después de tantas vidas dejándonos llevar por la estimación propia ha llegado el momento de comprender que no funciona. Ahora es el momento de cambiar el objeto de nuestra estima y, en lugar de estimarnos a nosotros mismos, amar a todos los seres sintientes.

Todos los seres iluminados descubrieron que gracias a que abandonaron la estimación propia y estimaron solo a los demás lograron alcanzar la paz y felicidad verdaderas. Si practicamos los métodos que enseñaron, nosotros también podremos conseguir lo mismo. Nuestra mente no va a cambiar de la noche a la mañana, pero si practicamos con paciencia y perseverancia las instrucciones sobre cómo estimar a los demás, y al mismo tiempo acumulamos méritos, purificamos nuestras faltas y recibimos bendiciones, podremos sustituir de manera gradual la mente ordinaria de estimación propia por la actitud sublime de estimar a todos los seres sintientes.

Para lograrlo no tenemos que abandonar nuestro estilo de vida, pero sí nuestras creencias e intenciones. Nuestra creencia ordinaria es que somos el centro del universo y damos importancia a los objetos y a los demás seres según el modo en que nos afectan. Por ejemplo, nuestro coche es importante solo porque es «nuestro» y nuestros amigos lo son porque «nos» hacen felices. Por el contrario, las personas desconocidas no nos importan tanto porque nuestra felicidad no depende directamente de ellas, y si les roban el coche o se les avería, apenas nos preocupa. Como veremos en capítulos posteriores, esta perspectiva egocéntrica del mundo está basada en la ignorancia y no se corresponde con la realidad. Esta creencia es el origen de todas nuestras intenciones ordinarias y egoístas. Precisamente debido a que pensamos: «Soy importante, necesito esto, me merezco aquello», cometemos acciones perjudiciales, cuyo resultado es una cadena interminable de problemas tanto para nosotros mismos como para los demás.

Si practicamos estas instrucciones, adquiriremos una visión más realista del mundo basada en la comprensión de la igualdad e interdependencia de todos los seres sintientes. Cuando consideremos que todos los seres son igual de importantes, tendremos buenas intenciones con respecto a ellos de manera natural. Mientras que la mente que estima solo al propio yo es la base de todas las experiencias impuras del samsara, la mente que ama a los demás es el fundamento de las buenas cualidades de la iluminación.

Estimar a los demás no es tan difícil, solo tenemos que comprender por qué debemos amarlos, y luego tomar la firme decisión de hacerlo. Como resultado de meditar en esta decisión, generaremos un profundo y poderoso sentimiento de amor hacia todos los seres. Hemos de integrar este sentimiento especial en nuestra vida diaria.

Hay dos razones principales por las que debemos estimar a todos los seres sintientes. La primera es que nos han mostrado una inmensa bondad, y la segunda, que estimarlos aporta enormes beneficios. A continuación, se exponen estas razones con más detalle.

LA BONDAD DE LOS DEMÁS

Debemos reflexionar sobre la gran bondad de todos los seres sintientes. Podemos comenzar recordando lo bondadosa que ha sido con nosotros nuestra madre de esta vida, y luego, por extensión, pensamos en la bondad de los demás seres sintientes que, como se expondrá más adelante, han sido nuestras madres en vidas pasadas. Si no somos capaces de reconocer la bondad de nuestra madre actual, ¿cómo vamos a apreciar la de todas nuestras madres del pasado?

Puesto que resulta muy fácil olvidar la bondad de nuestra madre o darla por supuesta y acordarnos solo de los momentos en que consideramos que nos hizo daño, hemos de recordar con detalle lo bondadosa que ha sido con nosotros desde que vinimos al mundo.

Al principio nuestra madre fue muy bondadosa con nosotros porque nos ofreció un lugar donde renacer. Antes de ser concebidos en su seno, vagamos sin rumbo de un sitio a otro, como un ser del estado intermedio, el estado entre la muerte y el renacimiento, sin un lugar donde descansar. Empujados por el viento de nuestro karma viajamos sin poder elegir adónde ir y nuestros encuentros con otros seres fueron efímeros. Padecimos mucho dolor y miedo, pero finalmente logramos encontrar amparo en el seno de nuestra madre. A pesar de que no nos había invitado, cuando se dio cuenta de que estábamos creciendo en su seno, nos dejó permanecer en él. Si hubiera querido abortar, podría haberlo hecho y hoy no estaríamos vivos para disfrutar de las oportunidades que tenemos. Ahora podemos generar el deseo de alcanzar la felicidad suprema de la iluminación gracias a que nuestra madre tuvo la bondad de dejarnos permanecer en su seno. Si en un día frío y tormentoso de invierno alguien nos invita a disfrutar del calor de su hogar y nos acoge con bondad, pensaremos que es muy amable. ¡Cuánto más bondadosa es nuestra madre que nos dejó entrar en su propio cuerpo y nos ofreció la mejor hospitalidad!

Mientras permanecimos en su seno, nos protegió con más cuidado que a la joya más preciosa. En cada situación solo pensó en nuestra seguridad. Consultó a los médicos, hizo ejercicio, siguió una dieta especial y durante nueve meses nos alimentó día y noche, siempre consciente de no hacer nada que pudiera perjudicar el desarrollo de nuestras facultades físicas y mentales. Gracias a que nos cuidó tan bien, nacimos con un cuerpo sano con el que podemos hacer muchas cosas buenas.

Cuando nacimos, nuestra madre padeció intensos dolores, pero cuando nos vio se alegró más que si alguien le hubiera regalado un magnífico tesoro. Incluso durante los dolores del parto lo que más le preocupaba era nuestro bienestar. Nada más nacer, aunque parecíamos más una rana que un ser humano, nos acogió con todo su amor. Estábamos completamente desvalidos, más aún que un potrillo recién nacido, que al menos puede ponerse en pie por sí mismo y mamar en cuanto nace. Como si fuéramos ciegos, no éramos capaces de reconocer a nuestros propios padres, ni entendíamos nada. Si alguien hubiera tenido un plan para matarnos, no nos habríamos enterado. No sabíamos lo que hacíamos y ni siquiera nos dábamos cuenta de cuando orinábamos.

¿Quién cuidó y protegió a esta pobre criatura? Nuestra madre. Nos vistió, nos acunó y alimentó con su propia leche. Nos limpió el cuerpo sin sentir ningún asco. Algunas madres limpian la nariz de sus pequeños con la boca para no hacerles daño con sus manos ásperas. Incluso cuando nuestra madre tenía problemas, intentaba siempre mostrarnos una expresión amorosa y llamarnos con dulzura con nombres hermosos. Cuando éramos pequeños, estaba siempre pendiente de nosotros. Si se hubiera descuidado por un solo instante, podríamos haber muerto o quedado discapacitados para el resto de nuestra vida. Durante la niñez, cada día tuvo que salvarnos de incontables peligros, y siempre tenía en cuenta nuestro bienestar y seguridad.

En invierno se aseguraba de que no nos enfriáramos y de que estuviéramos bien abrigados, aunque ella misma pasara frío. Siempre elegía los mejores alimentos para nosotros y los peores para ella, y hubiese preferido enfermar e incluso morir antes de que lo hiciéramos nosotros. De manera natural, nuestra madre se comporta con nosotros como alguien que ha alcanzado la realización de cambiarse por los demás, nos estima más que a sí misma. Prefiere nuestro bienestar antes que el suyo, y lo hace de manera natural y espontánea. Si alguien nos amenazase de muerte, ofrecería su vida por la nuestra. ¡Así es la compasión que siente por nosotros!

Cuando éramos pequeños, nuestra madre nunca podía dormir bien. Su sueño era ligero, se despertaba varias veces, siempre estaba atenta de escuchar nuestros gemidos. Cuando fuimos creciendo, nos enseñó a comer, a beber, a hablar, a sentarnos, y a caminar. Nos llevó al colegio y nos enseñó a ser buenas personas. Si ahora tenemos conocimientos y habilidades, se debe principalmente a su gran bondad. Cuando éramos adolescentes, preferíamos irnos con nuestros amigos y nos olvidábamos por completo de ella. Mientras nos divertíamos, parecía como si no existiera y solo nos acordábamos de ella cuando necesitábamos su ayuda. Aunque nos olvidábamos de ella y estábamos totalmente absortos en las diversiones, nunca dejó de preocuparse por nosotros. A menudo se inquietaba, y en el fondo de su corazón estaba siempre pensando en nuestro bienestar. Sentía una preocupación que normalmente solo tenemos por nosotros mismos. Incluso cuando ya somos adultos y tenemos nuestra propia familia, ella no deja de cuidar de nosotros. Aunque haya envejecido, esté débil y apenas pueda ponerse en pie, una madre nunca se olvida de sus hijos.

Si meditamos de este modo, recordando con todo detalle lo bondadosa que ha sido nuestra madre con nosotros, sentiremos un gran amor por ella. Cuando hayamos generado este sentimiento de amor desde lo más profundo del corazón, debemos ampliarlo hasta abarcar a todos los seres sintientes, recordando que cada uno de ellos nos ha tratado con la misma bondad.

¿Cómo es posible que todos los seres sean nuestra madre? Puesto que es imposible encontrar el principio de nuestro continuo mental, podemos afirmar que en el pasado hemos renacido innumerables veces y, en consecuencia, hemos tenido incontables madres. ¿Dónde están ahora? Nuestras madres son todos los seres sintientes.

Es incorrecto pensar que nuestras madres de vidas pasadas han dejado de serlo solo porque ha transcurrido mucho tiempo desde que cuidaron de nosotros. Si nuestra madre muriera hoy, ¿dejaría de ser nuestra madre? No, todavía la consideraríamos como tal y rezaríamos por su felicidad. Lo mismo ocurre con todas las madres que tuvimos en el pasado: murieron, pero siguen siendo nuestras madres. Ahora no nos reconocemos porque nuestra apariencia física es distinta. En nuestra vida diaria nos encontramos con muchos seres sintientes, humanos y no humanos. A algunos los consideramos amigos; a otros, enemigos, y a la mayoría, desconocidos. Esta discriminación es producto de nuestras mentes equívocas y las mentes válidas no la corroboran.

Debido a que hemos obtenido un nuevo renacimiento, no reconocemos a nuestras madres, amigos y familiares del pasado, y, por ello, ahora consideramos que la mayoría de los seres sintientes son desconocidos y que muchos de ellos son incluso nuestros enemigos. Esta apariencia y concepción equívocas son ignorancia. Los desconocidos y los enemigos son solo creaciones de esta ignorancia. En verdad, ninguno de los seres sintientes es un desconocido o un enemigo, porque todos ellos han sido y son nuestra madre, familiar o amigo cercano. Nuestro único enemigo verdadero son nuestros engaños, como el deseo incontrolado, el apego, el odio, los celos y, en particular, la ignorancia del aferramiento propio. Si entendemos esto y creemos en ello, llenaremos de gran sentido tanto esta vida como las incontables vidas futuras.

A continuación, podemos meditar en la bondad de nuestras madres cuando tuvimos otra clase de renacimientos, recordando, por ejemplo, la atención con que las aves protegen sus huevos de posibles peligros y cómo cuidan a sus crías acurrucadas bajo sus alas. Aunque se acerque un cazador, no las abandonan dejándolas desprotegidas. Se pasan todo el día buscándoles alimento hasta que las crías tienen fuerzas suficientes para abandonar el nido.

En cierta ocasión, en el Tíbet, un ladrón apuñaló a una yegua que estaba preñada. Su arma penetró tan hondo que le cortó el útero y el potrillo salió por el costado del vientre de su madre. Mientras moría, la yegua dedicó con gran amor las pocas fuerzas que le quedaban a lamer a su pequeño. Al verlo, el ladrón sintió un profundo arrepentimiento. Se quedó conmovido al ver cómo la madre, incluso en la agonía de su dolorosa muerte, mostraba tanta compasión por su potrillo y se preocupaba solo por él. A partir de entonces, el ladrón abandonó la mala vida y emprendió el camino espiritual con sinceridad.

Todos los seres sintientes nos han mostrado la misma clase de preocupación altruista, la bondad incondicional de una madre. Además, aunque no queramos admitir que los demás seres son nuestras madres, es evidente que han sido muy bondadosos con nosotros. Por ejemplo, nuestro cuerpo no es solo el resultado de la bondad de nuestros padres, sino también de la de innumerables seres que nos han proporcionado alimentos, vivienda, etcétera. Debido a que ahora tenemos este cuerpo humano, podemos disfrutar de los placeres y oportunidades que nos ofrece la vida. Hasta los placeres más sencillos que disfrutamos, como dar un paseo o contemplar una hermosa puesta de sol, son el resultado de la bondad de innumerables seres. Nuestros conocimientos y habilidades también se los debemos a los demás; nos han tenido que enseñar a comer, andar, hablar, leer y escribir. Incluso el idioma que hablamos no lo hemos inventado nosotros, sino que es el producto de la aportación de numerosas generaciones. Sin él no podríamos comunicarnos con los demás ni compartir sus ideas. No podríamos leer este libro, aprender prácticas espirituales y ni siquiera pensar con claridad. Los servicios a los que estamos acostumbrados, como casas, coches, carreteras, tiendas, escuelas, hospitales y la Internet, son el resultado de la bondad de los demás. Cuando viajamos en coche o en autobús, damos por hecho que hay carreteras; no obstante, muchas personas han tenido que trabajar duro para construirlas y hacerlas seguras para nuestro uso.

No importa si alguna de las personas que nos ayudan no tiene la intención de hacerlo. Sus acciones nos benefician y, por lo tanto, desde nuestro punto de vista son bondadosas con nosotros. En lugar de pensar en su motivación, que de todas formas desconocemos, debemos apreciar el beneficio práctico que recibimos de ellas. Todo el que contribuye de alguna manera a nuestro bienestar y felicidad merece nuestra gratitud y respeto. Si tuviéramos que devolver todo lo que hemos recibido de los demás, nos quedaríamos sin nada.

Es posible que pensemos que nadie nos ofrece nada de manera gratuita y que tenemos que trabajar para adquirir cualquier cosa. Cuando compramos algo o comemos en un restaurante, tenemos que pagar. Puede que dispongamos de un coche, pero también lo tuvimos que comprar y ahora debemos pagar la gasolina, los impuestos y el seguro. Nadie nos regala nada. Pero ¿de dónde procede nuestro dinero? Es cierto que, por lo general, tenemos que trabajar para ganarlo, pero son otras personas quienes nos ofrecen un trabajo o compran nuestros productos, por lo que son ellas quienes nos proporcionan el dinero. Además, somos capaces de desempeñar un determinado trabajo gracias a que hemos recibido la educación o la formación necesarias de otras personas. Donde sea que miremos, solo encontraremos la bondad de los demás. Todos estamos interconectados en una red de bondad de la cual no podemos desligarnos. Todo lo que poseemos y lo que disfrutamos, incluso nuestra propia vida, depende de la bondad de los demás. De hecho, toda la felicidad que hay en el mundo procede de la bondad de los demás.

Nuestro desarrollo espiritual y la felicidad pura de la iluminación total dependen también de la bondad de los seres sintientes. La oportunidad que ahora tenemos de leer y contemplar las enseñanzas espirituales y de meditar en ellas depende por completo de la bondad de otros. Además, como se expondrá más adelante, si no hubiera seres sintientes con quienes practicar la generosidad, poner a prueba nuestra paciencia o por quienes sentir compasión, no podríamos cultivar las cualidades virtuosas necesarias para alcanzar la iluminación.

En resumen, necesitamos a los demás para nuestro bienestar físico, emocional y espiritual. Sin ellos no somos nada. Pensar que somos como una isla, un individuo independiente y autosuficiente, no se corresponde con la realidad. Es más realista pensar que somos como una célula dentro del inmenso cuerpo de la vida, distintos de los demás, pero íntimamente relacionados con todos ellos. No podemos existir sin los demás, y ellos, a su vez, se ven afectados por todo lo que hacemos. La idea de que es posible conseguir nuestro propio bienestar sin tener en cuenta el de los demás –o incluso lograrlo a sus expensas– es totalmente absurda.

Al contemplar cómo los demás nos ayudan de innumerables formas, hemos de tomar la siguiente firme resolución: «Debo amar a todos los seres sintientes porque son muy bondadosos conmigo». Apoyándonos en esta resolución generamos un sentimiento de amor –de que todos los seres, así como su felicidad y libertad, son importantes–. Intentamos fundir nuestra mente con este sentimiento en concentración convergente y mantenerlo durante el tiempo que podamos sin olvidarlo. Cuando surgimos de la meditación, intentamos mantener esta mente de amor, de manera que cuando nos encontremos con alguna persona o recordemos a alguien, pensemos de forma natural: «Esta persona es importante y su felicidad y libertad también lo son». De este modo, progresaremos en la práctica de estimar a los demás.

LOS BENEFICIOS DE ESTIMAR A LOS DEMÁS

Otra de las razones por las que hemos de estimar a los demás es que es el mejor método para solucionar tanto nuestros problemas como los suyos. Los problemas, las preocupaciones, el dolor y la infelicidad son clases de mente; son sensaciones y no existen fuera de la mente. Si estimamos a cada persona que veamos o en quien pensemos, tendremos una mente apacible en todo momento, por lo que seremos felices y no habrá base para sentir celos, odio ni otros pensamientos perjudiciales. Los celos, por ejemplo, son un estado mental que no puede soportar la buena fortuna de los demás, pero si amamos a alguien, ¿cómo nos va a molestar su buena fortuna? Si pensamos que la felicidad de los demás es de suma importancia, ¿cómo vamos a desear perjudicarlos? Si estimamos de verdad a todos los seres sintientes, actuaremos siempre con amor, de manera amistosa y considerada, y ellos corresponderán a nuestra bondad. Los demás no nos perjudicarán y no habrá base para conflictos ni disputas. Resultaremos agradables y nuestras relaciones serán más estables y satisfactorias.

Estimar a los demás también nos protege de los problemas que produce el apego. A menudo nos apegamos con intensidad a una persona que creemos que nos va a ayudar a mitigar la soledad al proporcionarnos las comodidades, la seguridad o las emociones que tanto ansiamos. Sin embargo, si estimamos a todos los seres, no nos sentiremos solos. En lugar de querer utilizar a los demás para colmar nuestros deseos y necesidades, desearemos ayudarlos a satisfacer los suyos. Estimar a todos los seres sintientes resolverá todos nuestros problemas porque estos provienen de la mente de estimación propia. Por ejemplo, si ahora nuestra pareja nos abandona por otra persona, lo más probable es que nos enfademos, pero si de verdad los amamos, desearemos que sean felices y nos alegraremos de su felicidad. No habrá ninguna base para sentir celos ni deprimirnos, y aunque la situación suponga un desafío para nosotros, no se convertirá en un problema. Estimar a los demás es la protección suprema contra el sufrimiento y los problemas, y nos permite permanecer en paz y mantener la calma en todo momento.

Si estimamos a nuestros vecinos y a las personas de nuestro alrededor, contribuiremos a que haya armonía en nuestro entorno y en la sociedad en general, y esto ayudará a que todos se sientan más felices. Aunque no seamos famosos ni influyentes, si estimamos con sinceridad a los demás, podremos hacer una gran contribución a la comunidad. Esto es así incluso para aquellos que niegan el valor de la religión. Si un maestro de escuela estima a sus estudiantes y no es egoísta, ellos lo respetarán y no solo aprenderán los temas que enseñe, sino también la bondad y las admirables cualidades que muestra con su ejemplo. Este maestro ejercerá de manera natural una influencia positiva en los demás y con su mera presencia transformará la escuela. Se dice que hay una piedra mágica de cristal que puede limpiar cualquier líquido en el que se deposite. Aquellos que estiman a los demás son como esta piedra de cristal, ya que con su mera presencia eliminan la energía negativa del mundo y responden con amor y bondad.

Aunque una persona sea inteligente y poderosa, si no ama a los demás, tarde o temprano tendrá problemas y le resultará difícil satisfacer sus deseos. Si un gobernante no estima a su pueblo y solo se preocupa por sus propios intereses, recibirá críticas, la gente no confiará en él y acabará perdiendo el cargo. Si un maestro espiritual no estima a sus discípulos y no mantiene una buena relación con ellos, les resultará difícil generar fe en él, por lo que sus enseñanzas no tendrán poder.

Si un empresario se preocupa solo por sus propios intereses y no tiene en cuenta el bienestar de los trabajadores, estos no se sentirán felices. Lo más probable es que no trabajen de manera eficiente y, por supuesto, no tendrán ningún entusiasmo por satisfacer los deseos del jefe, quien sufrirá las consecuencias de su propia falta de consideración hacia ellos. Del mismo modo, si los empleados solo piensan en lo que pueden obtener de la empresa, el empresario se enfadará y es posible que les reduzca el salario o los despida. Incluso puede que la empresa quiebre y todos pierdan su empleo. De este modo, los empleados sufrirán las consecuencias de su falta de consideración hacia el empresario. La mejor manera de tener éxito en cualquier actividad es reducir la estimación propia y aumentar la consideración por los demás. En ocasiones es posible que parezca que la estimación propia nos aporta beneficios temporales, pero a largo plazo solo nos causará dificultades. Estimar a los demás es la solución a todos los problemas de la vida cotidiana.

Todo nuestro sufrimiento es el resultado de nuestro karma negativo, que a su vez tiene su origen en la estimación propia. Debido a que nos atribuimos una importancia exagerada a nosotros mismos, frustramos los deseos de los demás con tal de cumplir los nuestros. Dominados por los deseos egoístas, no nos importa alterar la paz de los demás ni hacerlos sufrir. Con estas acciones solo sembramos las semillas para experimentar más sufrimiento en el futuro. Si estimamos de verdad a los demás, no querremos perjudicarlos y dejaremos de cometer acciones destructivas y dañinas. De manera natural mantendremos una disciplina moral pura y nos abstendremos de matar o de ser crueles con otros seres, de robarles o de interferir en sus relaciones. Como resultado, en el futuro no padeceremos las malas consecuencias de haber cometido estas acciones perjudiciales. De este modo, estimar a los demás nos protege de los problemas futuros que produce el karma negativo.

Si estimamos a los demás, acumularemos méritos en todo momento, y los méritos son la causa principal del éxito en todas nuestras actividades. Si estimamos a todos los seres sintientes, realizaremos de manera natural numerosas acciones virtuosas y beneficiosas. De forma gradual, nuestras acciones físicas, verbales y mentales se volverán puras y beneficiosas, y nos convertiremos en una fuente de inspiración y felicidad para todo el que se encuentre con nosotros. Descubriremos por propia experiencia que esta preciosa mente de amor es la verdadera gema que colma todos los deseos, porque satisface tanto nuestros deseos puros como los de todos los seres sintientes.

La mente que estima a todos los seres es sumamente valiosa. Mantener este buen corazón solo nos traerá felicidad tanto a nosotros mismos como a todos los que nos rodean. Este buen corazón dará lugar a la gran compasión –el deseo espontáneo de liberar para siempre a todos los seres sintientes de los temores y del sufrimiento–. Esta se transformará finalmente en la compasión universal de un ser iluminado, un Buda, que tiene el verdadero poder de proteger a todos los seres sintientes del sufrimiento. De este modo, estimar a los demás nos conduce hacia la meta última y suprema de la vida humana.

Como resultado de contemplar todas estas ventajas de estimar a los demás, tomaremos la siguiente determinación:

Voy a estimar a todos los seres sintientes sin excepción, porque esta preciosa mente de amor es el método supremo para solucionar los problemas y colmar todos los deseos. Finalmente me proporcionará la felicidad suprema de la iluminación.

Meditamos en esta determinación de manera convergente durante tanto tiempo como podamos y generamos un intenso sentimiento de amor hacia todos y cada uno de los seres sintientes. Cuando surgimos de la meditación, intentamos mantener este sentimiento y poner en práctica nuestra determinación. Cuando estemos con otras personas, debemos recordar en todo momento que su felicidad y libertad son al menos tan importantes como las nuestras. Aunque es cierto que no podemos amar a todos los seres de inmediato, si nos adiestramos en cultivar esta actitud comenzando con nuestros familiares y amigos, podremos extender nuestro amor de manera gradual hasta que abarque a todos los seres sintientes. Cuando estimemos de verdad a todos los seres, dejaremos de ser una persona ordinaria y nos convertiremos en un gran ser, como un Bodhisatva.

Cómo aumentar el amor que estima a los demás

La manera de aumentar nuestro amor por los demás es familiarizarnos con la práctica de estimarlos. Para reforzar nuestra determinación de estimar a todos los seres sintientes, necesitamos instrucciones más detalladas.

Todos tenemos a alguien a quien consideramos muy especial, como nuestro hijo, pareja o madre. Pensamos que esta persona tiene cualidades únicas por las que destaca entre los demás, la apreciamos mucho y deseamos cuidarla de manera especial. Hemos de aprender a considerar a todos los seres sintientes del mismo modo, reconociendo que todos y cada uno de ellos son únicos y especiales. Aunque ya estimamos a nuestros familiares y amigos íntimos, no amamos a los desconocidos y mucho menos a nuestros enemigos. La mayoría de los seres sintientes no tienen demasiada importancia para nosotros. Si practicamos las instrucciones de estimar a los demás, abandonaremos esta actitud discriminatoria y llegaremos a estimar a todos los seres sintientes como una madre ama a su hijo más querido. Cuanto más crezca nuestro amor y profundicemos en él de este modo, más fuertes serán nuestras mentes de compasión y bodhichita, y antes alcanzaremos la iluminación.

RECONOCER NUESTROS DEFECTOS EN EL ESPEJO DEL DHARMA

Una de las funciones principales de las enseñanzas de Buda o Dharma es actuar como un espejo en el que podemos ver reflejados nuestros defectos. Por ejemplo, cuando nos enfadamos, en lugar de buscar excusas, debemos pensar: «Este odio es el veneno interno de los engaños. No me aporta ningún beneficio ni tiene justificación; su única función es perjudicarme. No voy a tolerar su presencia en mi mente». También podemos utilizar el espejo del Dharma para distinguir entre el amor y el apego, que se confunden con facilidad. Es fundamental saber diferenciarlos, porque el amor solo nos proporciona felicidad, mientras que el apego solo nos causa sufrimiento y nos amarra con más firmeza al samsara. Cuando notemos que el apego empieza a surgir en nuestra mente, debemos estar alerta, porque dejarnos llevar por él, por muy agradable que parezca, es como lamer una gota de miel en el filo de una navaja y a largo plazo siempre nos causará más sufrimiento.

La razón principal de por qué no estimamos a todos los seres sintientes es que estamos tan preocupados por nosotros mismos, que apenas nos queda espacio en la mente para apreciar a los demás. Si deseamos estimar de verdad a los demás, debemos reducir la obsesiva preocupación que tenemos por nosotros mismos. ¿Por qué consideramos que nosotros somos muy importantes, pero que los demás no lo son? Debido a que estamos muy habituados a generar la mente de estimación propia. Desde tiempo sin principio nos hemos aferrado a un yo con existencia verdadera. Este aferramiento al yo hace surgir de inmediato la estimación propia, que siente de forma instintiva: «Soy más importante que los demás». Para los seres ordinarios, aferrarse al yo y estimarse a uno mismo son como las dos caras de una moneda: el autoaferramiento se aferra a un yo con existencia verdadera, mientras que la estimación propia lo considera muy valioso y lo quiere. Esto se debe principalmente a nuestro hábito de generar la mente de estimación propia en todo momento, día y noche, incluso durante el sueño.

Puesto que nos consideramos tan importantes y especiales, exageramos nuestras buenas cualidades y generamos una opinión engreída de nosotros mismos. Prácticamente, cualquier circunstancia, como nuestro aspecto físico, posesiones, conocimientos, experiencias o posición social, sirve para alimentar nuestro orgullo. Cuando hacemos un comentario ingenioso, pensamos: «¡Qué inteligente soy!», y si hemos viajado al extranjero, nos consideramos personas fascinantes. Incluso nos enorgullecemos de comportamientos de los cuales deberíamos avergonzarnos, como ser hábiles para engañar a los demás, o de cualidades que imaginamos poseer. En cambio, nos resulta muy difícil reconocer nuestros errores y limitaciones. Dedicamos tanto tiempo a contemplar nuestras buenas cualidades, reales o imaginarias, que no nos percatamos de nuestros defectos. En realidad, nuestra mente está llena de perturbaciones mentales burdas, pero no las reconocemos e incluso nos engañamos a nosotros mismos negándonos a admitir que poseemos estas mentes repulsivas. Es como esconder la porquería bajo la alfombra y pretender que la casa está limpia.

A menudo nos resulta tan doloroso admitir nuestras faltas, que buscamos todo tipo de excusas en lugar de cambiar la elevada concepción que tenemos de nosotros mismos. Una de las maneras más comunes de no reconocer nuestros errores es culpar a los demás. Por ejemplo, si nos llevamos mal con una persona, pensamos con naturalidad que toda la culpa es de ella, somos incapaces de admitir que, al menos en parte, también sea nuestra. En lugar de responsabilizarnos de nuestras acciones y esforzarnos en mejorar nuestra conducta, discutimos con ella e insistimos en que es ella quien tiene que cambiar. Debido a la excesiva importancia que nos concedemos a nosotros mismos, adoptamos una actitud crítica con los demás y nos resulta prácticamente imposible evitar conflictos. El hecho de no ser conscientes de nuestros defectos no impide que los demás los vean y nos los señalen, pero cuando lo hacen, pensamos que son injustos. En lugar de observar con honestidad nuestro comportamiento para comprobar si sus críticas son justificadas, nuestra mente de estimación propia se pone a la defensiva y se venga buscando defectos en ellos.

Otra razón por la que no apreciamos a los demás es que nos fijamos en sus faltas y no en sus buenas cualidades. Por desgracia, tenemos gran habilidad para descubrir sus defectos y dedicamos mucha energía a enumerarlos, analizarlos y podría decirse que hasta meditamos en ellos. Con esta actitud crítica, si discrepamos sobre algo con nuestra pareja o compañeros de trabajo, en lugar de intentar comprender su punto de vista, pensamos una y otra vez en las muchas razones por las que nosotros estamos en lo cierto y ellos están equivocados. Al fijarnos solo en sus defectos y limitaciones, nos enfadamos y les guardamos rencor y, en lugar de estimarlos, deseamos perjudicarlos o desacreditarlos. De esta manera, pequeños desacuerdos pueden convertirse en conflictos que se prolongan durante meses.

Pensar en nuestras buenas cualidades y en los defectos de los demás nunca nos aportará beneficio alguno. Lo único que conseguiremos será crear una imagen engreída, muy distorsionada de nosotros mismos y generar una actitud arrogante e irrespetuosa hacia los demás. Shantideva dice en su Guía de las obras del Bodhisatva:

«Si nos consideramos importantes, renaceremos en los reinos inferiores,

y después, cuando lo hagamos como un ser humano, seremos estúpidos y perteneceremos a una clase social baja».

Como resultado de sentirnos superiores a los demás, cometemos muchas acciones perjudiciales que madurarán en el futuro y nos harán renacer en los reinos inferiores. Debido a la arrogancia, incluso cuando lleguemos a renacer como un ser humano, perteneceremos a una clase social baja y viviremos como siervos o esclavos. Debido al orgullo, quizás creamos que somos muy inteligentes, pero, en realidad, este engaño nos convierte en necios y nos llena la mente de faltas. No sirve de nada pensar que somos más importantes que los demás y fijarnos solo en nuestras buenas cualidades. Con ello no aumentan nuestras virtudes ni se reducen nuestros defectos, y tampoco conseguimos que los demás compartan la elevada opinión que tenemos de nosotros mismos.

Si, en cambio, nos fijamos en las buenas cualidades de los demás, nuestro orgullo perturbador irá disminuyendo y llegaremos a considerarlos más importantes y valiosos que a nosotros mismos. Como resultado, nuestro amor y compasión aumentarán y realizaremos acciones virtuosas de manera natural. Debido a ello renaceremos en los reinos superiores, como un dios o un ser humano, seremos respetados y tendremos numerosos amigos. Contemplar las virtudes de los demás solo nos proporciona beneficios. Por lo tanto, mientras que los seres ordinarios buscan defectos en los demás, los Bodhisatvas solo se fijan en sus buenas cualidades.

En sus Consejos de corazón, Atisha dice:

«En lugar de fijaros en las faltas de los demás, fijaos en las vuestras y purgadlas como si fueran mala sangre.

No contempléis vuestras buenas cualidades, sino las de los demás, y respetad a todos como lo haría un sirviente».

Debemos pensar en nuestros propios defectos porque si no somos conscientes de que los tenemos, no generaremos el deseo de eliminarlos. Los seres que han alcanzado la iluminación consiguieron liberarse de las perturbaciones mentales, la causa de todas las faltas, gracias a que examinaron sus mentes en todo momento para detectar sus defectos y faltas y se esforzaron mucho por eliminarlos. Buda dijo que las personas que conocen sus defectos son sabias, mientras que aquellas que no son conscientes de ellos y además se fijan en las faltas de los demás, son estúpidas. Contemplar nuestras buenas cualidades y fijarnos en los defectos de los demás solo sirve para aumentar nuestra estimación propia y disminuir nuestro amor hacia ellos; además, todos los Budas coinciden en que la estimación propia es la raíz de todas las faltas, y estimar a los demás, la fuente de la felicidad. Los únicos seres que no opinan lo mismo son los que aún permanecen atrapados en el samsara. Somos libres de elegir entre seguir el punto de vista de los seres sagrados o mantener el nuestro ordinario, pero sería más sabio adoptar el suyo si queremos disfrutar de verdadera paz y felicidad.

Algunas personas afirman que uno de los problemas principales que tenemos es la falta de autoestima y que debemos fijarnos solo en nuestras buenas cualidades para aumentar la confianza en nosotros mismos. Es cierto que para progresar verdaderamente en el camino espiritual debemos tener confianza en nuestro potencial interior y reconocer y mejorar nuestras buenas cualidades. Sin embargo, también debemos ser realistas y reconocer con agudeza nuestras faltas e imperfecciones. Si somos sinceros con nosotros mismos, admitiremos que por el momento nuestra mente está llena de faltas, como el odio, el apego y la ignorancia. Estas enfermedades mentales no desaparecerán por mucho que finjamos no tenerlas. La única manera de liberarnos de ellas es aceptar con sinceridad que las tenemos y esforzarnos por eliminarlas.

Aunque hemos de ser muy conscientes de nuestros defectos, no debemos sentirnos abrumados ni desanimarnos por ellos. Es posible que tengamos mucho enfado en nuestro interior, pero eso no significa que el odio forme parte inherente de nuestra persona. Por muchas perturbaciones mentales que tengamos o por muy intensas que sean, no son parte esencial de nuestra mente. Son defectos que la contaminan de forma temporal, pero no manchan su naturaleza pura y esencial, al igual que el barro enturbia el agua, pero nunca llega a ser parte intrínseca de ella. Así como es posible filtrar el agua y dejarla clara y pura, sin barro, también podemos eliminar los engaños de nuestra mente y hacer que se manifiesten su pureza y claridad naturales. Al reconocer nuestras perturbaciones mentales no debemos identificarnos con ellas pensando: «Soy un inútil y un egoísta» o «estoy siempre enfadado», sino con nuestro potencial puro y cultivar la sabiduría y el valor necesarios para eliminar los engaños.

Cuando observamos objetos externos, por lo general, podemos distinguir entre los que son útiles o valiosos y los que no lo son. Debemos aprender a observar nuestra mente del mismo modo. Aunque la naturaleza de nuestra mente raíz es pura y clara, de ella surgen innumerables pensamientos conceptuales, como burbujas que salen del mar o rayos de luz que emanan de una llama. Algunos de estos pensamientos son beneficiosos y nos aportan felicidad tanto en el presente como en el futuro, pero otros nos hacen padecer sufrimientos y nos conducen a la terrible desventura de renacer en los reinos inferiores. Debemos observar nuestra mente de manera continua y aprender a distinguir entre los pensamientos beneficiosos y los perjudiciales que surgen momento a momento. Aquellas personas que pueden hacerlo son verdaderamente sabias.

En cierta ocasión, un hombre malvado que había asesinado a miles de personas se encontró con un Bodhisatva, un rey llamado Chandra, que le enseñó el Dharma y le hizo ver que su comportamiento era incorrecto. El hombre le dijo: «Me he mirado en el espejo del Dharma, ahora comprendo lo perjudiciales que han sido mis acciones y me siento muy arrepentido». Motivado por un profundo arrepentimiento realizó prácticas de purificación con sinceridad y finalmente se convirtió en un gran yogui con elevadas realizaciones espirituales. Esto muestra que hasta la persona más malvada puede convertirse en un ser completamente puro si reconoce sus propias faltas en el espejo del Dharma y se esfuerza con sinceridad por eliminarlas.

En el Tíbet vivía un famoso practicante de Dharma llamado Gueshe Ben Gungyel, que no recitaba oraciones ni meditaba en la postura tradicional. Su única práctica consistía en observar su mente con mucha atención y contrarrestar las perturbaciones mentales en cuanto surgían. Cuando se percataba de que su mente se estaba alterando, aunque solo fuera un poco, intensificaba la atención y no se dejaba llevar por ningún mal pensamiento. Por ejemplo, si sentía que la estimación propia comenzaba a surgir, recordaba de inmediato sus desventajas e impedía que se manifestase aplicando su oponente, la práctica del amor. Cuando su mente estaba tranquila y positiva de manera natural, se relajaba y disfrutaba de sus estados mentales virtuosos.

Para comprobar su progreso, cada vez que tenía un mal pensamiento, ponía una piedra negra sobre una mesa, y cuando generaba una mente virtuosa, una piedra blanca. Al final del día, las contaba. Si había más piedras negras, se lo reprochaba y al día siguiente ponía más esfuerzo, y si había más blancas, se felicitaba y se daba ánimos. Al principio había muchas más piedras negras, pero con el paso de los años, su mente mejoró hasta conseguir que durante días enteros todas fueran blancas. Antes de convertirse en un practicante de Dharma, Gueshe Ben Gungyel tenía la reputación de ser una persona indomable e indisciplinada, pero como resultado de vigilar de cerca su mente en todo momento y de juzgarla con sinceridad ante el espejo del Dharma, poco a poco se fue convirtiendo en un ser muy puro y sagrado. ¿Por qué no podemos hacer nosotros lo mismo?

Los maestros kadampas o gueshes enseñaban que la función del Guía Espiritual es señalar los defectos de sus discípulos para que puedan reconocerlos con claridad y eliminarlos. Sin embargo, si hoy día los maestros de Dharma se comportasen de este modo, lo más probable es que sus discípulos se sintieran molestos e incluso perdieran la fe, por lo que casi siempre tienen que adoptar una actitud más afable. Sin embargo, aunque nuestro Guía Espiritual evite señalar directamente nuestros defectos por delicadeza, debemos ser conscientes de que los tenemos y para ello hemos de examinar nuestra mente en el espejo de sus enseñanzas. Si aplicamos las enseñanzas de nuestro Guía Espiritual sobre el karma y los engaños a nuestra situación personal, comprenderemos qué tenemos que abandonar y qué debemos practicar.

Un enfermo no puede curarse con solo leer las instrucciones de los medicamentos, sino que tiene que tomarlos. De igual modo, aunque Buda dio las instrucciones de Dharma como la medicina suprema contra las enfermedades internas de los engaños, no podremos curarnos con solo leer o estudiar los libros de Dharma. La única manera de solucionar nuestros problemas cotidianos es adoptar el Dharma de corazón y practicarlo con sinceridad.

CONSIDERAR A TODOS LOS SERES COMO SUPREMOS

El gran Bodhisatva Langri Tangpa compuso esta oración:

Y con una intención pura,

estimarlos como seres supremos.

Si deseamos alcanzar la iluminación o generar la mente superior de bodhichita que surge de cambiarnos por los demás, es imprescindible pensar que ellos son más importantes o valiosos que nosotros. Esta actitud está basada en la sabiduría y nos conduce a la meta última, mientras que considerarnos más importantes que los demás nace de la mente ignorante del aferramiento propio y nos condena a renacer en los reinos inferiores.

¿Qué queremos indicar al decir que un objeto es importante o valioso? Si alguien nos preguntara qué tiene más valor, un diamante o un hueso, responderíamos que el diamante porque para nosotros es más útil. No obstante, para un perro el hueso sería más valioso porque puede comerlo, mientras que el diamante no le sirve para nada. Esto muestra que el valor de un objeto no es una cualidad intrínseca del mismo, sino que depende de las necesidades y los deseos de cada ser, que a su vez dependen de su karma individual. Para el practicante que desea alcanzar las realizaciones espirituales de amor, compasión, bodhichita y la gran iluminación, los seres sintientes son más valiosos que un universo lleno de diamantes o de gemas que colman todos los deseos. ¿Por qué? Porque los seres sintientes le ayudan a generar amor y compasión, y a cumplir su deseo de alcanzar la iluminación, algo que un universo lleno de joyas nunca podría proporcionarle.

Nadie quiere ser una persona ordinaria y permanecer en la ignorancia para siempre; sin duda, todos deseamos mejorar personalmente y avanzar a estados superiores. El estado más elevado es la iluminación total y el camino principal que nos conduce a ella son las realizaciones del amor, la compasión, la bodhichita y la práctica de las seis perfecciones –generosidad, disciplina moral, paciencia, esfuerzo, concentración y sabiduría–. Para desarrollar estas cualidades necesitamos a los demás. ¿Cómo vamos a aprender a amar si no tenemos a nadie a quien querer?, ¿cómo podemos practicar la generosidad si no hay nadie a quien dar o cultivar la paciencia si nadie nos molesta? Cada vez que veamos a otro ser sintiente, podemos mejorar nuestras cualidades espirituales, como el amor y la compasión, y de este modo acercarnos más a la iluminación y al logro de colmar nuestros deseos más profundos. ¡Qué bondadosos son los seres sintientes al ser los objetos de nuestro amor y compasión! ¡Qué tesoro tan valioso!

Cuando Atisha vivía en el Tíbet, tenía un ayudante indio que siempre lo estaba criticando. Cuando los lugareños le preguntaron por qué no lo despedía, ya que tenía muchos discípulos tibetanos fieles que estarían felices de ponerse a su servicio, Atisha contestó: «Sin este hombre, no tendría a nadie con quien practicar la paciencia. ¡Mi ayudante es muy bondadoso conmigo, lo necesito!». Atisha sabía que la única manera de colmar su más profundo deseo de beneficiar a todos los seres sintientes era alcanzando la iluminación, y que para ello tenía que perfeccionar la práctica de la paciencia. Para Atisha, su colérico ayudante era más valioso que los bienes materiales, las alabanzas o cualquier otro logro mundano.

Las realizaciones espirituales son nuestra riqueza interior porque nos ayudan en cualquier situación y son lo único que podremos llevar con nosotros después de la muerte. Si aprendemos a valorar la riqueza interior de la paciencia, la generosidad, el amor y la compasión por encima de las condiciones externas, consideraremos que todos los seres sintientes son muy valiosos, sin tener en cuenta cómo nos traten. De este modo, nos resultará muy fácil estimarlos.

Durante la sesión de meditación hemos de contemplar los razonamientos anteriores hasta llegar a la siguiente conclusión:

Los seres sintientes son muy valiosos porque sin ellos no puedo acumular la riqueza interior de las realizaciones espirituales que finalmente me proporcionará la felicidad última de la iluminación total. Puesto que sin esta riqueza interior permaneceré atrapado en el samsara para siempre, a partir de ahora voy a considerar siempre que los seres sintientes son muy importantes.

Nos concentramos en esta determinación de manera convergente durante tanto tiempo como podamos. Cuando surjamos de la meditación, procuramos mantenerla en todo momento, reconociendo lo mucho que necesitamos a todos y cada uno de los seres sintientes para nuestra práctica espiritual. Si mantenemos este reconocimiento, los problemas internos del odio, el apego, los celos, etcétera, se reducirán, y estimaremos de manera natural a los demás. En particular, cuando una persona se oponga a nuestros deseos o nos critique, debemos recordar que la necesitamos para alcanzar las realizaciones espirituales, que es lo que verdaderamente da sentido a nuestra vida. Si todos nos tratasen con la amabilidad y el respeto que nuestra estimación propia cree que nos merecemos, aumentarían nuestras perturbaciones mentales y se agotarían nuestros méritos. ¡Imaginemos qué clase de persona seríamos si siempre consiguiéramos lo que se nos antoje! Seríamos como un niño consentido que piensa que es el centro del universo y que a nadie cae simpático. En realidad, todos necesitamos a alguien como el ayudante de Atisha, porque estas personas nos ofrecen la oportunidad de eliminar la estimación propia y adiestrar la mente, con lo cual damos verdadero sentido a nuestra vida.

Puesto que el razonamiento anterior es justo lo contrario a nuestra manera de pensar habitual, hemos de contemplarlo con detenimiento hasta convencernos de que, en verdad, todos y cada uno de los seres sintientes son más valiosos que cualquier logro externo. En realidad, los Budas y los seres sintientes son igualmente valiosos, los Budas porque nos revelan el camino hacia la iluminación y los seres sintientes por ser el objeto de la compasión que necesitamos cultivar para alcanzar dicha meta. Debido a que su bondad al ofrecernos la oportunidad de alcanzar la meta suprema, la iluminación, es la misma, hemos de considerar que los Budas y los seres sintientes son igualmente importantes y valiosos. Shantideva dice en su Guía de las obras del Bodhisatva:

«Puesto que los seres sintientes y los seres iluminados son iguales,

en que las cualidades de un Buda surgen en dependencia de ellos,

¿por qué no mostramos el mismo respeto a los seres sintientes

que a los seres iluminados?».

LOS SERES SINTIENTES NO TIENEN DEFECTOS

Es posible que pensemos que aunque es cierto que necesitamos a los seres sintientes para practicar la paciencia, la compasión, etcétera, no podemos considerarlos valiosos porque tienen muchos defectos. ¿Cómo podemos considerar que una persona que tiene la mente llena de apego, odio e ignorancia es muy valiosa? La respuesta a esta pregunta es bastante profunda. Aunque las mentes de los seres sintientes están llenas de engaños, ellos mismos no son sus defectos. Se dice que el agua del mar es salada, pero su verdadera naturaleza no lo es porque se puede separar la sal del agua. De igual modo, los defectos que vemos en los demás, en realidad, no son suyos, sino de sus perturbaciones mentales. Los Budas perciben las numerosas faltas de las perturbaciones mentales, pero nunca identifican a los seres sintientes con sus defectos, porque distinguen entre ellos y sus engaños. Si alguien se enfada, pensamos: «Es una mala persona y tiene muy mal genio», en cambio, los Budas piensan: «Es un ser afligido por la enfermedad interna del enfado». Del mismo modo que a un amigo que padeciera de cáncer, no lo culparíamos de su enfermedad física, cuando alguien está dominado por el odio o el apego, no debemos culparlo de las enfermedades de su mente.

Las perturbaciones mentales o engaños son los enemigos de los seres sintientes, y al igual que no culparíamos a una víctima de las faltas de su agresor, ¿por qué culpamos a los seres sintientes de las faltas de sus enemigos? Cuando alguien está dominado temporalmente por el enemigo del odio, no es correcto culparlo, porque en realidad él es una víctima. Al igual que un defecto en un micrófono no lo es de un libro, y uno en una taza no lo es de una tetera, las faltas de las perturbaciones mentales no lo son de las personas. La única reacción apropiada ante alguien que perjudica a los demás impulsado por los engaños es la compasión. En ocasiones es necesario obligar a quien se comporta de una manera muy perturbada a dejar de hacerlo, tanto por su propio bien como para proteger a los demás, pero nunca es apropiado culparlo o enfadarnos con él.

Por lo general, al referirnos a nuestro cuerpo y a nuestra mente, decimos: «Mi cuerpo» y «mi mente», de igual modo que nos referimos a nuestras otras posesiones, lo que indica que son diferentes de nuestro yo. El cuerpo y la mente son las bases sobre las que establecemos el yo, pero no el yo mismo. Las perturbaciones mentales son características de la mente de una persona, no de la persona en sí. Puesto que no es posible encontrar defectos en los seres sintientes, en este sentido podemos decir que son como Budas.

Desde este punto de vista, los seres sintientes son como los seres iluminados. Su mente que reside de manera continua es completamente pura. Esta mente es como un cielo azul, y sus engaños y demás mentes conceptuales, como nubes que surgen de forma temporal. Desde otro punto de vista, los seres sintientes se identifican a sí mismos de manera equívoca y se perjudican con sus engaños o perturbaciones mentales. Experimentan sin cesar inmenso sufrimiento en forma de alucinaciones. Por lo tanto, debemos sentir compasión hacia ellos y liberarlos de su profunda alucinación de la apariencia equívoca mostrándoles la verdadera naturaleza de las cosas, que es la vacuidad de todos los fenómenos.

Al igual que distinguimos entre una persona y sus perturbaciones mentales, también debemos recordar que estas últimas son solo características temporales o pasajeras de la mente de esa persona y no su naturaleza verdadera. Las perturbaciones mentales son pensamientos conceptuales distorsionados, que surgen de la mente como las olas surgen del mar. Al igual que las olas se desvanecen sin que desaparezca el mar, nuestras perturbaciones mentales también pueden eliminarse sin que cese nuestro continuo mental.

Debido a que los Budas distinguen entre los engaños y las personas, pueden percibir las faltas de las perturbaciones mentales sin ver ni un solo defecto en ningún ser. En consecuencia, su amor y compasión hacia los seres sintientes nunca disminuyen. En cambio, nosotros, al ser incapaces de hacer esta distinción, siempre vemos defectos en los demás, pero no reconocemos las faltas de las perturbaciones mentales, ni siquiera las de nuestra propia mente.

Hay una oración que dice:

«Esta falta que veo no es de la persona,

sino de sus perturbaciones mentales o de sus acciones.

Con este reconocimiento, que nunca encuentre defectos en los demás,

sino que los considere seres supremos».

Fijarnos en los defectos de los demás es la causa de muchas faltas y uno de los obstáculos principales que nos impiden considerarlos como personas muy valiosas. Si deseamos de verdad cultivar el amor que estima a los demás, hemos de aprender a distinguir a las personas de sus perturbaciones mentales y comprender que los culpables de todos los defectos que vemos en ellas son los engaños.

Nos puede parecer que esta afirmación se contradice con el apartado anterior donde se nos aconseja que reconozcamos nuestros propios defectos. ¡Si nosotros tenemos faltas, sin duda los demás también deben tenerlas! Pero no hay ninguna contradicción. Para que nuestra práctica de purificación sea eficaz hemos de reconocer nuestras propias faltas, que son nuestras perturbaciones mentales y acciones perjudiciales, y los demás también deben hacer lo mismo. Y para que nuestra práctica de amor hacia todos los seres sintientes sea eficaz, hemos de comprender que las faltas que vemos en sus acciones no son suyas, sino de sus enemigos, los engaños de su mente. Debemos apreciar el valor práctico de estas enseñanzas, no perder el tiempo en debates sin sentido.

Cuando una madre ve que su hijo tiene una rabieta, sabe que está actuando bajo la influencia de los engaños, pero no por ello deja de quererlo. Aunque reconoce que su hijo está enfadado, no piensa que sea una persona malvada o irascible por naturaleza, sino que sabe distinguirlo de sus perturbaciones mentales y continúa apreciando su hermosura y gran potencial. De igual modo, debemos considerar que todos los seres sintientes son sumamente valiosos y al mismo tiempo comprender con claridad que padecen las enfermedades de los engaños.

También podemos aplicarnos este razonamiento a nosotros mismos para reconocer que las faltas que tenemos, en realidad, no son nuestras, sino de nuestras perturbaciones mentales. Esto nos ayudará a no identificarnos con nuestros defectos, y así no nos sentiremos ineptos ni culpables y seremos más prácticos y realistas con nuestros engaños. Tenemos que reconocer nuestras perturbaciones mentales y tomar la responsabilidad de eliminarlas, pero para poder hacerlo con eficacia hemos de distanciarnos de ellas. Por ejemplo, podemos pensar: «En mi mente hay estimación propia, pero yo no soy esa perturbación mental y puedo eliminarla sin destruirme a mí mismo». De este modo, podemos ser totalmente despiadados con nuestras perturbaciones mentales, pero tener paciencia y ser bondadosos con nosotros mismos. No tenemos por qué culparnos por los numerosos engaños que traemos de vidas pasadas, pero si deseamos disfrutar de paz y felicidad en el futuro, es nuestra responsabilidad eliminarlos de la mente.

Como ya se ha mencionado, una de las mejores maneras de apreciar a los demás es recordar su bondad. Sin embargo, es posible que volvamos a discrepar: «¿Cómo puedo considerar que los demás son bondadosos cuando actúan con tanta crueldad y hacen tanto daño?». Para contestar a esta pregunta, debemos comprender que cuando alguien perjudica a los demás, lo hace porque está bajo la influencia de sus perturbaciones mentales. Estas son como una poderosa droga alucinógena que le obliga a actuar de manera contraria a su verdadera naturaleza. La persona que está bajo la influencia de los engaños está mentalmente enferma, porque se causa terribles sufrimientos y nadie en su sano juicio se comportaría de este modo. Todas las perturbaciones mentales se basan en una manera equívoca de ver las cosas. Cuando percibimos los objetos de la manera en que son en realidad, nuestros engaños desaparecen y las mentes virtuosas se manifiestan de manera natural. Las mentes como el amor y la bondad se fundamentan en la realidad y son una expresión de nuestra naturaleza pura. Así pues, cuando consideramos que los demás son bondadosos, vemos más allá de sus engaños y conectamos con su naturaleza pura, su naturaleza de Buda.

Buda comparó nuestra naturaleza de Buda con una pepita de oro cubierta de barro, porque por muy despreciables que sean las perturbaciones mentales, la verdadera naturaleza de nuestra mente permanece sin mácula, como el oro puro. Incluso la persona más cruel y degenerada tiene en su corazón un potencial de amor, compasión y sabiduría infinitos. A diferencia de las semillas de los engaños, que se pueden eliminar, este potencial es totalmente indestructible y constituye la naturaleza pura y esencial de cada ser. Cuando nos relacionemos con los demás, en lugar de fijarnos en sus engaños, debemos hacerlo en el oro interior de su naturaleza de Buda. Este modo de pensar no solo nos permite considerar que son especiales y únicos, sino que además ayuda a que afloren sus buenas cualidades. Al reconocer que en el futuro todos los seres se convertirán en Budas, con amor y compasión los ayudaremos y animaremos de manera natural a desarrollar su potencial.

Debido a que estamos tan acostumbrados a estimarnos a nosotros mismos más que a los demás, nos resulta difícil pensar que ellos son sumamente importantes, por lo que es necesario que adiestremos la mente con paciencia durante muchos años hasta que nos habituemos a hacerlo de manera natural. Al igual que el mar está formado por innumerables gotas de agua que se van acumulando durante mucho tiempo, las realizaciones de amor y compasión de los practicantes avanzados son el resultado de su continuo adiestramiento espiritual. Al principio, hemos de intentar amar a nuestros padres, familiares y amigos, y luego incluir a las personas de nuestra comunidad. Poco a poco debemos aumentar el ámbito de nuestro amor hasta abarcar a todos los seres sintientes.

Es importante comenzar con nuestro círculo más cercano, porque si intentamos amar a todos los seres sintientes en general, pero no estimamos a aquellos con los que nos relacionamos, nuestro amor no será auténtico, sino un pensamiento abstracto. Es posible que generemos buenos sentimientos durante la sesión de meditación, pero desaparecerán en cuanto termine y nuestra mente no habrá cambiado. No obstante, si al final de cada sesión de meditación tomamos la determinación firme de amar a las personas que tenemos alrededor y la ponemos en práctica, nuestro aprecio será sincero y estable. Si nos esforzamos con sinceridad por estimar a nuestros familiares y amigos, incluso cuando nos hacen la vida imposible, estaremos debilitando constantemente la estimación propia y poco a poco estableceremos en la mente una base firme para amar a los demás. Sobre esta base no nos resultará difícil extender nuestro amor a un mayor número de seres hasta que tengamos el amor y la compasión universal de un Bodhisatva.

Nuestra habilidad para ayudar a los demás depende también de la conexión kármica que tengamos con ellos, tanto de esta vida como de las pasadas. Todos tenemos un círculo de personas con las que mantenemos un vínculo kármico especial en esta vida. Aunque debemos aprender a estimar a todos los seres sintientes por igual, esto no significa que tengamos que tratarlos a todos de la misma manera. Por ejemplo, sería inapropiado tratar a las personas que no nos aprecian del mismo modo que a nuestros amigos y familiares, porque probablemente no lo aceptarían. También hay personas que prefieren la soledad o no les agradan las muestras de afecto. Amar a los demás es principalmente una actitud mental y la manera en que la expresamos depende de los deseos, necesidades y circunstancias de cada persona, y también de nuestra relación kármica con ella. No podemos ayudar materialmente a todos los seres sintientes, pero sí generar una actitud afectuosa hacia ellos. Este es el objetivo principal del adiestramiento de la mente. Si adiestramos nuestra mente de este modo, al final alcanzaremos la Budeidad y tendremos verdadera capacidad para proteger a todos los seres sintientes.

Al contemplar con detenimiento los razonamientos anteriores, llegamos a la siguiente conclusión:

Puesto que todos los seres sintientes son muy valiosos para mí, debo estimarlos y apreciarlos.

Hemos de considerar que esta determinación es como una semilla, mantenerla siempre en la mente y alimentarla hasta que se convierta en el sentimiento espontáneo del amor que estima a todos los seres sintientes tanto como a uno mismo. Esta realización se denomina igualarse uno mismo con los demás. Debemos valorar la paz y felicidad de los demás tanto como la nuestra, y ayudarlos a liberarse de sus problemas y sufrimientos al igual que nos esforzamos por eliminar los nuestros.

CULTIVAR LA HUMILDAD

El Bodhisatva Langri Tangpa dijo:

Cuando me relacione con los demás,

he de considerarme la persona menos importante,

Con estos versos, Langri Tangpa nos anima a generar humildad y a considerarnos inferiores a los demás y menos importantes que ellos. Como se ha mencionado con anterioridad, el valor de un objeto no es una cualidad inherente en él, sino que depende del karma de quien lo percibe. Debido a la relación kármica que una madre tiene con sus hijos, de manera natural los considera lo más hermoso del mundo. Para el practicante que busca la iluminación, todos los seres sintientes son igualmente valiosos tanto por su gran bondad como por ser objetos supremos para generar e incrementar sus realizaciones espirituales. Para este practicante, ningún ser sintiente, ni siquiera un insecto, es inferior o menos importante que los demás. Puesto que el valor que una persona tiene para nosotros depende del karma, es posible que nos preguntemos si el practicante que busca la iluminación considera que todos los seres sintientes son valiosos por su relación kármica con ellos. El practicante adopta esta actitud especial como resultado de contemplar razones correctas que hacen madurar su potencial kármico de considerar que todos los seres son sus preciosas madres. En realidad, todos los seres sintientes son nuestras preciosas madres, por lo que no hay duda de que tenemos una relación kármica especial con ellos, pero, debido a nuestra ignorancia, no lo sabemos.

Por lo general, todos preferiríamos disfrutar de una posición social elevada y de una buena reputación, y tenemos poco o ningún interés en ser humildes. Los practicantes como Langri Tangpa desean exactamente lo contrario: prefieren una posición inferior y que los demás disfruten de la felicidad de un estatus elevado. Estos practicantes se esfuerzan por cultivar la humildad por tres razones. Primero, porque si somos humildes, no desperdiciaremos nuestros méritos en objetivos mundanos, sino que los reservaremos para cultivar realizaciones espirituales. Nuestra acumulación de méritos es limitada, por lo que si la desperdiciamos en adquirir posesiones materiales, reputación, popularidad o poder, no nos quedará energía virtuosa en la mente para alcanzar realizaciones espirituales profundas. En segundo lugar, si cultivamos la humildad y deseamos que los demás disfruten de una posición social elevada, acumularemos una gran cantidad de méritos. Debemos comprender que ahora es el momento de acumular méritos y no de desperdiciarlos en placeres mundanos. En tercer lugar, debemos ser humildes porque el yo que normalmente vemos no existe. Hemos de considerar que el yo, el objeto de nuestra mente egoísta, es lo menos importante, algo que debemos olvidar o no tener en cuenta. De este modo, nuestro egoísmo se debilitará y nuestro amor por los demás aumentará.

Aunque muchos practicantes cultivan la humildad, también aceptan cualquier posición social que les permita ser de mayor beneficio para los demás. Si uno de estos practicantes se convirtiese en un miembro respetado de la sociedad, con poder y riquezas, su motivación para lograr estos objetivos siempre sería solo beneficiar a los demás. Los logros mundanos no le atraen en absoluto, porque reconoce que son decepcionantes y le hacen desperdiciar sus méritos. Incluso si se convirtiera en un rey, pensaría que todas sus riquezas pertenecen a los demás y en su corazón seguiría considerando que son seres supremos. Debido a que no se aferra a su posición social ni a sus riquezas como si fueran suyas, al poseerlas no consume sus méritos.

Debemos ser humildes incluso cuando nos relacionemos con personas que, según las convenciones sociales, sean iguales o inferiores a nosotros. Debido a que no podemos ver las mentes de los demás, no sabemos quién ha alcanzado realizaciones espirituales y quién no. Aunque una persona no tenga una posición social elevada, si en su corazón mantiene una actitud de amor y bondad hacia todos los seres sintientes, en realidad, es un ser realizado. Además, los Budas pueden manifestarse bajo cualquier aspecto para ayudar a los seres sintientes y, a menos que hayamos alcanzado la iluminación, no sabemos quiénes son sus emanaciones y quiénes no lo son. No podemos afirmar con certeza que nuestro mejor amigo o nuestro peor enemigo, o que nuestra madre o incluso nuestro perro no sean una de sus emanaciones. Solo porque pensemos que conocemos bien a alguien y lo hayamos visto comportarse bajo la influencia de los engaños, no significa que sea una persona ordinaria. Lo que vemos no es más que un reflejo de nuestra propia mente, y mientras sea ordinaria y siga dominada por los engaños, percibiremos de forma natural un mundo lleno de seres ordinarios y con perturbaciones mentales.

Solo cuando hayamos purificado la mente podremos percibir seres puros y sagrados de manera directa. Hasta entonces no sabremos con certeza quiénes son emanaciones y quiénes no lo son. ¡Es posible que todas las personas que conozcamos sean la emanación de un Buda! Quizás nos parezca muy poco probable, pero solo porque estamos muy acostumbrados a verlas como seres ordinarios; en realidad, no lo sabemos. Si somos realistas, lo único que podemos decir de alguien es que es posible que sea una emanación de Buda o que no lo sea. Esta manera de pensar es muy beneficiosa, porque si creemos que alguien puede ser una emanación, de forma natural lo respetaremos y evitaremos perjudicarlo. Desde el punto de vista del efecto que produce en nuestra mente, pensar que es posible que alguien sea un Buda es casi lo mismo que pensar que realmente lo es. Puesto que la única persona que sabemos con toda seguridad que no es un Buda somos nosotros mismos, si nos adiestramos en esta manera de pensar, llegaremos a considerar que los demás son más importantes y valiosos que nosotros.

Al principio, nos resultará difícil considerarnos la persona menos importante. Por ejemplo, cuando nos encontramos con un perro, ¿hemos de considerarnos inferiores a él? Podemos recordar la historia del maestro budista Asanga, que se encontró en el camino con un perro que se estaba muriendo, aunque en realidad era una emanación de Buda Maitreya. Cuando vemos a un perro, lo percibimos como un animal corriente, pero, en realidad, no sabemos cuál es su verdadera naturaleza. Es posible que Buda lo haya emanado para ayudarnos a generar compasión. Puesto que no lo sabemos con seguridad, en lugar de perder el tiempo especulando si este perro es un animal corriente o una emanación, es mejor pensar simplemente: «Es posible que sea una emanación de Buda». Desde este punto de vista, podemos pensar que somos inferiores al perro y este pensamiento nos protegerá de todo sentimiento de superioridad.

Una de las ventajas de la humildad es que nos permite aprender de los demás. La persona orgullosa no puede hacerlo porque cree que sabe más que ellos. En cambio, la persona humilde que respeta a todos los seres y reconoce que pueden ser emanaciones de Buda, mantiene una actitud abierta que le permite aprender de cualquier persona y situación. Al igual que el agua no se acumula en la cima de una montaña, las bendiciones y las buenas cualidades no pueden recogerse en la cumbre rocosa del orgullo. Si, en cambio, mantenemos una actitud humilde y respetuosa hacia los demás, las buenas cualidades y la inspiración afluirán hacia nuestra mente, como el agua de los arroyos que desciende hacia el valle.

 

Así como los pavos reales pueden medrar entre plantas

que son venenosas para otras aves, el practicante

sincero de Dharma puede aprovechar bien cualquier

circunstancia que le surja en la vida diaria.

Cambiarse uno mismo por los demás

Mientras que en los dos primeros capítulos se expone la práctica de lo que se conoce como igualarse uno mismo con los demás, es decir, estimar a los demás tanto como a nosotros mismos, en este capítulo se enseña cómo cambiarnos por ellos. Esto significa abandonar la estimación propia –egoísmo– y estimar solo a los demás. Debido a que los obstáculos principales para alcanzar esta realización son nuestras perturbaciones mentales, a continuación voy a mostrar cómo superarlas, en particular, la mente egoísta de estimación propia.

Por lo general, dividimos el mundo externo entre lo que consideramos bueno o valioso, malo o sin valor alguno o lo que no es ni lo uno ni lo otro. En la mayoría de los casos, estas discriminaciones son incorrectas o apenas tienen sentido. Por ejemplo, nuestra manera habitual de distinguir a los demás entre amigos, enemigos y desconocidos según la afinidad que tengamos con ellos es incorrecta y constituye un gran obstáculo para cultivar amor imparcial hacia todos los seres sintientes. En lugar de aferrarnos con tanta intensidad a nuestra manera de percibir el mundo externo, sería mucho más útil que aprendiéramos a distinguir entre los estados mentales que son beneficiosos y los que no lo son.

Para superar un determinado engaño, debemos ser capaces de identificarlo de manera correcta y distinguirlo con claridad de otros estados mentales. Resulta bastante fácil identificar ciertas perturbaciones mentales, como el odio o los celos, y comprender cómo nos perjudican. No obstante, hay engaños, como el apego, el orgullo, el aferramiento propio y la estimación propia, que son más difíciles de reconocer y podemos confundirlos con otros estados mentales. Por ejemplo, aunque tenemos numerosos deseos, no todos están motivados por el apego. Podemos tener el deseo de dormir, comer, visitar a nuestros amigos o meditar, sin que esté contaminado por el apego. El deseo que es apego siempre nos altera la mente, pero como a menudo nos afecta de manera indirecta y sutil, puede resultarnos difícil de reconocer cuando aparece.

¿QUÉ ES LA ESTIMACIÓN PROPIA?

De los innumerables pensamientos conceptuales que surgen del océano de nuestra mente raíz, el más perjudicial es la estimación propia, y el más beneficioso, la mente que estima a los demás. ¿Qué es la estimación propia? Es la mente que piensa: «Yo soy importante» y no tiene en cuenta a los demás. La estimación propia se define como «la mente que considera que uno mismo es sumamente importante y valioso, y que surge a partir de la apariencia de un yo con existencia verdadera». El engaño de la estimación propia está casi siempre activo en nuestra mente y es el origen de nuestras experiencias del samsara.

La estimación propia es la que nos hace pensar que nuestra felicidad y bienestar, así como nuestros deseos y sentimientos, son más importantes que los de los demás, y que nuestra vida y experiencias son más interesantes. Debido a nuestra estimación propia, nos sentimos molestos cuando nos critican o insultan, pero no reaccionamos así cuando esto le ocurre a un desconocido e incluso puede que nos alegremos si insultan a alguien que nos desagrada. Cuando nos duele algo, pensamos que lo más importante del mundo es aliviar nuestro dolor lo antes posible, pero somos mucho más tolerantes cuando es otro el que sufre. Estamos tan acostumbrados a nuestra actitud de estimación propia, que nos resulta difícil imaginar la vida sin ella, para nosotros es tan natural como respirar. No obstante, si lo analizamos con sabiduría, comprobaremos que es una mente totalmente incorrecta que no se fundamenta en la realidad. No hay ninguna razón válida para pensar que somos más importantes que los demás. Para los Budas, cuyas mentes son inequívocas y que perciben la realidad tal y como es, todos los seres son igualmente importantes.

La estimación propia es una percepción errónea porque el objeto que observa, el yo con existencia inherente, no existe. Los términos yo con existencia inherente, yo que normalmente vemos y yo con existencia verdadera, son sinónimos Si examinamos nuestra mente en situaciones en las que la estimación propia surge con intensidad, como cuando nos sentimos atemorizados, avergonzados o indignados, comprobaremos que tenemos un sentido muy vívido del yo. Debido a la mente ignorante del aferramiento propio, el yo aparece como una entidad concreta y real que existe por su propio lado, independiente del cuerpo y la mente. Este yo independiente se denomina yo con existencia inherente y no existe en absoluto. El yo al que nos aferramos con tanta intensidad, que estimamos tanto y al que cuidamos y protegemos con toda nuestra energía a lo largo de la vida, es una mera invención de nuestra ignorancia. Si reflexionamos sobre ello en profundidad, comprenderemos lo absurdo que es estimar algo que no existe. En el capítulo sobre la bodhichita última se demuestra la inexistencia de este yo.

Debido a las impresiones del aferramiento propio que hemos acumulado desde tiempo sin principio, todo lo que aparece en nuestra mente, incluido el yo, parece existir de manera inherente. Al aferrarnos a nuestro yo como si tuviera existencia inherente, nos aferramos al yo de los demás como si también la tuviera, y luego concebimos que somos diferentes de manera inherente. Entonces generamos la estimación propia, que piensa de manera instintiva: «Yo soy muy importante y valioso». En resumen, el aferramiento propio aprehende nuestro yo como si tuviera existencia inherente, y entonces la estimación propia estima ese yo por encima de todos los demás seres. En el caso de los seres ordinarios, el aferramiento propio y la estimación propia están íntimamente relacionados, casi fundidos por completo. Podemos decir que los dos son clases de ignorancia porque aprehenden de manera equívoca un objeto que no existe, el yo con existencia inherente. Debido a que cualquier acción motivada por estas mentes está contaminada y es causa para renacer en el samsara, se puede decir también que para los seres ordinarios, tanto la mente de aferramiento propio como la de estimación propia constituyen la raíz del samsara.

Existe un tipo de estimación propia más sutil que no está asociada al aferramiento propio y que, por lo tanto, no es una clase de ignorancia. Esta estimación propia es la que se manifiesta en la mente del practicante hinayana que ha abandonado por completo la ignorancia del aferramiento propio y todas las demás perturbaciones mentales, y ha alcanzado el nirvana. Sin embargo, todavía tiene una forma sutil de estimación propia que surge de las impresiones que dejó grabadas la mente de aferramiento propio y que le impide trabajar por el beneficio de todos los seres sintientes. No entra dentro del objetivo del presente libro hacer una presentación detallada de esta clase de estimación propia. Aquí, el término estimación propia se refiere a la de los seres ordinarios, que es una perturbación mental que estima a un yo que no existe y lo considera de suprema importancia.

LAS FALTAS DE LA ESTIMACIÓN PROPIA

Es imposible encontrar un solo problema, desgracia o experiencia dolorosa que no surja de la estimación propia. El Bodhisatva Shantideva dice:

«Toda la felicidad de este mundo

surge del deseo de que los demás sean felices,

y todo el sufrimiento

surge de desear nuestra propia felicidad».

¿Cómo debemos interpretar esta estrofa? Como se mencionó con anterioridad, todas nuestras experiencias son el resultado de acciones que hemos cometido en el pasado: las experiencias agradables lo son de acciones virtuosas, y las desagradables, de acciones perjudiciales. Los sufrimientos no son castigos que nos impone nadie, sino que proceden de la mente de estimación propia, que desea la felicidad propia, pero no se preocupa por la de los demás. Esto puede comprenderse desde dos puntos de vista: uno es que la estimación propia es la causante de todos nuestros sufrimientos y problemas, y otro, que es la base para experimentarlos.

Sufrimos porque en vidas pasadas, motivados por una intención egoísta –la estimación propia–, cometimos acciones que causaron sufrimiento a los demás. Como resultado, ahora experimentamos sufrimientos y problemas. Por lo tanto, la verdadera creadora de todos nuestros problemas y sufrimientos es la mente de estimación propia. Si nunca hubiéramos cometido acciones perjudiciales, sería imposible experimentar ninguna consecuencia desagradable. Todas las acciones perjudiciales están motivadas por las perturbaciones mentales, que a su vez surgen de la estimación propia. Primero pensamos: «Soy importante» y, por ello, creemos que es de vital importancia satisfacer nuestros deseos. Luego, deseamos poseer lo que nos parece atractivo y generamos apego, sentimos aversión por lo que nos resulta desagradable y generamos odio, o sentimos indiferencia por todo lo demás y generamos ignorancia. A partir de estas tres perturbaciones mentales surgen todas las demás. El aferramiento propio y la estimación propia son las raíces del árbol del sufrimiento; los engaños como el odio y el apego, el tronco; las acciones perjudiciales, sus ramas, y las penas y dolores del samsara, sus amargos frutos.

Si comprendemos cómo surgen los engaños, comprobaremos que la estimación propia es la esencia y base de nuestras faltas y sufrimiento. Al no tener en cuenta la felicidad de los demás y perseguir por egoísmo nuestros propios intereses, cometemos numerosas acciones perjudiciales, cuyo resultado será solo sufrimiento. El sufrimiento de las enfermedades, los desastres naturales y las guerras tiene su origen en la estimación propia. Es imposible experimentar el sufrimiento de una enfermedad o de cualquier otra desgracia sin haber creado antes su causa, que es necesariamente una acción perjudicial motivada por la estimación propia.

No debemos malinterpretar esto y pensar que la persona que sufre tiene la culpa de lo que le ocurre y que, por lo tanto, no es digna de compasión. Los seres sintientes cometen acciones perjudiciales motivados por las perturbaciones mentales y mientras estén bajo su influjo no podrán controlar su mente. Si una persona que sufre una enfermedad mental se lesiona a sí misma golpeándose la cabeza contra una pared, los médicos no se negarán a atenderla alegando que es culpa suya. Del mismo modo, si una persona ha cometido una acción perjudicial en una vida anterior y, como resultado, ahora padece una enfermedad grave, no hay razón para no sentir compasión por ella. En efecto, al comprender que los seres sintientes no se han liberado de las perturbaciones mentales, que son la causa de todo su sufrimiento, nuestra compasión será, sin duda, mucho más intensa. Para poder ayudar a los demás de manera eficaz, debemos tener una intención profundamente compasiva que desea liberarlos del sufrimiento manifiesto y de sus causas subyacentes.

La mente de estimación propia también es la base para experimentar todos los sufrimientos y problemas. Por ejemplo, cuando las personas no consiguen satisfacer sus deseos, muchas se deprimen, se desaniman, se sienten desdichadas, sufren e incluso piensan en suicidarse. Esto se debe a que su estimación propia les hace creer que sus deseos son muy importantes. Por lo tanto, la estimación propia es la principal responsable de sus problemas. Sin ella no habría base para padecer tales sufrimientos.

Podemos comprobar con facilidad que la estimación propia que tenemos en esta vida nos causa sufrimiento. La falta de armonía, las disputas y peleas provienen de la estimación propia de las personas implicadas. Debido a la estimación propia, nos aferramos con intensidad a nuestras opiniones e intereses y no queremos ver la situación desde otro punto de vista. En consecuencia, nos enfadamos con facilidad y generamos el deseo de perjudicar verbalmente o incluso de agredir a los demás. La estimación propia nos hace deprimirnos cuando no conseguimos nuestros objetivos, no realizamos nuestras ambiciones o no se cumplen nuestras expectativas en la vida. Si analizamos las ocasiones en las que nos hemos sentido muy mal, descubriremos que se caracterizan por una preocupación excesiva por nuestro propio bienestar. Si perdemos el trabajo, la casa, la reputación o los amigos, nos deprimimos, pero solo porque nos estimamos a nosotros mismos profundamente. Cuando alguien pierde su trabajo o tiene que separarse de sus amigos, no nos preocupa tanto.

Las condiciones externas no son favorables ni desfavorables por sí mismas. Por ejemplo, la riqueza suele considerarse como algo deseable, pero si estamos muy apegados a ella, solo nos causará muchas preocupaciones y malgastaremos nuestros méritos. En cambio, si nuestra motivación principal es el amor hacia los demás, incluso perder todo nuestro dinero puede ser beneficioso, porque es una oportunidad para comprender el sufrimiento de los que se encuentran en situaciones similares y tendremos menos distracciones en la práctica espiritual. Aunque consiguiéramos todo lo que nuestra estimación propia desea, no tendríamos la garantía de ser felices, porque cada éxito en el samsara nos trae nuevos problemas y nos induce de forma inevitable a generar más deseos. Nuestra lucha incesante por satisfacer los deseos egoístas es como beber agua salada para calmar la sed. Cuanto más nos esforcemos por satisfacerlos, más sed de ellos tendremos.

Cuando una persona se suicida, por lo general lo hace porque no consigue satisfacer sus deseos, lo cual le resulta insoportable solo porque su estimación propia le hace creer que sus deseos son lo más importante del mundo. Debido a la estimación propia, nos aferramos a nuestros deseos y planes con tanta vehemencia que no podemos aceptar las dificultades que la vida nos presenta ni aprender de ellas. El mero hecho de satisfacer nuestras aspiraciones mundanas no nos hace mejorar como personas; las cualidades que realmente importan, como la sabiduría, la paciencia y la compasión, las podemos desarrollar tanto en el fracaso como en el éxito.

A menudo culpamos a otras personas de nuestro malestar e incluso sentimos rencor, pero si lo analizamos con detenimiento, comprobaremos que la responsable de nuestra infelicidad es siempre nuestra propia actitud mental. Las acciones de otras personas nos hacen sentir mal solo si dejamos que provoquen en nosotros una reacción negativa. La crítica, por ejemplo, no puede perjudicarnos por sí misma; nos sentimos heridos solo por culpa de nuestra estimación propia. Debido a ella, dependemos tanto de las opiniones y la aprobación de los demás que perdemos la libertad de actuar de la manera más constructiva.

En ocasiones, pensamos que no somos felices porque alguien que amamos se encuentra en dificultades. Debemos recordar que, de momento, nuestro amor por los demás está casi siempre contaminado por el apego, que es una mente egocéntrica. Por ejemplo, aunque el amor que los padres sienten por sus hijos es, por lo general, profundo y sincero, no siempre es puro. Con él están mezclados sentimientos como la necesidad de ser amados y correspondidos, la convicción de que sus hijos les pertenecen, el deseo de impresionar a los demás con sus logros y la esperanza de que satisfagan sus ambiciones y sueños de alguna manera. En ocasiones es muy difícil distinguir entre el amor y el apego que sentimos por los demás, pero cuando logremos hacerlo, comprobaremos que la causa de nuestro sufrimiento es siempre este último. El amor puro e incondicional nunca causa preocupaciones ni sufrimiento, sino solo paz y alegría.

Todos los problemas de la humanidad, como las guerras, los crímenes, la contaminación, la adicción a las drogas, la pobreza, las injusticias y la falta de armonía en las familias, son el resultado del egoísmo o estimación propia. Convencidos de que solo los seres humanos importan y que la naturaleza existe para complacer nuestros deseos, hemos exterminado miles de especies animales y contaminado el planeta hasta el punto de que pronto podría resultar inhabitable. Si todos realizáramos la práctica de estimar a los demás, la mayoría de los problemas del mundo se resolverían en pocos años.

La estimación propia es como una cadena férrea que nos mantiene atados al samsara. La razón fundamental por la que sufrimos es que nos encontramos en el samsara, y estamos en el samsara porque realizamos constantemente acciones egocéntricas motivadas por los engaños que perpetúan el ciclo de renacimientos incontrolados. El samsara es la experiencia de una mente egocéntrica. Los seis reinos del samsara, desde el de los dioses hasta el de los infiernos, son la proyección ilusoria de una mente distorsionada por la estimación propia y el aferramiento propio. Al hacernos concebir la vida como una continua lucha por proteger y servir a nuestro yo, estas dos mentes nos inducen a cometer innumerables acciones negativas que nos mantienen atrapados en la pesadilla del samsara. Hasta que no eliminemos estas dos mentes, no conoceremos la libertad y la felicidad verdaderas, nunca tendremos el control de nuestra mente y seguiremos corriendo el peligro de renacer en los reinos inferiores.

Es muy importante controlar la estimación propia, aunque solo sea de forma temporal. Este engaño es el fundamento de todas las preocupaciones, la ansiedad y la tristeza. En cuanto olvidamos la preocupación obsesiva que tenemos por nuestro propio bienestar, la mente se relaja de manera natural y se vuelve más ligera. Aunque recibamos malas noticias, si logramos superar nuestra habitual reacción egocéntrica, mantendremos la calma. En cambio, si no dominamos la mente de estimación propia, nos inquietarán hasta las cosas más insignificantes. Si un amigo nos critica, nos sentimos molestos inmediatamente, y si no se cumple uno de nuestros deseos, aunque no sea importante, nos desanimamos. Cuando un maestro de Dharma dice algo que no nos gusta escuchar, podemos enfadarnos con él o ella e incluso perder la fe. Muchas personas se asustan cuando un indefenso ratoncillo entra en su habitación. Si los ratones no comen seres humanos, ¿por qué nos alteramos con su presencia? Lo que nos perturba es solo la mente necia de estimación propia. Si amásemos al ratón tanto como a nosotros mismos, cuando entrase en nuestra habitación, le daríamos la bienvenida pensando que tiene tanto derecho a estar allí como nosotros.

Para los que desean alcanzar la iluminación, el peor defecto es la estimación propia. Esta actitud es el obstáculo principal que nos impide estimar a los demás; no amar a los demás es el obstáculo principal para cultivar la mente de gran compasión, y no generar esta última lo es para cultivar bodhichita y entrar en el camino hacia la iluminación, el camino mahayana. Puesto que la bodhichita es la causa principal de la gran iluminación, está claro que la estimación propia es también el mayor impedimento para alcanzar la Budeidad.

Aunque aceptemos que objetivamente no somos más importantes que los demás y reconozcamos los muchos defectos de la estimación propia, puede que aún nos parezca indispensable mantener esta actitud. Al fin y al cabo, si no nos amamos y preocupamos por nosotros mismos, ¿quién lo va a hacer? Esta manera de pensar es errónea. Aunque es cierto que debemos cuidar de nosotros mismos, no tenemos que hacerlo con una motivación egoísta. Cuidar de uno mismo no es ser egoístas. Podemos mirar por la propia salud, tener un trabajo y cuidar de nuestra casa y otras posesiones pensando únicamente en el bienestar de los demás. Si consideramos que nuestro cuerpo es un instrumento para beneficiar a los demás, podemos alimentarlo, vestirlo, limpiarlo, dejar que descanse, etcétera, sin una actitud egoísta de estimación propia. Al igual que el conductor de una ambulancia puede cuidar de ella sin pensar que le pertenece, nosotros también podemos cuidar de nuestro cuerpo y posesiones por el beneficio de los demás. La única manera de poder ayudar realmente a todos los seres sintientes es convertirnos en un Buda, y el cuerpo humano es el mejor vehículo para lograr este objetivo. Por lo tanto, debemos cuidarlo bien. Si lo hacemos con la motivación de bodhichita, todo lo que hagamos por velar por él formará parte del camino hacia la iluminación.

En ocasiones confundimos la estimación propia con la autoconfianza o el respeto por uno mismo, pero en realidad no tienen ninguna relación. No es el respeto por uno mismo el motivo por el que deseamos siempre lo mejor para nosotros, engañamos a los demás, abusamos de ellos o no cumplimos nuestros compromisos. Si lo analizamos con sinceridad, comprobaremos que es nuestro egoísmo el que nos impulsa a actuar de maneras inapropiadas que nos hacen perder el respeto propio y la confianza en nosotros mismos. A algunos, su estimación egoísta los hace caer en un profundo estado de alcoholismo o drogadicción y en el proceso pierden por completo el respeto por sí mismos. En cambio, cuanto más estimemos a los demás y los beneficiemos, en mayor medida aumentarán el respeto propio y la confianza en nosotros mismos. El voto del Bodhisatva, por ejemplo, con el cual el practicante promete superar todos sus defectos y limitaciones, cultivar todas las buenas cualidades y trabajar hasta que todos los seres sintientes se liberen de los sufrimientos del samsara, es una muestra de gran confianza en uno mismo, mucho mayor que la de cualquier persona egocéntrica.

Es posible que también nos preguntemos: «Si no tuviera estimación propia, ¿no significaría que no me quiero a mí mismo? Sin lugar a dudas, debo aceptarme y estimarme a mí mismo, porque si soy incapaz de quererme, ¿cómo voy a amar a los demás?». Este es un tema importante. En el Adiestramiento de la mente en siete puntos, Gueshe Chekhaua describe varios compromisos, que sirven de guía para los practicantes. El primero de ellos dice: «No permitas que tu adiestramiento mental sea la causa de una conducta impropia». Este compromiso aconseja al practicante que esté contento consigo mismo. Si mantenemos una actitud demasiado dura de autocrítica, nos volveremos más introvertidos y nos desanimaremos, con lo cual nos resultará muy difícil pensar en estimar a los demás. Aunque es necesario reconocer nuestros defectos, no debemos odiarnos por tenerlos. Este compromiso también nos aconseja que nos cuidemos y atendamos a nuestras necesidades. Si intentamos vivir sin cubrir las necesidades básicas, por ejemplo, sin alimentos suficientes ni un alojamiento adecuado, podemos perjudicar nuestra salud y reducir nuestra capacidad para beneficiar a los demás. Además, si nos comportamos de forma extraña y extrema, los demás pensarán que estamos desequilibrados, por lo que perderán la confianza en nosotros o no creerán en lo que decimos y en tales circunstancias no podremos ayudarlos. Abandonar por completo la estimación propia no es fácil y necesitaremos mucho tiempo para conseguirlo. Si no estamos contentos con nosotros mismos o descuidamos nuestro bienestar por necedad, no tendremos la confianza ni la energía necesarias para realizar esta transformación espiritual tan profunda.

Cuando eliminamos la estimación propia, no perdemos el deseo de ser felices, sino que comprendemos que la verdadera felicidad se consigue beneficiando a los demás. Descubrimos una fuente inagotable de felicidad en la propia mente: el amor hacia los demás. Las dificultades externas no nos causan abatimiento ni nos exaltamos ante las circunstancias agradables, porque somos capaces de transformarlas y disfrutar de ambas. En lugar de esforzarnos por mejorar las condiciones externas, nuestro deseo de ser felices se transforma en la determinación de alcanzar la iluminación, que reconocemos como el único método para disfrutar de felicidad pura. Aunque anhelamos disfrutar del gozo último de la iluminación total, lo hacemos únicamente por el beneficio de los demás, porque dicho logro es solo el medio que nos permite satisfacer nuestro verdadero deseo: proporcionar ese mismo estado de felicidad a todos los seres sintientes. Cuando nos convertimos en un Buda, irradiamos constantemente felicidad en forma de compasión, que bendice a todos los seres sintientes y los conduce de manera gradual hacia ese mismo estado.

En resumen, la estimación propia o egoísta es una mente totalmente innecesaria que carece de valor. Puede que seamos muy inteligentes, pero si nos preocupamos solo por nuestro propio bienestar, nunca colmaremos nuestro deseo primordial de ser felices. En realidad, el egoísmo nos convierte en estúpidos. Hace que nos sintamos desdichados en esta vida, nos impulsa a cometer innumerables acciones perjudiciales que nos causarán sufrimiento en vidas futuras, nos ata al samsara y obstaculiza el camino hacia la iluminación. En cambio, estimar a los demás produce resultados opuestos. Si estimamos solo a los demás, seremos felices en esta vida, realizaremos numerosas acciones virtuosas que nos harán felices en vidas futuras, nos liberaremos de las perturbaciones mentales, que nos mantienen atrapados en el samsara, y adquiriremos con rapidez las cualidades necesarias para alcanzar la iluminación total.

CÓMO DEJAR DE GENERAR LA ESTIMACIÓN PROPIA

Si hemos comprendido la vacuidad, la mera ausencia de las cosas que normalmente vemos o percibimos, acerca de la cual puede encontrarse una exposición detallada en el capítulo «La bodhichita última», desde lo más profundo del corazón debemos pensar: «El objeto de mi estimación propia es solo el yo que normalmente veo, que en realidad no existe. Así pues, voy a dejar de generar la mente de estimación propia porque su objeto –el yo que normalmente percibo– no existe». Entonces meditamos en esta determinación una y otra vez. En los descansos de la meditación no debemos dejar que surja la mente que estima al yo que normalmente percibimos recordando que no existe. Si nos esforzamos en practicar este método especial, que es una instrucción oral, lograremos con facilidad dejar de generar la estimación propia.

Sin embargo, como he mencionado con anterioridad, en general no es fácil abandonar la estimación propia, por lo que a continuación se presenta una exposición detallada sobre cómo dejar de generarla. De corazón, repasamos mentalmente una y otra vez las instrucciones descritas con anterioridad sobre las faltas de la estimación propia y los beneficios de estimar a los demás. Una vez que nos hemos familiarizado en profundidad con la contemplación de estas instrucciones, debemos tomar la firme determinación de no permitirnos pensar y creer que somos más importantes que los demás. Entonces meditamos en esta determinación. Debemos practicar esta contemplación y meditación de manera continua. Entre las sesiones formales de meditación hemos de esforzarnos en poner esta resolución en práctica.

Cuando hayamos tomado la determinación de eliminar la estimación propia, el siguiente paso es reconocerla en cuanto surja en la mente. Para ello, hemos de examinar nuestra mente durante el día y la noche, lo que significa que debemos practicar como Gueshe Ben Gungyel y observar nuestra mente en todo lo que pensamos y creemos. Por lo general, nos fijamos en lo que hacen los demás, pero sería mucho más beneficioso observar en todo momento lo que piensa y cree nuestra mente. Sea cual sea la actividad que realicemos, trabajar, conversar, descansar o estudiar el Dharma, con una parte de la mente debemos observar en todo momento qué pensamientos tenemos. En cuanto vaya a surgir el engaño de la estimación propia, debemos intentar impedirlo de inmediato. Si la reconocemos en sus inicios, podremos controlarla con facilidad, pero si dejamos que se desarrolle por completo, nos resultará muy difícil.

Una de las perturbaciones mentales más destructivas es la estimación propia. La razón por la que generamos estimación propia de manera natural es que nunca nos hemos esforzado en aprender a refrenar su desarrollo inicial. Si nos damos cuenta a tiempo de que nos estamos fijando en el objeto de la estimación propia, el yo de existencia inherente, nos resultará bastante fácil evitar que surja este engaño y encaminar los pensamientos en otra dirección más beneficiosa. Es suficiente con decirnos a nosotros mismos: «Esta manera de pensar es inapropiada y va a hacer que surja pronto mi mente egoísta de estimación propia, que es muy perjudicial». Sin embargo, si no reconocemos pronto la estimación propia y permitimos que crezca, en poco tiempo será muy poderosa y difícil de vencer. Lo mismo ocurre con todas las demás perturbaciones mentales. Si reconocemos con rapidez un pensamiento perturbador, podremos evitarlo con facilidad, pero si permitimos que se desarrolle, se intensificará tanto que nos resultará casi imposible detenerlo.

Las perturbaciones mentales se pueden abandonar a tres niveles. En el primero reconocemos la perturbación mental cuando está a punto de surgir y recordamos sus desventajas para impedir que se manifieste. Siempre que vigilemos la mente, nos resultará fácil ponerlo en práctica, y debemos intentarlo en todo momento, cualquiera que sea la actividad que realicemos. En particular, en cuanto empecemos a sentirnos tensos o insatisfechos, hemos de estar muy atentos, porque una mente descontenta es un campo de cultivo para los engaños. Por esta razón, en su Adiestramiento de la mente en siete puntos, Gueshe Chekhaua dice: «Depende siempre solo de una mente feliz».

En el segundo nivel, para superar las perturbaciones mentales, aplicamos los oponentes específicos. Por ejemplo, para contrarrestar el apego, podemos meditar en las faltas del samsara y sustituirlo por su opuesto, la mente de renuncia. Si meditamos sobre el camino a la iluminación de manera constante y metódica, no solo evitaremos que surjan maneras perturbadoras de pensar y de sentir, sino que además las sustituiremos por hábitos virtuosos sólidos y estables, basados en la sabiduría y no en la ignorancia. De este modo, podemos impedir desde el principio que surjan la mayoría de las perturbaciones mentales. Por ejemplo, si estamos acostumbrados a pensar que los demás son más importantes que nosotros, nuestra estimación propia apenas surgirá.

En el tercer nivel eliminamos los engaños por completo, junto con sus semillas, con una realización directa de la vacuidad. De este modo, eliminamos el aferramiento propio, la raíz de todas las perturbaciones mentales.

En la práctica de igualarse uno mismo con los demás que se ha expuesto con anterioridad pensamos: «Al igual que mi felicidad es importante, también lo es la de todos los demás», y de este modo sentimos por ellos el mismo aprecio que por nosotros mismos. Debido a que nos parece justo y no desafía de manera directa nuestra mente de estimación propia, es más fácil de aceptar y poner en práctica. También podemos pensar que por mucho sufrimiento que padezcamos, solo somos una persona, mientras que los demás seres son innumerables y, por lo tanto, es obvio que es muy importante que disfruten de paz y felicidad. Aunque consideramos que todos los dedos de las manos son importantes, estaríamos dispuestos a sacrificar uno de ellos para salvar el resto, mientras que sacrificar nueve para salvar uno sería absurdo. Del mismo modo, nueve personas son más importantes que una y, por supuesto, los innumerables seres sintientes son también más importantes que uno solo. Por lo tanto, es lógico estimar a los demás, al menos, tanto como a nosotros mismos.

Cuando hayamos logrado cierta familiaridad con la práctica de igualarnos con los demás, estaremos preparados para enfrentarnos de manera más directa a la estimación propia. Debido a que la estimación propia tiene tantas faltas, debemos animarnos nosotros mismos a oponernos a ella con firmeza y evitarla en cuanto aparezca en la mente. Si observamos la mente de cerca en todo momento, podremos adiestrarnos en reconocer la estimación propia en cuanto surja y recordar de inmediato sus desventajas. Gueshe Chekhaua nos aconseja: «Reúne toda culpabilidad en una» para indicarnos que debemos culpar a la estimación propia de todos nuestros problemas y sufrimientos. Por lo general, cuando algo va mal, culpamos a los demás, pero la verdadera causa de nuestros problemas es nuestra estimación propia. Cuando la hayamos identificado correctamente, debemos considerar que es nuestro peor enemigo y culparla de todas nuestras desgracias. Aunque es beneficioso tener paciencia con los demás y perdonarles sus defectos, nunca hemos de ser tolerantes con nuestra mente egoísta de estimación propia, porque cuanto más lo seamos, más nos perjudicará. Es mucho mejor ser absolutamente implacables con ella y culparla de todos los problemas. Si queremos enfadarnos con algo, debemos hacerlo con el demonio de nuestro egoísmo o estimación propia. En realidad, el enfado dirigido contra la estimación propia no es verdadero odio, puesto que se basa en la sabiduría y no en la ignorancia, y su función es purificar y apaciguar la mente.

Para practicar de este modo, necesitamos mucha destreza. Si al responsabilizar a la estimación propia de todos nuestros problemas nos sentimos culpables o perdemos la confianza en nosotros mismos, es porque no distinguimos con claridad entre culpar a este engaño o a nosotros mismos. Aunque es cierto que debemos culpar a la estimación propia de todos nuestros problemas, esto no significa que nosotros seamos los culpables. De nuevo, hemos de distinguir entre nosotros mismos y nuestras perturbaciones mentales. Si alguien nos agrede, no es culpa nuestra, sino de la estimación propia. ¿Por qué? Porque la agresión es el resultado kármico de una acción perjudicial que cometimos en una de nuestras vidas anteriores bajo la influencia de la estimación propia. Además, nuestro atacante nos perjudica solo debido a su estimación propia, y culparlo no nos beneficiará en absoluto, solo conseguiremos amargarnos. Sin embargo, si culpamos a la estimación propia y decidimos eliminarla, no solo mantendremos la serenidad, sino que también debilitaremos los cimientos de nuestro sufrimiento futuro.

Esta enseñanza sobre cómo reconocer las faltas de la estimación propia para luego generar el deseo de abandonarla no es fácil de poner en práctica, por lo que debemos tener paciencia. Una determinada práctica que es apropiada para una persona no tiene por qué serlo para otra, o puede irle bien en un momento dado, pero no en otro. Buda no espera que pongamos en práctica todas sus enseñanzas de inmediato; están dirigidas a practicantes muy diversos y con niveles de realización e inclinaciones diferentes. Además, algunas instrucciones no pueden practicarse cuando nos concentramos en otras, al igual que no sería agradable beber té y café al mismo tiempo. Las instrucciones de Dharma son como medicina y han de administrarse con destreza, teniendo en cuenta la naturaleza y las necesidades particulares de cada persona. Por ejemplo, para animarnos a generar renuncia, el deseo de liberarnos del samsara, Buda impartió extensas enseñanzas sobre la naturaleza de sufrimiento de la vida ordinaria. Sin embargo, algunas personas no pueden aplicarlas enseguida, porque meditar en el sufrimiento solo les produce tristeza y desánimo. En lugar de generar una mente gozosa de renuncia, se deprimen. Para ellas, es mejor dejar esta meditación para más adelante y no realizarla hasta que adquieran más sabiduría y fuerza interior.

Si al adiestrarnos en enseñanzas avanzadas nos damos cuenta de que nuestro orgullo o confusión aumentan, es porque aún no estamos lo suficientemente preparados para ello y primero hemos de esforzarnos en construir un cimiento más firme de las prácticas básicas. Si una determinada meditación o práctica no produce un efecto beneficioso en la mente, sino que nos hace sentirnos infelices o aumentan nuestros engaños, es una indicación clara de que la estamos realizando de manera incorrecta. En lugar de empeñarnos en seguir con ella, es mejor dejarla de momento y pedir consejo a practicantes que tengan más experiencia. Cuando comprendamos los errores que cometíamos y el modo de realizarla correctamente, podremos retomarla de nuevo. Lo que jamás debemos hacer es rechazar una enseñanza de Dharma pensando: «Nunca la voy a practicar».

Cuando vamos a una tienda, no queremos comprar todo lo que venden, pero es útil recordar lo que tienen por si en alguna ocasión lo necesitamos. Del mismo modo, cuando recibimos enseñanzas de Dharma, es posible que no seamos capaces de poner en práctica de inmediato todo lo que hayamos escuchado, pero es importante recordarlo para adquirir una comprensión completa del Dharma. Más adelante, cuando estemos preparados, podremos adiestrarnos en ellas. Una de las grandes ventajas del Lamrim o etapas del camino hacia la iluminación es que nos sirve de estructura o almacén espiritual en el que podemos guardar todo el Dharma que hayamos escuchado.

Si recordamos solo las enseñanzas que podemos aplicar de inmediato en nuestra situación actual, cuando cambien las circunstancias, no tendremos nada donde apoyarnos. No obstante, si somos capaces de recordar todas las enseñanzas que hemos recibido, tendremos a nuestra disposición un gran tesoro de instrucciones que podremos aplicar en el momento oportuno. Una práctica que nos parece difícil o irrelevante en este momento, puede convertirse más adelante en una parte esencial de nuestro adiestramiento espiritual. Lo importante es que practiquemos con esmero y a nuestro ritmo, de lo contrario es posible que nos sintamos confundidos o perdamos el ánimo e incluso que lleguemos a abandonar el Dharma por completo.

No hay mejor práctica espiritual que reconocer la estimación propia en cuanto surge y culparla de todos nuestros problemas. No importa el tiempo que tengamos que hacerlo, aunque sean años o toda la vida, hemos de continuar hasta eliminarla por completo. No debemos tener prisa en obtener resultados, sino practicar con sinceridad y paciencia, ya que tales expectativas proceden de la misma estimación propia y son una buena fórmula para decepcionarnos. Si practicamos con entusiasmo y perseverancia, al mismo tiempo que purificamos el karma negativo, acumulamos méritos y recibimos bendiciones, lograremos con toda seguridad reducir y finalmente eliminar por completo la estimación propia.

Incluso si nuestra meditación no es satisfactoria, podemos practicar la retentiva y la vigilancia mental en nuestra vida diaria y abandonar la estimación propia en cuanto la detectemos. Esta práctica es sencilla, pero produce muy buenos resultados. Si nos adiestramos en ella de manera continua, solucionaremos nuestros problemas y seremos felices de manera natural en todo momento. Hay personas que han logrado abandonar por completo su egoísmo y ahora estiman solo a los demás. En consecuencia, todos sus problemas han desaparecido y sus mentes están siempre llenas de alegría. Puedo garantizar que cuanto menos amor propio tengas y más estimes a los demás, de mayor felicidad disfrutarás.

Debemos mantener en el corazón la firme determinación de abandonar la mente de estimación propia. Si ponemos esta determinación en práctica con el esfuerzo semejante a una armadura, día a día, año tras año, nuestra estimación propia irá disminuyendo hasta desaparecer por completo. Los gueshes kadampas de antaño solían decir que para llevar una vida virtuosa, solo tenemos que hacer dos cosas: atacar a nuestros engaños todo lo que podamos y beneficiar a los demás tanto como nos sea posible. Con este entendimiento, debemos mantener una guerra continua contra el enemigo interno de la estimación propia y esforzarnos por estimar y beneficiar a los demás.

Para eliminar por completo la estimación propia, hemos de adiestrarnos en la práctica de cambiarnos por los demás, en la que dejamos de aferrarnos a nuestra felicidad y pensamos que todos los seres sintientes, así como sus deseos y necesidades son de suma importancia. Nuestra única preocupación es el bienestar de los demás.

Aunque el practicante que ha alcanzado por completo la realización de cambiarse por los demás carece de estimación propia, no significa que no cuide de sí mismo. Lo hace, pero por el beneficio de los demás. Se considera que pertenece a todos los seres sintientes y que está a su servicio, pero incluso los sirvientes necesitan alimentarse y descansar para realizar bien su trabajo. Por lo general, sería una gran necedad, por ejemplo, regalar todas nuestras posesiones y quedarnos sin recursos para vivir y continuar la práctica espiritual. Puesto que nuestro verdadero deseo es beneficiar a todos los seres sintientes y la única manera de hacerlo es convertirnos en un Buda, debemos proteger nuestro adiestramiento espiritual organizando nuestra vida para poder practicar de la manera más eficaz. Además, cuando ayudemos a alguien, hemos de asegurarnos de que con ello no reducimos nuestra capacidad de beneficiar a muchas personas. Aunque estuviéramos dispuestos de corazón a dar felizmente todas nuestras posesiones para ayudar a una persona en particular, debemos ser realistas y utilizar nuestro tiempo y recursos para beneficiar de la mejor manera posible a todos los seres sintientes.

La práctica de cambiarse uno mismo por los demás pertenece al linaje especial de instrucciones de la sabiduría que tiene su origen en Buda Shakyamuni y fue transmitido a través de Manyhushri y Shantideva a Atisha y Yhe Tsongkhapa. La bodhichita que se genera con este método es más profunda y poderosa que la que se logra con otros. Aunque cualquiera que tenga interés en el desarrollo espiritual puede reducir su estimación propia y aprender a estimar a los demás, la realización completa de cambiarse uno mismo por los demás es un logro muy profundo. Para realizar una transformación tan radical de la mente, necesitamos fe profunda en esta práctica, abundantes méritos y recibir poderosas bendiciones de un Guía Espiritual que tenga experiencia propia de estas enseñanzas. Con estas condiciones favorables, la práctica de cambiarse uno mismo por los demás no nos resultará difícil.

Puede que nos preguntemos por qué es necesario estimar a los demás más que a nosotros mismos. En lugar de aspirar al logro de realizaciones tan elevadas, ¿no sería mejor concentrarnos en ayudarlos ahora mismo de manera práctica y directa? Sin compasión ni sabiduría no sabemos con certeza si ayudar a los demás de manera práctica realmente los va a beneficiar o a perjudicar. Debemos saber que la felicidad o la paz interior que se deriva de los disfrutes mundanos no es verdadera felicidad, sino sufrimiento del cambio o una mera disminución del sufrimiento anterior. Lo que las personas necesitan es la felicidad y la paz interior que proceden de la sabiduría. La sabiduría que comprende el significado de las instrucciones sobre cambiarse uno mismo por los demás nos proporcionará dicha felicidad pura y duradera.

Debemos adiestrarnos en cambiarnos por los demás porque la estimación propia obstaculiza tanto nuestra intención de beneficiarlos como la habilidad de hacerlo. Debido a este engaño, no sentimos amor imparcial hacia todos los seres sintientes y mientras nuestro deseo de ayudarlos esté mezclado con él no podremos estar seguros de que nuestras acciones vayan a beneficiarlos de verdad. Aunque deseemos de corazón ayudar a ciertas personas, como nuestros familiares, amigos o los necesitados, por lo general, esperamos algo a cambio, y si no nos corresponden, nos sentimos heridos o decepcionados. Puesto que nuestro deseo de beneficiar a los demás está mezclado con intereses egoístas, nuestra ayuda viene acompañada casi siempre de alguna expectativa o del deseo de recibir una recompensa. Debido a que nuestra intención es impura, nuestra capacidad para ayudarlos es débil y limitada.

Si decimos que trabajamos por el beneficio de los demás, pero no nos esforzamos por eliminar la estimación propia, son solo meras palabras, no lo sentimos de corazón ni procede de nuestra sabiduría. Por supuesto que debemos ayudar a los demás de manera práctica siempre que podamos, pero sin olvidar que nuestro objetivo principal es desarrollar la mente. Si nos adiestramos en cambiarnos por los demás, finalmente alcanzaremos la felicidad última de la Budeidad y tendremos la capacidad de beneficiar a todos los seres sintientes. Solo entonces podremos decir: «Soy un benefactor de todos los seres sintientes». De este modo, nuestro adiestramiento en cambiarse uno mismo por los demás cumplirá ambos objetivos, el propio y el de los demás.

De momento, nuestro trabajo más importante es adiestrar la mente y, en particular, reforzar nuestra intención de servir a los demás. En su Carta amistosa, Nagaryhuna dice que, aunque de momento no tengamos la capacidad de ayudar a los demás, si mantenemos siempre la intención de hacerlo, irá aumentando. Esto se debe a que cuanto más estimemos a los demás, en mayor medida aumentarán nuestros méritos, sabiduría y poder de beneficiarlos realmente, y se presentarán de forma natural oportunidades para ayudarlos de manera práctica.

¿CÓMO ES POSIBLE CAMBIARSE UNO MISMO POR LOS DEMÁS?

Cambiarnos por los demás no significa que nos convirtamos en otra persona, sino que cambiamos el objeto que estimamos, de uno mismo a los demás. Para comprender cómo es posible hacerlo, debemos saber que el objeto de la mente de estimación propia está cambiando en todo momento. Durante la infancia, este objeto es un niño, pero después se convierte en un adolescente, luego en un adulto y finalmente en un anciano. En este momento nos estimamos como una determinada persona llamada, por ejemplo, María o Juan, pero después de morir, el objeto de nuestra estima será otro completamente diferente. Por lo tanto, el objeto que estimamos está cambiando en todo momento, tanto en esta vida como de una vida a otra. Puesto que nuestra estima cambia de objeto de forma natural, no hay duda de que si nos adiestramos en la meditación, podremos estimar a los demás en lugar de a nosotros mismos.

Debido a la ignorancia, nos aferramos con mucha intensidad a nuestro cuerpo, pensando: «Este es mi cuerpo». Nos identificamos con él como mío, lo apreciamos y estimamos mucho, como la más valiosa de nuestras posesiones, pero en realidad pertenece a otros; no lo trajimos de la vida pasada, sino que lo hemos recibido de nuestros padres en esta vida. En el momento de la concepción, nuestra consciencia entró en la unión del espermatozoide de nuestro padre y el óvulo de nuestra madre, y se fue desarrollando hasta convertirse en el cuerpo que ahora tenemos. Entonces nuestra mente se identificó con este cuerpo y comenzó a estimarlo. Como Shantideva dice en su Guía de las obras del Bodhisatva, este cuerpo en realidad no nos pertenece a nosotros, sino a otras personas; son otros quienes lo han producido y, después de la muerte, otros se desharán de él. Si lo analizamos con detenimiento, comprenderemos que ya estamos estimando un objeto que en realidad pertenece a otras personas. Entonces, ¿por qué no vamos a poder estimar a los demás seres? Además, mientras que estimar nuestro cuerpo solo nos lleva a renacer en el samsara, estimar a los demás es la causa para alcanzar el nirvana de la iluminación total, el estado más allá del dolor.

Los términos yo y otro o los demás son relativos, con una relación como la que hay entre esta montaña y aquella montaña, no como la que hay entre un asno y un caballo. Cuando vemos un caballo no podemos decir que es un asno, ni viceversa. En cambio, si subimos a una montaña que se encuentra en el este, nos referiremos a ella como esta montaña, y a la que está en el oeste, como aquella montaña; pero si luego descendemos y subimos a la que se encuentra en el oeste, nos referiremos a esta última como esta montaña, y a la del este, como aquella. Los términos esta y aquella son relativos y dependen de nuestro punto de referencia. Lo mismo ocurre en el caso de yo y los demás. Si descendemos de la montaña del yo, podremos subir a la montaña de los demás y estimarlos tanto como ahora nos estimamos a nosotros mismos. Para conseguirlo, debemos reconocer que desde el punto de vista de otra persona, ella es yo, y nosotros, otro.

Aquellos que han adquirido dominio en la práctica del mantra secreto o tantra, poseen una profunda experiencia de cambiarse por los demás. En la práctica tántrica de la autogeneración como la Deidad, sustituyen el yo que tienen ahora por el de un Buda tántrico. Tomemos como ejemplo una practicante de Vajrayoguini que se llama Sara. Cuando no realiza la práctica tántrica, percibe su cuerpo ordinario, se identifica con él y lo estima. Sin embargo, cuando se concentra en profundidad en la meditación de la autogeneración, la sensación de ser Sara y de poseer el cuerpo de Sara desaparece por completo. En lugar de identificarse con el cuerpo de Sara, lo hace con la forma divina de Buda Vajrayoguini, y piensa: «Soy Vajrayoguini». El practicante cambia por completo el objeto de su estima, deja de estimar el cuerpo impuro de un ser ordinario para estimar la forma pura de un ser iluminado, Buda Vajrayoguini. Al adiestrarse en la meditación, el practicante se familiariza en profundidad con el cuerpo de la Deidad hasta identificarse con él por completo. Debido a que el cuerpo de Vajrayoguini es puro, identificarse con él y estimarlo son causas para alcanzar la iluminación. Esto demuestra que es posible cambiar las bases con las que nos identificamos, solo depende de nuestra motivación y familiaridad. Para una exposición detallada de la práctica del tantra, véanse Budismo moderno, Caminos y planos tántricos y Nueva Guía del Paraíso de las Dakinis.

LA PRÁCTICA EN SÍ DE CAMBIARSE UNO MISMO POR LOS DEMÁS

Pensamos:

He trabajado por mi propio beneficio desde tiempo sin principio, intentando ser feliz y evitar el sufrimiento, pero ¿qué he conseguido con tanto esfuerzo? Sigo sufriendo, aún no he logrado controlar la mente, me siento decepcionado una y otra vez y permanezco atrapado en el samsara. La culpa de todo esto la tiene mi estimación propia. Este engaño es mi peor enemigo y un pernicioso veneno que me perjudica a mí y a los demás.

En cambio, estimar a los demás es la base de toda felicidad y bondad. Los que ahora son Budas comprendieron lo inútil que es trabajar por interés propio y, en cambio, decidieron trabajar por el beneficio de los demás. Como resultado, se convirtieron en seres puros, se liberaron de los sufrimientos del samsara y alcanzaron la felicidad permanente de la iluminación total. Por lo tanto, he de cambiar mi actitud inmadura y ordinaria: a partir de ahora, dejaré de estimarme a mí mismo y estimaré solo a los demás.

Con una comprensión de las grandes faltas de estimarse a uno mismo y de las grandes ventajas de estimar a todos los seres sintientes, como se ha expuesto, y recordando que hemos tomado la determinación de abandonar la estimación propia egoísta y de estimar siempre a todos los seres sintientes sin excepción, pensamos desde lo más profundo del corazón:

Debo dejar de estimarme a mí mismo y, en cambio, debo estimar a todos los seres sintientes sin excepción.

Entonces meditamos en esta determinación. Hemos de practicar esta meditación con perseverancia hasta que creamos de manera espontánea que la felicidad y la libertad de todos y cada uno de los seres sintientes son mucho más importantes que las nuestras. Esta creencia es la realización de cambiarse uno mismo por los demás y nos hará generar un profundo sentimiento de amor hacia todos los seres sintientes. Meditamos en él durante tanto tiempo como podamos.

Durante el descanso de la meditación procuramos mantener este sentimiento. Cuando nos encontremos con una persona, pensamos: «Esta persona es importante, su felicidad y libertad también lo son». Cuando nuestra estimación propia comience a surgir, debemos pensar: «La estimación propia es un veneno, no voy a consentir su presencia en mi mente». De este modo, podremos cambiar el objeto de nuestra estima y, en lugar de amarnos a nosotros mismos, estimar a todos los seres sintientes. Cuando poseamos el amor que estima de manera espontánea a todos los seres sintientes, habremos alcanzado la realización de cambiarse uno mismo por los demás.

Cuando no se cumplan nuestros deseos y comencemos a deprimirnos, enseguida hemos de recordar que la culpa no es de los demás ni de las circunstancias en que nos encontremos, sino de la mente de estimación propia, que de manera instintiva piensa: «Mis deseos son de lo más importante». Si somos conscientes en todo momento de los peligros de esta perturbación mental, reforzaremos nuestra determinación de eliminarla y, en lugar de sentir pena de nosotros mismos cuando tengamos problemas, podremos utilizar nuestro propio sufrimiento para recordar el de los incontables seres, nuestras madres, y sentir amor y compasión por ellos.

En su Guía de las obras del Bodhisatva, Shantideva enseña un método especial para aumentar nuestra experiencia de cambiarse uno mismo por los demás. Durante la meditación, imaginamos que nos ponemos en el lugar de otra persona e intentamos percibir el mundo desde su punto de vista. Por lo general, pensamos: «Yo» sobre la base de nuestro cuerpo y mente, pero ahora intentamos hacerlo al observar el cuerpo y mente de otra persona. Esta práctica nos ayuda a sentir una profunda empatía con los demás y a comprender que también tienen un yo, que es tan importante como el nuestro. Gracias a la capacidad que una madre tiene para identificarse con lo que siente su bebé, comprende mejor que nadie sus deseos y necesidades. De igual modo, a medida que nos familiaricemos con esta meditación, nuestra empatía con los demás aumentará y seremos más comprensivos con ellos.

Esta técnica es muy poderosa cuando la aplicamos con personas con quienes tenemos una relación difícil, como las que nos desagradan o consideramos nuestros rivales. Si imaginamos que somos esa persona y contemplamos la situación desde su punto de vista, no podremos mantener actitudes perturbadoras hacia ella. Al comprender por experiencia propia que los términos yo y otro son relativos y aprender a percibir nuestro yo como otro, seremos más objetivos e imparciales con nosotros mismos y se debilitará la sensación de que somos el centro del universo. Entonces estaremos más abiertos al punto de vista de los demás, seremos más tolerantes y comprensivos con ellos, y de manera natural los trataremos con mayor respeto y consideración. Esta práctica se describe con más detalle en Tesoro de contemplación.

En resumen, gracias a la práctica de las instrucciones del adiestramiento de la mente, el Bodhisatva Langri Tangpa e incontables practicantes del pasado alcanzaron profundos logros espirituales, incluida la plena realización de cambiarse uno mismo por los demás. Al principio, eran personas egocéntricas, como nosotros, pero gracias a su constante perseverancia, consiguieron eliminar por completo la estimación propia. Si ponemos en práctica estas instrucciones con paciencia y de corazón, nada nos impedirá alcanzar las mismas realizaciones. No debemos tener la expectativa de eliminar la estimación propia de inmediato, pero si practicamos con paciencia, se irá debilitando hasta desaparecer por completo.

 

Gracias al espejo de las enseñanzas de Buda –el Dharma–,

podemos ver nuestras propias faltas y tenemos

la oportunidad de superarlas.

La gran compasión

Cuando hayamos adquirido cierta experiencia en estimar a todos los seres sintientes, podemos ampliar el ámbito de nuestra compasión y profundizar en ella, y en este capítulo se revela el método para hacerlo. Por lo general, todos los seres poseen algo de compasión. Todos la sentimos por nuestros familiares o amigos cuando vemos que tienen problemas, e incluso los animales la sienten cuando sus crías sufren. La compasión es la semilla o naturaleza de Buda, el potencial que poseemos para convertirnos en un ser iluminado. Gracias a que todos los seres sintientes poseen esta semilla, algún día se convertirán en Budas.

Cuando una perra ve que sus cachorros están sufriendo, genera el deseo de protegerlos y aliviar su dolor, y este deseo compasivo es su semilla de Buda. Sin embargo, por desgracia, debido a que los animales no tienen capacidad para adiestrarse en la compasión, su semilla de Buda no puede madurar. En cambio, los seres humanos tenemos la gran oportunidad de cultivar nuestra naturaleza de Buda. Con la meditación podemos ampliar el ámbito de nuestra compasión y profundizar en ella hasta transformarla en la mente de gran compasión, la compasión universal –el sincero deseo de liberar de manera permanente a todos los seres sintientes del sufrimiento–. Si mejoramos esta mente de compasión universal, al final se transformará en la de un Buda, que realmente tiene la capacidad de liberar a todos los seres sintientes. Por lo tanto, la manera de alcanzar la iluminación es despertar nuestra naturaleza compasiva de Buda y completar el adiestramiento en la compasión universal. Esto es algo que solo podemos hacer los seres humanos.

La compasión es la esencia de la vida espiritual y la práctica principal de aquellos que dedican su vida al logro de la iluminación. Es la raíz de las Tres Joyas: Buda, el Dharma y la Sangha. Es la raíz de Buda porque todos los Budas nacen de la compasión; la raíz del Dharma porque los Budas imparten enseñanzas de Dharma motivados solo por su compasión hacia los demás, y la raíz de la Sangha porque si escuchamos las enseñanzas de Dharma impartidas con compasión y las ponemos en práctica, nos convertiremos en Sangha o Seres Superiores.

¿QUÉ ES LA COMPASIÓN?

¿Qué es exactamente la compasión? La compasión es la mente que está motivada por amor hacia los demás y desea liberarlos del sufrimiento. En ocasiones, por motivos egoístas, deseamos que alguna persona se libere de su sufrimiento; esto ocurre a menudo en las relaciones que se basan principalmente en el apego. Por ejemplo, si nuestro amigo está enfermo o se siente deprimido, deseamos que se recupere lo antes posible para volver a disfrutar de su compañía, pero este deseo es esencialmente egocéntrico, no es verdadera compasión. La base de la verdadera compasión ha de ser siempre estimar a los demás.

Aunque tenemos ya cierto grado de compasión, de momento es muy parcial y limitada. Cuando nuestros familiares y amigos están sufriendo, sentimos compasión por ellos con facilidad, pero nos cuesta mucho más empatizar con las personas que nos resultan desagradables o con los desconocidos. Además, sentimos compasión por los seres cuyo sufrimiento es evidente, pero no por los que disfrutan de buenas condiciones y mucho menos por los que cometen acciones perjudiciales. Si de verdad deseamos que madure nuestro potencial y alcanzar la iluminación total, hemos de aumentar el ámbito de nuestra compasión hasta abarcar a todos los seres sintientes sin excepción, al igual que una madre es compasiva con todos sus hijos, tanto si se portan bien como si se portan mal. A diferencia de la compasión limitada, que sentimos de vez en cuando de manera espontánea, la compasión universal ha de cultivarse mediante un adiestramiento sincero durante un largo período de tiempo.

CÓMO CULTIVAR LA COMPASIÓN

En la práctica de la compasión universal hay dos etapas esenciales. Primero debemos estimar a los demás y luego, sobre la base del amor hacia los demás, hemos de contemplar su sufrimiento. De este modo generaremos compasión de manera natural hacia ellos. Por lo general, cuando vemos que nuestro enemigo está sufriendo, no sentimos compasión porque no lo estimamos. En cambio, ocurre lo contrario cuando vemos que nuestro amigo está sufriendo. Esto se debe a que lo estimamos. Estimar a los demás es la base para generar la compasión. La manera de generar el amor que estima a los demás y aumentarlo ya se ha mostrado con anterioridad. A continuación contemplamos los sufrimientos que padecen todos y cada uno de los seres del samsara.

Para comenzar podemos pensar en los seres que ahora mismo padecen un intenso sufrimiento. Muchas personas experimentan intensos dolores físicos y aflicciones mentales producidos por enfermedades como el cáncer, el sida y el párkinson. ¿Cuántas han perdido a un hijo o a un amigo enfermos de cáncer, después de presenciar cómo su salud se deterioraba día a día, sabiendo que iba a ser muy difícil que se recuperase? Todos los días, miles de personas experimentan el terrible sufrimiento de morir en accidentes o por enfermedades. Sin elección, se separan para siempre de sus seres queridos, que a menudo se quedan solos, desconsolados y afligidos. Imaginemos a una mujer anciana que pierde a su marido, con el que ha compartido casi toda su vida, y que tras el funeral vuelve triste a su casa vacía donde vivirá sola para el resto de sus días.

En el mundo hay millones de personas que sufren los horrores de la guerra y la limpieza étnica, de las bombas, las minas y las masacres. Imaginemos que es nuestro propio hijo quien va a jugar a un campo sembrado de minas y pierde un brazo, una pierna o incluso la vida. Cientos de miles de refugiados viven en campamentos sucios e insalubres esperando regresar algún día a sus hogares bombardeados y reunirse con sus seres queridos, sin saber si estarán vivos o muertos.

Cada año ocurren desastres naturales, como inundaciones, terremotos y huracanes que arrasan comunidades enteras y dejan a sus habitantes sin hogar ni alimentos. En unos segundos, un terremoto puede acabar con la vida de miles de personas, destruir sus casas y reducir ciudades enteras a escombros. Pensemos cómo nos sentiríamos si esto nos ocurriera a nosotros. El hambre y las sequías son endémicas en numerosos países. Millones de personas sobreviven con una dieta mínima de subsistencia, ni siquiera consiguen alimentos para preparar una buena comida al día, y otras más desafortunadas terminan muriendo de hambre. Imaginemos el tormento de ver a nuestros seres queridos morirse lentamente de inanición y no poder hacer nada para ayudarlos. Cuando leemos, vemos o escuchamos las noticias, comprobamos que muchos seres experimentan terribles sufrimientos, y todos conocemos personas que padecen inmensos dolores físicos o mentales.

En particular, podemos pensar en la trágica situación de incontables animales que sufren de calor o frío extremos y hambre y sed intensas. Cada día podemos ver los sufrimientos que padecen. Los animales salvajes viven con miedo constante de ser atacados y muchos de ellos son devorados vivos por depredadores. Pensemos en el pánico y dolor de un ratoncillo atrapado en las garras de un halcón mientras lo despedaza. Innumerables animales están sometidos por el hombre a duras tareas físicas o los utilizan en sus diversiones o para la producción de alimentos y, a menudo, viven en condiciones deplorables hasta que son degollados, troceados y empaquetados para el consumo humano. Los espíritus ávidos y los seres de los infiernos experimentan sufrimientos mucho peores durante períodos de tiempo de inconcebible duración.

También debemos recordar que incluso aquellos que ahora no sufren de manera evidente, padecen otras formas de sufrimiento. En el samsara, todos los seres experimentan el sufrimiento de no lograr que se cumplan sus deseos. Muchas personas ni siquiera pueden colmar los más humildes deseos de disponer de un alojamiento digno, alimentos o compañía y, cuando lo consiguen, tampoco se conforman con lo que tienen y generan nuevos deseos. Cuanto más logramos lo que queremos, más aumenta el apego, y cuanto más apego, mayor insatisfacción. Los deseos de los seres del samsara son inagotables. Nadie en la existencia cíclica ha colmado nunca todos sus deseos, solo quienes superan sus mentes egoístas pueden conseguirlo.

El sufrimiento es el resultado del karma negativo. Si sentimos compasión por aquellos que experimentan los resultados de las acciones perjudiciales que cometieron en el pasado, ¿por qué no sentimos lo mismo por los que están creando las causas para sufrir en el futuro? A largo plazo, el torturador se encuentra en peor situación que la víctima, puesto que su sufrimiento se está iniciando ahora. Si la víctima es capaz de aceptar su dolor sin generar odio, consumirá ese karma negativo sin crear más, por lo que su sufrimiento pronto llegará a su fin. En cambio, el torturador tendrá que permanecer en los infiernos durante muchos eones y, luego, cuando vuelva a renacer como un ser humano, padecerá dolores similares a los que infligió a su víctima. Por esta razón, es apropiado sentir una profunda compasión por estas personas.

Si un niño pone la mano en el fuego y se quema, su madre sentirá compasión por él aunque ya le haya advertido que es muy peligroso. Nadie desea sufrir, pero los seres sintientes, por ignorancia, crean las causas del sufrimiento –las acciones perjudiciales– porque están dominados por las perturbaciones mentales. Por consiguiente, debemos sentir compasión ecuánime por todos los seres sintientes, tanto por aquellos que están creando las causas de sufrimiento, como por los que ya padecen las consecuencias de sus malas acciones. No hay ni un solo ser sintiente que no sea digno de nuestra compasión.

También es posible que nos resulte difícil sentir compasión por las personas ricas, saludables y que disfrutan de buena reputación, porque parece que no tienen ningún dolor manifiesto. No obstante, ellos también padecen mucho sufrimiento mental y les cuesta mantener una mente apacible. Les preocupa su dinero, su cuerpo y su reputación. Al igual que los demás seres del samsara, sufren de odio, apego e ignorancia, y tienen que soportar sin elección los sufrimientos implacables del nacimiento, la vejez, las enfermedades y la muerte una y otra vez, vida tras vida. Además, su riqueza y posesiones carecen por completo de sentido si, por ignorancia, las utilizan solo para crear causas de sufrimiento futuro.

Si a partir del amor que estima a todos los seres sintientes, reflexionamos sobre el ciclo de sufrimientos físicos y mentales que han de experimentar vida tras vida sin cesar, su incapacidad para liberarse del sufrimiento, su falta de libertad y cómo al cometer acciones perjudiciales crean las causas de futuros sufrimientos, generaremos una profunda compasión por ellos. Debemos empatizar con ellos y sentir su dolor con la misma intensidad que sentimos el nuestro. Por último, nos concentramos en generar compasión universal, el deseo sincero de liberar para siempre a todos los seres sintientes del sufrimiento de esta vida y de las incontables vidas futuras. Contemplamos de este modo:

Todos los seres experimentan sufrimiento porque tienen renacimientos contaminados. Los seres humanos han de padecer sin elección los terribles sufrimientos propios de nuestra especie por haber obtenido un renacimiento humano contaminado por el veneno interno de las perturbaciones mentales. Del mismo modo, los animales han de experimentar el sufrimiento animal, y los espíritus ávidos y los seres de los infiernos, los propios de sus respectivos reinos. Si los seres sintientes tuvieran que padecer estos sufrimientos durante una sola vida, no sería tan trágico, pero el ciclo del sufrimiento continúa sin fin, vida tras vida.

Desde lo más profundo del corazón debemos comprenderlo y pensar de este modo:

No puedo soportar el sufrimiento de los innumerables seres, mis madres. Se ahogan en el vasto y profundo océano del samsara, el ciclo de renacimientos contaminados, tienen que experimentar dolores físicos y sufrimientos mentales insoportables tanto en esta vida como en las innumerables vidas futuras. He de liberar para siempre a todos los seres sintientes del ciclo del sufrimiento.

Debemos meditar en esta determinación, que es la compasión universal, con perseverancia y aplicarnos con mucho esfuerzo para cumplir su objetivo.

LA SUPREMA RIQUEZA DE LA COMPASIÓN

Durante el descanso de la meditación, debemos mantener de manera continua el sentimiento de compasión hacia todos los seres sintientes. Cuando nos encontremos con cualquier persona, debemos recordar que está sufriendo y sentir compasión por ella. De este modo, el mero hecho de ver a un ser sintiente será como descubrir un valioso tesoro difícil de encontrar. Esto es así porque la compasión que sentimos al ver a los demás es una riqueza interior suprema que nos proporciona beneficios inagotables tanto en esta vida como en las futuras.

Como ya se ha mencionado, la riqueza externa no puede ayudarnos en vidas futuras, y ni siquiera es seguro que nos vaya a hacer felices en esta, porque a menudo nos produce mucha ansiedad y puede incluso poner nuestra vida en peligro. Los ricos tienen que preocuparse por asuntos que no afectan a los pobres, como, por ejemplo, que les roben, sus inversiones, los tipos de interés y la posibilidad de perder su dinero y posición social. Estas preocupaciones se convierten en una carga muy estresante. Mientras que la mayoría de las personas pueden viajar con libertad, los que poseen grandes fortunas y los famosos tienen que ir acompañados de guardaespaldas y les preocupa que puedan ser secuestrados. Las personas ricas tienen poca libertad o independencia y nunca se sienten completamente relajadas. Cuánto más alto lleguemos en la vida, más profunda será la caída, por lo que es más seguro mantenerse más cerca del suelo.

Por mucho que consigamos mejorar las condiciones externas, nunca podrán proporcionarnos felicidad pura ni protegernos realmente del sufrimiento. En este mundo impuro no existe la verdadera felicidad. En lugar de esforzarnos por adquirir posesiones, es mucho mejor que cultivemos la riqueza interna de la compasión y sabiduría que, a diferencia de la externa, nunca nos va a decepcionar y es seguro que nos proporciona la paz y felicidad que deseamos.

Con destreza, podemos transformar a nuestros amigos en un tesoro de quienes obtener la preciada riqueza del amor, la compasión, la paciencia y demás virtudes. Sin embargo, para conseguirlo, nuestro amor hacia ellos ha de estar libre de apego o, de lo contrario, estará condicionado a su comportamiento y en cuanto hagan algo que no nos complazca, nuestra atracción hacia ellos se convertirá en odio. De hecho, a menudo, los objetos con los que solemos enfadarnos son los amigos y no los enemigos o los desconocidos.

Si nos enfadamos a menudo con nuestros amigos, los convertimos en maras. Un mara o demonio obstructor es alguien o algo que interfiere en nuestra práctica espiritual. Nadie es un mara por sí mismo, pero si permitimos que una persona estimule nuestros engaños, como el odio, el apego intenso o la estimación propia, la transformamos en uno. Los maras no tienen por qué tener cuernos o un aspecto terrorífico; alguien que parece ser un amigo, que nos halaga y nos incita a involucrarnos en actividades sin sentido, puede suponer un mayor obstáculo para nuestra práctica espiritual. El que los amigos sean maras o un valioso tesoro depende por completo de nosotros. Si practicamos la paciencia, la compasión y el amor con sinceridad, serán como joyas preciosas, pero si a menudo nos enfadamos con ellos, los convertiremos en maras.

Si descubriéramos un tesoro bajo tierra o ganásemos una gran cantidad de dinero, nos sentiríamos felices y muy afortunados. No obstante, si tenemos en cuenta que los bienes materiales terminan por decepcionarnos y que la riqueza interior de la virtud es muy superior, ¿cuánto más afortunados deberíamos sentirnos cada vez que nos encontremos con otro ser sintiente, que es una fuente de inagotable riqueza interior? Para el practicante compasivo y sincero, el mero hecho de ver a otras personas, hablar con ellas o simplemente recordarlas es como encontrar un tesoro bajo tierra. Cada vez que se encuentra con alguien, aumenta su compasión, e incluso sus actividades diarias, como ir de compras o charlar con los amigos, se convierten en causas para alcanzar la iluminación.

De entre todas las mentes virtuosas, la compasión y la sabiduría son supremas. La compasión purifica la mente, y cuando esta es pura, los objetos que percibimos también lo son. Hay numerosos casos de practicantes espirituales que al sentir una intensa compasión, purificaron sus mentes de las faltas que cometieron en el pasado y que llevaban mucho tiempo obstaculizando su progreso espiritual. Por ejemplo, Asanga, un gran erudito que vivió en la India en el siglo V, se retiró a una cueva en la montaña para meditar y tener una visión de Buda Maitreya. Después de doce años seguía sin conseguirlo y, desanimado, decidió abandonar el retiro. Cuando descendía por la montaña, se encontró con un perro viejo moribundo que yacía en medio del camino con el cuerpo lleno de heridas infestadas de gusanos. Al verlo, Asanga sintió una profunda compasión por todos los seres atrapados en el samsara. Mientras retiraba los gusanos con mucho cuidado de las heridas del perro moribundo, de repente se le apareció Buda Maitreya. Maitreya le dijo a Asanga que había estado a su lado desde el comienzo del retiro, pero que sus impurezas mentales le habían impedido percibirlo. Fue la extraordinaria compasión de Asanga lo que purificó las obstrucciones kármicas que no le permitían ver a Maitreya. En realidad, el perro era su emanación –Maitreya se emanó de tal forma con el propósito de despertar la compasión en Asanga–. De ello podemos comprender cómo los Budas se manifiestan de muchas maneras diferentes para ayudar a los seres sintientes.

Si una persona muere con una mente de compasión pura, con toda seguridad renacerá en una tierra pura, donde no tendrá que volver a padecer los sufrimientos del samsara. El mayor deseo del Bodhisatva Gueshe Chekhaua era renacer en los infiernos para poder ayudar a los seres que sufren allí, pero cuando yacía en su lecho de muerte tuvo la visión de una tierra pura y comprendió que su deseo no se iba a cumplir. ¡En lugar de renacer en un infierno, tuvo que ir a una tierra pura sin elección! Así fue porque su compasión le había purificado la mente hasta el punto de que, para él, los objetos impuros, como los infiernos, habían dejado de existir, y todo era puro. Sin embargo, a pesar de que Gueshe Chekhaua renació en una tierra pura, pudo ayudar a los seres de los infiernos a través de sus emanaciones.

Si nos resulta difícil creer estas historias, es porque no comprendemos la relación que hay entre la mente y los objetos que percibe. Como Milarepa dijo, la mente y sus objetos son en realidad una misma naturaleza, pero debido a la ignorancia creemos que no lo son. Pensamos que el mundo existe «ahí fuera», independiente de nuestra mente, pero, en realidad, los objetos dependen por completo de las mentes que los perciben. El mundo impuro que ahora percibimos solo existe con relación a nuestra mente impura. Cuando la hayamos purificado por completo mediante el adiestramiento en cambiarnos por los demás, en la compasión y en otras virtudes, este mundo impuro desaparecerá y percibiremos un nuevo universo puro. La sensación de que los objetos existen separados de nuestra mente, con su propia naturaleza fija e inherente, proviene de la ignorancia. Cuando comprendamos la verdadera naturaleza de los fenómenos, entenderemos que el mundo es como un sueño, en el sentido de que todo existe como una mera apariencia de la mente. Nos daremos cuenta de que podemos cambiar el mundo en que vivimos con solo cambiar la mente y que si queremos liberarnos del sufrimiento, lo único que tenemos que hacer es purificarla. Una vez que la hayamos purificado, podremos colmar nuestro deseo compasivo de beneficiar a los demás enseñándoles a hacer lo mismo.

Después de contemplar todos estos beneficios de la compasión, hemos de tomar la resolución de aprovechar cualquier oportunidad para cultivarla. Lo más importante es poner en práctica las enseñanzas de la compasión y la sabiduría, por nuestro propio beneficio y el de los demás, porque si no lo hacemos, no serán más que palabras vacías. La naturaleza y las funciones de la sabiduría se exponen en el apartado del adiestramiento en la sabiduría superior del capítulo «Objetos significativos».

La compasión pura es una mente que no puede soportar el sufrimiento de los demás, pero no nos causa depresión. En realidad, la compasión nos llena de energía para trabajar por los demás y completar el camino espiritual por su beneficio. Destruye la autocomplacencia y evita que nos conformemos con la felicidad superficial que sentimos al satisfacer los deseos mundanos y, en su lugar, nos hace experimentar una profunda paz interior que las circunstancias externas no pueden alterar. Es imposible que en una mente llena de compasión surjan fuertes perturbaciones mentales. Si no tenemos engaños, las circunstancias externas por sí solas no tienen poder para perturbarnos y, por lo tanto, mientras nuestra mente esté gobernada por la compasión, siempre permanecerá apacible. Esta es la experiencia de aquellos que han transformado la compasión limitada que sentían hacia sus seres queridos en una compasión desinteresada por todos los seres sintientes.

El verdadero sentido de la vida humana es cultivar la compasión y la sabiduría, y ayudar a quienes lo necesiten siempre que nos sea posible. Si aumentamos la compasión, estaremos más cerca de alcanzar la iluminación y de colmar nuestros deseos más profundos. ¡Qué gran bondad la de los seres sintientes al ser los objetos de nuestra compasión! ¡Qué valiosos son! Si no quedaran seres que sufren a quienes ayudar, los Budas los tendrían que emanar para nosotros. De hecho, si recordamos la historia de Maitreya y Asanga, comprenderemos que no podemos saber con certeza si las personas a las que ahora intentamos ayudar son o no, en realidad, emanaciones que Buda ha manifestado por nuestro beneficio. La señal de que hemos alcanzado la realización de las meditaciones de estimar a los demás y de la compasión es que cada vez que nos encontramos con una persona, aunque sea alguien que nos esté haciendo daño, sentiremos realmente que hemos encontrado un tesoro muy raro y valioso.

 

Del mismo modo que el sol disipa las nubes,

podemos cultivar la sabiduría que elimina

todos los engaños de nuestra mente.

El amor que desea la felicidad de los demás

En términos generales, hay tres clases de amor: amor afectivo, amor que estima a los demás y amor que desea la felicidad de los demás, llamado también amor desiderativo. Por ejemplo, cuando una madre contempla a sus hijos, siente gran afecto por ellos y considera que son preciosos, aunque otras personas no los perciban de tal modo. Debido a su amor afectivo, siente de manera natural que son especiales e importantes, y este sentimiento es el amor que estima a los demás. Debido a que los ama, desea con sinceridad que sean felices, y este deseo es amor desiderativo. El amor desiderativo surge del amor que estima a los demás, que a su vez nace del amor afectivo. Tenemos que cultivar estas tres clases de amor hacia todos los seres sintientes sin excepción.

CÓMO CULTIVAR EL AMOR QUE DESEA LA FELICIDAD DE LOS DEMÁS

Una vez que hemos adquirido la experiencia de estimar a todos los seres sintientes por medio de la práctica de las instrucciones expuestas con anterioridad, si contemplamos que carecen de felicidad pura, generaremos de manera natural el deseo sincero de guiarlos al estado de la felicidad pura. Este es el amor desiderativo universal.

¿Qué es la felicidad pura? La felicidad pura es la que proviene de una mente apacible. La felicidad que se deriva de los disfrutes mundanos, como comer, beber, las actividades sexuales y la relajación, no es felicidad pura ni verdadera. Es sufrimiento del cambio o una mera disminución del sufrimiento anterior. Por medio de un adiestramiento, podemos cultivar y mantener una mente apacible en todo momento, por lo que siempre seremos felices.

En Cuatrocientas estrofas, el gran erudito Aryadeva dice:

«La experiencia de sufrimiento nunca se transformará por su misma causa,

pero es evidente que la de felicidad sí se transformará por su misma causa».

Esto significa que, por ejemplo, el sufrimiento producido por el fuego no puede transformarse en felicidad como resultado del mismo fuego; en cambio, la felicidad de que disfrutamos, por ejemplo, al comer, se transforma en sufrimiento con solo seguir comiendo. ¿Cómo es así? Cuando comemos nuestro plato favorito, nos parece delicioso, pero si seguimos comiendo más y más, el placer se convertirá en malestar, repugnancia y, finalmente, en dolor. Esto prueba que la misma causa transforma la experiencia de felicidad en sufrimiento. Comer nos pr